Solemnidad de la Natividad del Señor 25.XII.2013 (II)

Siempre que nace un niño o una niña lo celebramos porque es una gran victoria: la de la vida sobre la muerte, la del amor sobre el egoísmo, la de la responsabilidad sobre el capricho. Cada niño que nace nos ilumina y nos interpela. Pero este Niño nacido era parte del signo anunciado. Es el Niño que aplastaría la cabeza de la serpiente[1], el que comería requesón con miel[2] y haría huir a los reyes o diablos enemigos.

Hoy celebramos que ese niño ha nacido. Si: ha nacido el Niño profetizado. Ya empiezan a cumplirse las promesas de Dios. Ya tenemos razón y fundamento para todas las esperanzas. Nos ha nacido un Niño que es una maravilla, fruto de raíz humana, lo más perfecto que el germen humano ha producido.

¡Qué bueno si en esta Navidad hiciéramos nacer en nosotros a nuestro propio niño! O sea, si todos empezáramos a ser un poco menos fuertes, menos independientes, menos importantes ¡menos engreídos! Y un poco más débiles, más confiados, más sencillos, más niños. Es solamente así que nuestro Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado[3].

El niño que ha de nacer en nosotros es la persona despojada de orgullos y grandezas, liberada de recelos, desconfianzas y envidias, totalmente desarmada. Es una persona nueva. No es fácil. Hay que perder títulos y marquesados; dejar armas, olvidar saberes, arrancar caretas, no soñar con aplausos y aprender a hacer locuras. Hay que rebajarse y empequeñecerse muchísimo. O dicho de otra manera, hay que volver a nacer. He aquí que yo hago nuevas todas las cosas[4].

La generosidad de Dios no tiene límites y raya en la locura. Hoy por hoy no es el Dios de la tierra prometida donde mana leche y miel y agua de la roca y comida de ángeles. Ahora nos entrega a su único Hijo: Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único[5]. Y nos lo dio para que todos fuéramos hermanos. Es importante saber que puede haber hermanos más unidos que los de la carne y la sangre[6]




[1] Cfr. Gen 3, 15.
[2] Cfr. Is 7, 15.
[3] Idem 9, 2-7.
[4] Apoc 21, 5.
[5] Jn 3, 16
[6] Caritas, Pastor de tu hermano. Adviento y Navidad, 1985, p. 76 ss.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris