V Domingo del Tiempo Ordinario

La liturgia de la palabra de éste domingo está atravesada por el tema del la enfermedad y el dolor[1]. Al atardecer le llevaron a Jesús todos los enfermos, señala con precisión san Marcos[2].

Ante el dolor y la enfermedad hay, en realidad, cuatro posturas que de hecho se van mezclando en el día a día de los seres humanos. La primera es la rebeldía con nervios. Es quizá la postura más común. El enfermo se desconcierta ante la llegada del dolor. Reacciona contra él como un chiquillo rebelde. Increpa al cielo, se pregunta a si mismo, multiplica su tensión interior. Con lo que añade a su enfermedad física una segunda enfermedad espiritual que acaba siendo más grave que la primera: la angustia.

La segunda postura (casi siempre consecuencia y desenlace de esta primera) es el derrumbamiento con amargura. El enfermo se entrega. Ve la enfermedad como un monstruo al que no vencerá jamás. Y se precipita ante la negatividad de la amargura. La angustia va progresivamente convirtiéndose en un deseo de muerte que sólo a ella conduce.

La tercera [postura] es la de algunos cristianos que también se derrumban ante el dolor pero que en lugar de derrumbarse en la amargura lo hacen en la resignación. Se resignan a los deseos de Dios. Estos son algo más positivos, porque siempre es mejor entregarse en los brazos de otro que en los de la negación, sin embargo es una postura nada despertadora de las energías vitales del alma. Entregarse a Dios no es entregarse a la inactividad espiritual, sino entregarse a la fuerza de su amor.

Por eso siempre será preferible la esperanza a la resignación. La esperanza es activa, ardiente. Y debe comenzar por la aceptación, la aceptación serena de la enfermedad como una parte de la vida; como una parte que es limitadora -¡no llamemos bien al mal!- , pero solo limitadora: la enfermedad tiene rostros buenos, la posibilidad de despertar “otras” fuerzas del alma con las que no contamos.

Así “el enfermo positivo” es aquel que ni se resigna ni se derrumba. Se dispone más bien a sacarle jugo a sus limitaciones, a despertar “esa otra” alma que tal vez tuvo dormida, seguro de que “poner en marcha esa otra alma” será, a la vez, la mejor de las medicinas.

Siempre podremos insistir en lo distinto que es tomar una enfermedad con un planteamiento positivo o negativo. El enfermo negativo planta a la enfermedad ante sí, como el enemigo al que debe odiar y combatir, sabiendo que es como un obstáculo invencible. El enfermo positivo coloca a la enfermedad dentro de si, como un avatar de su vida, como una prueba, como una dificultad que debe vencer. No se trata de una resignación pasiva, de un “no hay más remedio que aguantarse”, sino de una postura creativamente esperanzada: puesto que tengo que vivir así, voy a hacerlo lo mas intensamente que pueda.

Si a todo esto se añade un entregarse confiadamente en las manos de Dios, entonces, todo el panorama es mucho más luminoso, porque se llega al descubrimiento de que ése abandono en Dios se torna creador y sanador. Porque Dios cura y fortalece a las almas. Y un alma curada es medio cuerpo en vías de curación

Es por esto último que de todos los seres humanos con los que uno se cruza a lo largo de la vida, los que más enriquecen no son aquellos especialmente inteligentes o brillantes –en el sentido de “gente que busca la perfección”- o aquellos curriculums fantásticos. No. Las personas que más nos enriquecen son los enfermos, mucho más cuando se trata de enfermos entusiastas. De éstos enfermos debemos presumir[3], debemos observarlos con atención, pues tienen muchas cosas qué decirnos, y nosotros muchas más por aprender para cuando llegue el momento de enfrentarnos justamente con la enfermedad y el dolor ■

[1] Homilía preparada para el V domingo del Tiempo Ordinario (8.II.2009).
[2] Cfr 1, 29-39.
[3] Conozco a algunos que no presumen de los demás. No todos somos ejemplares en todo. Yo no, por lo menos. Pero siempre se puede poner el zoom en una virtud, en un don, en un algo de alguien. Ésos que yo conozco confunden la parte por el todo y tienden a hacer una gran distinción: los suyos y los que no están con ellos. A los suyos los ensalzan, los veneran y los inciensan. A los demás muchas veces nos anatematizan, nos condenan cuando estamos en las antípodas de sus principios. Y luego todo lo confían a la Providencia (en realidad les cae mal que los que no tenemos sus criterios seamos reconocidos en algo, en lo que sea) A ellos yo les diría: "Hey, admira la vida de los demás. De todos. Habla de ellos. Cuenta esos ejemplos que ves a diario, los tienes a tu lado todos los días dándote unas lecciones impresionantes". Y es que ver héroes y además entusiastas es algo muy bueno. Aprendamos. Los tenemos al lado. Muy cerca.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris