El que descansa en la paz de la Capilla de San Ildefonso de la Universidad de Alcalá de Henares, había nacido en el año 1436 en el pueblo Torrelaguna en Castilla y desde hace siglos ha causado polémica entre historiadores y teólogos. De hecho, pocas veces hubo un personaje tan rico en contrastes en la historia de la Iglesia como el allí enterrado[1].

Gonzalo Jiménez de Cisneros fue quizás el clérigo más famoso quien jamás ocupó el trono de la sede arzobispal de Toledo. La cuestión si el que luego desempeñó un papel histórico tan importante como Cardenal Cisneros era verdaderamente piadoso o no, enfrenta a sus admiradores y sus críticos en una discusión que no tendrá fin. Para unos era un humanista culto y fundador de hospitales y de una de las Universidades más prestigiosas de Europa, para otros simplemente un inquisidor fanático y perseguidor de moriscos y "herejes".

¿Actuó por vocación religiosa y convicción profunda o era un político obsesionado por el poder –como tantos otros que se dedicaron a una carrera eclesiástica para entrar en el escenario político? Es posible encontrar argumentos y ejemplos para los dos puntos de vista en su biografía –depende de lo que se prefiera demostrar.

Como tantos otros príncipes de la Iglesia en la España de aquella época, Cisneros comenzó su formación universitaria con estudios de teología y derecho en la Universidad de Salamanca, antes de que tuviera la oportunidad de concluir sus estudios en Roma. Después de su regreso a España en el año 1471, el Papa Pablo II. Otorgó a Cisneros el título de Arcipreste de Uceda. Cisneros no pudo disfrutar mucho tiempo de su cargo, porque el Arzobispo de Toledo y príncipe de la Iglesia española, Alfonso Carillo, le estaba negando su aprobación para asumirlo. Durante la siguiente disputa, marcada por sutilezas del derecho canónico, el Cardenal Carillo le acusó de extralimitación de competencias, pero Cisneros se muestra intransigente. En ese episodio ya se descubre su carácter orgulloso e inclinado hacia la terquedad.

Sin embargo, el Arzobispo de Toledo tuvo el poder para mandar el encarcelamiento del Arcipreste Cisneros.

Estuvo casi seis años en la cárcel. Posiblemente, en esos años tan humillantes y ricos en privaciones hay que buscar la clave para comprender su actitud tan ascética, tantas veces unida a un orgullo soberbio y rigor intransigente que iban a caracterizar más tarde todas las decisiones del Cardenal y Regente Cisneros.

Después de la liberación de Jiménez de Cisneros, el Cardenal Mendoza, seguidor de Carillo en la sede arzobispal de Toledo, lo nombró capellán mayor de la Catedral de Sigüenza en el año 1480. Desde entonces, la benevolencia y las simpatías del Arzobispo y de la Reina Isabel la Católica acompañaban su carrera eclesiástica, tan bruscamente interrumpida por Carillo. Pero probablemente, la crisis personal durante los años de prisión habían frenado la ambición del orgulloso Cisneros y después decidió hacerse monje de la Orden de los Franciscanos. Empezó a vestir la cogulla sencilla de los Franciscanos, cambió su nombre de Gonzalo a "Francisco" –en honor del fundador de la orden. Y se retira, viviendo durante años casi como un eremita en una choza cerca de Toledo. Parece renunciar a una carrera eclesiástica y dedicar su vida a la meditación y al ascetismo.

Mientras que ya había estudiado latín y griego en Salamanca y Roma, aprovecha su tiempo de retiro para aprender otros idiomas: hebreo y caldeo. Sin embargo, aparece con frecuencia en las plazas de Toledo para actuar en público como predicador apasionado y hasta fanático, pidiendo la conversión de todos los heterodoxos de España al catolicismo. Finalmente cae en las trampas de la tentación del poder, cuando en el año 1492 –en el momento de la reconquista de Granada y del descubrimiento de América (más simbolismo imposible)- acepta de deseo de la Reina Isabel la Católica de convertirse en su confesor.

La poderosa Reina de Castilla es una de las admiradoras del predicador ascético y consigue que Cisneros –después de la muerte del Cardenal Mendoza - es nombrado nuevo Arzobispo de Toledo el Viernes Santo del año 1495. El esposo de Isabel, Fernando de Aragón, no se entusiasmó demasiado por aquella decisión de su mujer, ya que había deseado colocar en el mismo puesto a su bastardo como nuevo Arzobispo.

Al principio, Cisneros no quiso aceptar el máximo cargo de la Iglesia de España, la Reina tenía que insistir.

El que había pasado seis años en la cárcel por la voluntad de uno de sus antecesores, en aquel momento se hizo el más poderoso príncipe de la Iglesia de España. Sus decisiones no iban a ser inspiradas exactamente por caridad cristiana exagerada.

Al analizar la obra de Cisneros como máximo representante de la Iglesia española, será difícil absolverlo completamente de los pecados mortales de la soberbia y de la ira. El "Cardenal de hierro" tan sólo parecía abstenerse de otro pecado mortal - el de la lujuria, tan general y común en todos sus matices en la Iglesia de su época. Su actitud estricta contrastaba mucho con la de sus dos antecesores Carillo y Mendoza, padres de numerosos hijos naturales. A sus contemporáneos, ese estilo de vida tan hipócrita de clérigos les parecía totalmente normal, como también demuestra una frase de la Reina Isabel la Católica, la que llamó a los hijos del Arzobispo Mendoza cariñosamente “los bellos pecados de nuestro Cardenal”.

Otras alegrías y comodidades profanas tampoco podían tentar a Cisneros. Aunque residiendo en el Palacio Arzobispal de Toledo, siempre prefirió un camastro de madera dura a su cama imperial y la cogulla franciscana al manto de púrpura. Se dedicó con fervor casi fanático a la reforma de su Orden, predicando la conversión a la vida ascética ante los monjes y echando a amantes de ambos sexos fuera de los conventos. E intentó dar un buen ejemplo de ascetismo y renuncia a lujo y comodidad al caminar por España – ¡siendo Arzobispo de Toledo!- a pie para inspeccionar los Conventos de Franciscanos. El Papa Alejandro VI., uno de los más pecaminosos e indignos vicarios autoproclamados que Cristo jamás ha tenido en la Tierra, se sintió indirectamente criticado por la actitud radicalmente ascética del Arzobispo rebelde y pidió a la Reina (en vano), que ella lo exhortara para que tuviera una corte pomposa y más digna de un príncipe de la Iglesia.

El año 1499 marcó el comienzo de una nueva fase en la vida y obra de Cisneros y ofrece tanto a sus admiradores como a sus críticos numerosos motivos para celebrarlo o condenarlo.

El día 13 de abril el Arzobispo llegó a fundar con permiso papal la Universidad de Alcalá de Henares, los cursos comenzaron en 1508.

Rápidamente, esa Universidad llegó a ser la segunda más importante de España, después de la de Salamanca, y una de las más prestigiosas de Europa.

Se sirvió de la presión política y de amenazas, pero también empleó dádivas y el dudoso método de asperjar grandes muchedumbres durante horas con agua bendita para evangelizarlas. El Papa felicitó a Cisneros con motivo de su "gran éxito de conversiones", pero la población (todavía mayoritariamente) musulmana reaccionó con rebelión. Hubo un levantamiento y durante una noche, los musulmanes atacaron la casa de Cisneros en Granada. Junto con sus criados, se defendió con todas las armas disponibles, estuvo a punto de caer en las manos de los rebeldes, cuando por la mañana tropas reales lo liberaron. Después de ese día, toda la ciudad de Granada sintió la ira sin piedad del Arzobispo Cisneros quien mandó la quema de libros árabes en una plaza pública (sólo salvó las obras de medicina) y la expulsión de todos los musulmanes no dispuestos a convertirse al Cristianismo. Pero al otro lado, su admiración del arte árabe llamó la atención. En su palacio en Toledo hizo colocar un candelabro de la Alhambra. Además hizo construir tanto la Capilla Mozárabe de la Catedral de Toledo como la Capilla de San Ildefonso de la Universidad Complutense en estilo Mudéjar, y como báculo utilizó el cetro del último soberano islámico de Granada.

Ese báculo utilizado casi diariamente por el Arzobispo Cisneros, mostraba el lema sorprendente: No hay otro vencedor que Allah. Una contradicción casi esquizofrénica, sobre todo considerando que Cisneros hizo todo lo posible para reprimir el imperio de los servidores de Allah. A partir del año 1507 inició una serie de ataques militares contra el Norte de África y en 1509 dirigió personalmente la conquista sangrienta de Oran. Tal acción militar de un Arzobispo resulta sin duda alguna lamentable, sobre todo contemplada desde la imagen que hoy tenemos de ese oficio religioso, aunque en aquella época no fue nada extraordinaria, ya que el mismo Papa tuvo su ejército.

De todas maneras, después de la muerte de Isabel la Católica en 1504, Cisneros concentró en sus manos cada vez más poder secular, aparte del poder eclesiástico. Cuando en 1506 también murió Felipe el Hermoso, el esposo de Juana la Loca, Cisneros fue declarado Regente de Castilla –con la concentración del poder de un Rey. El pueblo ya empezó a llamarlo "Rey Jiménez". En el año 1507, su concentración de poderes se completó con la dirección del Santo Oficio y el otorgamiento del título de Cardenal.

Después de la muerte de Fernando de Aragón, Cisneros asumió de nuevo la regencia con poder casi absoluto el día 23 de enero de 1516 –esa vez para toda España- hasta su propia muerte el día 8 de Noviembre de 1517 cerca de Burgos. Estaba en el camino para encontrarse con el nuevo Rey Carlos I. (quien pronto iba a ser también Emperador alemán como Carlos V.). El joven soberano llegó en un barco a la costa del norte y Cisneros tenía que prepararse para entregarle el poder.

Pero parecía como si Cisneros hubiera programado su propia muerte: murió un par de días antes del encuentro arreglado con Carlos –y por ello no tenía que entregar sus poderes. Murió prácticamente como Rey de España.

Sin duda, ha de agradecérsele logros importantes: fundó una de las Universidades más prestigiosas de toda Europa en Alcalá y se convirtió en el editor del libro más importante y menos exitoso del Renacimiento español: de la primera edición políglota (Latín, Griego, Hebreo y Caldeo) y crítica de la Biblia, aunque una gran parte de los ejemplares desapareció en un naufragio durante su camino a Roma.

El hecho de que Cisneros –contrariamente a tantos otros poderosos de la Iglesia- practicó él mismo el ascetismo que andaba predicando, evoca casi cierta simpatía. En la dirección de la Inquisición mostró moderación: sólo es responsable de haber mandado la quema de seis herejes. Sus sucesores en el Santo Oficio eran mucho más "generosos" al encender hogueras y convocar Autodefés.

No obstante, alguien que manda la quema de libros –especialmente de libros tan valiosos- definitivamente no merece ser llamado humanista. La expulsión de los moriscos que se negaran a convertirse al catolicismo, iniciada por él, significaba para España una catástrofe cultural. Probablemente, también había desempeñado ya un papel decisivo pidiendo la expulsión de los judíos españoles que se llevó a cabo en 1492.

A pesar de todos los efectos negativos de su fanatismo religioso, su monumento fúnebre se convirtió casi en un relicario para generaciones de estudiantes que quitaron trocitos de mármol de su sarcófago como especies de talismán.

En el año 1530 Cisneros fue beatificado, laus Deo nunca llegó a ser canonizado. Los contrastes de su biografía tampoco lo abandonaron después de su muerte. Ahora lo encontramos a él, Arzobispo de báculo con versos del Corán, quien persiguió cruelmente a los seguidores de Mahoma, en un sarcófago debajo de un "cielo estrellado islámico" del Artesonado Mudéjar en la Capilla de la Universidad de Alcalá fundada por él ■

[1] Para estudiar a Cisneros sigue siendo clásica y fundamental la obra de ALVAR GOMEZ De rebus gestis; utilizó algunos apuntes de Juan de Vergara, secretario de Cisneros, y el Memorial de Vallejo, paje del Arzobispo (ed. Madrid 1913).
[2] Muchas gracias a mi buen amigo y maestro Berthold Volberg por prestarme sus ideas

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris