Tu intimidad es palabra,
hecha silencio y ternura,
es la ciencia sin saberes,
porque es tu presencia pura.

Déjame, mi Dios, sentirte
sin razones ni ataduras,
déjame, mi Dios, saberte
derramado en mi espesura.

Déjame, mi Dios, perderme,
en tu pecho, que es mi cuna,
que es descanso de mis sienes,
cabezal de suaves plumas.

Eucaristía dulcísima
vida de Dios que susurra,
aquí detengo mi aliento,
callo, que estoy a la escucha.

No soy pagano, soy hijo,
por divina gracia tuya,
no necesito palabras
para decirte mis cuitas.

Me basta volver mis ojos
a tu mirada profunda,
me basta llamarte “Padre”
y quitar toda pregunta.

Creo en tu vida, mi Dios,
que viertes en quien comulga,
eres mío, porque quieres
que mi alma a ti se una.

Heme aquí, uno los dos,
vida una, muerte una,
Jesús de toda piedad
y de infinita hermosura.
Amén  
EL CAMINO CUARESMAL.   
P. Rufino María Grández, ofmcap.

I Domingo de Cuaresma (B)


Lo mejor de la noche es la esperanza del amanecer; aún así la noche es necesaria la noche, sin ella, la luz del nuevo día no tendría ese sabor a victoria. Sería como un vaso de agua sin sed; o como un descanso que no ha sido preparado, deseado largamente desde la fatiga.

El diluvio fue una larga noche -¿noche, o muerte?- noche, en realidad, porque una débil esperanza –el arca- se negaba a morir. Al final de aquella noche, el arco iris fue, para aquella familia que se salvó, como un amanecer de victoria, como una señal de alianza con su Dios.

El pecado es noche también. Y el bautismo, para Pedro, es como el arca; una señal de que esa noche tendrá también su amanecer. ¿Quién lo garantiza? Cristo, pasando de la noche de su muerte al alba de su resurrección: «Como Cristo era hombre, lo mataron; pero como poseía el Espíritu, fue devuelto a la vida».

El desierto era, para el pueblo judío, como otro nombre de la noche. Lugar de paso hacia una tierra que un día sería su tierra, pero que aún quedaba lejos. Lugar de purificación y de esperanza. Buen lugar para las grandes batallas y para los grandes encuentros. Por eso Jesús, que quería entrar hasta el fondo de nuestra noche, quiso vivir esa experiencia, y así el Espíritu empujó a Jesús al desierto.

Y en el desierto entró como un hombre más; en pie de igualdad. Y en él empezó a librar su gran batalla. A solas con su limitación y con su miedo; cercado por una naturaleza que se le encrespaba –estaba con los animales- sin seguridades en que apoyarse –mientas era tentado por Satanás- desgastado por el hambre y por la sed. Una batalla que no será vencida de una vez para siempre, sino que habrá que continuar ganando cada día, palmo a palmo, cada vez más dura y más dramática, hasta el acoso de Getsemaní, hasta el fracaso de la cruz.

Con la Cuaresma entramos, nosotros también, en el desierto. En él –sed y silencio- nos vamos preparando para saborear un día el agua viva de la Pascua[1]. En Él, en Jesús, nos vamos convenciendo de la inutilidad de tantas cosas que antes creímos necesarias, de lo débiles que eran nuestros puntos de apoyo. En Él, al damos cuenta de nuestra radical pobreza, podremos acabar descubriendo que Dios es nuestra única esperanza[2].

Entremos sin miedo en ese desierto. Dispuestos a aguantar la sed y el hambre. Dejando pesos inútiles que nos impedirían caminar: comodidades que nos acaban enmoheciendo la disponibilidad, consumismo que pone en peligro toda nuestra escala de valores, seguridades que nos tientan a que apartemos los ojos del que es nuestra única seguridad: el Señor.

Entremos en la Cuaresma sin miedo al silencio. Sin miedo a vernos como somos cuando el sol, implacable, acabe derritiendo nuestros complicados maquillajes.

La penitencia, el cambio, descubren el evangelio: en ellos habita la gracia, el reino de Dios. Y allí, en la conversión, hay que encontrarlo. El que reflexiona sobre esto, advierte cuán actual es; cómo nos interpela y nos conduce a la acción y a la oración. Con toda naturalidad, este evangelio nos conduce de la palabra de Dios a nosotros a nuestra oración a él, la cual, por supuesto, también nos exige y nos lleva al camino.

Surge la oración, la súplica de que aprendamos a dejarnos conducir por el Espíritu y no a servir únicamente a nuestro propio provecho. Y de que entendamos el secreto del desierto. Y asimismo de que podamos percibir en la prueba, a través de las fieras también el vuelo de los ángeles. Pedimos asimismo que la palabra de Dios se extienda también hoy y que permanezca en nosotros la seguridad de su victoria. Y, al mismo tiempo, que seamos también nosotros los testigos de la palabra. Que aprendamos a convertirnos. Y que así descubramos el evangelio, la proximidad del reino, llenos de alegría fundada en la fe[3]



[1] Cfr Jn 7, 37.
[2] J. Guillén García, Al Hilo de la Palabra, Comentario a las lecturas de domingos y fiestas, ciclo B, Granada 1993, p. 38 ss.
[3] J. Ratzinger, El Rostro de Dios, Ed. Sígueme, Salamanca 1983, p. 78ss.

New-old-ideas


The real purpose of meditation is this: to teach man how to work himself free of created things and temporal concerns, in which he finds only confusion and sorrow, and enter into a conscious and loving contact with God ■ T. Merthon, New Seeds of Contemplation, New York: New Directions Books: 217

VISUAL THEOLOGY


Christianity has a long and venerable history in Ethiopia. The first community of Christians had just been established in Jerusalem, when, according to Acts 8:26-40, the Apostle Philip was sent to witness to “a eunuch of Great authority under Candace queen of the Ethiopians.” In the 4th Century, Christianity was proclaimed the official faith of the Ethiopian Aksumite Kingdom. It became the first nation in the world to use the image of the cross on its coinage. Elements from Judaism were incorporated into Ethiopian religion in the 13th century, when a new dynasty sought to legitimize its hold on power by claiming lineage from the Hebrew King David through a son of King Solomon and the Queen of Sheba, named Menelik, who was said to have brought the Ark of the Covenant to Ethiopia. This fusion of Old and New Testament traditions, mixed with elements of Egyptian Coptic, Byzantine, Armenian, Nubian, and European sacred art, has produced a style of iconography unique in Christendom ■

First Sunday of Lent (B)


Just as Spring training prepares the major league player for the challenges of the year, Lent, the spring renewal of our Christianity, prepares us for the challenges of our spiritual lives. It is with delightful simplicity that the Gospel of Mark presents the testing of the Lord in just two verses. The Spirit sends Jesus to the desert for forty days. Jesus is put to the test.  He's with wild beasts. Angels minister to him. We don't find the three temptations of changing a rock to bread, or jumping off the parapet of the Temple safely, or receiving all the power of the world, which we come upon in Matthew and Luke. The precise temptations were not important to Mark. For Mark the only thing that matters is that the Lord was strengthened by this test and then was ready to proclaim his Father's Kingdom.

Usually when we think of temptations we take a negative focus and consider our failures or how close we come to falling; however there is another way to consider temptations, a positive way. That's Mark's focus. Temptations can also be seen as a test that if successfully overcome, can strengthen someone to put up a better fight for the Lord.

As we begin Lent and relate the forty days the Lord spent in the desert to the forty days of Lent, we also can relate tests that we have had or may still have in our lives. Perhaps some of us can say that we were strengthened by a successful fight against temptation. Now, we shouldn't go around looking for temptation, that would be putting ourselves in the occasion of sin, but if we ever are tempted, we are ready. We have beaten it off before and we can beat it off again. Spiritually, we are ready for the high hard one. We need to have confidence in ourselves, and more important, confidence in the Lord who is preparing us to do battle for Him.

We're ready, but we are not ready just because we say so. We are ready because we have been given the power to withstand all assaults on our spiritual lives.

In the Gospel of Mark Jesus is presented after the devil left as being with the wild beasts as the angel's ministered to him[1]. Maybe Mark is addressing his gospel to the Christians at Rome who had already experienced the martyrdoms of Peter and Paul and the persecution of Nero, and is saying to them, “even among these beasts of Romans, God is protecting you.”

What the Lord is telling us is that in the face of forces wishing to destroy our spiritual lives, there is an infinitely stronger force who will protect us. Leopards, wild boars, bears roamed the desert where the Lord was praying but they couldn't hurt him. The angels ministered to him. Materialism, hedonism, and religious indifference roam the places where we live and are tested, but no forces can destroy our spiritual lives. The Power of Christ and his sacraments are with us. The Holy Spirit who was with Jesus in the wilderness is with us. Nothing can take the spiritual from us. We can only give it away by giving up and giving in.

This is the sign that I am giving for all ages to come, of the covenant between me and you and every living creature with you: I set my bow in the clouds to serve as a sign of the covenant between me and the earth. The main lesson of the flood was not a lesson of God's wrath, but a lesson of his covenant, his care and his love.  He would never give up on his people.  He would never give up on any of us.

We can allow the events of our lives to strengthen us in our faith life.  We can –we must- do this because God is with us, joining us in the fight against the forces that would otherwise destroy us.

Spring training is going full force. Our spring training began last Wednesday, Ash Wednesday. Today on this First Sunday of Lent we ask God to give us the determination to find the ways that we can summon His presence in the face of the challenges to our Christianity ■


[1] Perhaps there is a reflection here of Psalm 91:11-13: For God commands the angels to guard you in all your ways. With their hands they shall support you, lest you strike your foot against a stone. You shall tread upon the asp and the viper; trample the lion and the dragon.

CUARESMA 2012


Como busca la cierva
corrientes de agua,
así mi alma te busca
a ti, Dios mío;
tiene sed de Dios,
del Dios vivo:
¿cuándo entraré a ver
el rostro de Dios?

Las lágrimas son mi pan
noche y día,
mientras todo el día me repiten:
«¿Dónde está tu Dios?»

Recuerdo otros tiempos,
y desahogo mi alma conmigo:
cómo marchaba a la cabeza del grupo,
hacia la casa de Dios,
entre cantos de júbilo y alabanza,
en el bullicio de la fiesta.

¿Por qué te acongojas, alma mía,
por qué te me turbas?
Espera en Dios, que volverás a alabarlo:
«Salud de mi rostro, Dios mío».

Cuando mi alma se acongoja,
te recuerdo
desde el Jordán y el Hermón
y el Monte Menor.

Una sima grita a otra sima
con voz de cascadas:
tus torrentes y tus olas
me han arrollado.

De día el Señor
me hará misericordia,
de noche cantaré la alabanza
del Dios de mi vida.

Diré a Dios: «Roca mía,
¿por qué me olvidas?
¿Por qué voy andando, sombrío,
hostigado por mi enemigo?»

Se me rompen los huesos
por las burlas del adversario;
todo el día me preguntan:
«¿Dónde está tu Dios?»

¿Por qué te acongojas, alma mía,
por qué te me turbas?
Espera en Dios, que volverás a alabarlo:
«Salud de mi rostro, Dios mío» ■ Salmo 41

MIERCOLES DE CENIZA 2012


En los siglos VIII y IX la imposición de la ceniza se unía, en el contexto litúrgico, a la penitencia pública. Aquel día se expulsaba a los penitentes de la iglesia. Y este gesto repetía, de alguna manera, aquél otro de Dios arrojando a Adán y Eva, pecadores, del paraíso... En esta perspectiva se colocan las palabras del Génesis que se refieren precisamente a este episodio: Con el sudor de tu frente comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella te sacaron; pues eres polvo y al polvo volverás... Y el Señor Dios lo expulsó del jardín del Edén, para que labrase el suelo de donde lo había sacado[1].

Sólo más tarde la imposición de la ceniza tomó un simbolismo distinto: el de la fragilidad y brevedad de la vida. El recuerdo de la muerte. La referencia a la tumba.

Con la imposición de la ceniza la liturgia nos recuerda a el hombre-polvo, el hombre que se ha alejado de Dios, que ha rehusado el diálogo, que ha sido echado de su casa, que ha rechazado el dinamismo del amor para caminar siguiendo una trayectoria de desilusión y de muerte. El hombre-polvo es el hombre que se opone a Dios, da la espalda a su propio ser y se condena a la nada. Pero en este dramático itinerario de alejamiento y visitación, existe la posibilidad del retorno. Retorno al origen. En lugar de precipitarse hacia la tumba, es posible cambiar de dirección, por eso la invitación –que no es nunca a fuerzas- a la conversión, a volver a la fuente, de ahí las palabras de Joel en la primera de las lecturas: Convertíos a mí de todo corazón.

* * *

Me vuelvo tierra y me confío al constructor para que me rehaga del todo. Me he equivocado. He perdido el camino de la vida. He perdido el reino. He comprometido incluso a los otros en mi pecado (todo pecado es un pecado "público" con consecuencias desastrosas para toda la comunidad eclesial). Es justo que se me ponga a la puerta.

Pero, a la vuelta de la esquina, vuelvo a condición de... polvo, de la materia de donde fui creado. Y Él se inclinará aún sobre este polvo para darle el aliento de vida. Así mi nada es tocada por la plenitud divina.

De la ceniza salta una chispa de vida. Y ahora la sutil capa de polvo ya no puede ocultar el esplendor del rostro de un hijo de Dios.

Todo, pues, comienza de nuevo. Puede ser nuevo si acepto no el fin, sino el principio. No el montoncito de ceniza de la tumba. Sino el puñado de tierra en las manos del artífice. El poco de tierra dispuesta a recibir el aliento. Y convertirse así, de nuevo, en un viviente[2].

La cita, pues, con la ceniza es fundamentalmente la cita con la vida. La ceniza me recuerda la cuna, no la tumba ■


[1] Cfr Gn 3, 19 ss.
[2] A. Pronzato, El Pan del Domingo, Ciclo C, Edit. Sígueme, Salamanca, 1985, p. 42 ss. 

New-old-ideas


El que ama siempre encuentra tiempo para estar con la persona amada. El que no tiene tiempo para orar no ama. Los pensamientos hermosos, los sentimientos delicados o las palabras elocuentes no son de suyo oración. Esta consiste más bien en decir al Señor amado nuestro amor, nuestro sufrimiento, nuestra alegría, nuestras preocupaciones, nuestros temores... El pobre y el niño aman así y... rezan así. Esta actitud de autenticidad fue la del publicano en el templo, la de la samaritana en conversación con Jesús junto al pozo de Jacob, la del hijo pródigo en su reencuentro con el padre, la de Saulo en el camino de Damasco. Este modo de hablar con el Señor supone una gran confianza y un clima de familiaridad. De semejantes encuentros la persona sale más alegre y confiada Pedro Finkler, Orar, Capítulo 11 de Buscad al Señor con alegría. 

VISUAL THEOLOGY


La «cátedra», literalmente, quiere decir la sede fija del obispo, colocada en la iglesia madre de una diócesis, que por este motivo es llamada «catedral», y es el símbolo de la autoridad del obispo y, en particular, de su «magisterio», es decir, de la enseñanza evangélica que él, en cuanto sucesor de los apóstoles, está llamado a custodiar y transmitir a la comunidad cristiana. Cuando el obispo toma posesión de la Iglesia particular que le ha sido confiada, con la mitra y el báculo, se sienta en su cátedra. Desde esa sede guiará, como maestro y pastor, el camino de los fieles, en la fe, en la esperanza y en la caridad. 

¿Cuál fue, entonces, la «cátedra» de san Pedro? Él, escogido por Cristo como «roca» sobre la cual edificar la Iglesia (Cf. Mateo 16, 18), comenzó su ministerio en Jerusalén, después de la Ascensión del Señor y de Pentecostés. La primera «sede» de la Iglesia fue el Cenáculo, y es probable que en aquella sala, donde también María, la Madre de Jesús, rezó junto a los discípulos, se reservara un puesto especial a Simón Pedro. Sucesivamente, la sede de Pedro fue Antioquía, ciudad situada en el río Oronte, en Siria, hoy en Turquía, en aquellos tiempos la tercera ciudad del imperio romano después de Roma y de Alejandría de Egipto. De aquella ciudad, evangelizada por Bernabé y Pablo, en la que «por primera vez, los discípulos recibieron el nombre de "cristianos"» (Hechos 11, 26), Pedro fue el primer obispo. De hecho, el Martirologio Romano, antes de la reforma del calendario, preveía también una celebración específica de la Cátedra de Pedro en Antioquía. Desde allí la Providencia llevó a Pedro a Roma. Por tanto, nos encontramos con el camino que va de Jerusalén, Iglesia naciente, a Antioquía, primer centro de la Iglesia, que agrupaba a paganos, y todavía unida también a la Iglesia proveniente de los judíos. Después, Pedro se dirigió a Roma, centro del Imperio, símbolo del «Orbis» –la «Urbs» que expresa el «Orbis», la tierra– donde concluyó con el martirio su carrera al servicio del Evangelio. Por este motivo, la sede de Roma, que había recibido el mayor honor, recibió también la tarea confiada por Cristo a Pedro de estar al servicio de todas las Iglesias particulares para la edificación y la unidad de todo el Pueblo de Dios. Celebrar la «cátedra» de Pedro, como hoy lo hacemos, significa, por tanto, atribuir a ésta un fuerte significado espiritual y reconocer en ella un signo privilegiado del amor de Dios, Pastor bueno y eterno, que quiere reunir a toda su Iglesia y guiarla por el camino de la salvación Benedicto XVI 

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris