Como el niño que no sabe dormirse
sin cogerse a la mano de su madre,
así mi corazón viene a ponerse
sobre tus manos al caer la tarde.

Como el niño
que sabe que alguien vela
su sueño de inocencia y esperanza,
así descansará mi alma segura,
sabiendo que eres tú
quien nos aguarda.

Tú endulzarás mi última amargura,
tú aliviarás el último cansancio,
tu cuidarás los sueños de la noche,
tu borrarás las huellas de mi llanto.

Tú nos darás mañana nuevamente
la antorcha de la luz y la alegría,
y, por las horas que te traigo muertas,
tú me darás una mañana viva. Amén ■
de la Liturgia de las Horas.

I Domingo de Cuaresma

Cada año, al comenzar la Cuaresma, la Iglesia –que es Madre y es Maestra- se acerca al oído de cada uno de nosotros y nos invita a que escuchemos al Espíritu de Dios de la misma manera que lo hizo Jesús al comienzo de aquellos cuarenta días que había de pasar en el desierto[1].

El ayuno, el silencio, el sacrificio de estas semanas no son un capricho impuesto por el Papa y los Obispos a los que fieles, sino más bien una especie de llaves[2] que nos van abriendo puertas de un camino; llaves que nos abren especialmente la cerradura de nosotros mismos[3].

La Cuaresma no es el periodo anual en el que los cristianos buscamos el dolor por el dolor, de hecho la Cuaresma no es importante en sí misma, sino como camino o reparación para la alegre celebración de la Vigilia Pascual, la noche que «ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes, expulsa el odio, trae la concordia, doblega a los poderosos (Pregón pascual)»[4].

El deseo de renovación acompaña toda nuestra vida. El afán por cambiar de casa, de ropa, de médico, de trabajo ¿no es en el fondo un deseo de despojarse de sí mismo? El anhelo por escaparse unos días a la playa, al campo, para encontrarnos con la naturaleza ¿no es en el fondo una sed terrible de renovarse, de volver transformado a la vida cotidiana?

Sin embargo pasada la emoción de lo nuevo, volvemos a lo mismo y nos preguntamos “¿cuándo voy a renovarme por dentro también?”, y es que las realidades del mundo no pueden dar esa renovación que tanto buscamos. El mundo es un círculo cerrado en sí mismo. Nada logra abrirlo.

Sólo en un único lugar se abre el mundo: en Cristo Jesús. En Él Dios se hizo hombre, real y sinceramente, con todas las consecuencias. Él vivió como nosotros, sometido a las necesidades de la naturaleza y de la convivencia humana[5].

Mucho mejor lo dijo el Concilio Vaticano II: «El Hijo de Dios, con su encarnación se ha unido (…) con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obro con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado»[6].

El tiempo de Cuaresma –y en concreto éste primero domingo- puede ser el tiempo oportuno para comenzar con ésa renovación que tanto deseamos.

Que nos dirijamos muchas veces al Señor a lo largo de éstos días con las entrañables palabras del rey David: Señor, crea en mí un corazón puro, y renueva en mi interior un espíritu firme[7]

[1] Homilía pronunciada el 1.III.2009, I domingo de Cuaresma, en la parroquia de St. Matthew, en San Antonio (Texas).
[2] Clavis, en lengua latina, de ahí el término clave.
[3] Especialmente significativa es la Oración colecta del Miércoles de ceniza: «Que el día de ayuno con el que empezamos, Señor, esta Cuaresma, sea el principio de nuestra conversión a ti, y que nuestros actos de penitencia nos ayuden a vencer el espíritu del mal».
[4] Mensaje del Santo Padre Benedicto XVI para la Cuaresma del 2009. El texto completo puede consultarse en: www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/messages/lent/documents/hf_ben-xvi_mes_20081211_lent-2009_sp.html
[5] Cfr. R. GUARDINI, El Señor. Meditaciones sobre la persona y la vida de Jesucristo, Lumen, Buenos Aires 2000, pp. 574-580.
[6] Gaudium et Spes, n. 22.
[7] Sal 50, 12; antífona de la comunión del Viernes después de Ceniza, del Misal Romano.
Ilustración: GREBBER, Pieter de Grebber, El Rey David en oración (1635-40), óleo sobre tela (94 x 84 cm) Museum Catharijneconvent (Utrecht, Holanda).

Lent is not a season of punishment so much as one of healing ■ T. Merton

First Sunday of Lent

The First Sunday of Lent always presents the temptation of the Lord. This makes sense because the Lord fasted for 40 days, so we spend forty days fasting, in self denial, forty days doing everything we can to come closer to God so we also can do the work of the Kingdom[1].

In the gospel St. Mark states that Jesus was confronted with temptations, beat off the devil and then began his mission.

Temptations are always there and are difficult to overcome. As I often say, the day we feel that we are no longer subject to temptation, we really should take our pulse because we will probably be dead.

Temptations are difficult to overcome. It is so easy for us to say to others, “Just say no,” but it is difficult when we are the ones who are tempted. The complex aspect of temptations is that they all contain an element of attractiveness, an element of good. All of God’s creation contains beauty. We human beings pervert that beauty and turn something that is good into bad. For example, the human body is beautiful; pornography is a perversion of the beauty. Another, example, there are wonderful medications to help people who suffer from anxiety attacks, depression, etc. The same medications are used by addicts to destroy their lives and the lives of those around them.

All sin is attractive; if it weren’t attractive we wouldn’t be tempted by it. When someone says, “If it feels good, do it,” what they are saying is that sin is acceptable as long as you are getting selfish pleasure from it. That is the way of the world. That is not the way of Jesus. Nor can it be our way.

Jesus is the conqueror of sin. But the battle was not a simple task. Jesus was tempted to save His own life and to give up and not go along with the Father’s plan. But His love for the Father and His love for us were more powerful than anything the devil or the world could must up.

He beat off temptation, and then told us: “entrust your pain, your temptation and even your sin to me. I have conquered and will continue to conquer evil.” When we choose Christ, the devil really doesn’t stand a chance. In the Battle for the Kingdom, Jesus fights with us, finding a way for us to win, even though we are weak and often sinful.

God refuses to give up on us. Even when evil makes inroads into our lives. See I have set my bow in the skies as a sign that I will never destroy my people. That was the promise made to seal the covenant with Noah after the flood. The bow, by the way, is the rainbow. For people of faith, the rainbow is not just a beautiful natural occurrence. It is a sign of our hope in God. When we are overwhelmed with our own human weakness, our own continual sinfulness, the rainbow reminds us: God refuses to give up on us. We can’t give up on ourselves. Look at the rainbow. God is the Compassionate, the Merciful One.

The 40 days of Lent are really about loving Jesus. We spend this time looking for ways to grow in our love for our Savior. We fight off temptation with Him. We give Him our sins in confession. We unite ourselves to Him through the Eucharist and all forms of prayer.

On this First Sunday of Lent we pray that for the courage to live lives which are Christ centered. With Him in the center of our lives, nothing that the world throws at us will defeat us. He is the conqueror of temptation. He is the Victor over sin ■

[1] First Sunday of Lent, March 1, 2009. Year B; Readings: Gen. 9:8-15; 1 Pet. 3:18-22; Mk. 1:12-15].

Ilustration: Willem de Pannemaker, God the Father Establishing His Covenant with Noah (1567), Wool and silk on woolen warp, 430 x 560 cm, Rijksmuseum, Amsterdam.

Ésta es la hora para el buen amigo,
llena de intimidad y confidencia,
y en la que, al examinar nuestra conciencia
igual que siente el rey, siente el mendigo.

Hora en que el corazón encuentra abrigo
para lograr alivio a su dolencia
y, al evocar la edad de la inocencia,
logra en el llanto bálsamo y castigo.

Hora en que arrullas, Cristo, nuestra vida
con tu amor y caricia inmensamente
y que a humildad y a llanto nos convida.

Hora en que un ángel roza nuestra frente
y en que el alma, como cierva herida,
sacia su sed en la escondidas fuente. Amén ■

de la Liturgia de las Horas.

Miércoles de Ceniza

Por toda la red aparecen éstos días cientos de imágenes de los carnavales que se celebran alrededor del mundo[1] ¿No llaman la atención tantas máscaras y disfraces?, ¿de qué se esconde el hombre de éste siglo?[2].

Más allá de la diversión que puede significar lo grotescamente carnal frente a lo espiritual, hay otra realidad mucho más radical, que también tiene que ver con la carne, y que hoy, Miércoles de Ceniza, se nos recuerda: Acuérdate que eres polvo y al polvo volverás. Ciertamente la forma se ha suavizado con el Conviértete y cree en el Evangelio, sin embargo la realidad sigue siendo la misma. Y, ¡qué curioso! contrariamente a lo que puedan pensar muchos, si existe alguien que reverencia verdaderamente a la carne, ése es el cristiano. Nuestra paradoja pasa de reconocer nuestra propia condición, a adorar a un Dios encarnado, es decir, de la misma condición que uno de nosotros, ¡Oh admirable intercambio![3] Que solía decir San León Magno.

En el día en que comienza la cuaresma, la Iglesia nos invita al ayuno, a la abstinencia y a dar limosna; nos recuerda, una año más que el quid de lo que vamos a vivir durante cuarenta días se resume en una sola palabra: amor. Cuarenta días en donde iremos descubriendo lo más entrañable del misterio cristiano y un Dios hecho carne que va a entregarse, día a día, por cada uno de nosotros. Aquello que más nos duele, lo que a veces nos resulta insoportable, la oscuridad que parece nunca se va a desaparecer, la traición que quizá hemos sufrido, o la incomprensión que nos agobia en el corazón… ¡todo eso!, y mucho más, es lo que vamos a contemplar en la vida, en las palabras y, sobre todo, en el rostro Jesús que sale al encuentro y nos dice Yo he vencido al mundo.

Ésta es la esperanza de la que nos alimentamos todos los días, y que nos hace recuperarnos de las cenizas de nuestra vida, lo único trascendente y que tiene valor: el amor que Dios ha depositado en cada uno, y que hace que lo carnal entonces sí tenga sentido, porque es la misma carne que llevó Jesús, y aún le acompaña por toda la eternidad ■

[1] Un carnaval es una celebración pública que tiene lugar inmediatamente antes de la cuaresma cristiana, con fecha variable (desde finales de enero hasta principios de marzo según el año), y que combina algunos elementos como disfraces, desfiles, y fiestas en la calle. Por extensión se llaman así algunas fiestas similares en cualquier época del año. A pesar de las grandes diferencias que su celebración presenta en el mundo, su característica común es la de ser un período de permisividad y cierto descontrol. Hay quien ha encontrado en el carnaval elementos supervivientes de antiguas fiestas y culturas, como la fiesta de invierno (Saturnalia), las celebraciones dionisíacas griegas y romanas (Bacanales), las fiestas andinas prehispánicas y las culturas afro americanas. Ciertos autores consideran que para la sociedad fuertemente estructurada por el cristianismo, el tiempo de carnestolendas ofrecía mascaradas rituales de raíz pagana y un lapso de permisividad que se oponía a la represión de la sexualidad y a la severa formalidad litúrgica de la Cuaresma.
[2] Miércoles de Ceniza del 2009. 25-II-2009.
[3] O admirabile commercium: creator generis humani,
animatum corpus sumens de virgine nasci dignatus est;
et procedens homo sine semine,
largitus est nobis suam Deitatem.


Ilustración: Pedro Bruegel El Viejo, Lucha entre el Carnaval y la Cuaresma (detalle) (1559), óleo sobre madera, 38 cm, Kunsthistorisches Museum (Vienna).

Prayer

Prayer and converse with God is a supreme good: it is partnership and union with God. As the eyes of the body are enlightened when they see light, so our spirit when it is intent on God, is illumined by his infinite light. I do not mean the prayer of outward observance but prayer from the heart, not confined to fixed times or periods but continuous throughout the day and night. Our spirit should be quick to reach out toward God, not only when it is engaged in meditation; at other times also, when it is carrying out its duties, caring for the needy, performing works of charity, giving generously in the service of others, our spirit should long for God and call him to mind, so that these works may be seasoned with the salt of God's love, and so make a palatable offering tot he Lord of the universe. Throughout the whole of our lives we may enjoy the benefit that comes from prayer if we devote a great deal of time to it. Prayer is the light of the spirit, true knowledge of God, mediating between God and man. The spirit, raised up to heaven by prayer, clings to God with the utmost tenderness; like a child crying tearfully for its mother, it craves the milk that God provides. It seeks the satisfaction of its own desires, and receives gifts outweighing the whole world of nature. Prayer stands before God as an honored ambassador. It gives joy to the spirit, peace to the heart. I speak of prayer, not words. It is the longing for God, love too deep for words, a gift not given by man but by God's grace. The apostle Paul says: We do not know how we are to pray but the Spirit himself pleads for us with inexpressible longings. When the Lord gives this kind of prayer to a man or woman, he gives him riches that cannot be taken away, heavenly food that satisfies the spirit. One who tastes this food is set on fire with an eternal longing for the Lord: his spirit burns as in a fire of the utmost intensity. Practice prayer from the beginning. Paint your house with the colors of modesty and humility. Make it radiant with the light of justice. Decorate it with the finest gold leaf of good deeds. Adorn it with the walls and stones of faith and generosity. Crown it with the pinnacle of prayer. In this way you will make it a perfect dwelling place for the Lord. You will be able to receive him as in a splendid palace, and through his grace you will already possess him, his image enthroned in the temple of your spirit ■ From a homily by John Chrysostom, 5th century

Ash Wednesday

St. Augustine of Hippo in one of his most beautiful books tells us that there are two kinds of people and two kinds of love: «One is holy, the other is selfish. One is subject to God; the other endeavors to equal Him»[1]. We are what we love. God wants to free our hearts from all that would keep us captive to selfishness and sin[2].

During this season of Lent God wants to set our hearts burning with the fire of his Holy Spirit. With this celebration let us remember that the Holy Spirit is ever and always ready to transform our hearts.

In the gospel Our Lord warns his disciples of self-seeking glory. True piety is something more than feeling good or looking holy. True piety is loving devotion to God. It is an attitude of reverence, worship and obedience.

May St. Augustine's prayer, recorded in his Confessions, be our prayer today and during all this Lent: When I am completely united to you, there will be no more sorrows or trials; entirely full of you, my life will be complete.

We are called to journey with the Lord in a special season of prayer, fasting, almsgiving, and penitence as we prepare to celebrate the feast of our Redemption: Easter.

As we begin this holy season of testing and preparation, let's ask the Lord for a fresh outpouring of his Holy Spirit that we may grow in faith, hope, and love and embrace his will more fully in our lives ■

[1] The City of God (Latin: De Civitate Dei, also known as De Civitate Dei contra Paganos, "The City of God against the Pagans") was written in the early 5th century, dealing with issues concerning God, martyrdom, Jews, and other Christian philosophies.
[2] Wednesday 25th February, 2009, Ash Wednesday. Day of fast and abstinence. Readings: Joel 2:12-18. Be merciful, O Lord, for we have sinned—Ps 50(51):3-6, 12-14, 17. 2 Corinthians 5:20 – 6:2. Matthew 6:1-6, 16-18.


Ilustration: Rembrandt Harmenszoon van Rijn, Simeon and Anna Recognize the Lord in Jesus, c. 1627Oil on wood, 56 x 44 cmKunsthalle (Hamburg)

Cuando el gallo, tres veces
negaste a tu Maestro;
y él tres veces te dijo:
"¿Me amas más que éstos?"

Se te puso muy triste
tu llanto y tu silencio:
pero la Voz te habló
de apacentar corderos.

Tu pecado quemante
se convirtió en incendio,
y abriste tus dos brazos
al madero sangriento.

La cabeza hacia abajo
y el corazón al cielo:
porque, cuando aquel gallo,
negaste a tu Maestro ■ Amén

VII Domingo del TIempo Ordinario

En el último domingo antes de la Cuaresma, el evangelio narra la aventura de aquellos cuatro que quitando el techo de la casa bajan al paralítico y lo ponen delante de Jesús[1]. El evangelio no menciona el término amigo o amigos, pero está claro que lo eran y que aquel que yacía en la camilla se beneficia de su ayuda. Hoy, al escribir sobre ellos –sobre mis amigos- podría mencionar no a cuatro, sino a cuatrocientos (por lo menos) que han cargado mi camilla. La semana pasada les decía a los que habían cambiado de camino que me alegraba con ellos, y que si han sido leales a su conciencia y a la Verdad, no se sintieran nunca ni traidores ni infelices; que Dios permite –¡tantas veces!- rectificar el rumbo para que se vea que es Él y nada más que Él quien dirige la barca de nuestra vida.

Los amigos: la familia que uno escoge. Entre amigos no se busca la utilidad, sino que a ella—a la amistad—se va más para dar que para recibir, nada perfecciona tanto a un ser como dar a otro lo mejor de sí mismo, mucho más cuando se trata de la misma fe. Una verdadera amistad es la que enriquece a los dos amigos, aquella en la que uno y el otro dan lo que tienen, lo que hacen y, sobre todo, lo que son. Por eso ser un buen amigo y encontrar un buen amigo son las dos cosas más difíciles del mundo: porque suponen la renuncia a dos egoísmos y la suma de dos generosidades. Suponen, además y sobre todo, un doble respeto a la libertad del otro, esto sí que es un simple milagro.

La verdadera amistad—la idea es de Laín Entralgo[2]—consiste en dejar que el amigo sea lo que él es y quiere ser, ayudándole delicadamente a que sea lo que debe ser. ¡Y qué difícil esta frontera que limita al Norte con el respeto y al Sur con el estímulo y ¡qué enriquecedora esa amistad que maduran los años y en la que nos sentimos libres y sostenidos, aceptados tal y como somos!

El mejor ejemplo que jamás podremos tener es el Señor mismo, que nos enseña a querer a los amigos, sin embargo antes nos pide que le queramos a Él por encima de todo[3]. El tono mismo de su predicación es siempre una petición de amor que esté por encima de todo.

Al final, Él mismo se pone como ejemplo: la Cruz es la manifestación de ese amor suyo. El amor del bueno es el que pasa por encima del peligro de la persecución y de la pérdida de cualquier beneficio.

De San Dimas la verdad es que sabemos poco, y además casi todo es negativo: que era un ladrón, que fue condenado a muerte y que murió crucificado. Es lo que se suele decir una vida desastrosa, que acaba desastrosamente[4]. Sin embargo, de él se dice algo que es verdaderamente noble, y que encandila al mismo Jesucristo: cuando al Señor le atacaba todo el mundo y estaba vencido, aplastado, sin poder ofrecer ningún beneficio a nadie, Dimas realizó un gesto de una grandeza que ensalza toda una vida, sale en defensa del bueno que ha sido injustamente condenado[5].

Los que hemos experimentado andar en boca de muchos y que se afirmen cosas de nosotros que no son ciertas, sabemos lo que supone que alguien alce la voz en nuestra defensa. Eso es un amigo. Y es algo que no se olvida, porque participa directamente de la grandeza del Dios hecho hombre: dar la vida por el amigo. Es la nobleza que brilla en el gesto de Todd Anderson al final de la película La Sociedad de los Poetas Muertos[6], cuando despreciando las advertencias del director, se pone sobre su mesa y exclama !Oh, Capitán! ¡Mi Capitán!. No importa que lo expulsen del colegio, o que le grite una autoridad absoluta: su queridísimo maestro estaba siendo injustamente expulsado y él tenía que dar testimonio de su lealtad.

Dentro de algunas semanas la Iglesia celebrará los misterios de la pasión, muerte y resurrección del Señor y nos invitará a contemplar aquel amor supremo que lleva a Jesús a dar todo por los que ama. Una nueva oportunidad para examinarnos el amor por nuestros amigos, para preguntarnos a cuántos les vamos cargando la camilla hasta ponerlos delante del Señor y si de verdad les somos leales ■

[1] Mc 2, 1-12.
[2] Pedro Laín Entralgo, (1908-2001). Médico y escritor español. Historiador de la Medicina. Doctor en Medicina y licenciado en Ciencias Químicas, ocupó la cátedra de Historia de la Medicina de la Universidad Complutense de Madrid. Fue miembro de la Real Academia Española, de la que fue director, de la Real Academia Nacional de Medicina y de la Real Academia de la Historia. En 1991 recibió el V Premio Internacional Menéndez Pelayo.
[3] Cfr Mt 16, 25; Mc 8, 36; Lc 9, 24-25; Jn 12, 25.
[4] En la Iglesia Ortodoxa Rusa, tanto las cruces como los crucifijos se representan con tres barras horizontales, la más alta es el titulus crucis (la inscripción que Poncio Pilatos mandó poner sobre la cabeza de Cristo en latín, griego y hebreo: "Jesús de Nazaret, Rey de los Judíos"), la segunda más larga representa el madero sobre el que fueron clavados las manos de Jesús y la más baja, oblicua, señala hacia arriba al Buen Ladrón y hacia abajo al Mal Ladrón.
[5] Cfr. A. Ruiz Retegui, Dar la vida por los amigos (1999).
[6] Basada en un impecable guión de Tom Schulman, ganador del Oscar en 1990, La sociedad de los poetas muertos expone el despertar adolescente al placer del lenguaje poético, al romanticismo, la búsqueda de la identidad y la canalización de las posibilidades vocacionales. El profesor hace referencia a una poesía homónima de Walt Whitman (Oh captain, my captain) en la que el poeta negro lloraba la muerte de Abraham Lincoln (mi gran amigo Roberto Arellano es quien ha hecho ésta acertadísima contribución. Gracias RAC: la homilía está escrita pensando en amigos como tú. Tú y Claudia son de ésos amigos que durante mucho tiempo me han cargado la camilla y han salido a defenderme ¡gracias!)
Ilustración: Rehearsal dinner en la boda de Kike y Yammile. Acapulco (México) , mayo del 2008.

Justify my soul, O God, but also from Your fountains fill my will with fire. Shine in my mind, although perhaps this means "be darkness to my experience," but occupy my heart with Your tremendous Life. Let my eyes see nothing in the world but Your glory, and let my hands touch nothing that is not for Your service. Let my tongue taste no bread that does not strengthen me to praise Your great mercy. I will hear Your voice, and I will hear all the harmonies you have created singing your hymns. Sheep's wool and cotton from the field shall warm me enough that I may live in Your service; I will give the rest to the poor. Let me use all things for one sole reason: to find my joy in giving You glory■ Thomas Merton, New Seeds of Contemplation, New York: New Directions Press, 1961, p. 44.

Seventh Sunday in Ordinary Time

Today’s Gospel reading is taken from the second chapter of the Gospel of Mark. After the extensive healings of the first chapter –the man with the unclean spirit, Peter’s mother in law, the many people who crowded Jesus looking for some sort of cure, and even the healing of a leper- we come upon this wonderful story of the paralytic and his friends. The story is a lot deeper than a miracle story; it is a story of healing forgiveness, the power of the Lord, and the power of Christian friends[1].

We are all acquainted with the story. We’ve heard it over and over again: Jesus’ response to the incident is to commend the friends for their faith and then to forgive the paralytic. When the scribes complain that only God can forgive, Jesus notes that according to Isaiah a sign of the Messiah would be that sins would be forgiven and that, among other healings, the lame would walk. The man is forgiven and healed. He leaves carrying his mat.

Today our Lord doesn’t offer the man a choice. He gives him both physical and spiritual healing. Why? Because He is God’s Love come down to earth. He loves the man too much to allow him to continue suffering both spiritually and physically. He loves us too much to allow us to stay in pain. The sacrament of reconciliation is the sacrament of joy, the joy of healing received. The scribes couldn’t understand how Jesus could forgive and heal because they refused to expose themselves to the presence of God’s Love on earth. We are not doubters like the scribes. We are believers, believers in the power of Love, the Power of His Love.

And now we come to the real heroes of the story, at least the heroes this side of Jesus. We come to the paralytic man’s four friends. These four would do whatever it took to bring their friend to the Lord. Certainly they were pushed aside when they tried to enter the door. They probably were yelled at, insulted and mocked for climbing onto the roof and destroying it. But their determination to do what was the best for their friend, their determination to bring him to the Lord, was all that mattered.

This is what Christian friendship is. A true friend is willing to do whatever it takes to bring someone to the Lord. It is a huge blessing to have friends like that. It takes great courage to be a friend like that. How many times we come upon people wandering aimlessly in life. How many times we come upon people who are mired in their own self deprecation, mired in the effects of sin, whether they caused the sin or are suffering from the sin of others. It takes a courageous friend to say to someone, “Look, your killing yourself with drugs, with alcohol, with the way you treat other people. You don’t like who you’ve become. But you don’t have to stay suffering like this. Come to Jesus. Start new again and be happy.” It takes a lot of courage to be a friend like that. It takes a lot of courage to be a Christian.

The gospel story for today tells us about the responsibility and the opportunity we have for one another within our faith community and within the community of mankind. There are times that we are paralyzed by selfishness, fear, pride, greed or whatever. We might not realize the extent of our need. We might be unable or unwilling to do anything on our own behalf. We depend upon others to carry us to the Lord.

And there are times that we come upon others that need our strength and our faith to help them to see the Light of Christ in the middle of their darkness. There are many times that others need the power of our faith to sustain them and to carry them.

And when Jesus saw their faith, the faith of the four friends, he healed the paralytic. We pray today that we might not just have friends like that, but that we might be friends like that ■


[1] Sunday 22nd February, 2009, 7th Sunday in Ordinary Time. Readings: Isaiah 43:18-19, 21-22, 24-25. Lord, heal my soul, for I have sinned against you—Ps 40(41):2-5, 13-14. 2 Corinthians 1:18-22. Mark 2:1-12 [Chair of St Peter, Apostle].


Ilustration: St. John resting on Jesus's chest, Master Heinrich of Konstanz, C. 1320, Museum Mayer van den Bergh, Antwerp.

14.II.2009

Mi Buen se fue hace 9 años. Hoy caí en la cuenta. En el tiempo que conviví con él aprendí muchas cosas, y hoy tengo ganas de contarlo, porque es su aniversario. Aprendí, entre otras muchas cosas, que la alegría no depende de estímulos externos, por ejemplo viendo una película, o buscando la compañía de tipos divertidos, sino que es algo que habita dentro, que depende de nuestra riqueza interior, esa que hay que ir cultivando como si fuese un huerto. Mi Buen era un hombre con una gran riqueza interior.

Mi Buen vivía la alegría como una norma de siempre. Muchas veces lo vi alegre. Lo vi muy alegre cuando me impusieron las manos. ¿Cómo le hacía?, pues no lo sé, pero esa alegría no era la de alguien que tenia que vivir “alegre” por norma, la suya no era forzada, afectada, postiza, artificial.

¿La gente vive en la alegría? No lo tengo muy claro. Pienso en todos aquellos que viven una cultura de muerte y me cuesta pensar que encuentren motivos para vivir en la alegría. Cuando todo es miedo resulta difícil despertar cada mañana con el alma en alborozo, dispuesta a la sorpresa que nos vendrá disfrazada de amor, de sonrisa, de belleza. Voltaire decía que “la dicha no es más que un sueño y el dolor es real…hace ochenta años que lo compruebo, sólo se resignarme y decirme que las moscas han nacido para ser comidas por las arañas, y los hombres para ser comidos por las penas”. Claro, Voltaire era un gruñón y un resentido y tenía una idea de la gente muy pesimista. Mi Buen no, mi buen era un tipo alegre.

La alegría nace cuando te sientes querido: querido como hijo, como amigo, como colega, como hermano, como padre, como compañero. Y si tienes Fe, querido, muy querido por Dios, por Alá, o por el quien sea.

Si Dios es un señor que sólo nos quiere porque nos portamos bien, malo: probablemente seremos unos auténticos cascarrabias, unos avinagrados. El fanático, que eso es el que piensa que Dios no perdona una, habitualmente es un aguafiestas. No le gusta ver gente alegre sin vivir “sus” valores. Y les declara la guerra. Una guerra de paz y de amor, dicen. ¿Cómo se puede hacer una “guerra” de “paz y amor”?: no lo entiendo. Las guerras traerán la paz, o no, pero desde luego a través de la destrucción.

Mi Buen nos enseñó a muchos que la alegría nace del fondo del corazón. Hoy por hoy pienso que no deberíamos dejar pasar un solo día sin leer una poema, o escuchar una canción [A mi manera, quiza; http://www.youtube.com/watch?v=BmXeHcEscKs], mejor cantarla nosotros mismos, contemplar un paisaje, pronunciar una frase de consuelo, sonreír, dar un abrazo, un beso, una caricia…justo todo lo que él hacía. No debería pasar un solo día sin sentirnos queridos. Yo me sentí muy querido por mi tío Ismael; él fue quien empezo a decirme el Father, por tanto cuando firmo o cuando alguien me llama así, me acuerdo de él y me siento alegre y feliz. Muy alegre y muy feliz ■ Father

Pie pellicáne, Iesu Dómine,
me immúndum munda tuo sánguine:
cuius una stilla salvum fácere
totum mundum quit ab omni sælere.


Señor Jesús, bondadoso pelícano,
límpiame, a mí, inmundo, con tu sangre,
de la que una sola gota puede liberar
de todos los crímenes al mundo entero ■
Santo Tomás de Aquino, himno Adoro te devote

Ilustración: Fiorentino Rosso, El descenso de la cruz (detalle) 1521,
óloeo sobre madera, Catedral de Volterra (Italia)

VI Domingo del Tiempo Ordinario

Mientras escribo pienso esta mañana en todos ésos buenos amigos míos que en un momento de su vida, al decidir caminar por un camino distinto al que se habían propuesto, han sentido sobre si mismos –gracias a la actitud y el comportamiento de otros compañeros de camino- el terrible mandato del Levítico que escuchamos en la primera de las lecturas: El que haya sido declarado enfermo de lepra, traerá ropa descosida, la cabeza descubierta, se cubrirá la boca e irá gritando: ‘¡Estoy contaminado! ¡Soy impuro!’ Mientras le dure la lepra, seguirá impuro y vivirá sólo, fuera del campamento [1].

A ésos amigos míos que han cambiado de camino, pero que son leales a su conciencia y a la Verdad[2] les diría –aunque ya lo saben, y quizá mejor que yo- que no se preocupen, que Dios no es un gendarme o un juez que va imponiendo sanciones. Es verdad que cometemos equivocaciones y errores, pero que para eso está el pedir perdón, el rectificar y seguir delante. Hemos de tomas cada vez mayor conciencia –precisamente por haber dedicado nuestra vida a servir a Dios- que estamos y estaremos siempre invadidos por ese gran sentimiento de indulgencia, uno de los mejores atributos de Dios. Siempre, y sobre todo al final, Él no nos abandonará.

Muchos de ésos que hoy nos hacen sentir contaminados o impuros e incluso traidores (desde su punto de vista, claro), saben mejor que nadie que el lenguaje de Dios es silencioso, que habla bajito, pero ofrece muchas señales: nos ha dado un empujón en tal ocasión gracias a un amigo, a un encuentro casual, a un libro, a un fracaso, incluso gracias a un accidente. Y siempre da la oportunidad de empezar de nuevo. Lo saben bien, pero ciertos prejuicios enfermizos los llevan a no dar ni un quinto por quien, en conciencia, decide caminar por un camino distinto.

Dios nos conoce muy bien, siempre está allí, y que habla de muchas maneras, y no siempre por el “cauce reglamentario” (decir “Dios” y decir “cauce reglamentario” es un absurdo, por cierto).

Por tanto, amig@, camina tranquil@ por este tu nuevo camino, sigue leal a tu conciencia y a la Verdad. Y camina contento, con buen humor. No nos demos tanta importancia. Su Santidad decía hace poco en una entrevista: «personalmente creo que Dios tiene un gran sentido del humor. A veces a uno le da un empujón y le dice “¡No te des tanta importancia!”. Y es que el humor es un componente de la alegría de la creación. En muchas ocasiones de nuestra vida se nota que Dios también nos quiere impulsar a ser un poco más ligeros; a percibir la alegría; a descender de nuestro pedestal y a no olvidar el gusto por lo divertido».

Seamos menos graves, menos de cartón piedra, menos rejalgar y esas tonterías

Tomar la decisión de cambiar de vida es cosa seria, está claro, pero no deja de ser cosa de un segundo, una vez que las cosas están claras y pensadas con serenidad delante de ese Dios que está siempre junto a nosotros y de la Iglesia, que es Madre. La Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

Y no soy un ingenuo. No se me escapa que hay temporadas que estaremos cansados y destrozados, sin fuerzas y desesperados, furiosos por nuestro destino, que parece torcido, injusto y sin sentido, y que eso del buen humor, entonces, sirve de muy poco. Lo sé. Llevo unos días pensando “Dios mío, ¡que lejos estoy de ti!”. Y no voy a hacer nada por acercarme a Él, que Él también se me esconde y juega a ver si lo encuentro. Pero diciéndole eso, salgo de ese estado de tristeza y sé que, aunque en estos momentos no puedo entender que Él es amor, sí pienso y confío, sin embargo, en que todo está bien como está. Sé lo que me digo, aunque no se me entienda ■

[1] Cfr Lev 13, 1-2.44-46.
[2] Cfr Jn 14, 6.
Ilustración: Edward Hooper, Rooms by the Sea (1951), óleo sobre tela (28x40), Yale University Art Gallery.

Sixth Sunday in Ordinary Time

This Sunday’s first reading from the Book of Leviticus gives just a few of the horrible rules established by the Mosaic community to protect itself from leprosy. In the ancient times leprosy was believed to be deforming, incurable and contagious. Lepers were not accepted by their families and neighbors, and forced to live outside the villages. They were referred to as the Living Dead. To the ancients they were obviously cursed by God for some sin or other. As today’s reading says, they had to cover their mouths with one hand and call out “Unclean, unclean” as they walked[1].

However, today in the Gospel we heard that Jesus, moved with pity, stretched out his hand, touched the leper, and said to him, Be made clean. Jesus did not see the unclean leper, or his disease. He was not concerned with the strict prohibitions of Jewish society. Jesus did not see a leper at all; he saw a human soul in desperate need.

He stretched out his hand and touched him. He healed him with his touch.

Our Lord gave this power to his disciples. At the conclusion of the Gospel of Mark, Jesus proclaims the signs of the members of his people. Among these signs is this one: they will lay their hands on the sick and they will recover[2].

We possess the wonderful capacity to be instruments of the healing power of Christ. In the second reading for today saint Paul challenges us to imitate Christ. We are to be ministers of healing. We are to touch not just the physically sick, but all those whose lives are hurting and need healing in any way possible.

It is simply not Christian to ostracize anyone for any reason whatsoever. In the Christian society, even those with the most contagious diseases are cared for in a way that gives them dignity and love. Even those who have left Christian society are always welcomed back into the society when they seek to return. For example, even in the extremely rare cases of excommunication, such as when someone performs or assists in abortions, that person can always seek forgiveness and re-entry into the community.

And yet, many people throw children or relatives out of their lives. “You are no longer my son, my daughter,” a parent hisses. Is there ever a situation where there is no longer any possibility of healing, of mercy, of extending the hand of Christ to those he seek reconciliation? Not in Christianity.

When we allow ourselves to be so overcome by hurt and hatred that we refuse to extend the healing hand of the Lord to others, we take upon ourselves the sickness of the other person. Hatred kills. When we allow hatred to be part of our lives, we commit suicide. We do not have the right to hate anyone or any people and at the same time call ourselves Christian.

The Gospels often note that Jesus was moved with pity for the people. When he faced the troubled, the abandoned, the sick, when stirred by two blind men, when crossing paths with the widow of Nain[3], and today, when face to face with a leper, Jesus was moved not by disgust, not by antagonism, but by pity. Feeling pity and showing mercy are ideal Christian qualities of great minds and large hearts.

So, today we are called to follow Christ and allow our hearts to be enlarged by Christianity ■

[1] Sunday 15th February, 2009, 6th Sunday in Ordinary Time. Readings: Leviticus 13:1-2, 44-46. I turn to you, Lord, in time of trouble, and you fill me with the joy of salvation—Ps 31(32):1-2, 5, 11. 1 Corinthians 10:31 – 11:1. Mark 1:40-45.
[2] Cfr Mc 16: 17.
[3] Lc 7: 11-17.
Ilustration: Illustrator of Petrus Comestor's 'Bible Historiale', manuscript "Den Haag, MMW, 10 B 23", France, 1372.
Que nadie se asuste ni se rasgue las vestiduras al más puro estilo farisáico. No. La historia es cíclica y la humanidad es la misma desde que Adán apareció sobre la tierra. Todo va y viene. Lo que sucedió antes, vuelve a suceder. Y hemos sobrevivido. Que no se nos olvide -porque se nos olvida con mucha frecuencia- que sólo Jesucristo permanece. Y que es el únicio perfecto. Iesus Christus heri et hodie ipse et in saecula. Jesucristo es el mismo ayer y hoy y por los siglos. Hombre sin pero no hay dos. Hubo uno, y era Dios. En cuanto a la Iglesia -Su Esposa- afortunadamente el Espíritu Santo -Señor y Dador de Vida- nunca la deja sin intrínseca protección. Siempre está activo, estimulando las antitoxinas necesarias bajo diferentes formas y a diferentes niveles. Lo que estamos viendo es señal inequívoca de que Dios no ha abadonado a Su Pueblo ■ Father
Yo, Francisco, hice construir a las musas un grandioso liceo,
Yazco ahora en un pequeño Sarcófago.
Uní la púrpura al sayal y el casco al capelo,
Siendo monje, militar, obispo y cardenal,
Por mi virtud se unieron la corona y la cogulla,
Cuando, gobernando, me obedeció España entera... ■
Epitafio del sepulcro del Cardenal Francisco Jiménez de Cisneros

El que descansa en la paz de la Capilla de San Ildefonso de la Universidad de Alcalá de Henares, había nacido en el año 1436 en el pueblo Torrelaguna en Castilla y desde hace siglos ha causado polémica entre historiadores y teólogos. De hecho, pocas veces hubo un personaje tan rico en contrastes en la historia de la Iglesia como el allí enterrado[1].

Gonzalo Jiménez de Cisneros fue quizás el clérigo más famoso quien jamás ocupó el trono de la sede arzobispal de Toledo. La cuestión si el que luego desempeñó un papel histórico tan importante como Cardenal Cisneros era verdaderamente piadoso o no, enfrenta a sus admiradores y sus críticos en una discusión que no tendrá fin. Para unos era un humanista culto y fundador de hospitales y de una de las Universidades más prestigiosas de Europa, para otros simplemente un inquisidor fanático y perseguidor de moriscos y "herejes".

¿Actuó por vocación religiosa y convicción profunda o era un político obsesionado por el poder –como tantos otros que se dedicaron a una carrera eclesiástica para entrar en el escenario político? Es posible encontrar argumentos y ejemplos para los dos puntos de vista en su biografía –depende de lo que se prefiera demostrar.

Como tantos otros príncipes de la Iglesia en la España de aquella época, Cisneros comenzó su formación universitaria con estudios de teología y derecho en la Universidad de Salamanca, antes de que tuviera la oportunidad de concluir sus estudios en Roma. Después de su regreso a España en el año 1471, el Papa Pablo II. Otorgó a Cisneros el título de Arcipreste de Uceda. Cisneros no pudo disfrutar mucho tiempo de su cargo, porque el Arzobispo de Toledo y príncipe de la Iglesia española, Alfonso Carillo, le estaba negando su aprobación para asumirlo. Durante la siguiente disputa, marcada por sutilezas del derecho canónico, el Cardenal Carillo le acusó de extralimitación de competencias, pero Cisneros se muestra intransigente. En ese episodio ya se descubre su carácter orgulloso e inclinado hacia la terquedad.

Sin embargo, el Arzobispo de Toledo tuvo el poder para mandar el encarcelamiento del Arcipreste Cisneros.

Estuvo casi seis años en la cárcel. Posiblemente, en esos años tan humillantes y ricos en privaciones hay que buscar la clave para comprender su actitud tan ascética, tantas veces unida a un orgullo soberbio y rigor intransigente que iban a caracterizar más tarde todas las decisiones del Cardenal y Regente Cisneros.

Después de la liberación de Jiménez de Cisneros, el Cardenal Mendoza, seguidor de Carillo en la sede arzobispal de Toledo, lo nombró capellán mayor de la Catedral de Sigüenza en el año 1480. Desde entonces, la benevolencia y las simpatías del Arzobispo y de la Reina Isabel la Católica acompañaban su carrera eclesiástica, tan bruscamente interrumpida por Carillo. Pero probablemente, la crisis personal durante los años de prisión habían frenado la ambición del orgulloso Cisneros y después decidió hacerse monje de la Orden de los Franciscanos. Empezó a vestir la cogulla sencilla de los Franciscanos, cambió su nombre de Gonzalo a "Francisco" –en honor del fundador de la orden. Y se retira, viviendo durante años casi como un eremita en una choza cerca de Toledo. Parece renunciar a una carrera eclesiástica y dedicar su vida a la meditación y al ascetismo.

Mientras que ya había estudiado latín y griego en Salamanca y Roma, aprovecha su tiempo de retiro para aprender otros idiomas: hebreo y caldeo. Sin embargo, aparece con frecuencia en las plazas de Toledo para actuar en público como predicador apasionado y hasta fanático, pidiendo la conversión de todos los heterodoxos de España al catolicismo. Finalmente cae en las trampas de la tentación del poder, cuando en el año 1492 –en el momento de la reconquista de Granada y del descubrimiento de América (más simbolismo imposible)- acepta de deseo de la Reina Isabel la Católica de convertirse en su confesor.

La poderosa Reina de Castilla es una de las admiradoras del predicador ascético y consigue que Cisneros –después de la muerte del Cardenal Mendoza - es nombrado nuevo Arzobispo de Toledo el Viernes Santo del año 1495. El esposo de Isabel, Fernando de Aragón, no se entusiasmó demasiado por aquella decisión de su mujer, ya que había deseado colocar en el mismo puesto a su bastardo como nuevo Arzobispo.

Al principio, Cisneros no quiso aceptar el máximo cargo de la Iglesia de España, la Reina tenía que insistir.

El que había pasado seis años en la cárcel por la voluntad de uno de sus antecesores, en aquel momento se hizo el más poderoso príncipe de la Iglesia de España. Sus decisiones no iban a ser inspiradas exactamente por caridad cristiana exagerada.

Al analizar la obra de Cisneros como máximo representante de la Iglesia española, será difícil absolverlo completamente de los pecados mortales de la soberbia y de la ira. El "Cardenal de hierro" tan sólo parecía abstenerse de otro pecado mortal - el de la lujuria, tan general y común en todos sus matices en la Iglesia de su época. Su actitud estricta contrastaba mucho con la de sus dos antecesores Carillo y Mendoza, padres de numerosos hijos naturales. A sus contemporáneos, ese estilo de vida tan hipócrita de clérigos les parecía totalmente normal, como también demuestra una frase de la Reina Isabel la Católica, la que llamó a los hijos del Arzobispo Mendoza cariñosamente “los bellos pecados de nuestro Cardenal”.

Otras alegrías y comodidades profanas tampoco podían tentar a Cisneros. Aunque residiendo en el Palacio Arzobispal de Toledo, siempre prefirió un camastro de madera dura a su cama imperial y la cogulla franciscana al manto de púrpura. Se dedicó con fervor casi fanático a la reforma de su Orden, predicando la conversión a la vida ascética ante los monjes y echando a amantes de ambos sexos fuera de los conventos. E intentó dar un buen ejemplo de ascetismo y renuncia a lujo y comodidad al caminar por España – ¡siendo Arzobispo de Toledo!- a pie para inspeccionar los Conventos de Franciscanos. El Papa Alejandro VI., uno de los más pecaminosos e indignos vicarios autoproclamados que Cristo jamás ha tenido en la Tierra, se sintió indirectamente criticado por la actitud radicalmente ascética del Arzobispo rebelde y pidió a la Reina (en vano), que ella lo exhortara para que tuviera una corte pomposa y más digna de un príncipe de la Iglesia.

El año 1499 marcó el comienzo de una nueva fase en la vida y obra de Cisneros y ofrece tanto a sus admiradores como a sus críticos numerosos motivos para celebrarlo o condenarlo.

El día 13 de abril el Arzobispo llegó a fundar con permiso papal la Universidad de Alcalá de Henares, los cursos comenzaron en 1508.

Rápidamente, esa Universidad llegó a ser la segunda más importante de España, después de la de Salamanca, y una de las más prestigiosas de Europa.

Se sirvió de la presión política y de amenazas, pero también empleó dádivas y el dudoso método de asperjar grandes muchedumbres durante horas con agua bendita para evangelizarlas. El Papa felicitó a Cisneros con motivo de su "gran éxito de conversiones", pero la población (todavía mayoritariamente) musulmana reaccionó con rebelión. Hubo un levantamiento y durante una noche, los musulmanes atacaron la casa de Cisneros en Granada. Junto con sus criados, se defendió con todas las armas disponibles, estuvo a punto de caer en las manos de los rebeldes, cuando por la mañana tropas reales lo liberaron. Después de ese día, toda la ciudad de Granada sintió la ira sin piedad del Arzobispo Cisneros quien mandó la quema de libros árabes en una plaza pública (sólo salvó las obras de medicina) y la expulsión de todos los musulmanes no dispuestos a convertirse al Cristianismo. Pero al otro lado, su admiración del arte árabe llamó la atención. En su palacio en Toledo hizo colocar un candelabro de la Alhambra. Además hizo construir tanto la Capilla Mozárabe de la Catedral de Toledo como la Capilla de San Ildefonso de la Universidad Complutense en estilo Mudéjar, y como báculo utilizó el cetro del último soberano islámico de Granada.

Ese báculo utilizado casi diariamente por el Arzobispo Cisneros, mostraba el lema sorprendente: No hay otro vencedor que Allah. Una contradicción casi esquizofrénica, sobre todo considerando que Cisneros hizo todo lo posible para reprimir el imperio de los servidores de Allah. A partir del año 1507 inició una serie de ataques militares contra el Norte de África y en 1509 dirigió personalmente la conquista sangrienta de Oran. Tal acción militar de un Arzobispo resulta sin duda alguna lamentable, sobre todo contemplada desde la imagen que hoy tenemos de ese oficio religioso, aunque en aquella época no fue nada extraordinaria, ya que el mismo Papa tuvo su ejército.

De todas maneras, después de la muerte de Isabel la Católica en 1504, Cisneros concentró en sus manos cada vez más poder secular, aparte del poder eclesiástico. Cuando en 1506 también murió Felipe el Hermoso, el esposo de Juana la Loca, Cisneros fue declarado Regente de Castilla –con la concentración del poder de un Rey. El pueblo ya empezó a llamarlo "Rey Jiménez". En el año 1507, su concentración de poderes se completó con la dirección del Santo Oficio y el otorgamiento del título de Cardenal.

Después de la muerte de Fernando de Aragón, Cisneros asumió de nuevo la regencia con poder casi absoluto el día 23 de enero de 1516 –esa vez para toda España- hasta su propia muerte el día 8 de Noviembre de 1517 cerca de Burgos. Estaba en el camino para encontrarse con el nuevo Rey Carlos I. (quien pronto iba a ser también Emperador alemán como Carlos V.). El joven soberano llegó en un barco a la costa del norte y Cisneros tenía que prepararse para entregarle el poder.

Pero parecía como si Cisneros hubiera programado su propia muerte: murió un par de días antes del encuentro arreglado con Carlos –y por ello no tenía que entregar sus poderes. Murió prácticamente como Rey de España.

Sin duda, ha de agradecérsele logros importantes: fundó una de las Universidades más prestigiosas de toda Europa en Alcalá y se convirtió en el editor del libro más importante y menos exitoso del Renacimiento español: de la primera edición políglota (Latín, Griego, Hebreo y Caldeo) y crítica de la Biblia, aunque una gran parte de los ejemplares desapareció en un naufragio durante su camino a Roma.

El hecho de que Cisneros –contrariamente a tantos otros poderosos de la Iglesia- practicó él mismo el ascetismo que andaba predicando, evoca casi cierta simpatía. En la dirección de la Inquisición mostró moderación: sólo es responsable de haber mandado la quema de seis herejes. Sus sucesores en el Santo Oficio eran mucho más "generosos" al encender hogueras y convocar Autodefés.

No obstante, alguien que manda la quema de libros –especialmente de libros tan valiosos- definitivamente no merece ser llamado humanista. La expulsión de los moriscos que se negaran a convertirse al catolicismo, iniciada por él, significaba para España una catástrofe cultural. Probablemente, también había desempeñado ya un papel decisivo pidiendo la expulsión de los judíos españoles que se llevó a cabo en 1492.

A pesar de todos los efectos negativos de su fanatismo religioso, su monumento fúnebre se convirtió casi en un relicario para generaciones de estudiantes que quitaron trocitos de mármol de su sarcófago como especies de talismán.

En el año 1530 Cisneros fue beatificado, laus Deo nunca llegó a ser canonizado. Los contrastes de su biografía tampoco lo abandonaron después de su muerte. Ahora lo encontramos a él, Arzobispo de báculo con versos del Corán, quien persiguió cruelmente a los seguidores de Mahoma, en un sarcófago debajo de un "cielo estrellado islámico" del Artesonado Mudéjar en la Capilla de la Universidad de Alcalá fundada por él ■

[1] Para estudiar a Cisneros sigue siendo clásica y fundamental la obra de ALVAR GOMEZ De rebus gestis; utilizó algunos apuntes de Juan de Vergara, secretario de Cisneros, y el Memorial de Vallejo, paje del Arzobispo (ed. Madrid 1913).
[2] Muchas gracias a mi buen amigo y maestro Berthold Volberg por prestarme sus ideas

En esta tarde, Cristo del Calvario,
vine a rogarte por mi carne enferma;
pero, al verte, mis ojos van y vienen
de tu cuerpo a mi cuerpo con vergüenza.

¿Cómo quejarme de mis pies cansados,
cuando veo los tuyos destrozados?
¿Cómo mostrarte mis manos vacías,
cuando las tuyas están llenas de heridas?

¿Cómo explicarte a ti mi soledad,
cuando en la cruz alzado y solo estás?
¿Cómo explicarte que no tengo amor,
cuando tienes rasgado el corazón?

Ahora ya no me acuerdo de nada,
huyeron de mi todas mis dolencias.
El ímpetu del ruego que traía
se me ahoga en la boca pedigüeña.

Y sólo pido no pedirte nada,
estar aquí, junto a tu imagen muerta,
ir aprendiendo que el dolor es sólo
la llave santa de tu santa puerta.
Amén ■ de la Liturgia de las Horas

V Domingo del Tiempo Ordinario

La liturgia de la palabra de éste domingo está atravesada por el tema del la enfermedad y el dolor[1]. Al atardecer le llevaron a Jesús todos los enfermos, señala con precisión san Marcos[2].

Ante el dolor y la enfermedad hay, en realidad, cuatro posturas que de hecho se van mezclando en el día a día de los seres humanos. La primera es la rebeldía con nervios. Es quizá la postura más común. El enfermo se desconcierta ante la llegada del dolor. Reacciona contra él como un chiquillo rebelde. Increpa al cielo, se pregunta a si mismo, multiplica su tensión interior. Con lo que añade a su enfermedad física una segunda enfermedad espiritual que acaba siendo más grave que la primera: la angustia.

La segunda postura (casi siempre consecuencia y desenlace de esta primera) es el derrumbamiento con amargura. El enfermo se entrega. Ve la enfermedad como un monstruo al que no vencerá jamás. Y se precipita ante la negatividad de la amargura. La angustia va progresivamente convirtiéndose en un deseo de muerte que sólo a ella conduce.

La tercera [postura] es la de algunos cristianos que también se derrumban ante el dolor pero que en lugar de derrumbarse en la amargura lo hacen en la resignación. Se resignan a los deseos de Dios. Estos son algo más positivos, porque siempre es mejor entregarse en los brazos de otro que en los de la negación, sin embargo es una postura nada despertadora de las energías vitales del alma. Entregarse a Dios no es entregarse a la inactividad espiritual, sino entregarse a la fuerza de su amor.

Por eso siempre será preferible la esperanza a la resignación. La esperanza es activa, ardiente. Y debe comenzar por la aceptación, la aceptación serena de la enfermedad como una parte de la vida; como una parte que es limitadora -¡no llamemos bien al mal!- , pero solo limitadora: la enfermedad tiene rostros buenos, la posibilidad de despertar “otras” fuerzas del alma con las que no contamos.

Así “el enfermo positivo” es aquel que ni se resigna ni se derrumba. Se dispone más bien a sacarle jugo a sus limitaciones, a despertar “esa otra” alma que tal vez tuvo dormida, seguro de que “poner en marcha esa otra alma” será, a la vez, la mejor de las medicinas.

Siempre podremos insistir en lo distinto que es tomar una enfermedad con un planteamiento positivo o negativo. El enfermo negativo planta a la enfermedad ante sí, como el enemigo al que debe odiar y combatir, sabiendo que es como un obstáculo invencible. El enfermo positivo coloca a la enfermedad dentro de si, como un avatar de su vida, como una prueba, como una dificultad que debe vencer. No se trata de una resignación pasiva, de un “no hay más remedio que aguantarse”, sino de una postura creativamente esperanzada: puesto que tengo que vivir así, voy a hacerlo lo mas intensamente que pueda.

Si a todo esto se añade un entregarse confiadamente en las manos de Dios, entonces, todo el panorama es mucho más luminoso, porque se llega al descubrimiento de que ése abandono en Dios se torna creador y sanador. Porque Dios cura y fortalece a las almas. Y un alma curada es medio cuerpo en vías de curación

Es por esto último que de todos los seres humanos con los que uno se cruza a lo largo de la vida, los que más enriquecen no son aquellos especialmente inteligentes o brillantes –en el sentido de “gente que busca la perfección”- o aquellos curriculums fantásticos. No. Las personas que más nos enriquecen son los enfermos, mucho más cuando se trata de enfermos entusiastas. De éstos enfermos debemos presumir[3], debemos observarlos con atención, pues tienen muchas cosas qué decirnos, y nosotros muchas más por aprender para cuando llegue el momento de enfrentarnos justamente con la enfermedad y el dolor ■

[1] Homilía preparada para el V domingo del Tiempo Ordinario (8.II.2009).
[2] Cfr 1, 29-39.
[3] Conozco a algunos que no presumen de los demás. No todos somos ejemplares en todo. Yo no, por lo menos. Pero siempre se puede poner el zoom en una virtud, en un don, en un algo de alguien. Ésos que yo conozco confunden la parte por el todo y tienden a hacer una gran distinción: los suyos y los que no están con ellos. A los suyos los ensalzan, los veneran y los inciensan. A los demás muchas veces nos anatematizan, nos condenan cuando estamos en las antípodas de sus principios. Y luego todo lo confían a la Providencia (en realidad les cae mal que los que no tenemos sus criterios seamos reconocidos en algo, en lo que sea) A ellos yo les diría: "Hey, admira la vida de los demás. De todos. Habla de ellos. Cuenta esos ejemplos que ves a diario, los tienes a tu lado todos los días dándote unas lecciones impresionantes". Y es que ver héroes y además entusiastas es algo muy bueno. Aprendamos. Los tenemos al lado. Muy cerca.

So he took her by the hand, and the fever left her.

Here you see how fever loosens its grip on a person whose hand is held by Christ’s; no sickness can stand its ground in the face of the very source of health. Where the Lord of life has entered, there is no room for death ■Peter Chrysologus, Sermon 18: PL 52, 246-49

Fifth Sunday in Ordinary Time

In order to help and increase our spirituality and for a better understanding of the problem of pain and suffering, God has given the Book of Job[1].

The Book of Job is framed around a story of trauma and reward. Job was a prosperous man with the perfect family. Then everything went wrong. One day he said, Naked I came from my mother's womb, And naked I shall return there. The LORD gave and the LORD has taken away. Blessed be the name of the LORD. And if all this was not enough, even too much, then Job was plagued with sores all through his body. Through most of the Book of Job he sits in ashes suffering all these pains, and considering suffering. At the end of the Book of Job, God rewards his for continuing his faith in Him.

However, it is the forty chapter between the terrors that attack Job and the happy ending that are really important to us today. Job and his so called friends ask the same questions we all ask when besieged with problems. This is particularly evident in today's first reading. I have been assigned months of misery....My days come to an end without hope....I shall not see happiness again. Job's own wife tells him to curse God and die. He cannot explain why these terrible things have happened to him. But through it all, the turmoil, the doubting, the pain, the loss, Job keeps faith in God. He knows that God is there, somewhere. His faith is rewarded by recognizing the presence of God in the midst of the pain.

Job is an ancient biblical type of Jesus, confronted with the pain and suffering of mankind in today's gospel and with his own personal impending suffering in the Garden of Gethsemane and on the cross of Calvary. Jesus's total sacrifice of himself for his people and for God's Kingdom results in his feeling completely abandoned. My God, my God, why have your forsaken me, he prays on the cross beginning Psalm 22. But Jesus keeps faith in God, his Father. God vindicates Jesus and Job. That's the theological term we use. It means God's actions show the truth of Job's and Jesus's faith in the face of their turmoil.

Nothing could take God's life away from Job or Jesus. Not even death could destroy this life. Job believed in this. Jesus gave this to us[2].

In the face of turmoil, through trauma, in pain for which there is no cure, even when we feel we have been abandoned, we are not alone. Jesus is still there. Nothing, not even our pain can take him away from us.

And Jesus comes upon Simon Peter's mother in law in bed with a terrible fever. She, like all of us, are important to the Lord. He has work for her. He reaches out to her, cures her, and she waits on the disciples. Then Jesus comes upon many people suffering the results of evil in our world, for all pain and suffering and death is due to mankind's original and continual turning away from the Lord of Life. He sees them reaching out to him and he reaches out to them.

Today all of us are told that when we are suffering, in any manner whatsoever, we must reach out to the presence of God in every aspect of life. We believe that he is present for us and with us through it all. We believe that he cries out with us sharing our pain.

Now, we must use this special presence of the Lord as a way to come closer to the God who loves us, who was one of us, who died for us and who gave his life, eternal life, to us.

So we ask our God, When the difficulties of our human condition weigh heavily upon us, dear Lord and Divine Lover, teach us how to pray ■


[1] Sunday 8th February, 2009, 5th Sunday in Ordinary Time. Readings: Job 7:1-4, 6-7. Praise the Lord who heals the broken-hearted—Ps 146(147):1-6. 1 Corinthians 9:16-19, 22-23. Mark 1:29-39 [St Jerome Emiliani; St Josephine Bakhita].

[2] No, in all these things we are more than conquerors through him who loved us. For I am sure that neither death, nor life, nor angels, nor principalities, nor things present, nor things to come, nor powers, nor height, nor depth, nor anything else in all creation, will be able to separate us from the love of God in Christ Jesus our Lord." (Romans 8:35-39)



Ilustration: Job, Folio 46r from the Syriac Bible of Paris (Bibliothèque Nationale, MS syr. 341),

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris