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Solemnidad de la Natividad del Señor 25.XII.2013 (I)

Conforme van llegando los últimos días de Noviembre y los primeros de diciembre las calles se llenan de luces, estrellas, árboles navideños, nacimientos, etc. Es quizá la época del año en la que nuestra sociedad adquiere un carácter ornamental intenso y festivo. Y sin embargo, ¿qué hay detrás todos estos símbolos entrañables? ¿Qué lee el hombre actual en ellos y qué permanece en su espíritu?

Se iluminan las ciudades con toda clase de luces y se encienden los cirios navideños en los hogares, pero apenas le recuerdan a nadie a Aquel que es la Luz del mundo[1], el que ha venido a iluminar las tinieblas de nuestra existencia.

Las calles se llenan de estrellas, pero, ¿a cuántos nos orientan hacia aquel portal de Belén en el que nació el Salvador de la humanidad? Se colocan árboles de Navidad en las plazas y en los rincones de los hogares, pero, ¿nos detenemos a pensar que ese árbol simboliza a Jesucristo, el Árbol de la Vida, el Mesías que nos trae nueva savia a los hombres? ¿Recordamos que ese árbol, lleno de luces y regalos, es símbolo de Cristo, portador de luz y gracia para todos nosotros?

Pero, sobre todo, ¿nos detenemos a contemplar con fe el misterio que se encierra en un nacimiento? Francisco de Asís inició la costumbre de poner el nacimiento movido por el deseo de hacer más presente y real el misterio de la Encarnación, de experimentar directamente la alegría del nacimiento de Dios y comunicar esa alegría a los amigos. Cuenta Tomás de Celano, su primer biógrafo, que Francisco contemplaba con alegría indescriptible el misterio de Belén. «Afirmaba que ésta era la fiesta de las fiestas, pues en ese día Dios se hizo niño y se alimentó de leche del pecho de su madre, lo mismo que los demás niños. Francisco abrazaba con delicadeza y devoción las imágenes que representaban al Niño Jesús y lleno de afecto y compasión, como los niños, susurraba palabras de cariño».

Son muchos, sin duda, los factores que nos han hecho ciegos para leer los símbolos navideños y detenernos ante ese Niño en el que no somos ya capaces de percibir nada grande[2].

Por eso, tal vez, la manera más auténtica de vivir nosotros la Navidad sea empezar por pedir a Dios un regalo, uno solo: esa sencillez y simplicidad de corazón que sabe descubrir en el fondo de estas fiestas a un Dios entrañable y cercano. Podríamos decirle, en el silencio de la Nochebuena: Señor, en tu misericordia y compasión, regálanos un corazón que se sorprenda ante el misterio, un corazón que no se acostumbre nunca a Ti, a tu presencia, al regalo de tu gracia, un corazón cristiano ■





[1] Jn 8, 12.
[2] J. A. Pagola, Buenas Noticias, Navarra 1985, p. 23 ss.

Solemnidad de la Natividad del Señor 25.XII.2013 (II)

Siempre que nace un niño o una niña lo celebramos porque es una gran victoria: la de la vida sobre la muerte, la del amor sobre el egoísmo, la de la responsabilidad sobre el capricho. Cada niño que nace nos ilumina y nos interpela. Pero este Niño nacido era parte del signo anunciado. Es el Niño que aplastaría la cabeza de la serpiente[1], el que comería requesón con miel[2] y haría huir a los reyes o diablos enemigos.

Hoy celebramos que ese niño ha nacido. Si: ha nacido el Niño profetizado. Ya empiezan a cumplirse las promesas de Dios. Ya tenemos razón y fundamento para todas las esperanzas. Nos ha nacido un Niño que es una maravilla, fruto de raíz humana, lo más perfecto que el germen humano ha producido.

¡Qué bueno si en esta Navidad hiciéramos nacer en nosotros a nuestro propio niño! O sea, si todos empezáramos a ser un poco menos fuertes, menos independientes, menos importantes ¡menos engreídos! Y un poco más débiles, más confiados, más sencillos, más niños. Es solamente así que nuestro Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado[3].

El niño que ha de nacer en nosotros es la persona despojada de orgullos y grandezas, liberada de recelos, desconfianzas y envidias, totalmente desarmada. Es una persona nueva. No es fácil. Hay que perder títulos y marquesados; dejar armas, olvidar saberes, arrancar caretas, no soñar con aplausos y aprender a hacer locuras. Hay que rebajarse y empequeñecerse muchísimo. O dicho de otra manera, hay que volver a nacer. He aquí que yo hago nuevas todas las cosas[4].

La generosidad de Dios no tiene límites y raya en la locura. Hoy por hoy no es el Dios de la tierra prometida donde mana leche y miel y agua de la roca y comida de ángeles. Ahora nos entrega a su único Hijo: Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único[5]. Y nos lo dio para que todos fuéramos hermanos. Es importante saber que puede haber hermanos más unidos que los de la carne y la sangre[6]




[1] Cfr. Gen 3, 15.
[2] Cfr. Is 7, 15.
[3] Idem 9, 2-7.
[4] Apoc 21, 5.
[5] Jn 3, 16
[6] Caritas, Pastor de tu hermano. Adviento y Navidad, 1985, p. 76 ss.

Jesucristo Rey del Universo (2103)

Los reyes del mundo habitualmente están rodeados de protección,  armas, terciopelos, joyas, y tronos en esplendorosos salones. El evangelio de hoy, en la fiesta de Cristo Rey, nos presenta a un Jesús cuyo trono es la cruz y cuyo cetro es un clavo que atraviesa su mano. Demasiado escandaloso, demasiado insoportable para el hombre de hoy.

Si hay algo enormemente lejano de lo que es ser rey, según la razón y el sentir humano, es este Jesús clavado en una cruz. Si hay algo aparentemente imposible de conciliar es que Jesús sea Dios y Rey en la Cruz.

A los primeros cristianos les costó mucho asimilar este Dios, este Rey que presentaba su máximo esplendor clavado en una cruz. San Pablo tendrá que recordarles que predicamos un Mesías crucificado, para los judíos un escándalo, para los paganos una locura[1].

Es bien conocido el dibujo burlón que en las catacumbas, presentaba un crucificado con cabeza de asno, o la acusación tan frecuentemente lanzada contra aquellos primeros cristianos de «ateos»; todo ello era consecuencia de una misma causa: no era lógico, no tenía sentido que se presentase a uno que había muerto crucificado, como a Rey y Dios.

Reconocer la realeza de Jesús es un gesto humanamente imposible ante este hombre humillado, abatido, crucificado y muerto. ¿Es posible que los hombres acepten a este Jesús tratado de esa manera infamante como el único capaz de llevarles a la felicidad, a la vida...? Esta es la pregunta del día de hoy…

Porque esta es la fe cristiana: ante un hombre que está siendo ejecutado como un malhechor entre malhechores, el cristiano proclama que ese –y no otro- es nuestro Dios y Salvador.

Y ahí está el problema: la inscripción puesta sobre la cruz de Jesús -este es el Rey de los judíos- expresa la enorme paradoja que hay en el corazón de la fe cristiana. No nos extrañemos pues de las diversas reacciones ante el reinado del Señor.

Estaba el pueblo mirando. Es la primera de las reacciones que encontramos. El pueblo presencia la escena probablemente esperando a ver en qué terminaba aquello; ese pueblo que ¡ay! muchas veces reduce todo a espectáculo y así elude todo compromiso. Un pueblo que no quiere pensar ni decidirse, o mejor dicho: se decide siempre por lo que dicen y hacen los demás, sin tener nunca una opinión propia… Hosanna al Hijo de David ¡Crucifícale![2]

A otros ha salvado, que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios[3]. Hay que reconocer que saben poner el dedo en la llaga; que lo que dicen tiene lógica; y precisamente por eso, porque están convencidos de que Dios tiene que ser como su lógica les dicta, son incapaces de reconocer a Dios tal y como él se presenta[4].

Los soldados romanos, encargados de la ejecución, se burlan de aquel hombre que moría bajo el título de Rey de los judíos. Ellos sirven a un rey de este mundo y por tanto saben bien lo que era un rey. Pensar que aquel hombre fuese rey era un disparate en el que ellos, lógicamente, no iban a caer. ¿Quiénes son los soldados romanos de hoy? Los que están –estamos- convencidos de que una ideología humana es realmente salvadora y se entregan a ella con alma y vida.

Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo: ¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros. Éste hombre representa a todos los que condicionamos la aceptación de Jesús a la solución de nuestros problemas: enfermos, dinero, circunstancias desgraciadas, etc.

Sólo la última intervención es favorable a Jesús. Uno de los ajusticiados hace justicia al ajusticiado Jesús y descubre quién es. Cuatro contra uno. Un balance desalentador para el único verdadero Reino... Pero el otro lo increpaba: -¿Ni siquiera temes tú a Dios estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada.

De los dos ladrones, solamente uno reconoce a Jesús. A pesar de que las situaciones sean idénticas, las actitudes son completamente distintas. Esto demuestra que la situación de pobreza o de sufrimiento no es suficiente para explicar la acogida o el rechazo al evangelio. Hay dos enfermos de cáncer en la misma habitación: uno blasfema y dice que Dios es injusto permitiendo esas cosas; el otro descubre a Cristo crucificado en su mismo sufrimiento.

¿Qué es aquello que vuelve capaz al ojo humano para contemplar la vida y especialmente los dramas que contiene, como él supo mirarlos? La fe, la luz de Dios que debemos desear por encima de todas las cosas y debiéramos pedir en primer lugar.

Hoy estarás conmigo en el Paraíso, escucha aquel ladrón de boca de su compañero de tormento. Paraíso significa «jardín delicioso» ¡eso sería el mundo si tuviéramos la fe de aquel ladrón!

Al mismo tiempo que la cruz aparece a unos como la objeción que hace imposible su fe en la realeza de Jesús, aparece a otros como el signo luminoso de una misión divina ¡Ay mirada tan profunda la del buen ladrón! ¿Qué es lo que proporciona unos ojos capaces, como los suyos, de contemplar la vida, y especialmente los dramas que contiene, como él supo mirarlos? ¿Cómo llegar a ver a Jesús como supo hacerlo él el primero? ¿No es la pregunta decisiva que plantea el texto de hoy? Una pregunta que nunca ha dejado de estar planteada ■



[1] 1Co 1, 23.
[2] Cfr. Jn 19,15.
[3] Lc 23, 35-43.
[4]Lous Monlobou, Leer y predicar el evangelio de Lucas, Edit. Sal Terrae, Santander 1982, p. 306.

XXII Domingo del Tiempo Ordinario

Son muchas las personas —explicaba con gracia C. S. Lewis[1]— que piensan que humildad equivale a mujeres bonitas tratando de creer que son feas, u hombres inteligentes tratando de creer que son tontos. Y como consecuencia de este malentendido se pasan la vida intentando creerse algo manifiestamente absurdo y, gracias a eso, jamás logran crecer en la virtud de la humildad[2].

Y es que no debemos confundir humildad con algo tan simple y ridículo como tener una mala opinión acerca de los propios talentos.

La humildad nada tiene que ver con una absurda simulación de falta de cualidades, y es que la humildad no puede violentar la verdad, ya que la sinceridad y la humildad son dos formas de designar una realidad única. La humildad no está en exaltarse ni en infravalorarse, sino que va unida a la verdad y a la naturalidad. In medio virtus, que decían los escolásticos.

No se logra la humildad en la familia humillando a los demás, ni regateando los legítimos y prudentes elogios a las buenas acciones de los hijos o del esposo o la esposa, con la excusa de evitar que se envanezcan. Ni consiste tampoco en echarse encima toneladas de basura. Porque, además, esas personas autoculpistas casi nunca no suelen creerse de verdad lo que dicen, o lo que se dicen ellos mismos; se pasan la vida diciendo que tienen muy mala memoria, que son un desastre, que no dan una...; pero suelen decirlo de modo genérico, y no les gusta que sea otro quien lo dé a entender, y menos si se desciende a lo concreto: cuando van conduciendo, por ejemplo, la culpa será siempre de otro conductor, del coche, o de la carretera, o de que le han distraído; y en el deporte, resultará que le han dado mal el balón, o que el terreno no estaban bien; etc.

Tampoco es humildad esa triste y victimista actitud de quien dice "es que soy así" y se abandona a sus propios defectos sin molestarse en luchar por mejorar. Eso puede ser vivir cómodamente o en la inconstancia, pero no es, ni de lejos, la virtud de la humildad.

Una vez estaba yo –la voz es de santa Teresa- considerando por qué razón era Nuestro Señor tan amigo de ésta virtud de la humildad, y púsoseme delante, a mi parecer sin considerarlo, sino de presto, esto: que es porque Dios es suma Verdad y la humildad es andar en verdad[3].

Hay muchas maneras de crecer en la humildad, y si ponemos verdadera atención a la voz de Dios en nuestro interior, seguro escucharemos por dónde tenemos qué mejorar.

La Confesión –es ahora León XIII quien nos habla- por la que revelamos a uno que es semejante a nosotros las miserias más secretas y vergonzosas de nuestra alma, es el acto más sublime de humildad que Jesucristo ha mandado a su s discípulos[4].

Poco queda decir después de ésta cita, quizá sólo pedirle a Jesucristo, manso y humilde de corazón[5], en ésta eucaristía su ayuda y su gracia en para adelantar en ésta virtud tan importante y tan esencial para la vida espiritual de cada uno.

Santa María, esperanza nuestra, esclava del Señor ¡ruega por nosotros!

_________________

[1] Clive Staples Lewis (Belfast, 29 de noviembre de 1898 - Oxford, 22 de noviembre de 1963), comúnmente conocido como C.S. Lewis, sus amigos lo llamaban Jack. Fue un escritor, apologista y académico irlandés. Lewis es conocido principalmente por sus trabajos acerca de la literatura medieval, apologías cristianas, criticismo literario y su ficción. Él es más conocido hoy por sus libros infantiles de las Crónicas de Narnia
[2] Homilía pronunciada el 2.VIII.2007, en la parroquia de St. Matthew, en San Antonio (Texas), XXII domingo del tiempo ordinario.
[3] Santa Teresa, Las Moradas, VI, 10
[4] Práctica de la humildad, 58.
[5] Cfr Mt 11, 28-30.

ilustración: Giovanni di Paolo Madonna dell'Humiltá c. 1442 Tempera on wood, 56 x 43 cm Museum of Fine Arts, Boston

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris


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