XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario (B)

Cada mañana el sol sale y el mundo se da cuenta de que una vez más la noche ha sido vencida. Cada otoño la vida se adormece, sí, pero para despertar más adelante, pasado ya el invierno, en ese ciclo nuevo que nos trae la primavera. Es el empuje de la vida. Es el milagro diario del día que renace, de la hierba que brota, del hombre que tiene una oportunidad más para ordenar su vida. Lo malo es que nos hemos acostumbrado; la rutina nos ha hecho perder la capacidad del asombro. Y, para volver a descubrir –y agradecer- tantas maravillas, hay que detenerse, y pensar.

Justo a eso –a pensar- nos invita hoy toda la liturgia de la Palabra de este domingo, el penúltimo del tiempo ordinario, al decirnos que llegará un día en que no habrá más leña que echar en la hoguera del tiempo: La luz del sol se apagará, caerán del cielo las estrellas y el universo entero se conmoverá[1]. Será el último atardecer. No habrá ya más amanecer, ni más cosechas, ni más reverdecer de primaveras. Todo habrá acabado. ¿Todo? Eso parecía. Pero, de entre tanta destrucción y tanta muerte, como brotando de la entraña misma de tanto dolor, emerge una figura para muchos inesperada: Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes del cielo con gran poder y majestad[2]. No eran, pues, dolores de muerte, sino de parto. Esa noche, que seguirá al último atardecer, no quedará instalada para siempre como señora universal de la historia sino que deberá dar paso a un nuevo Día, diferente y definitivo, ¿habrán pensando esto Pedro y Magdalena en la mañana de la resurrección?

Hoy podemos preguntarnos en nuestra oración qué cosas –de todo lo que vemos, de todo lo que existe- permanecerán ese último día, y cuáles serán, por el contrario, arrastradas por el tiempo en su caída… ¿Qué habrá sido de aquellos que crucificaron a Jesús? ¿Dónde estará en aquel día el poder del dinero que hoy parece llevar las riendas del mundo? ¿Dónde el ejército de los violentos que hoy dominan, imponen, esclavizan? No quedará de ellos –dice el texto sagrado- ni rama, ni raíz[3]. En cambio, aquel Hijo del hombre que no tenía dónde reclinar la cabeza[4], indefenso ante quienes lo mataron, partidario del amor y del perdón, aparecerá sentado a la derecha de Dios. Y esta luz nueva va dando a las cosas, a la gente, a la vida un sentido diferente; lo va colocando todo en su sitio.

Es bueno que nos dejemos bañar por esa luz. Es importante que nos detengamos un momento a pensar dónde está anclada nuestra esperanza, o en qué punto de apoyo estamos haciendo descansar nuestro corazón. Es importante que pesemos en esa balanza los esfuerzos que hacemos, las preocupaciones que nos asaltan, la amargura que, tantas veces nos paraliza. Sería triste que, el día menos pensado nos encontráramos con que hemos vivido aferrados a cosas que se van a ir también en ese último atardecer[5], que no olvidemos, pues que el cielo y la tierra pasarán[6], pero el Señor y su amor permanecerán para siempre




[1] Cfr. Mc 13, 24-32.
[2] Idem.
[3] Cfr Mal 4, 1.
[4] Cfr. Mt 8,20.
[5] Cfr. J. Guillén García, Al hilo de la Palabra. Comentario a las lecturas de domingos y fiestas. Ciclo B. Granada 1993, p. 178 ss.
[6] Mt 24, 35.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris