I Domingo de Cuaresma

Cada año, al comenzar la Cuaresma, la Iglesia –que es Madre y es Maestra- se acerca al oído de cada uno de nosotros y nos invita a que escuchemos al Espíritu de Dios de la misma manera que lo hizo Jesús al comienzo de aquellos cuarenta días que había de pasar en el desierto[1].

El ayuno, el silencio, el sacrificio de estas semanas no son un capricho impuesto por el Papa y los Obispos a los que fieles, sino más bien una especie de llaves[2] que nos van abriendo puertas de un camino; llaves que nos abren especialmente la cerradura de nosotros mismos[3].

La Cuaresma no es el periodo anual en el que los cristianos buscamos el dolor por el dolor, de hecho la Cuaresma no es importante en sí misma, sino como camino o reparación para la alegre celebración de la Vigilia Pascual, la noche que «ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes, expulsa el odio, trae la concordia, doblega a los poderosos (Pregón pascual)»[4].

El deseo de renovación acompaña toda nuestra vida. El afán por cambiar de casa, de ropa, de médico, de trabajo ¿no es en el fondo un deseo de despojarse de sí mismo? El anhelo por escaparse unos días a la playa, al campo, para encontrarnos con la naturaleza ¿no es en el fondo una sed terrible de renovarse, de volver transformado a la vida cotidiana?

Sin embargo pasada la emoción de lo nuevo, volvemos a lo mismo y nos preguntamos “¿cuándo voy a renovarme por dentro también?”, y es que las realidades del mundo no pueden dar esa renovación que tanto buscamos. El mundo es un círculo cerrado en sí mismo. Nada logra abrirlo.

Sólo en un único lugar se abre el mundo: en Cristo Jesús. En Él Dios se hizo hombre, real y sinceramente, con todas las consecuencias. Él vivió como nosotros, sometido a las necesidades de la naturaleza y de la convivencia humana[5].

Mucho mejor lo dijo el Concilio Vaticano II: «El Hijo de Dios, con su encarnación se ha unido (…) con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obro con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado»[6].

El tiempo de Cuaresma –y en concreto éste primero domingo- puede ser el tiempo oportuno para comenzar con ésa renovación que tanto deseamos.

Que nos dirijamos muchas veces al Señor a lo largo de éstos días con las entrañables palabras del rey David: Señor, crea en mí un corazón puro, y renueva en mi interior un espíritu firme[7]

[1] Homilía pronunciada el 1.III.2009, I domingo de Cuaresma, en la parroquia de St. Matthew, en San Antonio (Texas).
[2] Clavis, en lengua latina, de ahí el término clave.
[3] Especialmente significativa es la Oración colecta del Miércoles de ceniza: «Que el día de ayuno con el que empezamos, Señor, esta Cuaresma, sea el principio de nuestra conversión a ti, y que nuestros actos de penitencia nos ayuden a vencer el espíritu del mal».
[4] Mensaje del Santo Padre Benedicto XVI para la Cuaresma del 2009. El texto completo puede consultarse en: www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/messages/lent/documents/hf_ben-xvi_mes_20081211_lent-2009_sp.html
[5] Cfr. R. GUARDINI, El Señor. Meditaciones sobre la persona y la vida de Jesucristo, Lumen, Buenos Aires 2000, pp. 574-580.
[6] Gaudium et Spes, n. 22.
[7] Sal 50, 12; antífona de la comunión del Viernes después de Ceniza, del Misal Romano.
Ilustración: GREBBER, Pieter de Grebber, El Rey David en oración (1635-40), óleo sobre tela (94 x 84 cm) Museum Catharijneconvent (Utrecht, Holanda).

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris