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Solemnidad de la Santísima Trinidad (2014)

Es el Dios cristiano el mismo que el de las demás religiones monoteístas, es decir, las que afirman que existe un solo Dios? Si cuando decimos Dios nos referimos sólo a un concepto, a una idea filosófica... pues sí: se trata del mismo Dios. Pero si pasamos de lo abstracto al día a día, entonces hay que pensar más la respuesta, porque no todos los que creen en un solo Dios entienden o conocen a Dios de la misma manera.

Los cristianos conocemos a Dios porque él ha querido hablarnos. Si algo hay propiamente cristiano es que nuestra fe no nace del deseo del hombre de llegar hasta Dios, sino de la decisión de Dios de ponerse en contacto con los hombres; su Hijo, la Palabra hecha carne[1], es la prueba más clara, más tangible. Literalmente.

Dios había querido comunicarse con la humanidad durante mucho tiempo, desde Egipto, cuando intervino por primera vez en la historia mostrándose como un Dios amante de la libertad de los hombres y de los pueblos, pero su intento se vio una y otra vez frustrado, su mensaje fue unas veces desoído y otras voluntaria o involuntariamente manipulado. Así, durante mucho tiempo se ha presentado a Dios sobre todo como juez. Y es cierto que en la Sagrada Escritura hay pasajes en los que se llama o se presenta a Dios como juez[2], sin embargo hemos aplicado a Dios el modelo de juez que tenemos los hombres o, con más frecuencia, el tipo de juez que interesaba justificar a las clases dominantes. Por eso con frecuencia pasamos por alto frases como la de la primera lectura de hoy: Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad[3],

El Dios cristiano, el Padre que se ha manifestado en Jesús, es un Dios que no quiere juzgar, que no amenaza, que no condena ni castiga arbitrariamente. Se trata de un Dios que es Padre, que engendra y mantiene en el ser, que es amor, que salva. Nos cuesta comprenderlo por muchas cosas, una de ellas porque el Padre no impone la salvación que nos envía por medio de Jesús, sino que la ofrece. La salvación es efecto de su amor. Y el amor respeta siempre la libertad de la persona humana; no sólo la respeta: la busca, la potencia. Y en el uso soberano de esa libertad, el hombre podrá aceptar o rechazar la salvación que el Padre le ofrece.

Esta es la primera cualidad de Dios que los cristianos debemos tener en cuenta cuando hablamos del Padre, poniendo atención en no hacer a Dios a nuestra medida: su amor no es como el nuestro, casi siempre mezclado con egoísmo, casi siempre más preocupado por ser correspondido que por alcanzar la felicidad de la persona amada. Su amor es infinito, sin medida y no espera ser correspondido... al modo humano. La calidad del amor que Dios ofrece la entendemos si miramos despacio la entrega de su Hijo: es un amor que tiene un objetivo, una finalidad clara: la salvación del mundo de los hombres. Y una salvación que no es sólo una promesa para la vida futura, sino una posibilidad para ésta: es la posibilidad de llegar a ser hijos de Dios, la posibilidad de convertir este mundo en un mundo de hermanos. Es el amor del Padre, que por amor da la vida, y que quiere que sus hijos sean muchos y se le parezcan practicando el amor fraterno.

Así es como Dios quiere que le correspondamos, tan sencillo y a la vez tan complicado. Este es el Dios de los cristianos. El que demostró su amor al mundo entregando a su Hijo único para que todo el que crea en él tenga vida eterna[4]





[1] Jn 1, 14.
[2] Sal 82, 94, 2.
[3] Ex 34,6
[4] Jn 3, 16.

VIII Domingo del Tiempo Ordinario (A)

Apenas un par de semanas antes de reunirse con un grupo de cardenales para anunciar su renuncia[1], Papa Benedicto XVI hablaba en su catequesis de los miércoles sobre la figura de Dios como Padre amoroso: «No es siempre fácil hablar hoy de paternidad. Sobre todo en el mundo occidental, las familias disgregadas, los compromisos de trabajo cada vez más absorbentes, las preocupaciones y a menudo el esfuerzo de hacer cuadrar el balance familiar, la invasión disuasoria de los mass media en el interior de la vivencia cotidiana: son algunos de los muchos factores que pueden impedir una serena y constructiva relación entre padres e hijos. La comunicación es a veces difícil, la confianza disminuye y la relación con la figura paterna puede volverse problemática; y entonces también se hace problemático imaginar a Dios como un padre, al no tener modelos adecuados de referencia. Para quien ha tenido la experiencia de un padre demasiado autoritario e inflexible, o indiferente y poco afectuoso, o incluso ausente, no es fácil pensar con serenidad en Dios como Padre y abandonarse a Él con confianza.

»Pero la revelación bíblica ayuda a superar estas dificultades hablándonos de un Dios que nos muestra qué significa verdaderamente ser «padre» (…) Dios nos es Padre porque nos ha bendecido y elegido antes de la creación del mundo[2], nos ha hecho realmente sus hijos en Jesús[3]. Y, como Padre, Dios acompaña con amor nuestra existencia, dándonos su Palabra, su enseñanza, su gracia, su Espíritu. Él —como revela Jesús— es el Padre que alimenta a los pájaros del cielo sin que estos tengan que sembrar y cosechar, y cubre de colores maravillosos las flores del campo, con vestidos más bellos que los del rey Salomón[4]; y nosotros —añade Jesús— valemos mucho más que las flores y los pájaros del cielo. Y si Él es tan bueno que hace «salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos»[5], podremos siempre, sin miedo y con total confianza, entregarnos a su perdón de Padre cuando erramos el camino. Dios es un Padre bueno que acoge y abraza al hijo perdido y arrepentido[6], da gratuitamente a quienes piden[7] y ofrece el pan del cielo y el agua viva que hace vivir eternamente[8].

»Dios es un Padre que no abandona jamás a sus hijos, un Padre amoroso que sostiene, ayuda, acoge, perdona, salva, con una fidelidad que sobrepasa inmensamente la de los hombres, para abrirse a dimensiones de eternidad. (…) El amor de Dios Padre no desfallece nunca, no se cansa de nosotros; es amor que da hasta el extremo, hasta el sacrificio del Hijo. La fe nos da esta certeza, que se convierte en una roca segura en la construcción de nuestra vida: podemos afrontar todos los momentos de dificultad y de peligro, la experiencia de la oscuridad de la crisis y del tiempo de dolor, sostenidos por la confianza en que Dios no nos deja solos y está siempre cerca, para salvarnos y llevarnos a la vida eterna. Entonces la paternidad de Dios es amor infinito, ternura que se inclina hacia nosotros, hijos débiles, necesitados de todo (…) Es precisamente nuestra pequeñez, nuestra débil naturaleza humana, nuestra fragilidad lo que se convierte en llamamiento a la misericordia del Señor para que manifieste su grandeza y ternura de Padre ayudándonos, perdonándonos y salvándonos.

»Y Dios responde a nuestro llamamiento enviando a su Hijo, que muere y resucita por nosotros; entra en nuestra fragilidad y obra lo que el hombre, solo, jamás habría podido hacer: toma sobre Sí el pecado del mundo, como cordero inocente, y vuelve a abrirnos el camino hacia la comunión con Dios, nos hace verdaderos hijos de Dios. Es ahí, en el Misterio pascual, donde se revela con toda su luminosidad el rostro definitivo del Padre. Y es ahí, en la Cruz gloriosa, donde acontece la manifestación plena de la grandeza de Dios como «Padre todopoderoso».

»cuando decimos «Creo en Dios Padre todopoderoso», expresamos nuestra fe en el poder del amor de Dios que en su Hijo muerto y resucitado derrota el odio, el mal, el pecado y nos abre a la vida eterna, la de los hijos que desean estar para siempre en la «Casa del Padre». Decir «Creo en Dios Padre todopoderoso», en su poder, en su modo de ser Padre, es siempre un acto de fe, de conversión, de transformación de nuestro pensamiento, de todo nuestro afecto, de todo nuestro modo de vivir»[9].

Toda la Liturgia de la Palabra de éste último domingo del Tiempo Ordinario antes del comienzo del tiempo de Cuaresma es una cariñosa invitación del Señor a detenernos y pensar. Creo en un solo Dios Padre Todopoderoso… Pidamos hoy al Señor a quien vamos a encontrar dentro de unos momentos de manera muy personal, a que nos ayude a vivir poco a poco, día a día, momento a momento, en el abandono confiado al amor del Padre, a confiar en su misericordiosa omnipotencia, el inicio y el fin de nuestra salvación y de nuestra felicidad ■



[1] La renuncia del papa Benedicto XVI fue anunciada por él mismo el 11 de febrero de 2013,1 y fue efectiva el 28 de febrero, a las 20:00 horas de Roma. En ese momento, la sede apostólica quedó vacante y dio comienzo un cónclave en el mes de marzo para elegir al siguiente Sumo Pontífice de la Iglesia católica. Se convirtió así en el primer papa en renunciar en 598 años, pues el último en dimitir había sido Gregorio XII, en 1415.
[2] cf. Ef 1, 3-6
[3] cf. 1 Jn 3, 1
[4] cf. Mt 6, 26-32; Lc 12, 24-28
[5] Mt 5, 45
[6] cf. Lc 15, 11 ss
[7] cf. Mt 18, 19; Mc 11, 24; Jn 16, 23
[8] cf. Jn 6, 32.51.58.
[9] Benedicto XVI, Audiencia General, Sala Pablo VI, miércoles 30 de enero de 2013. El texto completo puede leerse aquí: http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/audiences/2013/documents/hf_ben-xvi_aud_20130130_sp.html


Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris


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