XIX Domingo del Tiempo Ordinario (B)

Sí: hay veces en que el profeta desfallece. Hay momentos en que nos resulta difícil seguir viviendo. ¿Qué razones tengo para seguir viviendo? –nos preguntamos-. Elías gritó al Señor con idénticas palabras: ¡Quítame la vida, que yo no valgo! ¡Basta, Señor![1]

Nos preguntamos: ¿vale la pena vivir conforme a lo que creo? ¿Para qué luchar por una sociedad más justa, si cada vez la injusticia parece más poderosa? ¿De qué sirven las palabras, cuando el día a día no cambia? La respuesta de Dios a Elías es la misma para cada uno de nosotros: ¡Levántate y come! Dios concede el pan de la vida, el agua de la vida. Y lo hace siempre de forma milagrosa: por medio de algún ángel, de un amigo, de un sacerdote, de un acontecimiento. No hay que desconfiar. Lo peor es huir de la presencia de Dios. Lo peor es no estar dispuesto a comer el pan que viene de Su mano.

No deja de ser una tremenda osadía, el hecho de que Jesús se defina a sí mismo como el pan del Cielo o incluso el pan de la Vida. Aquellos que le escuchaban se remitían a los hechos: ¿No es el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice que es el Pan bajado del Cielo?[2] El Señor sabe qué esto solo lo entiende quien siente amor por dentro. Es la atracción que Dios pone en el corazón de no pocos seres humanos para que coman de este pan y vivan.

Hermano mío, hermana mía, ¿cuando vamos a recibir la Comunión, nos damos cuenta que somos atraídos? Hay unos brazos que nos acogen y no estrechan más allá de nuestra voluntad. La eucaristía es un abrazo invisible, una atracción misteriosa, una fuente de energía (sic) que no tiene comparación en la tierra. Sin embargo también nosotros podemos comer del pan, sin fe, por eso se hace tan importante tomar conciencia, detenernos un momento y pensar a Quién vamos a recibir.

Jesús nació en Beth-lehem, en hebreo esta palabra compuesta significa "la casa (Beth-) del pan (lehem)" ¡Es maravilloso ver cómo la vida de Jesús se detiene en tres momentos muy importantes y se relaciona con el pan: nace en la casa del pan, en el momento culminante de su vida pública multiplica los panes, y un poco antes de morir se entrega a sí mismo en un trozo de pan. Sí, en Bethlehem nació el Pan de la Vida y en Jerusalén en vísperas de la Pascua este pan fue entregado para desaparecer y hacerse vida del mundo.

Jesús –dice la Constitución Lumen Gentium del Concilio en el capítulo VII- atrae desde el cielo a todo el mundo hacia sí. Y en esa ola fuerte de atracción, implica la comunidad y a cada uno de nosotros. Nuestra misión consiste en ayudar a quienes tenemos cerca a no resistir la atracción del Señor que nos seduce[3], hemos de facilitar esa seducción. Quizá la gran tarea que tenemos estos días en manos sea, digámoslo así, desatar ciertas cuerdas para que el globo pueda volar, quitar el freno para que el vehículo comience a andar, abrir las ventanas para que entre el viento.

Cada uno de nosotros somos profetas, misioneros, evangelizadores. En este tiempo de verano disponemos tal vez de muchas ocasiones para disfrutar de lo mejor de nuestra fe y comunicarla a los demás. Hay muchos medios para transmitir el Evangelio. Todo transmite cuando el amor está vivo y activado, cuando está encendido, cuando el corazón está puesto en el Amor Supremo •



[1] Cfr. I Reyes 19,4-8
[2] Cfr. Jn 6, 42.
[3] Cfr. Jer 20,7. 

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris