VI Domingo del Tiempo Ordinario

Mientras escribo pienso esta mañana en todos ésos buenos amigos míos que en un momento de su vida, al decidir caminar por un camino distinto al que se habían propuesto, han sentido sobre si mismos –gracias a la actitud y el comportamiento de otros compañeros de camino- el terrible mandato del Levítico que escuchamos en la primera de las lecturas: El que haya sido declarado enfermo de lepra, traerá ropa descosida, la cabeza descubierta, se cubrirá la boca e irá gritando: ‘¡Estoy contaminado! ¡Soy impuro!’ Mientras le dure la lepra, seguirá impuro y vivirá sólo, fuera del campamento [1].

A ésos amigos míos que han cambiado de camino, pero que son leales a su conciencia y a la Verdad[2] les diría –aunque ya lo saben, y quizá mejor que yo- que no se preocupen, que Dios no es un gendarme o un juez que va imponiendo sanciones. Es verdad que cometemos equivocaciones y errores, pero que para eso está el pedir perdón, el rectificar y seguir delante. Hemos de tomas cada vez mayor conciencia –precisamente por haber dedicado nuestra vida a servir a Dios- que estamos y estaremos siempre invadidos por ese gran sentimiento de indulgencia, uno de los mejores atributos de Dios. Siempre, y sobre todo al final, Él no nos abandonará.

Muchos de ésos que hoy nos hacen sentir contaminados o impuros e incluso traidores (desde su punto de vista, claro), saben mejor que nadie que el lenguaje de Dios es silencioso, que habla bajito, pero ofrece muchas señales: nos ha dado un empujón en tal ocasión gracias a un amigo, a un encuentro casual, a un libro, a un fracaso, incluso gracias a un accidente. Y siempre da la oportunidad de empezar de nuevo. Lo saben bien, pero ciertos prejuicios enfermizos los llevan a no dar ni un quinto por quien, en conciencia, decide caminar por un camino distinto.

Dios nos conoce muy bien, siempre está allí, y que habla de muchas maneras, y no siempre por el “cauce reglamentario” (decir “Dios” y decir “cauce reglamentario” es un absurdo, por cierto).

Por tanto, amig@, camina tranquil@ por este tu nuevo camino, sigue leal a tu conciencia y a la Verdad. Y camina contento, con buen humor. No nos demos tanta importancia. Su Santidad decía hace poco en una entrevista: «personalmente creo que Dios tiene un gran sentido del humor. A veces a uno le da un empujón y le dice “¡No te des tanta importancia!”. Y es que el humor es un componente de la alegría de la creación. En muchas ocasiones de nuestra vida se nota que Dios también nos quiere impulsar a ser un poco más ligeros; a percibir la alegría; a descender de nuestro pedestal y a no olvidar el gusto por lo divertido».

Seamos menos graves, menos de cartón piedra, menos rejalgar y esas tonterías

Tomar la decisión de cambiar de vida es cosa seria, está claro, pero no deja de ser cosa de un segundo, una vez que las cosas están claras y pensadas con serenidad delante de ese Dios que está siempre junto a nosotros y de la Iglesia, que es Madre. La Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

Y no soy un ingenuo. No se me escapa que hay temporadas que estaremos cansados y destrozados, sin fuerzas y desesperados, furiosos por nuestro destino, que parece torcido, injusto y sin sentido, y que eso del buen humor, entonces, sirve de muy poco. Lo sé. Llevo unos días pensando “Dios mío, ¡que lejos estoy de ti!”. Y no voy a hacer nada por acercarme a Él, que Él también se me esconde y juega a ver si lo encuentro. Pero diciéndole eso, salgo de ese estado de tristeza y sé que, aunque en estos momentos no puedo entender que Él es amor, sí pienso y confío, sin embargo, en que todo está bien como está. Sé lo que me digo, aunque no se me entienda ■

[1] Cfr Lev 13, 1-2.44-46.
[2] Cfr Jn 14, 6.
Ilustración: Edward Hooper, Rooms by the Sea (1951), óleo sobre tela (28x40), Yale University Art Gallery.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris