Señora del Adviento,
señora de los brazos vacíos,
señora de la preñez evidente y extenuante.
Cuánto deseamos que camines con nosotros.
Cuánto necesitamos de ti, mujer del pueblo,
que viajas presurosa y alegre a servir a Isabel,
a pesar de tu vientre pesado y fatigoso.
Entre las dos tejerán esperanzas y sueños.

Señora del Adviento,
señora de los brazos vacíos,
también nosotros estamos preñados
de esperanzas y sueños.
Soñamos con que el canto de las aves
no vuelva a ser turbado por el ruido de las balas.
Soñamos con nuestros niños sin temores,
cantando al fruto de tu vientre ya cercano.
Soñamos con los niños de Colombia
durmiendo tranquilos al arrullo de un villancico.
Soñamos que nuestros viejos mueren tranquilos y en paz
murmurando una oración.
Soñamos con que algún día
podremos volver a tener sueños y utopías y esperanzas.

Señora del Adviento,
la de los brazos vacíos,
visítanos como a tu prima.
Monta tu burrito y ven presurosa.
Nuestros corazones son pesebres huecos y fríos
donde hace falta que nazca tu hijo.
Ven, señora, con tus gritos de parto
a calentar nuestros corazones,
a seguir tejiendo esperanzas con nosotros,
como lo hiciste con Isabel.
Solo así, en medio de la noche
iluminada por tus brazos ahora llenos
y por tus pechos que amamantan,
podremos volver a soñar...
podremos gritar ¡es navidad!


CARLOS MARIO CANO (Medellín, Colombia) 

I Domingo de Adviento (A) 1.XII.2013

El tiempo litúrgico que comenzó la tarde del sábado con las primeras vísperas –la hora en que la Iglesia enciende sus lámparas- se llama Adviento, y es, simple y llanamente, el tiempo de la espera humana del Salvador. Todo está proyectado hacia esa venida, sin embargo el evangelio de este domingo nos lanza inmediatamente hacia el fin de los tiempos. Nos pone frente a la venida última del Señor, la Parusía[1].

Los dos advenimientos –la encarnación y la venida final del Hijo del hombre- no sólo no se contraponen, sino que se reclaman e iluminan mutuamente. En la celebración litúrgica no es posible proclamar el libro del Génesis sin evocar en filigrana el libro del Apocalipsis[2].

San Cirilo de Jerusalén solía decir en sus (maravillosas) catequesis[3] que hay dos venidas del Verbo: una oscura como la lluvia sobre un velo, otra resplandeciente de gloria, la que llegará. En la primera venida Cristo aparece envuelto en pañales dentro de un pesebre, en la segunda vendrá envuelto de la luz como en un manto[4].

A los cristianos la liturgia de la Iglesia nos invita éste domingo y los que le restan al adviento a vivir en estado de espera, dirigiendo la mirada en dirección a estas dos venidas. El ¡velad! del evangelio de hoy es lo que nos ayuda a no ser sorprendidos, a ser, digamos, contemporáneos a esta doble venida y es que el sueño nos vuelve ausentes, amodorrados. El verdadero, el irreparable desfase respecto a la venida del Señor está representado por el sueño, por la indiferencia, por la inercia.

Hoy en el evangelio el Señor vuelve al recuerdo lejano de los tiempos de Noé, cuando la gente comía y bebía descuidadamente sin preocuparse de la cuestión fundamental: su relación con Dios. Y así, desprevenidos, los encontró el diluvio. Una advertencia ciertamente inquietante.

Para nosotros el sueño puede ser el desinterés, el sentirnos ajenos a las desgracias de los demás, a ése no comprometernos con prácticamente nada. Esperar al Salvador significa sentirse interesados, reconocer que tenemos necesidad de salvación, admitir que somos pecadores, sentir la exigencia -¡y la urgencia!- de la conversión[5]. Significa, en medio de nuestras preocupaciones cotidianas, caer en la cuenta de que es necesario preocuparse de la dimensión espiritual de nuestra vida.

Velar es precisamente lo contrario de la evasión. Velar quiere decir romper con las obras de las tinieblas como dice S. Pablo, con la mentira, la hipocresía, la vanidad.

Nosotros, cristianos, velamos no porque tengamos miedo a la llegada del Señor, sino porque queremos que Él se presente –y será de improviso- nos encuentre comprometidos en la construcción de una ciudad terrena más justa, más fraterna, más habitable; preocupándonos por los demás, interesados en lo que vale verdaderamente la pena, no en espejitos y baratijas que nos distraen de lo esencial, de lo verdadero, de lo que dura para siempre ■




[1] Parusía deriva del término griego παρουσία (parousía), forma sustantivada del verbo πάρειμι (páreimi, «estar presente, asistir»). El significado principal del sustantivo era «presencia» o «bienes», aunque en sentido figurado podía significar venida o llegada. En el griego del Nuevo Testamento se utiliza, salvo excepción, con el significado escatológico del segundo advenimiento de Cristo.
[2] A. Nocent.
[4] San Cirilo de Jerusalén (en griego: Κύριλλος Α΄ Ἱεροσολύμων) (315 - 386) fue un obispo griego, en 1883 fue declarado doctor de la Iglesia. Sus famosas veintitrés lecturas catequéticas  que escribió siendo aún un presbítero, en el año 347 ó 348, contienen instrucciones sobre los principales temas de la fe cristiana y su práctica en una forma un tanto popular y no tan científica, llenas de cálido amor pastoral y cuidado por sus catecúmenos, a quienes se dirigía. Cada lectura está basada en un texto de la Escritura. Luego de una introducción general, siguen dieciocho lecturas para la competencia, y las cinco restantes están dirigidas a los recientemente bautizados, en preparación para recibir la comunión. En paralelo a la exposición del Credo como fue recibido por la Iglesia de Jerusalén, hay vigorosas polémicas contra los errores paganos, judíos y heréticos. Son de gran importancia para dar luz al método de instrucción usual en esa época, así como a las prácticas litúrgicas del período, de las cuales aquí se da el más extenso recuento existente.
[5] A. Pronzato, El Pan del Domingo. Ciclo A, edit. Sígueme, Salamanca, p. 12. 

nEw-oLd-iDEaS

Ea, hombrecillo, deja un momento tus ocupaciones habituales; entra un instante en ti mismo, lejos del tumulto de tus pensamientos. Arroja fuera de ti las preocupaciones agobiantes; aparta de ti tus inquietudes trabajosas. Dedícate algún rato a Dios y descansa siquiera un momento en su presencia. Entra en el aposento de tu alma; excluye todo, excepto Dios y lo que pueda ayudarte para buscarle; y así, cerradas todas las puertas, ve en pos de él. Di, pues, alma mía, di a Dios: "Busco tu rostro; Señor, anhelo ver tu rostro". Y ahora, Señor, mi Dios, enseña a mi corazón dónde y cómo buscarte, dónde y cómo encontrarte. Señor, si no estás aquí, ¿dónde te buscaré, estando ausente? Si estás por doquier, ¿cómo no descubro tu presencia? Cierto es que habitas en una claridad inaccesible. Pero ¿dónde se halla esa inaccesible claridad?, ¿cómo me acercaré a ella? ¿Quién me conducirá hasta ahí para verte en ella? Y luego, ¿con qué señales, bajo qué rasgo te buscaré? Nunca jamás te vi, Señor, Dios mio; no conozco tu rostro. ¿Qué hará, altísimo Señor, éste tu desterrado tan lejos de ti? ¿Qué hará tu servidor, ansioso de tu amor, y tan lejos de tu rostro? Anhela verte, y tu rostro está muy lejos de él. Desea acercarse a ti, y tu morada es inaccesible. Arde en el deseo de encontrarte, e ignora dónde vives. No suspira más que por ti, y jamás ha visto tu rostro. Señor, tú eres mi Dios, mi dueño, y con todo, nunca te vi. Tú me has creado y renovado, me has concedido todos los bienes que poseo, y aún no te conozco. Me creaste, en fin, para verte, y todavía nada he hecho de aquello para lo que fui creado. Entonces, Señor, ¿hasta cuándo? ¿Hasta cuándo te olvidarás de nosotros, apartando de nosotros tu rostro? ¿Cuándo, por fin, nos mirarás y escucharás? ¿Cuándo llenarás de luz nuestros ojos y nos mostrarás tu rostro? ¿Cuándo volverás a nosotros? Míranos, Señor; escúchanos, ilumínanos, muéstrate a nosotros. Manifiéstanos de nuevo tu presencia para que todo nos vaya bien; sin eso todo será malo. Ten piedad de nuestros trabajos y esfuerzos para llegar a ti, porque sin ti nada podemos. Enséñame a buscarte y muéstrate a quien te busca; porque no puedo ir en tu busca a menos que tú me enseñes, y no puedo encontrarte si tú no te manifiestas. Deseando te buscaré, buscando te desearé, amando te hallaré y hallándote te amaré San Anselmo, obispo, Proslógion (Cap. 1: Opera omnia, edición Schmitt, Seckau [Austria] 1938, 1, 97-100).


VISUAL THEOLOGY

A sanctuary lamp, altar lamp, everlasting light, or eternal flame is a light that shines before the altar of sanctuaries in many denominations of Jewish and Christian places of worship. Prescribed in Exodus 27:20-21 of the Torah, this icon has taken on different meanings in each of the religions that have adopted it. The passage, which refers to prescriptions for the tabernacle, states: “And thou shalt command the children of Israel, that they bring thee pure oil olive beaten for the light, to cause the lamp to burn always”. Christian churches often have at least one lamp continually burning before the tabernacle, not only as an ornament of the altar, but for the purpose of worship. The General Instruction of the Roman Missal in the Catholic Church, for instance, states (in 316): "In accordance with traditional custom, near the tabernacle a special lamp, fueled by oil or wax, should be kept alight to indicate and honor the presence of Christ." The sanctuary lamp is placed before the tabernacle in Roman Catholic, Old Catholic, and Anglican churches as a sign that the Blessed Sacrament is reserved or stored. It is also used in Lutheran churches to represent the presence of God. The sanctuary lamp may also be seen in Eastern Orthodox Churches. Other Christian denominations burn the lamp to show that the light of Christ always burns in a sin-darkened world ■

First Sunday of Advent (A) 12.1.2013

I am not sure why they call it “Black Friday.” Is it because we kill off whatever money we have, or put ourselves into a black hole of credit? Or is it because our shopping puts all these merchants’ books in the black? Whatever! Black Friday is the first day of the Christmas shopping season. Those who were up searching for bargains were beginning their preparation for Christmas. This is the First Sunday of Advent. Advent is the season of preparation. Only, unlike the shopping sprees we go on, or the other parts of Christmas preparation, like cards and parties and gift wrap, we are not preparing for just one day, or even a week. Advent is the season of preparation for the rest of our lives![1]

We are preparing for the Coming of Our Lord. There are actually two comings. The first is the Nativity of the Lord. Christmas is the celebration of the coming of the Lord as one of us, the Second Person becoming a human being. We romanticize the season. We put up mangers. We sing beautiful Christmas carols. We emphasize the wonders of a baby who will transform the world. We sing Silent Night.  This is all OK as long as we realize that Christmas is not just about a baby, it is about the Eternal Word of God, present for all time, present before there was time, taking on our human nature defeating the stranglehold that evil has upon us.

The Second Coming of the Lord is the coming at the end of time, or the end of our own personal time. It is at the Second Coming that the Lord will judge us on how well we have reflected His Life in the world.

Advent preparation is not about preparing for one day. It is about the rest of our lives and the rest of the time that the world has to exist. To make this preparation we have to fight evil, in the world and in our lives.

The Gospel speaks about people not being ready for the coming of the Lord. Many of these people of Noah’s day weren't ready to be whom God created them to be. Consequently, they weren’t ready for the flood.  They were too busy with their lives to be concerned about God's will and his Way. Like during Noah’s time, on the Day of the Lord, Jesus’ Second Coming, only one of the two men in the field and one of the two women at the mill will be ready for him. The others will be too busy.

The gospel reading does not say that the people of prior to the flood were evil. It just says that they were unconcerned...or distracted: deeply distracted. This is the attitude of so many that we rub shoulders with every day. Most people do not try to be evil. They just are unconcerned about having a place for God in their lives. The number of people of all faiths who worship regularly is far less than those who do not worship at all or who attend a Church, synagogue or mosque only a few times a year. Will they be ready when it is time to give an accounting of their lives on how well they have served God? We pray that they will return to God and live.

We also get so busy doing things that we just don’t take time for the only thing, the only Person who matters. We don’t make time for daily prayer because we are too busy. We attend Mass when it is convenient, but seldom change our schedules so we can go to Church. We all need to ask ourselves, “Am I ready for the Lord?”

 Don’t get caught napping, the Gospel says. The Lord will come to complete his restoration of creation to God’s original plan.  How will he find us? What will he find me doing when I least expect his arrival?  What will he find you doing?

The ancient Christians were not afraid of the Second Coming. They looked forward to it. Maranatha, they prayed: Come, Lord Jesus. Come, Lord, and restore peace justice and love to the world.  Come Lord and complete the work of creation.  Come Lord and reward your faithful people.

I don’t know how many shopping days there are left before Christmas.  Actually, I don’t really care. What I do care about is how many days I have left to walk in the Light of the Lord, as the first reading encourages us to do.

Stay awake, the Church tells us on the First Sunday of Advent. Be ready.  Today, perhaps, the Lord will come knocking. He might be calling us home, or he might simply be looking to see how well we are bringing His Presence to the world. We cannot allow ourselves to be unconcerned, or distracted, or living in a superficial way. We need to be ready at all times to serve Jesus Christ ■


[1] First Sunday of Advent Cycle A, December 1, 2013. Readings: Isaiah 2:1-5; Responsorial Psalm 122: 1-2, 3-4, 4-5, 6-7, 8-9; Romans 13:11-14; Matthew 24:37-44. 

¡Viva Cristo Rey!

Divino Rey del reino del amor,
tú alzas corazones, tú fascinas,
y tú doblegas, suave, voluntades,
rendidamente en ti, Jesús, prendidas.

En medio de la tierra, tú eres fuego,
brasero en el altar que al cielo mira;
viniste a preparar un holocausto
y ardiendo está el amor con que calcinas.

No buscas un imperio de grandezas
ni por decreto o leyes tú dominas,
tú reinas desde dentro, donde nadie,
a nadie ser y vida sacrifica.

Tú eres Rey, mi único Señor,
y allí donde camine tú caminas,
tu paz divina a todos irradiando,
creando un mundo nuevo, una familia.

Mi casa es tu reinado y mi trabajo,
y yo te quiero dar ciudadanía,
que nadie como tú al mundo ama,
eternamente amigo de la vida.

¡Oh Cristo, flor en labios de amadores,
Palabra siempre nuestra, ardiente y viva,
la luz fontal de Dios es toda tuya,
derrámala en la tierra, reina y brilla! Amén
P. Rufino Mª Grández, ofmcap.

Puebla, 14 noviembre 2010

Jesucristo Rey del Universo (2103)

Los reyes del mundo habitualmente están rodeados de protección,  armas, terciopelos, joyas, y tronos en esplendorosos salones. El evangelio de hoy, en la fiesta de Cristo Rey, nos presenta a un Jesús cuyo trono es la cruz y cuyo cetro es un clavo que atraviesa su mano. Demasiado escandaloso, demasiado insoportable para el hombre de hoy.

Si hay algo enormemente lejano de lo que es ser rey, según la razón y el sentir humano, es este Jesús clavado en una cruz. Si hay algo aparentemente imposible de conciliar es que Jesús sea Dios y Rey en la Cruz.

A los primeros cristianos les costó mucho asimilar este Dios, este Rey que presentaba su máximo esplendor clavado en una cruz. San Pablo tendrá que recordarles que predicamos un Mesías crucificado, para los judíos un escándalo, para los paganos una locura[1].

Es bien conocido el dibujo burlón que en las catacumbas, presentaba un crucificado con cabeza de asno, o la acusación tan frecuentemente lanzada contra aquellos primeros cristianos de «ateos»; todo ello era consecuencia de una misma causa: no era lógico, no tenía sentido que se presentase a uno que había muerto crucificado, como a Rey y Dios.

Reconocer la realeza de Jesús es un gesto humanamente imposible ante este hombre humillado, abatido, crucificado y muerto. ¿Es posible que los hombres acepten a este Jesús tratado de esa manera infamante como el único capaz de llevarles a la felicidad, a la vida...? Esta es la pregunta del día de hoy…

Porque esta es la fe cristiana: ante un hombre que está siendo ejecutado como un malhechor entre malhechores, el cristiano proclama que ese –y no otro- es nuestro Dios y Salvador.

Y ahí está el problema: la inscripción puesta sobre la cruz de Jesús -este es el Rey de los judíos- expresa la enorme paradoja que hay en el corazón de la fe cristiana. No nos extrañemos pues de las diversas reacciones ante el reinado del Señor.

Estaba el pueblo mirando. Es la primera de las reacciones que encontramos. El pueblo presencia la escena probablemente esperando a ver en qué terminaba aquello; ese pueblo que ¡ay! muchas veces reduce todo a espectáculo y así elude todo compromiso. Un pueblo que no quiere pensar ni decidirse, o mejor dicho: se decide siempre por lo que dicen y hacen los demás, sin tener nunca una opinión propia… Hosanna al Hijo de David ¡Crucifícale![2]

A otros ha salvado, que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios[3]. Hay que reconocer que saben poner el dedo en la llaga; que lo que dicen tiene lógica; y precisamente por eso, porque están convencidos de que Dios tiene que ser como su lógica les dicta, son incapaces de reconocer a Dios tal y como él se presenta[4].

Los soldados romanos, encargados de la ejecución, se burlan de aquel hombre que moría bajo el título de Rey de los judíos. Ellos sirven a un rey de este mundo y por tanto saben bien lo que era un rey. Pensar que aquel hombre fuese rey era un disparate en el que ellos, lógicamente, no iban a caer. ¿Quiénes son los soldados romanos de hoy? Los que están –estamos- convencidos de que una ideología humana es realmente salvadora y se entregan a ella con alma y vida.

Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo: ¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros. Éste hombre representa a todos los que condicionamos la aceptación de Jesús a la solución de nuestros problemas: enfermos, dinero, circunstancias desgraciadas, etc.

Sólo la última intervención es favorable a Jesús. Uno de los ajusticiados hace justicia al ajusticiado Jesús y descubre quién es. Cuatro contra uno. Un balance desalentador para el único verdadero Reino... Pero el otro lo increpaba: -¿Ni siquiera temes tú a Dios estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada.

De los dos ladrones, solamente uno reconoce a Jesús. A pesar de que las situaciones sean idénticas, las actitudes son completamente distintas. Esto demuestra que la situación de pobreza o de sufrimiento no es suficiente para explicar la acogida o el rechazo al evangelio. Hay dos enfermos de cáncer en la misma habitación: uno blasfema y dice que Dios es injusto permitiendo esas cosas; el otro descubre a Cristo crucificado en su mismo sufrimiento.

¿Qué es aquello que vuelve capaz al ojo humano para contemplar la vida y especialmente los dramas que contiene, como él supo mirarlos? La fe, la luz de Dios que debemos desear por encima de todas las cosas y debiéramos pedir en primer lugar.

Hoy estarás conmigo en el Paraíso, escucha aquel ladrón de boca de su compañero de tormento. Paraíso significa «jardín delicioso» ¡eso sería el mundo si tuviéramos la fe de aquel ladrón!

Al mismo tiempo que la cruz aparece a unos como la objeción que hace imposible su fe en la realeza de Jesús, aparece a otros como el signo luminoso de una misión divina ¡Ay mirada tan profunda la del buen ladrón! ¿Qué es lo que proporciona unos ojos capaces, como los suyos, de contemplar la vida, y especialmente los dramas que contiene, como él supo mirarlos? ¿Cómo llegar a ver a Jesús como supo hacerlo él el primero? ¿No es la pregunta decisiva que plantea el texto de hoy? Una pregunta que nunca ha dejado de estar planteada ■



[1] 1Co 1, 23.
[2] Cfr. Jn 19,15.
[3] Lc 23, 35-43.
[4]Lous Monlobou, Leer y predicar el evangelio de Lucas, Edit. Sal Terrae, Santander 1982, p. 306.

neW-oLd-IdeAs

Pienso que como la mayor parte de los convertidos, yo me enfrenté con el problema de la “religiosidad” y llegué a un acuerdo con él. Dios no era para mí una hipótesis de trabajo, para rellenar los huecos que dejaba abiertos una visión científica del mundo. Ni era un Dios entronizado en algún sitio del espacio exterior. Ni sentía yo ninguna “necesidad” particular de superficiales rutinas religiosas solo para conservarme contento. Yo diría incluso que, como a la mayoría de los hombres modernos, no me emocionaba mucho el concepto de “ir al cielo” después de chapotear por la vida presente. Al contrario, mi conversión al catolicismo empezó al darme cuenta de la presencia de Dios en esta vida actual, en el mundo y en mí mismo, y de que mi tarea como cristiano era vivir en conciencia plena y vital de esa base de mi ser y del ser del mundo. Los actos y las formas de culto le ayudan a uno a eso, y la Iglesia, con su liturgia y sus sacramentos, nos da medios esenciales de gracia. Pero Dios puede actuar sin esos medios si quiere. Cuando entré en la Iglesia, llegué buscando a Dios, al Dios vivo, y no solo “los consuelos de la religión”. Y puedo decir que incluso en el monasterio he sabido poner en su sitio la “religiosidad” que a veces es más un obstáculo que una ayuda. También, por supuesto, admito que siento una profunda simpatía hacia la cultura religiosa tradicional de Occidente, de la que creo estar imbuido. Además, en esta misma tradición –en santo Tomás, san Juan de la Cruz, los Padres latinos y griegos- es donde encuentro la más firme garantía para ese acceso inmediato y directo a Dios en la vida diaria cristiana, que ha de considerarse no solo como una preparación moral para una existencia celestial, sino, según dice santo Tomás, como el mismo “comienzo de la vida eterna ■ T. Merton, Conjeturas de un espectador culpable (Conjectures of a Guilty Bystander) 

VISUAL THEOLOGY


Anónimo, Jesús Adolecente con los Instrumentos del la Pasión, Museo Nacional del Virreinato, Tepozotlán (Estado de México. México) ■ La Pasión de Cristo es un tema recurrente en el arte cristiano. Su representación puede incluirse dentro del más amplio ciclo de la vida de Cristo, puede adecuarse estrictamente a los límites propios del concepto "Pasión", o incluso limitarse a una parte restringida de éste (por ejemplo, al conjunto de las escenas del camino del Calvario), o a un solo episodio evangélico. Hay diversos elementos iconográficos identificativos de la Pasión de Cristo o de cada una de sus escenas. Los más usuales son:

-Las treinta monedas de plata que costó la traición de Judas Iscariote.
-La espada o dos espadas citadas en los pasajes evangélicos que van desde la última cena hasta el prendimiento de Cristo en el Huerto de los Olivos.
-El gallo cuyo canto (profetizado por Cristo) anunció las tres negaciones de San Pedro.
-El pilar y el látigo. 
-La corona de espinas, el manto (a veces confundido con la túnica de Cristo) y otros los atributos reales usados para hacerle mofa, incluida la inscripción "INRI".
-La cruz y los instrumentos (llamados Arma Christi o instrumentos de la Pasión) usados para clavarlo a ella (martillo, tenazas y los clavos de Cristo -cuyo número y disposición han sido históricamente objeto de debate-)
-La esponja con vinagre que le dan para calmar su sed y los dados con los que los soldados se rifaron sus vestidos. 
-La lanza con la que le hirió el centurión.
-El cáliz que recogió la sangre de sus heridas, y que se identifica legendariamente con el de la última cena. 
-La escalera usada para bajar el cuerpo. 

La vasija que contenía la mirra con que José de Arimatea ungió el cuerpo de Cristo y el Santo Sudario usados en su entierro.

Our Lord Jesus Christ, King of the Universe (2013)

In the second half of the last century, Catholics took a deep look at their faith and at the meaning of being Christian Catholics. The Church was suffering from those who emphasized the Divinity of Christ to such a degree that His Presence was seen as too great for the ordinary person to tolerate. This was really a heresy. It removed the possibility for a person to have a personal relationship with the Lord. That is not in keeping with Scripture, where Jesus calls His disciples and us His friends[1].

When the Church looked at this during the second half of the last century, it realized the importance of people recognizing their personal relationship with the Lord. We were told, rightly so, that Jesus is a loving caring friend. And this is great. We should have an active and open communication with the Lord. We should have an active and open prayer life.

But this way of thinking can also be taken to an extreme. Jesus is not just our friend. He is also our King. There is a deep difference, a huge difference. Here’s one way of considering it: We allow a friend to ride shotgun. We give our King the keys to our car. We don’t just consult with Jesus, we follow Jesus. We give Him our lives. We let Him direct us.

When we hear the word "king" we often think of the splendor of Versailles of Louis XIV of France, or the Russian court of Catherine the Great. This is certainly not the type of king presented in today's readings.

Today’s Gospel is the scene at the Calvary. Jesus is abandoned by his people. Only Mary, John and Mary Magdalene and perhaps a few others are there. The rest of the Twelve, the huge crowds that had pressed so hard on the Lord forcing Him to do things like preach from a boat off the shore, the crowds are gone. Where were all these people?  Surely they heard of His arrest, his trial before the Sanhedrin and the Pilate. 

Certainly, by now they had heard how the Temple leaders had filled the Roman courtyard with scoundrels demanding Jesus’ death. Where were they all? Had they decided that Jesus could not lead them?   Yet, it is on the cross that Jesus is proclaimed to be a King. And this was really not by the Romans who placed a sarcastic sign over his head, This is the King of the Jews[2]. On the cross, Jesus was proclaimed to be a King by one of the criminals who were dying with him. Jesus, remember me when you come into your kingdom. Why would this man whom we call Dismis call Jesus a King? What did Dismis realize that so many others had blocked out of their lives? Dismis had to realize that Jesus possessed the Power of the Spiritual, the Power of God. Jesus demonstrated this power when he turned to the repentant criminal and said, this day you will be with me in Paradise."

He is our King.  His Kingdom is, as today’s Preface, the  prayer we say immediately before we sing the Holy Holy, tells us, is a Kingdom of truth and life, a Kingdom of holiness and grace, a Kingdom of justice, love and peace.

We have given the keys of our lives to our King. We have now been called to imitate him at his most regal moment: reigning on the Cross sacrificing himself for others, reconciling, forgiving. We are called to realize with our lives the Kingdom of truth and life, holiness, grace, justice, love and peace.

Perhaps the greatest sacrifice we are called to make is the sacrifice of forgiving those who have hurt us. On the cross Jesus forgave those who conspired against Him to kill Him. He forgave the soldiers who brutalized Him. He forgave His disciples who deserted Him. He forgave us. He saw our sins, your sins and mine, and embraced the cross to restore grace, not just for the world in general, but for you and me. It is harder to say "You are forgiven" than it is to say, "I am sorry." But that is the way of the King on the cross forgiving the criminal, the mockers, His executioners, forgiving us.  Forgiveness is the way of the Kingdom.

We are called to be members of a Kingdom of Truth. Jesus told Pilate that he came to give testimony to the truth. Pilate sarcastically asked, what is truth? So also do some people of our day who are faced with the realization that a life of materialism is empty and an illusion.  Some have become cynics saying that there is no truth in the world.  Others have decided that truth is relative.  Truth is whatever they decide it is.  If that is so, then there really is no truth.

No, Jesus Christ said that there is truth. He is the King of truth.  So what is this Truth? What is the basic truth of the world? What is the fundamental truth that Jesus proclaimed? The Truth of Jesus Christ is that there is infinitely more to our existence than the physical. The Truth of Jesus Christ is that his Kingdom is worth infinitely more than all the riches of the world. The truth of Jesus Christ is that living for personal gratification is taking a dive into an empty pool. Yes there is truth. And we stand for the truth and with Jesus.

If we do this, when we do this, if and when we stand for the Truth of Christ, we are set apart from others. And that is what holiness is, to be set apart for God. Therefore the Kingdom of Truth is a Kingdom of Holiness.

It is also the Kingdom of justice and love. For truth demands that we protect the rights of all. We, the Church, cannot and will not ignore the plight of the poor, the sick, the mentally and physically challenged, those who are abused by the system, the battered wife, the helpless baby--inside or outside the mother, the scorned migrant, and all the lepers of the modern world! As followers of Jesus Christ we are committed to His Kingdom of Justice and Love.

The Church year is over. Like the conclusion of a good book, the final chapter sums up the essence of the book. The Solemnity of Christ the King sums up the Church year by proclaiming: Jesus is the central mystery of our faith. He lived, He died, He rose, and He will come again. He went about preaching about the Kingdom of God and encouraging us to change our lives so we can become members of this Kingdom. He told us to avoid the materialism of the world.  He called us friends, and brothers and sisters. He called us His own. He told us to keep His presence alive in the world by bringing His compassion to others. He allowed us to be called Christians. May we have the courage to be faithful members of our Friend’s Kingdom ■ 



[1] Our Lord Jesus Christ, King of the Universe C, November 24, 2013. Readings: 2 Samuel 5:1-3; Responsorial Psalm 122:1-2, 3-4, 4-5; Colossians 1:12-20; Luke 23:35-43
[2] The acronym INRI (Iēsus Nazarēnus, Rēx Iūdaeōrum) represents the Latin inscription which in English reads as "Jesus the Nazarene, King of the Jews" and John 19:20 states that this was written in three languages—Hebrew, Latin, and Greek—during the crucifixion of Jesus. The Greek version reads ΙΝΒΙ, representing Ἰησοῦς ὁ Ναζωραῖος ὁ Bασιλεὺς τῶν Ἰουδαίων. In the New Testament, the "King of the Jews” title is used only by the gentiles, namely by the Magi, Pontius Pilate, and the Roman soldiers. In contrast, the Jewish leaders use the designation "King of Israel". 
Que sea yo, Jesús, tu fiel discípulo,
la Iglesia de tu amor sea mi guía,
en tanto que entre gozos y esperanzas
hacemos el camino de la vida.

Vendrán profetas varios con su hechizo,
vendrán a ti, Iglesia pobrecilla;
vendrán usurpadores y dirán:
“El tiempo es éste: Yo soy el Mesías”.

Vendrá la confusión, como emisario
de nueva y de triunfal filosofía;
habrá como un diluvio turbulento
de guerras, desamores y perfidias.

Vendrá la duda íntima clavada
con flechas y opiniones relativas;
y un blando Dios, difuso, que no pide
poner la vida entera en carne viva.

En la persecución seréis testigos,
de Espíritu y de Cruz mi Parusía,
seréis mis amadores resistentes,
la luz que, alzada sobre el monte, brilla.

Que yo he venido y en el fondo estoy,
y soy desde el principio fuente viva,
pues antes que nacieras a esta luz,
Yo soy la luz, la paz en ti escondida.

Yo soy quien te creó y te bendijo,
y no me fui, que estoy como semilla,
adentro muy adentro palpitando,
hablando al corazón de quien se humilla.

Por eso, quien se encuentra, a mí me encuentra,
y encuentra en mí la vida y armonía;
Yo soy ahora cierto tu futuro,
Yo soy regalo y don de tu conquista.

Tú eres tú, mi historia y mi promesa,
tú eres Dios, aquí, mi Eucaristía;
aleja mis pecados y temores,
y anhele yo, amante, tu venida.

¡Jesús de Nazaret, Hijo de Dios,
mi ruta, mi final, mi eterna dicha,
suban a ti las flores del amor:
la Iglesia peregrina las envía! Amén
P. Rufino Mª Grández, ofmcap.

Puebla, 12 noviembre 2010

XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario (C) 17.XI.2013

Cada año por éstas fechas escuchamos algunas partes del célebre  (e importante) discurso escatológico del Señor[1], palabras que a veces nos son difíciles de comprender por el lenguaje, las comparaciones, el conjunto de un modo de hablar característico de entonces –y lejano al nuestro- y porque se trata de palabras enérgicas, duras, radicales.

El Señor anuncia la victoria y su venida final, pero al mismo tiempo anuncia un largo y difícil camino de lucha hasta llegar a la victoria. Es decir, el anuncio no es una promesa de facilidades para quienes le sigan. Ni tampoco un anuncio de seguridades. El ejemplo que presenta el evangelio de hoy es muy significativo: el pueblo judío estaba seguro y satisfecho de su Templo, centro de su vida religiosa. Para aquel pueblo pobre y humillado, el Templo era su orgullo. Jesús es radical: todo aquello será destruido.

Y sin embargo se trata de una palabra de esperanza: por más que el Templo sea destruido, el camino del hombre hacia la salvación, hacia Dios, podrá continuar y continuará hasta llegar a la vida que no termina nunca.

Este domingo podríamos resumir el anuncio del Señor diciendo que debemos luchar siempre. Y la lucha de la que somos protagonistas será entre el Bien y el Mal, verdad y mentira, amor y desamor, justicia e injusticia. Ningún de nosotros estamos, nunca, por completo, en uno u otro bando. Sólo Dios lo está totalmente: Él es el Bien, la Verdad, el Amor, la Justicia. Nosotros, si luchamos por eso, luchamos por Dios, luchamos con Dios.

La dificultad nace que siempre hay quien pretende colocarse en el lugar de Dios. Ideologías, o gobiernos, o incluso grupos religiosos y espiritualidades que pretenden identificarse con el bien, asegurando la salvación, por ejemplo, a cambio de ciertas prácticas de piedad. El Señor mismo lo anuncia: Muchos vendrán usando mi nombre diciendo 'Yo soy' o bien 'el momento está cerca'; no vayáis tras ellos.

Quizá en nuestro tiempo –que no es ciertamente un tiempo de tranquilidad sino más bien de luchas y conflictos en toda la sociedad y también en la Iglesia- estas palabras de Jesús tienen una actualidad propia. No falta quien se alarma, quien se pregunta si no estaremos en un tiempo final de calamidades, hay quien piensa que se ha perdido todo y que vamos de mal en peor[2].

El Señor anunció estos conflictos y estas luchas, no anunció paz y tranquilidad. Su paz está en el corazón del hombre, pero para esta paz es necesario luchar. Con tenacidad y esperanza, porque Dios está en esta lucha.

¿Qué hacer, por tanto, en este tiempo difícil? Lo más sensato será seguir el consejo de S. Pablo: Trabajar. Trabajar sin desanimarnos, con esperanza, para construir una sociedad mejor, más justa, más fraternal. Así el camino nos llevará a la victoria de Dios. A aquella victoria que él desea para nosotros y que anuncia, pide y significa la eucaristía que ésta mañana celebramos ■



[1] Se le llama así porque habla del fin de Jerusalén y del mundo; también se le llama "apocalipsis sinóptico". En el discurso se entrecruzan dos temas: la destrucción de Jerusalén y el fin del mundo.
[2] J. Gomis, Misa Dominical, 1980, n. 3.

neW-oLd-IdeAs

Qué grande es el horizonte en el alma! Las pruebas, esas "fuentes" con las que tropezamos y nos dan un buen baño a cada trecho, tienen el sabor de la bendición... El sabor de una novedad muy rica y profunda, que nunca debe atemorizar. Somos peregrinos de los cielos. Podrán apresar nuestro cuerpo, pero nunca nuestra alma. Así resuena este soplo de libertad que se genera en el corazón y empuja a descubrir y a seguir siempre más allá. Confianza en Aquél que nos conforta. Una y otra vez: insistir. El hombre vuelve y vuelve, elevándose más, cada vez. Como las oraciones breves, como las aspiraciones en nuestro interior, vuelven y tornan y raptan y levantan, porque el Espíritu Santo es ahora Fuego que desciende de lo alto y enciende y se lleva consigo a quien reposa en el altar de su corazón. Que nuestra oración se eleve con la misma plegaria del Señor, entregando todo al Padre en el Espíritu de Amor Alberto E. Justo.

VISUAL THEOLOGY


Catedral de Chartres, detalle del Juicio Final (s. XIII), pórtico sur ■  Lugar emblemático de peregrinación, la catedral y sus torres dominan la ciudad de Chartres y la planicie de la Beauce que la rodea. Se divisan a varias decenas de kilómetros de distancia. El edificio inaugura la serie de las grandes catedrales «clásicas». Se trata de la catedral gótica considerada como la más representativa, la más completa y la mejor conservada (la mayoría de las esculturas, cristaleras y embaldosado son de origen). Fue construida en su mayoría a principios del siglo XIII, en treinta años, sobre las ruinas de una anterior catedral románica destruida durante un incendio en 1194 ■

Thirty-third Sunday in Ordinary Time (C) 11.17.2013

Today´s readings speak about the time that the world has left as well as the time that we have left. The prophet Malachi reminds us that the Day of the Lord is coming. In Sacred Scripture, The Day of the Lord refers to the last days of the world. In the Gospel Jesus speaks about the trials that will come before the end of the world, so as the Church year comes to an end, the readings speak about the end, the end of time[1]; a good topic to go deeper in our personal prayer time.

When we hear these readings we are tempted to dismiss them as something in the far future, something we most probably will not experience. Often we forget that the end of our own days will certainly come, and much sooner than any of us anticipates.

 Besides –Malachi and Jesus say- God will take care of all those who put him first in their lives. This is not limited to those who lay down their lives for God, the martyrs like Ignatius of Antioch and Agnes, Sebastian and Agatha, Isaac Jogues and Cecilia, although it is certainly referring to them. But the promise also is given to all who put the way of the Lord before the way of the world. You see, the way of the world is to seek vengeance on those who hurt us, to get them back in a manner they will never forget. Our Italian ancestors call this a vendetta.

This is not the way of the Christian. The way of the Lord is to forgive and move on. Love your enemies, we read Matthew 5, the beginning of the Sermon on the Mount; many wags have added, “it will drive them crazy.”  It will drive them crazy because none of us expect to be loved by others as Jesus loves us. None of us are prepared to handle people who love us for no apparent reason.  But that is how Jesus loves us.  It is how he expects us to treat others.

Malachi concludes by saying, for you who fear my name, there shall arise the sun of justice with its healing rays. Justice belongs to the Lord. We will experience justice when He sees fit, not when we feel it needs to be shown. We very well may experience the one who hurt us doing well in the world and seeming to enjoy the blessings of God while living in a way that destroys the presence of the Lord. But God sees, God knows, and God will deal with the situation in due time, His time.

In fact, rather than wait for them “to get theirs,” we have been given the mandate to pray for those who persecute us. We are to pray for their conversion, their reform, before their opportunity to seek forgiveness comes to an end.  Whoa!  The Gospels tell us not just to love our enemies but to pray for them?  Yes! That is all part of picking up our cross and following the Lord. We are called to pray for that guy who mocks us and has turned us into the butt of all jokes at work. We are called to pray for that woman who made up a story about us, got us fired and took our job. The Gospels are telling us not to hold vendettas. They are telling us to pray for those who have hurt us. Our time on earth is limited. We have to make the best use of it.

Sure, we live in the turmoil created by those elements of the world that have rejected, or simply ignored the spiritual. The Day of the Lord will come for the world. We have a role in this. We are told by the Lord to give testimony to God and His way in our lives.  Is this difficult? You bet! Will those around us who love us, particularly our family and friends, question our actions? Probably. But, as the Gospel concluded, when we are questioned, we need to trust God to provide us with His answers. 

And always, always, no matter what the situation, no matter how intense the injury we suffer, we need to stand for the Lord. That is the way of the Christian. Jesus is our Savior. He saves us from the hatred that would destroy us.

Today we pray for the courage to live our Christianity ■



[1] 33rd Sunday of Ordinary Time cycle C, November 17, 2013. Readings: Malachi 3:19-20A; Responsorial Psalm 98:5-6, 7-8, 9; Reading II: 2 Thessalonians 3:7-12; Gospel: Luke 21:5-19. 

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris