XXI Domingo del Tiempo Ordinario (B)

De vez en cuando –o mejor dicho, con más frecuencia- es bueno escuchar otras voces, otras letras, por eso dejo el texto que mi buen amigo José Manuel Vidal publicara hace pocos días en su blog[1], aún con el riesgo de alborotar un poquito al gallinero. Y digo que me parece oportuno porque sus ideas causan la misma reacción que causara el Señor entre quienes le oían: escándalo completo. El texto no necesita más presentaciones y sí nos regala muchas ideas para volver sobre ellas en algún momento tranquilo del fin de semana. Que cada palo aguante su vela.


El Sínodo de la familia está llamado a ser uno de los hitos del pontificado de Francisco. Por la temática abordada, por los procesos que puso en marcha y porque el propio papa quiso que se desarrollase con total parresia, la capacidad de decir lo que se piensa en conciencia con claridad, franqueza y valentía.

Aún siendo un acontecimiento mayor y pleno de parresía, el Sínodo no está por encima del papa. Francisco no le entregó su agenda ni dotó de poderes deliberativos a la asamblea sinodal. Y al final, él y sólo él tendrá la última palabra sobre todos los temas que aborde el Sínodo, incluidos los más polémicos y sensibles, como el de los divorciados vueltos a casar civilmente.

Por eso, todas las campañas (y van ya muchas) de los rigoristas se centran en denunciar que cualquier “alejamiento de la disciplina”, lo haga el Papa o el Papa apoyado en el Sínodo, es una “traición a la doctrina”.

Los rigoristas son esa especie eclesial, poco numerosa pero muy ruidosa en ciertos círculos especialmente de Internet, que, al igual que los fariseos imponen “cargas pesadas” sobre las espaldas de la gente. Y lo hacen con absoluta desfachatez, siempre seguros de sí mismos, de su interpretación de la doctrina. Una doctrina a la que dicen defender a capa y espada, porque ellos y solo ellos lo hacen con absoluta transparencia y sin buscar para nada el aplauso de la gente. Gente y pueblo que, lógicamente, en su interpretación doctrinaria no sólo es pecadora y busca permanentemente pecar y no salir del pecado en el que se refocila como puercos en lodazal, sino que, además, como masa que es, desconoce la doctrina, se deja llevar siempre por el diablo y quiere vivir sin valores morales.

Es ésta, la de los rigoristas y fariseos, una especie antigua, que sacaba de sus casillas al propio Cristo, y que se ha perpetuado en la historia de la Iglesia, que siempre los condenó taxativamente, como su maestro. Ya en el primer Concilio de Nicea, allá por el 325, excomulgó a los llamados “puros” y se consideraban como tales.

Hace unos días, Francisco recordó que los divorciados vueltos a casar no están excomulgados[2]. Al recordar y explicitar, con su habitual estilo catequético, la doctrina común de la Iglesia, el Papa marcaba el camino de la misericordia a los padres sinodales. Pero, sobre todo, señalaba a los rigoristas de hoy. A los que le acusan de ser un Papa débil.

Al proclamar que los divorciados no están excomulgados, está diciendo a los rigoristas que son ellos los que a menudo los tratan como tales y que eso no es evangélico ni doctrinal. Y, además, que con esa actitud no están defendiendo el matrimonio ni entienden el significado doctrinal profundo de la eucaristía.

Los rigoristas patrios y ajenos ni se han enterado ni se enterarán. Lo que dice el Papa sólo va a su misa, si coincide con su cristianismo doctrinario e ideologizado. Y seguirán tronando desde sus pequeños púlpitos y disparando con tirachinas, creyendo que son misiles. No saben conjugar el verbo misericordear. Hasta abominan de él y, por lo tanto, del Evangelio de Cristo, que coloca en su frontispicio al Dios Padre misericordioso.

En cualquier caso, ya es hora de que sepan estos 'cátaros' de hoy que el silencio habitual de los buenos no implica que comulguen con sus 'chinas doctrinales'. Los buenos callan, pero siguen al Papa y, sobre todo, al Dios de la misericordia •

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris