Yo, Francisco, hice construir a las musas un grandioso liceo,
Yazco ahora en un pequeño Sarcófago.
Uní la púrpura al sayal y el casco al capelo,
Siendo monje, militar, obispo y cardenal,
Por mi virtud se unieron la corona y la cogulla,
Cuando, gobernando, me obedeció España entera... ■
Epitafio del sepulcro del Cardenal Francisco Jiménez de Cisneros

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris