Pureza de corazón
para ser digna morada
de la Palabra Encarnada
que viene en la Comunión.

 Tus ojos son mi pureza
cuando traspasan mi alma
y dejan en mi brillando
el brillo de tu mirada.
¡Cristo, reflejo del Padre,
y luz sin ninguna mancha!

Pureza que es sencillez
la que a Jesús agradaba,
sin pliegues y sin repliegues,
alma tersa, tierra franca.
¡Jesús, candor de sencillos,
hazme como el agua clara!

Pureza que es la verdad
o la humildad ataviada,
que es la divina hermosura
en la condición humana.
¡Jesús, mi Dios sin engaño,
hazme verdad sustanciada!

Pureza de Eucaristía,
la Hostia de harina blanca,
Cordero que nos lavaste
con tu sangre inmaculada.
¡Vísteme de blanca túnica
para cantarte en la patria! Amén

 P. Rufino Mª Grández, ofmcap.

Agosto 2009

XXII Domingo del Tiempo Ordinario (B)

Lavarse las manos antes de comer era en la época del Señor uno de los gestos externos de pureza moral. A los fariseos de todos los tiempos siempre nos han importado mucho los gestos  externos como éste precisamente de lavarnos las manos. Al Señor no tanto, y tan así que nos advierte que lo limpio y lo sucio del hombre no está en las  manos sino en el corazón. Nos lo dice a todos, a los que nos lavamos las manos y vamos por ahí con nuestras manos cristianamente lavadas pero también con el corazón cristianamente  sucio.

En el célebre sermón del monte el Señor no dice: "Bienaventurados los que se lavan las manos, porque así verán los  hombres que estáis limpios", sino bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios[1]. A él le iba a condenar a muerte un hombre que tuvo bien cuidado de que el pueblo viera que se lavaba muy bien las manos. A él lo acusaron unos fariseos que tenían negro el corazón pero que tuvieron buen cuidado de no entrar en el pretorio para no contaminarse en la víspera de la Pascua[2].

El Señor quiso trazar una línea bien clara entre los limpios de corazón y los que se lavan las  manos, y es que lavarse las manos es fácil; lo difícil es lavarse el corazón. Todos sabían que el gesto de Pilato no valía. Hoy creemos todavía mucho menos en esta clase de gestos externos. Lavarse las manos y luego dejar que crucifiquen a Cristo. No vale.

Lavarse las manos y luego convencerse de que uno no puede hacer nada ante  tantas situaciones injustas que hay cerca y lejos de nosotros, no vale.
Lavarse las manos y darse golpes de pecho y luego decir que es una pena que haya pobres, enfermos, guerras, desastres, o peor aun, servirse de ellos para hacer proselitismo, no vale. No.

De nada sirve lavarnos las manos en un gesto aislado y desesperado, sólo la bondad y la confianza en la misericordia de Dios nos hará limpios por dentro; la negación de nuestro propio egoísmo y la generosidad, la entrega, el trabajo por los demás.

Poco antes de morir el Señor se los dijo: El que se ha bañado no necesita lavarse, excepto los pies, pues está todo limpio; y vosotros estáis limpios, pero no todos[3]. Sólo uno no estaba  limpio. Casualmente era uno que tenía las treinta monedas aferradas, no precisamente con las  manos, sino con el corazón[4]. ¿dónde está puesto el nuestro ésta mañana? ¿Venimos a la celebración de la Eucaristía con todo el corazón y lo ponemos realmente en el Señor?




[1] Mt 5,8.
[2] Cfr. Jn 18, 28.
[3] Id., 13,10.
[4] P. M. Iraolagitia, El Mensajero.

nEw-oLd-iDeAs

Las verdaderas soluciones no son las que imponemos a la vida conforme a nuestras teorías, sino las que la vida misma ofrece a los que se disponen a recibir la verdad. En consecuencia, nuestra tarea es disociarnos de todos los que tienen teorías que prometen soluciones claras e infalibles, y desconfiar de todas las teorías semejantes, no con espíritu de negación y derrota, sino más bien confiando en la vida misma y en la naturaleza, y, si usted me lo permite, en Dios sobre todo. Pues desde que el hombre ha decidido ocupar el sitio de Dios, se ha mostrado como el más ciego, el más cruel, el más mezquino y el más ridículo de todos los dioses falsos • T. Merton, Incursiones en lo indecible, 50.       

VISUAL THEOLOGY


Hijo mío, cuanto a mí, ya ninguna cosa me da gusto en esta vida. No sé lo que hago aún aquí, ni por qué aún acá estoy, desvanecidas ya las esperanzas de este mundo. Por un solo motivo deseaba prolongar un poco más la vida: verte católico antes de morir. Dios me concedió esta gracia de manera abundante, pues veo que ya desprecias la felicidad terrena para servir al Señor. ¿Qué hago pues aquí?" (San Agustin, Confesiones, IX-11). Era la despedida de este mundo de aquella madre ejemplar. Cinco días después, la acometió una fiebre que la llevaría a la muerte. Totalmente desapegada de todo y feliz por ver a su familia entera dentro de la Iglesia que tanto amaba, Mónica expresó así su último deseo a sus hijos: "Enterrad este cuerpo en cualquier parte y no os preocupéis con él. Sólo os pido que me recordéis ante el altar del Señor, donde quiera que estéis" (Confesiones” IX-11) •

Twenty-second Sunday in Ordinary Time (B)

How do we distinguish the Law of God from mere human precepts? How do we know when we are being good Christians or not? It really is not that difficult.  We only have to look into our hearts.  Am I putting God first?  Am I serving Him in others?  Am I reverencing Him in every aspect of my life?  That's all that matters.  From this all the rest flows.  Jesus said that the sum total of all the law was loving God with our whole hearts, our whole souls and our whole minds and loving our neighbor as ourselves.  That's simple enough[1].

Simple is what we need in our daily practice of the faith. But where do we find this simplicity?  There are two sentences in the Bible that answer this question for me, perhaps also for you.  The first comes from today's second reading, the Letter of James. James writes, Religion that is pure and undefiled before God, the Father, is this: to care for orphans and widows in their distress, and to keep oneself unstained by the world. The word that James uses for religion is the Greek word threskia. Threskia means "worshiping". What James is saying is that worshiping God means reaching out to those who need our help, caring for orphans and widows, and living for his Kingdom, keeping ourselves unstained by the world.  James is really not limiting his thought to the young lady and children up the block whose husband and father died suddenly. He is speaking about all who need our love and support. We are worshiping God when we reach out to His Presence in those in need. Whatever you do for the least of my brethren you do for me.

The second sentence that simplifies how we are to live our faith comes from the Old Testament prophet Micah.  Micah proclaims: What does the LORD require of you? He has told you, ‘Do what is just, love what is kind, and walk humbly with your God.

I am convinced that if we were to have a few words with one of the apostles in heaven and we were to ask him, “What was Jesus really like when you followed Him on earth?” the apostle would respond, “He was the kindest man to ever live. And then He called us to follow Him, to be like Him, to be kind.”

“And walk humbly with your God.” We need to be aware that God has showered His Love on each of us not because we did this or that but because He sees in each of us a unique reflection of His own goodness, His Image and Likeness.  We walk humbly with our God because we are well aware that He has been so good to each of us. 

Religion is not difficult.  All that is required of us is for us to take a close look at our interior attitudes and, then, let our external actions be a reflection of whom we are, followers of Jesus Christ •



[1] 22nd Sunday of Ordinary Time (B), August 30, 2015. Readings: Deuteronomy 4:1-2, 6-8; Responsorial Psalm 15:2-3, 3-4, 4-5; James 1:17-18, 21b-22, 27; Mark 7:1-8, 14-15, 21-23.

Señor, A Quién Iremos?
Tú Tienes Palabras De Vida,
Nosotros Hemos Creído,
Que Tú Eres El Hijo De Dios...

Soy El Pan Que Os Dá La Vida Eterna;
El Que Viene a Mí No Tendrá Hambre,
El Que Viene a No Tendrá Sed:
Así Ha Hablado Jesús...

No Busqueis Alimento Que Perece,
Sino Aquel Que Perdura Eternamente;
El Que Ofrece El Hijo Del Hombre,
Que El Padre Os Ha Enviado...

Pues Si Yo He Bajado Del Cielo,
No Es Para Hacer Mi Voluntad,
Sino La Voluntad De Mi Padre,
Que Es Dar Al Mundo La Vida...

El Que Viene Al Banquete De Mi Cuerpo,
En Mi Vive Y Yo Vivo En El,
Brotará En Él La Vida Eterna,
Y Yo Lo Resusitaré...

¿Señor, A Quién Iremos?
Tú Tienes Palabras De Vida,
Nosotros Hemos Creído,

Que Tú Eres El Hijo De Dios •

XXI Domingo del Tiempo Ordinario (B)

De vez en cuando –o mejor dicho, con más frecuencia- es bueno escuchar otras voces, otras letras, por eso dejo el texto que mi buen amigo José Manuel Vidal publicara hace pocos días en su blog[1], aún con el riesgo de alborotar un poquito al gallinero. Y digo que me parece oportuno porque sus ideas causan la misma reacción que causara el Señor entre quienes le oían: escándalo completo. El texto no necesita más presentaciones y sí nos regala muchas ideas para volver sobre ellas en algún momento tranquilo del fin de semana. Que cada palo aguante su vela.


El Sínodo de la familia está llamado a ser uno de los hitos del pontificado de Francisco. Por la temática abordada, por los procesos que puso en marcha y porque el propio papa quiso que se desarrollase con total parresia, la capacidad de decir lo que se piensa en conciencia con claridad, franqueza y valentía.

Aún siendo un acontecimiento mayor y pleno de parresía, el Sínodo no está por encima del papa. Francisco no le entregó su agenda ni dotó de poderes deliberativos a la asamblea sinodal. Y al final, él y sólo él tendrá la última palabra sobre todos los temas que aborde el Sínodo, incluidos los más polémicos y sensibles, como el de los divorciados vueltos a casar civilmente.

Por eso, todas las campañas (y van ya muchas) de los rigoristas se centran en denunciar que cualquier “alejamiento de la disciplina”, lo haga el Papa o el Papa apoyado en el Sínodo, es una “traición a la doctrina”.

Los rigoristas son esa especie eclesial, poco numerosa pero muy ruidosa en ciertos círculos especialmente de Internet, que, al igual que los fariseos imponen “cargas pesadas” sobre las espaldas de la gente. Y lo hacen con absoluta desfachatez, siempre seguros de sí mismos, de su interpretación de la doctrina. Una doctrina a la que dicen defender a capa y espada, porque ellos y solo ellos lo hacen con absoluta transparencia y sin buscar para nada el aplauso de la gente. Gente y pueblo que, lógicamente, en su interpretación doctrinaria no sólo es pecadora y busca permanentemente pecar y no salir del pecado en el que se refocila como puercos en lodazal, sino que, además, como masa que es, desconoce la doctrina, se deja llevar siempre por el diablo y quiere vivir sin valores morales.

Es ésta, la de los rigoristas y fariseos, una especie antigua, que sacaba de sus casillas al propio Cristo, y que se ha perpetuado en la historia de la Iglesia, que siempre los condenó taxativamente, como su maestro. Ya en el primer Concilio de Nicea, allá por el 325, excomulgó a los llamados “puros” y se consideraban como tales.

Hace unos días, Francisco recordó que los divorciados vueltos a casar no están excomulgados[2]. Al recordar y explicitar, con su habitual estilo catequético, la doctrina común de la Iglesia, el Papa marcaba el camino de la misericordia a los padres sinodales. Pero, sobre todo, señalaba a los rigoristas de hoy. A los que le acusan de ser un Papa débil.

Al proclamar que los divorciados no están excomulgados, está diciendo a los rigoristas que son ellos los que a menudo los tratan como tales y que eso no es evangélico ni doctrinal. Y, además, que con esa actitud no están defendiendo el matrimonio ni entienden el significado doctrinal profundo de la eucaristía.

Los rigoristas patrios y ajenos ni se han enterado ni se enterarán. Lo que dice el Papa sólo va a su misa, si coincide con su cristianismo doctrinario e ideologizado. Y seguirán tronando desde sus pequeños púlpitos y disparando con tirachinas, creyendo que son misiles. No saben conjugar el verbo misericordear. Hasta abominan de él y, por lo tanto, del Evangelio de Cristo, que coloca en su frontispicio al Dios Padre misericordioso.

En cualquier caso, ya es hora de que sepan estos 'cátaros' de hoy que el silencio habitual de los buenos no implica que comulguen con sus 'chinas doctrinales'. Los buenos callan, pero siguen al Papa y, sobre todo, al Dios de la misericordia •

neW-Old-iDeAs

Y qué es entonces? [...] Pregunté a la tierra y me dijo: “no soy yo”, y todas las cosas que hay en ella me confiesan lo  mismo. Pregunté al mar y a los abismos y a los reptiles de alma viva y me respondieron: “no somos tu Dios, búscale por encima de  nosotros” [...] Entonces pregunté al sol, a la luna y a las estrellas. “Tampoco somos nosotros tu Dios que buscas”, me respondieron [...] Dije entonces a todas las cosas que están fuera de las puertas de mi casa: “decidme algo de mi Dios, ya que vosotros no lo sois, decidme algo de él”. Y todas exclamaron con gran voz: “Él nos hahecho” • San Agustin, Confesiones, Libro X. cap. 6.

VISUAL THEOLOGY

Símbolo del oficio de Buen Pastor, que guarda y acompaña con solicitud al rebaño que le fue confiado por el Espíritu Santo, el Báculo fue usado desde los primeros siglos del cristianismo. Se tiene noticia de que en el siglo IV él ya era usado por algunos Obispos. Este bastón pastoral deriva del cayado que usaban los viajantes: "[Se sabe que] muy antiguamente, los fieles venían a los oficios con sus cayados, pues los rituales de los primeros siglos recomendaban depositarlos durante el Evangelio. Él servía para que los fieles se apoyasen durante las largas ceremonias, a las cuales se asistía de pie."

Twenty-first Sunday in Ordinary Time (B)

The long teaching on the Eucharist was over.  Jesus had not covered His message in terms that could be open to interpretation.  He did not say, “I am speaking symbolically here.”  He did not say, “This is like my flesh.”  He said, that the Bread He would give is His flesh.” His followers needed to eat His Body and drink His Blood. He even used words for eating that meant to grind up with your teeth.  “This is hard to take,” some of the disciples complained. “People are leaving you,” the disciples moaned. “The choice is yours,” Jesus responds. “Will you leave too?” And then Peter makes a great profession of faith: Master, to whom shall we go? You have the words of eternal life. We have come to believeand are convinced that you are the Holy One of God.

   Peter and Joshua, the Hebrews who heard Jesus speak, and the ancients who followed Joshua into the Promised Land,  were certainly not the only ones facing a choice. In the early days of the Church, Christians had to choose following Christ or losing their possessions and even their lives. This continues in various areas of the world in our own time.  Now Christians throughout Asia are persecuted by ISIS or its affiliates. Christians living in areas and countries where the faith is persecuted are faced with choosing the Lord daily. The choice is there, and they accept the Lord regardless of the implications of their choice.
The choice is also presented to us, and presented to us daily.  Are we to take the leap of faith and choose the Lord even when He asks us to believe in that which is impossible for the mind to come to, or do we leave for an easier, less challenging faith? Are we to accept living the Law of the Lord as presented by our faith, or are we to join in with the materialist lifestyle of the world? Are we to live a moral life, or join those who mock all who are committed to the Lord?  The choice is there for us. Like Peter, we have to realize that no one else has the words of eternal life.  Like Joshua, we have to decide to follow the way of Lord.

   Many people are still asking the Lord to tone it down some.  “OK, Lord,” they say, “I know abortion is wrong, I know infidelity is wrong, I know stealing is wrong, but maybe in this case, in that case, it is acceptable.” We need to be committed to a following of the Lord that some would call radical, but in reality is simply authentic. Our need is based on the One who is calling us to faith. It is Jesus Christ. If we refuse to follow Him, where exactly can we go? Whom can we follow?  Who else has the words of eternal life? Are we convinced that Jesus is the Holy One of God?  We say we are.  But if we are really convinced, then we really have no choice.  Eternal Life can only be found in Him.

   The conclusion of John 6 is far more than a call to believe in the Eucharist. It is this, but it is more. It is a call to trust in the Lord.  It is a call to dare to be different from those who have left him and who give lip service to their Christianity. We are called to be different.  We are called to be holy, for, after all, that is what holiness is, being separate for the Lord.  We have a choice.....Or do we?   No, we really don’t have a choice. Where else can we go?  He alone has the words of eternal life •


Dios de los padres y Señor de la misericordia,
que con tu palabra formaste al hombre,
para que dominase sobre tus creaturas,
y para que rigiese el mundo con rectitud de corazón.

Dame la sabiduría asistente de tu trono
y no me excluyas del número de tus siervos,
porque siervo tuyo soy,
hijo de tu esclava, hombre débil y de pocos años,
demasiado pequeño para conocer el juicio y las leyes.

Pues aunque uno sea perfecto entre los hijos de los hombres,
sin la sabiduría, que procede de ti, será estimado en nada.
Contigo está la sabiduría conocedora de sus obras,
que te asistió cuando hacías el mundo,
y que sabe lo que es grato a tus ojos
y lo que es recto según tus preceptos.

Mándala de tus santos cielos 
y de tu trono de gloria envíala 
para que me asista en mis trabajos
y venga yo a saber lo que te es grato.

Porque ella conoce y entiende todas las cosas,
y me guiará prudentemente en mis obras, 
y me guardará en su esplendor 


Cántico de Salomón (Sabiduría 9,1-6.9-11)

XX Domingo del Tiempo Ordinario (B)

Dejo que las palabras resuenen en mis oídos: Gustad y ved qué bueno es el Señor. Gustad y ved. Es la invitación más seria y más íntima que he recibido en mi vida: invitación a gustar y ver la bondad del Señor. Va más allá del estudio y el saber, más allá de razones y argumentos, más allá de libros doctos y escrituras santas. Es invitación personal y directa, concreta y urgente. Habla de contacto, presencia, experiencia. No dice «leed y reflexionad», o «escuchad y entended», o «meditad y contemplad», sino «gustad y ved». Abrid los ojos y alargad la mano, despertad vuestros sentidos y agudizad vuestros sentimientos, poned en juego el poder más íntimo del alma en reacción espontánea y profundidad total, el poder de sentir, de palpar, de «gustar» la bondad, la belleza y la verdad. Y que esa facultad se ejerza con amor y alegría en disfrutar radicalmente la definitiva bondad, belleza y verdad que es Dios mismo.

«Gustar» es palabra mística. Y desde ahora tengo derecho a usarla. Estoy llamado a gustar y ver. No hay ya timidez que me detenga ni falsa humildad que me haga dudar. Me siento agradecido y valiente, y quiero responder a la invitación de Dios con toda mi alma y alegría. Quiero abrirme al gozo íntimo de la presencia de Dios en mi alma. Quiero atesorar las entrevistas secretas de confianza y amor más allá de toda palabra y toda descripción. Quiero disfrutar sin medida la comunión del ser entre mi alma y su Creador. El sabe cómo hacer real su presencia y cómo acunar en su abrazo a las almas que él ha creado. A mí me toca sólo aceptar y entregarme con admiración agradecida y gozo callado, y disponerme así a recibir la caricia de Dios en mi alma.

Sé que para despertar a mis sentidos espirituales tengo que acallar el entendimiento. El mucho razonar ciega la intuición, y el discurrir humano cierra el camino a la sabiduría divina. He de aprender a quedarme callado, a ser humilde, a ser sencillo, a trascender por un rato todo lo que he estudiado en mi vida y aparecer ante Dios en la desnudez de mi ser y la humildad de mi ignorancia. Sólo entonces llenará él mi vacío con su plenitud y redimirá la nada de mi existencia con la totalidad de su ser. Para gustar la dulzura de la divinidad tengo que purificar mis sentidos y limpiarlos de toda experiencia pasada y todo prejuicio innato. El papel en blanco ante la nueva inspiración. El alma ante el Señor.

El objeto del sentido del gusto son los frutos de la tierra en el cuerpo, y los del Espíritu en el alma: amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza[1]. Cosecha divina en corazones humanos. Esa es la cosecha que estamos invitados a recoger para gustar y asimilar sus frutos. La alegría brotará entonces en nuestras vidas al madurar las cosechas por los campos del amor; y las alabanzas del Señor resonarán de un extremo a otro de la tierra fecunda. «Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza siempre está en mi boca. Proclamad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre»[2]


[1] Cfr. Gal 5,22
[2] C. G. Vallés, Busco Tu rostro. Orar con los Salmos, Ed. Sal Terrae, Santander 1989, p. 67s.

nEw-Old-iDeAS

Entonces nuestro buen Señor abrió mi ojo espiritual y me mostró mi alma en el centro de mi corazón. La vi tan grande como si fuera una ciudadela infinita, un reino bienaventurado; y tal como la vi, comprendí que es una ciudad maravillosa. En el centro de esa ciudad se encuentra nuestro Señor Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, una persona apuesta y alta, obispo supremo, rey solemne, señor honorable. Le vi espléndidamente vestido. Se sienta erguido en el centro del alma, en paz y reposo, y gobierna y guarda el cielo y la tierra y todo lo que es. La humanidad y la divinidad se sientan allí en reposo; la divinidad gobierna y protege, sin instrumento ni esfuerzo. Y el alma está enteramente habitada por la divinidad, supremo poder, suprema sabiduría y suprema bondad. Jesús no abandonará nunca el lugar que ocupa en nuestra alma, pues en nosotros está su hogar más íntimo y su morada eterna y es su mayor delicia habitar allí. En esto reveló el deleite que tiene en la creación del alma del ser humano; pues así como el Padre podía crear a la criatura, y así como el Hijo podía crear a la criatura, igualmente el Espíritu Santo quería que el espíritu del ser humano fuera creado, y así se hizo. Por ello la santísima Trinidad se regocija sin fin en la creación del alma humana, pues vio, desde antes del principio, que en ella se deleitaría eternamente • Juliana de Norwich, Libro de Visiones y Revelaciones, cap. 68. 

VISUAL THEOLOGY

In the Latin-speaking Christianity of medieval Western Europe (and so among Catholics and many Protestants today), the most common Christogram became "IHS" or "IHC", denoting the first three letters of the Greek name of Jesus, IHΣΟΥΣ, iota-eta-sigma, or ΙΗΣ. The Greek letter iota is represented by I, and the eta by H, while the Greek letter sigma is either in its lunate form, represented by C, or its final form, represented by S. Because the Latin-alphabet letters I and J were not systematically distinguished until the 17th century, "JHS" and "JHC" are equivalent to "IHS" and "IHC". "IHS" is sometimes interpreted as meaning Iesus Hominum Salvator ("Jesus, Saviour of men" in Latin) or connected with In Hoc Signo. Such interpretations are known as backronyms. Used in Latin since the seventh century, the first use of IHS in an English document dates from the fourteenth century, in The vision of William concerning Piers Plowman.[6] Saint Bernardino of Siena popularized the use of the three letters on the background of a blazing sun to displace both popular pagan symbols and seals of political factions like the Guelphs and Ghibellines in public spaces (see Feast of the Holy Name of Jesus). English-language interpretations of "IHS" have included "I Have Suffered" or "In His Service", or jocularly and facetiously "Jesus H. Christ •


Twentieth Sunday in Ordinary Time (B)

This week we come to the climax on the discourse of Bread of Life. But this is not the last Sunday that we have a reading from this chapter.  Next week we’ll consider the disciples suggestion that Jesus “tone down” his teaching.  That’s the conclusion.  Today we have the climax[1].

The attraction of the Eucharist is dynamic. Jesus is dynamic. When we receive communion or when we come to pray before the Blessed Sacrament, we don’t receive an inanimate object. We don’t kneel before a static entity.  This is not a crucifix or a statue that reminds us of something. This is Jesus. The One Who Is.  When we receive communion or come to adoration, we take within ourselves or we come before the dynamic, powerful Presence who speaks to us through the life He has given us. 

How great is our God. He has found a way for each of us to have continual, intimate encounters with Him. Pope Emeritus Benedict XVI wrotes that the Eucharist is the Dynamic Presence that grasps us and makes us His Own.

The fundamental action of Jesus’s life, the reason why He became one of us, was the gift of Himself in His passion, death and resurrection: the Paschal Event. The gift of His sacrificial love re-established our union with God and our capacity to share in his immortality. Or to put it simply: because He died for us we can live forever with him.

When Jesus gave us his Body and Blood the night before He died and when he gives us His Body and Blood every time we receive communion, the Lord gives us the total sacrifice of Himself to his Father.  This is my Body which shall be given up for you.  This is the cup of my Blood, the new and everlasting covenant that shall be shed for you and for all until the end of time. When we receive the Eucharist, Jesus is present as the Servant of God who in His sacrificial death is saving us all.  Right here, right now.  Today’s Gospel states: The one who feeds on my flesh and drinks my blood has life eternal. In the real presence of Jesus in the Eucharist we receive Jesus saving His people, saving us now. We receive Christ strengthening us and transforming our joys and sorrows into prayers to His Father.

Our union with Christ in the Eucharist is union with Christ in passion, death and resurrection. Sometimes we are full of the joy of the Resurrection, sometimes the sorrow of the Passion, but always we are strengthened by the one who gives us His Body and Blood.  The Lord is always in action.  His Presence is dynamic.

The first reading speaks about the Wisdom of God.  God has built a house and invited us to a dinner, “come and eat and drink and live forever, He says.  He gives us the dream of living in peace and happiness totally united to Him for all eternity.

The marvelous paradox of our Eucharistic relationship with the Lord is that the more we have Him, the hungrier we are for Him.  Only God in His Infinite Wisdom could find a way to satisfy our hungry hearts while leaving us even hungrier for Him. We can’t get enough of Him.  We never will until we are fully united to Him in heaven.

Today we pray for the Gift of the Holy Spirit called Reverence. May we revere the Dynamic Presence that assimilates us into Himself every time we receive His Body and Blood


[1] Twentieth Sunday in Ordinary Time (B), Lectionary: 119. Readings: Proverbs 9:1-6; Psalm 34:2-3, 4-5, 6-7; Ephesians 5:15-20; John 6:51-58. 

Al cielo vais, Señora,
y allá os reciben con alegre canto.
¡Oh quién pudiera ahora
asirse a vuestro manto
para subir con vos al monte santo!

De ángeles sois llevada,
de quien servida sois desde la cuna,
de estrellas coronada:
¡Tal Reina habrá ninguna,
pues os calza los pies la blanca luna!

Volved los blancos ojos,
ave preciosa, sola humilde y nueva,
a este valle de abrojos,
que tales flores lleva,
do suspirando están los hijos de Eva.

Que, si con clara vista
miráis las tristes almas desde el suelo,
con propiedad no vista,
la subiréis de un vuelo,
como piedra de imán al cielo, al cielo.

Gloria al Padre, y al Hijo,
y al Espíritu Santo.


Amén •

VISUAL THEOLOGY


El Tránsito de María (o Dormición de María) es en la doctrina católica la glorificación del cuerpo de la Virgen María mediante la definitiva donación de la inmortalidad gloriosa sin pasar por la muerte, es decir, al contrario que sucede en la muerte humana, la intervención divina de su hijo hizo que cuerpo y alma glorificados no se separasen en espera del juicio final y ascendieran unidos a los cielos. Según el dogma establecido por Pío XII el 1 de noviembre de 1950: «Pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma divinamente revelado; que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celeste». En el lenguaje procesional, se llama Virgen en dormición aquella representada en un lecho amortajada tapada por ropa de cama; y la Virgen en tránsito aquella representada en un lecho amortajada pero no tapada por ropa de cama y por lo general rodeada de flores todo el perímetro •

Solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen (2015)

Un ángel se aparecía a la Virgen y le entregaba la palma diciendo: "María, levántate, te traigo esta rama de un árbol del paraíso, para que cuando mueras la lleven delante de tu cuerpo, porque vengo a anunciarte que tu Hijo te aguarda". María tomó la palma, que brillaba como el lucero matutino, y el ángel desapareció. Esta salutación angélica, eco de la de Nazaret, fue el preludio del gran acontecimiento.

Poco después, los Apóstoles, que sembraban la semilla evangélica por todas las partes del mundo, se sintieron arrastrados por una fuerza misteriosa que les llevaba a Jerusalén en medio del silencio de la noche. Sin saber cómo, se encontraron reunidos en torno de aquel lecho, hecho con efluvios de altar, en que la Madre de su Maestro aguardaba la venida de la muerte. En sus burdas túnicas blanqueaba todavía, como plata desecha, el polvo de los caminos: en sus arrugadas frentes brillaba como un nimbo la gloria del apostolado. Se oyó de repente un trueno fragoroso; al mismo tiempo, la habitación de llenó de perfumes, y Cristo apareció en ella con un cortejo de serafines vestidos de dalmáticas de fuego.

Arriba, los coros angélicos cantaban dulces melodías; abajo, el Hijo decía a su Madre: "Ven, escogida mía, yo te colocaré sobre un trono resplandeciente, porque he deseado tu belleza". Y María respondió: "Mi alma engrandece al Señor". Al mismo tiempo, su espíritu se desprendía de la tierra y Cristo desaparecía con él entre nubes luminosas, espirales de incienso y misteriosas armonías. El corazón que no sabía de pecado, había cesado de latir; pero un halo divino iluminaba la carne nunca manchada. Por las venas no corría la sangre, sino luz que fulguraba como a través de un cristal.

Después del primer estupor, se levantó Pedro y dijo a sus compañeros: "Obrad, hermanos, con amorosa diligencia; tomad ese cuerpo, más puro que el sol de la madrugada; fuera de la ciudad encontraréis un sepulcro nuevo. Velad junto al monumento hasta que veáis cosas prodigiosas". Se formó un cortejo. Las vírgenes iniciaron el desfile; tras ellas iban los Apóstoles salmodiando con antorchas en las manos, y en medio caminaba san Juan, llevando la palma simbólica. Coros de ángeles agitaban sus alas sobre la comitiva, y del Cielo bajaba una voz que decía: "No te abandonaré, margarita mía, no te abandonaré; porque fuiste templo del Espíritu Santo y habitación del Inefable". Acudieron los judíos con intención de arrebatar los sagrados despojos. Todos quedaron ciegos repentinamente, y uno de ellos, el príncipe de los sacerdotes, recobró la vista al pronunciar estas palabras: "Creo que María es el templo de Dios".

Al tercer día, los Apóstoles que velaban en torno al sepulcro oyeron una voz muy conocida, que repetía las antiguas palabras del Cenáculo: "La paz sea con vosotros". Era Jesús, que venía a llevarse el cuerpo de su Madre. Temblando de amor y de respeto, el Arcángel San Miguel lo arrebató del sepulcro, y, unido al alma para siempre, fue dulcemente colocado en una carroza de luz y transportado a las alturas. En este momento aparece Tomás sudoroso y jadeante. Siempre llega tarde; pero esta vez tiene una buena excusa: viene de la India lejana. Interroga y escudriña; es inútil, en el sepulcro sólo quedan aromas de jazmines y azahares. En los aires una estela luminosa, que se extingue lentamente, y algo que parece moverse y que se acerca lentamente hasta caer junto a los pies del Apóstol. Es el cinturón que le envía la virgen en señal de despedida.

Esta bella leyenda iluminó en otros siglos la vida de los cristianos con soberanas claridades.

Nunca la Iglesia quiso incorporarla a sus libros litúrgicos, pero la dejó correr libremente para edificación de los fieles. Penetró en todos los países, iluminó a los artistas e inspiró a los poetas. Parece que resurgió, una vez más, en el valle de Josafat, allá donde los cruzados encontraron el sepulcro en el que se habían obrado tantas maravillas y sobre el cual suspendieron tantas lámparas. Como la piedad popular quiere saber, pidiendo certezas y realidades, la leyenda dorada aparece con los rasgos con que el oriental sabe tejerlos entre el perfume del incienso y azahares, adornada con estallidos y decorada con ángeles y pompas del Cielo. Se difunde en el siglo V en Oriente con el nombre de un discípulo de San Juan, Melitón de Sardes, Gregorio de Tours la pasa a las Galias, los españoles la leen en el fervor de la reconquista con peregrinos detalles y toda la Cristiandad busca en ella durante la Edad Media alimento de fe y entusiasmo religioso.

Ni fecha, ni lugar. ¿Cómo fue el prodigio? Escudriñando la Tradición hay un velo impenetrable. San Agustín dice que pasó por la muerte, pero no se quedó en ella. Los Orientales gustan de llamarla Dormición con ánimo de afirmar la diferencia. ¿Tránsito? Separación inefable. Ni el Areopagita, ni Epifanio, ni Dante acertaron a describir lo real indescriptible, inefable: el último eslabón de la cadena que se inicia con la Inmaculada Concepción y, despertando secretos armónicos, apostilla la Asunción con la Coronación que el arte de Fra Angélico se atreve a plasmar con pasta conservada en el Louvre. La Iglesia celebra, junto al Resucitado Hijo triunfante, a la Madre, singularmente redimida, Glorificada desde la Traslación

Tú Señor,
me has seducido
y yo me dejé,
me has forzado
y has sido más fuerte,
más fuerte que yo.

Pero ves Señor,
ahora soy motivo de risa
todo el día se burlan de mi
porque yo, ¡me he enamorado de Ti!

¡Tú me has seducido Señor!
y yo me dejé seducir,
me has forzado
y has sido mas fuerte que yo
ahora soy sólo para Ti.

Ya ves Señor tu palabra
ha sido humillación
y sacrificios,
por eso, resolví
no hablar más en Tu Nombre
ni volverte a mencionar,
pero, había en mi
como un fuego ardiente
en mi corazón,
prendido a mis entrañas
y aunque ahogarlo yo quería
no podía contenerlo.

¡Tú me has fascinado Jesús!
y yo me dejé enamorar
he luchado contra ti,
contra todo lo que siento,

¡Pero has vencido Tú!,
¡Pero, has vencido Tú!, ¡Tú!


• Hermana Glenda

XIX Domingo del Tiempo Ordinario (B)

Sí: hay veces en que el profeta desfallece. Hay momentos en que nos resulta difícil seguir viviendo. ¿Qué razones tengo para seguir viviendo? –nos preguntamos-. Elías gritó al Señor con idénticas palabras: ¡Quítame la vida, que yo no valgo! ¡Basta, Señor![1]

Nos preguntamos: ¿vale la pena vivir conforme a lo que creo? ¿Para qué luchar por una sociedad más justa, si cada vez la injusticia parece más poderosa? ¿De qué sirven las palabras, cuando el día a día no cambia? La respuesta de Dios a Elías es la misma para cada uno de nosotros: ¡Levántate y come! Dios concede el pan de la vida, el agua de la vida. Y lo hace siempre de forma milagrosa: por medio de algún ángel, de un amigo, de un sacerdote, de un acontecimiento. No hay que desconfiar. Lo peor es huir de la presencia de Dios. Lo peor es no estar dispuesto a comer el pan que viene de Su mano.

No deja de ser una tremenda osadía, el hecho de que Jesús se defina a sí mismo como el pan del Cielo o incluso el pan de la Vida. Aquellos que le escuchaban se remitían a los hechos: ¿No es el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice que es el Pan bajado del Cielo?[2] El Señor sabe qué esto solo lo entiende quien siente amor por dentro. Es la atracción que Dios pone en el corazón de no pocos seres humanos para que coman de este pan y vivan.

Hermano mío, hermana mía, ¿cuando vamos a recibir la Comunión, nos damos cuenta que somos atraídos? Hay unos brazos que nos acogen y no estrechan más allá de nuestra voluntad. La eucaristía es un abrazo invisible, una atracción misteriosa, una fuente de energía (sic) que no tiene comparación en la tierra. Sin embargo también nosotros podemos comer del pan, sin fe, por eso se hace tan importante tomar conciencia, detenernos un momento y pensar a Quién vamos a recibir.

Jesús nació en Beth-lehem, en hebreo esta palabra compuesta significa "la casa (Beth-) del pan (lehem)" ¡Es maravilloso ver cómo la vida de Jesús se detiene en tres momentos muy importantes y se relaciona con el pan: nace en la casa del pan, en el momento culminante de su vida pública multiplica los panes, y un poco antes de morir se entrega a sí mismo en un trozo de pan. Sí, en Bethlehem nació el Pan de la Vida y en Jerusalén en vísperas de la Pascua este pan fue entregado para desaparecer y hacerse vida del mundo.

Jesús –dice la Constitución Lumen Gentium del Concilio en el capítulo VII- atrae desde el cielo a todo el mundo hacia sí. Y en esa ola fuerte de atracción, implica la comunidad y a cada uno de nosotros. Nuestra misión consiste en ayudar a quienes tenemos cerca a no resistir la atracción del Señor que nos seduce[3], hemos de facilitar esa seducción. Quizá la gran tarea que tenemos estos días en manos sea, digámoslo así, desatar ciertas cuerdas para que el globo pueda volar, quitar el freno para que el vehículo comience a andar, abrir las ventanas para que entre el viento.

Cada uno de nosotros somos profetas, misioneros, evangelizadores. En este tiempo de verano disponemos tal vez de muchas ocasiones para disfrutar de lo mejor de nuestra fe y comunicarla a los demás. Hay muchos medios para transmitir el Evangelio. Todo transmite cuando el amor está vivo y activado, cuando está encendido, cuando el corazón está puesto en el Amor Supremo •



[1] Cfr. I Reyes 19,4-8
[2] Cfr. Jn 6, 42.
[3] Cfr. Jer 20,7. 

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris