En la mesa del Señor
el pobre es un distinguido;
seas, pues, muy bienvenido
si eres pobre pecador.

Pobre me siento y mendigo,
cuando vengo a comulgar,
y también rico hasta hartar
sólo por verme contigo.

Pobre soy, y sin envidia,
pobre de cuerpo y de alma,
y ¡qué dulzura y qué calma
verme pobre, sin perfidia!

Pobre, nacido de nuevo,
cerca de tu corazón;
soy anhelo, y tú, perdón
tuyo de niño y mancebo.

Con el amor que me das
a todos quiero abrazar,
porque nací para amar
y más al que sufre más.

Yo como tú quiero ser
a los pobres apegado,
y seguro que a su lado
más cerca te voy a ver.

Los pobres son mi cuadrilla:
los ciegos, cojos, tullidos;
pecadores y excluidos
bogamos en su barquilla.

Y ¿por qué esa preferencia,
Jesús de la Majestad?
Fue por sangre y vecindad
que me vino tal querencia.

Jesús de la Eucaristía,
a quien amo dulcemente,
unido a mi buena gente
yo quiero ser tu alegría.

Derrama tu bendición
sobre el amor que te canta…
de amor canta mi garganta,
para aprender tu lección
P. Rufino Mª Grández, ofmcap.

Puebla, 23 agosto 2010

XXII Domingo del Tiempo Ordinario (C) 1.IX.2013

Una charla de sobremesa? Eso parece –aparentemente- el evangelio de éste Domingo. El Señor aprovecha el tiempo después de la comida para dar(nos) un par de lecciones. El pretexto es lo que está pasando y todos ven: la prisa por ocupar los primeros puestos. Y Jesús muestra cuál debe ser nuestro comportamiento respecto al reino de Dios. No podemos aplicar en este caso las reglas de urbanidad, ni las tácticas sociales.

No ocupes los primeros puestos. No es simplemente una táctica piadosa. Hacerse el humilde no es ser humillado. Es un principio de vida y de convivencia. Enaltecerse es, al final, pretender hacerse como dios: sentirnos autosuficientes, mirar por encima del hombro a los demás, a aquellos que no tienen formación ¡ay frase desdichada!... En un orden así hay naciones que se endiosan, y personas que menospreciamos a los demás, sólo porque tenemos más dinero o más poder, llegando a creer que no necesitamos a nadie...

No invites a tus amigos. Esa es nuestra costumbre y nuestra ética. Compartimos nuestros éxitos y beneficios con los familiares, con los amigos, con los de la misma clase social, y excluimos –y a veces incluso nos avergonzamos- a los parientes y amigos pobres…Vemos y vivimos en medio de la desigualdad más inhumana y ni siquiera nos sonrojamos. Estamos tan ufanos en el convencimiento –presunción, arrogancia, soberbia- de que nos merecemos lo que tenemos y disfrutamos, de que nos lo hemos ganado a pulso, de que somos más que los demás, cuando sólo tenemos más dinero. Al final el resultado es penoso y muy claro: no tenemos humildad para ver la verdad, para comprender que todos somos necesarios, que todos dependemos de todos, que nadie puede ser rico ni poderoso sin la colaboración de los demás.

Hermano mío, hermana mía, el engreimiento y la soberbia solo endurecen el corazón. El pobre y el sencillo pueden ver la verdad de Dios. Sólo el que baja del pedestal –el pedestal del poder y de la riqueza- y va al encuentro del hermano, del igual que él, aunque tenga distinta función, puede descubrir el rostro de Dios.

Que no olvidemos que Dios se hizo hombre, que tomó carne y se hizo uno como nosotros. Y aún más: nació, vivió y creció pobre; en su tiempo era de los últimos de la escala social, esa escala que hemos erigido soberbiamente como una torre de Babel contra Dios, es decir, contra los hombres, contra la humanidad. Mucho qué pensar éste fin de semana ¿no es así? ■

neW-oLd-iDEaS

Nada más inmediato y posible que la adhesión profunda del corazón. En un solo instante puedes salir de los estrechos límites que te ahogan para hallarte bajo el cielo abierto y azul, más arriba y en el destino más insospechado. Quiérelo con toda el alma, acepta la invitación y la vocación de Dios, acogiendo su gracia y, ante todo, disponiéndote para recibirlo a Él mismo... Es un instante, es el instante, ese presente único, que se te brinda y que acogerás con entera confianza. Quien confía es, al mismo tiempo, generoso. No hay generosidad sin confianza. Y quien se arroja de esta manera cae siempre en el Corazón de Dios. Muchos se detienen y por eso no llegan jamás. Se detienen en esas "burocracias" que multiplica la "inseguridad" humana, del brazo de escrúpulos que el enemigo favorece para cortar y romper. Es ese que siempre dice que "no". Dios, en cambio, te invita y Él mismo te levanta y te lleva. No temas el desierto. Deja consideraciones y dependencias sin sentido. Tu corazón ha de latir en libertad para Dios. Aquí y ahora un ermitaño urbano

VISUAL THEOLOGY


 Los orígenes del canto gregoriano -a propósito de la fiesta litúrgica de San Gregorio Magno- deben situarse en la práctica musical de la sinagoga judía y en el canto de las primeras comunidades cristianas. La denominación canto gregoriano procede de atribuírsele su recopilación al Papa Gregorio Magno, siendo una evolución del canto romano confrontado al canto galicano. El canto gregoriano en realidad no fue compuesto ni siquiera recopilado por el Papa Gregorio I Magno. Fue a partir del siglo IX que empezó a asociarse su nombre a este compendio musical, sobre todo a partir de la biografía de Juan el Diácono. Desde su nacimiento, la música cristiana fue una oración cantada, que debía realizarse no de manera puramente material, sino con devoción o, como decía Pablo de Tarso: Cantando a Dios en vuestro corazón. El texto era pues la razón de ser del canto gregoriano. En realidad el canto del texto se basa en el principio, según San Agustín, «El que canta bien, ora dos veces». El canto gregoriano jamás podrá entenderse sin el texto, el cual tiene prelación sobre la melodía y es el que le da sentido a ésta. Por lo tanto, al interpretarlo, los cantores deben haber entendido muy bien el sentido del texto. Del canto gregoriano es de donde proceden los modos gregorianos, que dan base a la música de Occidente. De ellos vienen los modos mayores y menores, y otros menos conocidos

Twenty-second Sunday in Ordinary Time (C) 9.1.2013

Today's Gospel contains two teachings of similar styles. Both start with when, When you go to a banquet and When you give a banquet. Both have a cautioning phrase, don’t.  Don't sit at a high place, lest you be put down, and Don’t put out a spread for the rich to impress them, lest you already receive your reward. And both have the teaching, but, But when you go to a banquet and But when you give a banquet.

The Lord is not playing Miss Manners. He's not giving lessons in proper etiquette. He is teaching us the proper way to view ourselves and others. He is teaching us about honor, respect, and, particularly, about humility.

A number of years ago there was a terrible article entitled You are where you sit. Part of it is as follows:

"In Hollywood you are where you sit. This is called power seating.  A strategically placed table indicates to the community your prominent and important position in the industry. It is so important that major studios assign a full time PR person to make sure the studio doesn't play second fiddle to anyone. One television producer had his secretary call before a meal and politely note that if the table isn't in the right place, her boss wouldn't go. One producer put it this way, ‘Information is power. I don't want to be seen seated with two dentists and three veterinarians.  It ruins my image. They have nothing to offer me". 

That is horrible! What is worse is that we are all tempted to do this.  Are we concerned with whom we are seen sitting with in the cafeteria, at the business lunch, at a social occasion when there isn’t assigned seating? If that is the case, then we need to listen closely to that first instruction.

The first dinner instruction speaks about who we are before the Lord. We are told that we shouldn't think so highly of ourselves that we put ourselves over other people. Symbolically, we shouldn't move to the best table at the banquet thinking that we are so much better than everyone else.

There are many people who imply that are better than others because they have had a spiritual experience or are members of a spiritual support group, “You haven't made this movement, you haven't visited this shrine, well, you're just not up there, spiritually," they say without using words. A truly holy person would never belittle the faith-life of another person. The first dinner instruction encourages us to recognize who we are before the Lord, not to be concerned with making believe we are better than others.

And who are we before the Lord? We are people with gifts and with shortcomings, just like everyone else. Our value comes from God’s gracious gift of His Love to us. What matters is what He has given us, not what we have taken on ourselves. What matters is where He places us at the table of the Banquet of Love, not where we think we should be seated.

The second part of the gospel speaks about honoring people for favors to come later.

The second dinner instruction, about not looking for pay-backs, tells us to be sincere. The Christian attitude should be to care genuinely for others, not try to buy them. We need to be concerned with whom others are, not what they can do for us. When we do that we are honoring the Lord who is present within them. Jesus says, Invite those who cannot repay you. This teaching is in direct contrast to the “What’s in it for me mentality,” that motivates so many people. Christians are to be different from the people of the world.


So, the two dinner instructions remind us that we are not the center of the world. God is! Our value does not come from how others view us.  Our success is not due to what others can do for us. Our value, our success comes from our relationship to our Center, our God. That is humility! ■

De la mesa Eucaristía
a la mesa celestial
me vi cruzar el umbral…
y era Jesús quien me abría.

 ¿Qué había en tu corazón,
Jesús, divino Maestro,
para decir lo que está
escrito en el Evangelio?
Dolores de Dios que sufre
sufrimientos por su pueblo,
lágrimas de Dios que llora
por ojos del Nazareno.

No os conozco, ni sois
los ciudadanos del Reino,
obradores de maldad
gentes que oír no quisieron.
No sois mi raza y familia,
de profetas herederos,
ni de Abraham y Jacob
descendientes verdaderos.

No sois míos, no lo sois,
los que mi voz no acogieron,
los que no abrieron la puerta
cuando yo pasé y me vieron…
No tienen puesto en la mesa,
los que no quieren tenerlo;
yo no rechazo a ninguno
y menos a los primeros.

Yo te pido por tu amor
lo que es tu ardiente deseo:
que nunca jamás se cumpla
lo que advertías gimiendo.
Jesús misericordioso,
triunfador en cruz muriendo,
triunfa tú de tu amenaza
porque el triunfo sea pleno.

Vendrán de Oriente y Poniente
- yo vine de esos senderos –
con cantares bien danzados,
cantando el amor eterno.
Mas todos juntos mi Dios,
nosotros juntos con ellos,
y un solo coro de amor
al final entonaremos 

P. Rufino Mª Grández, ofmcap

Puebla, 21 agosto 2010.

XIX Domingo del Tiempo Ordinario (C) 25.VIII.2013

El evangelio de hoy no resulta sencillo de comentar, y la pregunta de entonces sigue siendo vigente: ¿Serán pocos los que se salven?

Es importante situar bien la pregunta. Quienes preguntaban entonces, pensaban que ellos se salvarían por simple el hecho de formar parte del pueblo judío –el pueblo elegido, por cierto- mientras que los demás no podrían salvarse. La respuesta del Señor indica que no basta ser miembros de un pueblo (¡aún cuando se trate del pueblo de Dios!) sino que es preciso el esfuerzo personal por vivir de acuerdo a la ley de Dios y en comunión con Él. En otras palabras: resulta peligroso considerarse, digamos, con derecho a salvarse[1].

Aquella manera de pensar sigue presente en algunos cristianos e incluso, a veces, en el modo de hablar en la Iglesia: tenemos la tentación de seguir pensando que nosotros somos los buenos y los que nos salvaremos, y que los otros –me refiero a los no cristianos, a la gente de ideologías y creencias diversas u opuestas- son los malos, los que difícilmente se salvarán.

Hoy es un buen momento para reflexionar en el hecho de que no basta confiar en que hemos comido y bebido con Jesucristo, es decir, que hemos participado de la Eucaristía y en los sacramentos, ni que Él haya enseñado en nuestras plazas para alcanzar la salvación. Todo esto es sin duda muy importante para quienes creemos en Él, pero no basta. Mejor dicho: de nada sirve si no va unido con un vivir en sintonía de hechos con la ley de Dios. Al final, el Señor no responde si serían muchos o pocos quienes se salvarán. Y con ello quizá está señalando la raíz del problema. De hecho el Señor no responde a cuestiones como cuándo terminará el mundo ó cómo será el cielo, y no lo hace porque su interés está en hablarnos del ahora, no del después.

Si queremos participar de la plenitud de vida que Dios quiere para todos, debemos empezar a vivirla hic et nunc, aquí y ahora. Lo que no vale es pretender comulgar después con esta plenitud de vida y no intentar hacerlo ahora, a través del esfuerzo, a menudo difícil a causa de nuestros pecados y nuestras debilidades (Dios cuenta con ellos, por cierto). Este es quizá nuestro problema.

Lo que debemos hacer ahora, no lo que será después. Y ésta debe ser también nuestra oración, la de hombres y mujeres que no sienten que tienen el monopolio de la salvación, que se sientan a la mesa de Jesucristo con el anhelo y la lucha de llegar algún día a la mesa del Reino. Una oración que nos ayude a vivir ahora en comunión con Él para participar después de la eterna plenitud ■



[1] J. Gomis, Misa Dominical 1989, n. 17

nEw-oLd-IdeAs (I)

A la venerable edad de 87 años soy uno de los más ancianos del Colegio Cardenalicio, pero en cuanto a nombramiento soy apenas un neonato; y ya que mi vida estuvo siempre dedicada al estudio, mi conocimiento de los asuntos de la Curia no superan el tercer grado. Sólo en cuanto tal me atrevo a presentar esta sencilla meditación in nomine Domini. El acto que estáis por realizar dentro de esta Capilla Sixtina es un kairos, un momento fuerte de gracia, en la historia de la salvación, que continúa en la Iglesia hasta el final de los tiempos. Sed conscientes de que este momento pide de vosotros la máxima responsabilidad. No importa si el Pontífice elegido sea de una nacionalidad o de otra, de una raza o de otra, importa solamente si, cuando el Señor le dirige la pregunta “Pedro, ¿me amas?”, él puede responder con toda sinceridad: “Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo”. Entonces las ovejas confiadas por Jesús estarán seguras, y Pedro seguirá a Cristo, el Supremo Pastor, donde quiera que vaya. Con esto no tengo ninguna intención de hacer un identikit del nuevo Papa y mucho menos de presentar un plan de trabajo al futuro Pontífice. Esta tarea delicadísima corresponde al Espíritu Santo, el cual en las últimas décadas nos ha regalado una serie de óptimos pontífices santos. Mi intento es tomar de la Escritura algunas reflexiones que nos permitan comprender lo que Cristo quiere de su Iglesia, reflexiones que os podrán servir de ayuda en vuestras discusiones. Durante su vida Jesús enviaba a los discípulos a anunciar el Reino de Dios. El reino tiene muchas facetas, pero podemos sintetizar su esencia como el momento de gracia y de reconciliación que el Padre ofrece al mundo en la persona y obra de Cristo. Reino e Iglesia no coinciden, el Reino es la soberanía paterna de Dios que comprende a todos los beneficiarios de su gracia. Después de la Resurrección, Jesús mando a los apóstoles al mundo entero para hacer discípulos de todas las naciones y bautizarlos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. La Iglesia hace esto presentando el Evangelio sin reduccionismos, sin diluir la palabra; con las palabras de Pablo: “Yo no me avergüenzo del Evangelio, porque es el poder de Dios para la salvación del que cree, del judío en primer lugar y también del griego”. Cuando se llega a compromisos con el Evangelio se lo vacía de su dynamis, como si a una bomba en la mano se le quitase el explosivo en ella contenido. No se debe ceder tampoco a la tentación, pensando que, como el Concilio Vaticano II ha allanado la salvación también a aquellos que están fuera de la Iglesia, se relativiza la necesidad del bautismo. Hoy se agrega el abuso de tantos católicos indiferentes que descuidan o rechazan bautizar a los propios hijos Cardenal Prosper Grech, discurso a los cardenales electores antes del Cónclave, Marzo del 2013. 

VISUAL THEOLOGY



Jorge Inglés (origen desconocido / activo en España entre 1445 y 1475), Retablo de San Jerónimo (1465); óleo sobre tabla y arquitectura tallada y policromada en oro, Museo Nacional de Escultura, Valladolid (Procedente del Monasterio de la Mejorada de Olmedo)


Twenty-first Sunday in Ordinary Time (C) 8.25.2013

Oh poor us, poor us. This is all so hard. We are questioned for our beliefs, and we are often outright persecuted for our faith. Oh, poor us, poor us. We go to the market place and can’t buy the best meat because it was part of a pagan sacrifice. Oh, poor us, poor us. Our parents and grandparents were so excited by this new faith, this Christianity, but we are not all that excited. We put up with it though, just in case it is right. But it is such a struggle to be  Christians. Oh, poor us, poor us…[1]

The people doing the complaining were those to whom today’s second reading was addressed. These were Christians of Hebrew background living throughout the Roman Empire. Their fellow Jews had ostracized them. The pagan Romans were sporadically persecuting them. The original apostles were all dead, most of them killed by the Romans. And it seemed that each new leader of a Church in this or that city, particularly in Rome, were given a death sentence by being made bishop. Eleven of the original twelve were martyred. Ignatius from the second largest city in the Empire, Antioch, had been fed to the beasts in the Colosseum. The first thirty-one Bishops of Rome, the first thirty-one popes, were put to death. Now there were rumors that Christians would be persecuted throughout the empire. The people to whom the Letter to the Hebrews was addressed also complained that they couldn’t join in with the festivals of the people of their country. They were told that they couldn’t be Christians and live like pagans. So these Hebrews complained.

“Knock it off,” says the author of the Letter to the Hebrews. “Shore up your drooping arms and firm up your knocking knees.” Their body language showed how they felt. Stop moping around, Hebrews says. Instead, trust in God.  If you are called to be a witness to God with your life, it will unite you closer to Him than you could ever imagine. Only a relative few would become martyrs in that way. Most of them were called to give witness to Christ by the way they lived their lives.

So, would this living of the Christian life be easy? No, nothing worthwhile is easy. Everything of value has its price! In today’s Gospel, Jesus called the price the narrow gate. The narrow gate is not the popular gate, but it is the only one that leads to God. Many people choose the wide gate, the way that everyone seems to be going. These are the people who justify their immorality with the “everyone’s doing it,” mentality. Many people think that they can ignore God throughout their lives that they can avoid sacrificing for others, that they can live in their selfishness. Simply put, they choose to live like pagans. They assume that God will not reject them when their lives come to an end, but they forget, they have already rejected God.  They are not on the inside of the Banquet Hall because they have  chosen to be outside the Kingdom of God.

We cannot be the people of the wide gate. We have been given the call, the grace, to enter into God’s presence. But the way to get there is not easy. The gate is narrow. It demands sacrifice. It demands saying “No” to our own lower instincts. It demands saying, “No”, to the popular but immoral crowd.

It is sad how we recognize the work necessary for the physical necessities of life, but we refuse to recognize the work that is necessary to attain the reason why we were created. We think that the goal of our lives, union with God, should be easy. We recognize the hard work that is necessary for a person to become a lawyer or a doctor...

We need to embrace our Christianity with enthusiasm. We need to stop complaining about our sacrifices and look to the Cross of Jesus Christ. The book of the cross is the wisdom of the Christian.

We are Catholics. We are Christians in Christianity’s purest form. We have purpose and meaning and beauty in our lives. We have Jesus Christ. And He has us. Our arms cannot be drooping. They need to be raised high in praising the One who calls us. Our knees should not be knocking.  They need to be high stepping, marching through that narrow gate to our God.

Then, when it comes time for the final Banquet of the Lord, when our lives come to an end, we will find ourselves inside, united to Jesus at the feast of Love that is the Eternal Union with God ■






[1] Sunday 25th August, 2013, 21st Sunday in Ordinary Time. Readings: Isaiah 66:18-21. Go out to all the world and tell the Good News- Ps 116(117). Hebrews 12:5-7, 11-13. Luke 13:22-30 [St Louis IX. St Joseph Calasanz].
Bautízame Señor con Tu espíritu...
Bautízame...
Bautízame Señor con Tu espíritu
y déjame sentir,
el fuego de tu amor,
aquí en mi corazón... Señor,
y déjame sentir,
el fuego de tu amor, aquí en mi corazón Señor.

Lávame Señor con Tu espíritu...
Lávame...
Lávame Señor con Tu espíritu
y déjame sentir,
el fuego de tu amor,
aquí en mi corazón... Señor,
y déjame sentir,
el fuego de tu amor, aquí en mi corazón Señor.

Renuévame Señor con Tu espíritu...
Renuévame...
Renuévame Señor con Tu espíritu
y déjame sentir,
el fuego de tu amor,
aquí en mi corazón... Señor,
y déjame sentir,
el fuego de tu amor, aquí en mi corazón Señor.

XX Domingo del Tiempo Ordinario (C) 18.VIII.2013

Oh Dios, que has preparado bienes inefables para los que te aman...Escuchamos hace un rato en la Oración Colecta de la misa, una oración que expresa toda la tensión de nuestra vida, y es que si el amor de Dios no llena nuestros corazones, la fe no tiene sentido, y el cumplimiento resulta rígido y vacío, tan vacío y rígido como un cuadernito de cuadrícula en el que se van anotando las cosas buenas que se hacen a lo largo del día…

¿Qué puede significar, entonces, "amándote en todo y sobre todas las cosas"? En el evangelio el Señor habla de un fuego que quema y que ha traído para encender el mundo. Si no hemos sospechado la existencia de unos "bienes inefables", ¿cómo suspiraremos para alcanzar las promesas? Si nuestro corazón se amasa a la medida de nuestro tesoro y este no va más allá de aquel que se acumula en bolsas (o en cuentas bancarias) y que está al alcance de los ladrones, ¿cómo podrá interesarnos lo que el Señor nos promete, y que supera todo deseo? Las palabras de San Agustín vuelven a resonar ¡como tantas veces!: Nos has creado para ti, Señor, y nuestro corazón no descansa hasta que no descanse en ti.

El Señor es nuestro punto de referencia: no caminamos solos, tenemos además a los creyentes de ayer y de hoy, esa, digamos, maravillosa nube ingente de testigos que nos acompaña.

¿Pensáis que he venido a traer al mundo la paz? ¡Duras palabras! Textos como el del evangelio de éste domingo nos indican que el Reino de Dios va más allá de todas las solidaridades humanas. Jesús no viene a dividir a las familias, (¡naturalmente!) pero su llamada es más fuerte que los vínculos familiares. El Señor viene a encendernos con su fuego, comparable a una pasión. Y las pasiones siempre han originado divisiones entre los que no han quemado con el mismo fuego. Pero la pasión que Jesús enciende es luminosa: los ojos de la fe nos hacen ver la luz del Padre reflejada en la faz de Jesús.

Si hoy nos cuesta entender las palabras de Jesús quizá es que nos está invadiendo una tibieza y una mediocridad que contribuye a que la fe que vivimos y practicamos no sea ni atractiva ni interesante para nosotros mismos y mucho menos para el entorno en el que vivimos y al que tenemos la seria obligación de encender con el fuego del Señor ¿no valdría la pena detenernos en esto un momento y pensarlo delante de Él?[1]




[1] J. Totosaus, Misa Dominical 1989, n. 1

nEw-oLd-iDEas

Cristiano es aquel que ha escuchado la llamada de Cristo y respondido personalmente.  Por tanto, no es correcto pensar que únicamente tienen vocación los que están en monasterios, conventos, seminarios,  comunidades religiosas o casas parroquiales.  Todo cristiano tiene la vocación de ser discípulo de Cristo y seguirlo.  Algunos lo siguen en el matrimonio, que, a pesar de no imitar su vida célibe, participa no obstante del ministerio de su presencia en el mundo (Ef 5, 25-31). Otros siguen a Jesús al vivir en castidad, pobreza, obediencia y servicio a los demás en el amor. El monje no tiene dos vocaciones, una como cristiano y otra añadida por su estado de monje. Su vocación monástica no es más que un simple desarrollo de su propia vocación cristiana, un paso más en el camino elegido personalmente para él por Jesucristo. Feliz el hombre que escucha la voz de Cristo llamándolo al silencio, a la soledad, la oración, la meditación y al estudio de su Palabra. Esta llamada para vivir apartado con Cristo y subir con él a la montaña para orar (Lc 9,28), es rara y especial, de manera particular en nuestros días.  Pero también es muy importante para la Iglesia, y por eta causa aquellos que creen ver indicaciones de esta vocación es sí mismo o en otros, deben encarar el hecho con sinceridad y hacer algo al respecto en un espíritu de oración y prudencia San Bernardo, abad de Claraval (Francia) 

VISUAL THEOLOGY

The Coronation of the Virgin or Coronation of Mary is a subject in Christian art, especially popular in Italy in the 13th to 15th centuries, but continuing in popularity until the 18th century and beyond. Christ, sometimes accompanied by God the Father and the Holy Spirit in the form of a dove, places a crown on the head of Mary as Queen of Heaven. In early versions the setting is a Heaven imagined as an earthly court, staffed by saints and angels; in later versions Heaven is more often seen as in the sky, with the figures seated on clouds. The belief in Mary as Queen of Heaven obtained the papal sanction of Pope Pius XII in his encyclical Ad Caeli Reginam (English: Queenship of Mary in Heaven) of October 11, 1954. It is also the fifth Glorious Mystery of the Rosary. The Roman Catholic Church celebrates the feast every August 22, where it replaced the former octave of the Assumption of Mary in 1969, a move made by Pope Paul VI. The feast was formerly celebrated on May 31, at the end of the Marian month, where the present general calendar now commemorates the Feast of the Visitation ■

Twentieth Sunday in Ordinary Time (C) 8-18-2013

The readings today present us with the challenges of our faith and the challenges to our faith. Jeremiah was thrown into a cistern because he refused to hedge on the faith. He refused to tell the king what the king wanted to hear. He proclaimed the truth that God told him to proclaim, even though it cost him severely. In the Gospel for this Sunday, Jesus speaks about the cost of discipleship. Families may even be divided over the following of the Lord, but nothing is worth sacrificing the Life of Jesus within us[1].

St. Gianna Berretta Molla understood this so well, and all its implications. Hers was one of the last canonizations by Blessed John Paul II on May 16, 2004. She is a modern saint, who died on April 28, 1962. Her husband and children were present for her canonization.

Gianna Berretta was a doctor living outside of Milan, Italy. She had a double residency and practice in pediatrics and obstetrics gynecology. After she finished her residencies, her desire to reach out to the people influenced her to open a clinic in a small town in her native Italy. She was not a wealthy doctor; she never hesitated to give her services free to those who could not afford to pay. A good doctor works long hours and Gianna was no exception. Pregnant mothers felt so secure in her care because they knew no matter what time of night they needed her, she would be there for them.

After becoming a doctor, Gianna met and became engaged to the man of her dreams, Pietro Molla. Like all young brides to be was radiant with joy and happiness during the time of the engagement. She had found a man who agreed with her determination to live her faith. They were married on September 24, 1955. In November 1956, to her great joy, she became the mother of Pierluigi, in December 1957 of Mariolina; in July 1959 of Laura. With simplicity and equilibrium she harmonized the demands of mother and wife, and continued practice as a doctor all with the passion that she had for life.

In 1961, Gianna became pregnant with the Molla’s fourth child. In September, towards the end of the second month of pregnancy, she was touched by suffering and the mystery of pain. She had developed a tumor in her uterus. She was given the choice of having the uterus removed and thus kills the child, or risk surgery that might save the child but kill her. She knew the risk that her continued pregnancy brought, but she pleaded with the surgeon to save the life of the child she was carrying, and entrusted herself to prayer and Providence. The baby’s life was saved, for which she thanked the Lord. She spent the seven months remaining until the birth of the child in incomparable strength of spirit and unrelenting dedication to her tasks as mother and doctor. She worried that the baby in her womb might be born in pain, and she asked God to prevent that.

A few days before the child was due, although trusting as always in Providence, she was ready to give her life in order to save that of her child. She repeated to her husband: “If you must decide between me and the child, do not hesitate: choose the child - I insist on it. Save the child.” On the morning of April 21, 1962, Gianna Emanuela was born. Despite all efforts and treatments to save both of them, on the morning of April 28, amid repeated exclamations of “Jesus, I love you. Jesus, I love you,” Gianna Berretta Molla died. She was 39 years old.

Was Gianna foolish for making the decision to allow her death rather than the death of her child? Shouldn’t she have considered staying alive for the sake of her other three children, her husband, and even her medical practice? These arguments were presented to her by those whom she had respected, doctors, family members, etc. But their thinking was the thinking of the world. Gianna knew that she would accomplish nothing in killing a child to keep her own life. The child that was saved, Gianna Emanuela, followed in her mother’s footsteps and is now a medical doctor and consulter to the Saint Gianna Berretta Molla Society.

St. Gianna wrote this prayer: “O Jesus, I promise You to submit myself to all that You permit to befall me, make me only know Your Will. My most sweet Jesus, infinitely merciful God, most tender Father of souls, and in a particular way of the most weak, most miserable, most infirm which You carry with special tenderness between Your divine arms, I come to You to ask You, through the love and merits of Your Sacred Heart, the grace to comprehend and to do always Your holy Will, the grace to confide in You, the grace to rest securely through time and eternity in Your loving divine arms.”

The cost of discipleship seldom makes the demand on us that it made on Gianna Molla, but we are all continually confronted with the choice of standing up for our faith or joining the world that rejects the Lord. One person is encouraged to tear down a co-worker with the hope of getting his or her position. Another is mocked for refusing to participate in an immoral gathering. Movies and the media glorify sin and belittle those who reject sin. The tempters themselves often claim to be modern day Christians, but in fact they are promoting the works of evil.

But nothing outside of us can quell the fire that Jesus lit in our hearts. Only we can put the fire out by giving in to the pagan world. We cannot do this. We cannot let anything; any situation put the fire out. We cannot drown it with our own selfishness. So, we keep our eyes focused on Jesus, and as we run the race of our lives we draw Him who leads us closer to ourselves. For the fire that he has set is worth infinitely more than all the so called reasonable demands of the world. St. Paul wrote: The message of the cross is foolishness to those who are perishing, but to us who are being saved it is the power of God[2]



[1] Sunday 18th August, 2013, 20th Sunday in Ordinary Time. Readings: Jeremiah 38:4-6, 8-10. Lord, come to our aid! - Ps 39(40):2-4, 18. Hebrews 12:1-4. Luke 12:49-53.
[2] 1 Corinthians 1:18.
El Ángel, mi Señor, trae la palma
de parte de quien puso el Paraíso:
Levántate, María, Virgen Madre,
recíbela en tus manos, que es mi signo.

Llegaba el fin, el suave tránsito,
y vino a acompañarla el mismo Hijo;
ya juntos la rodean los Apóstoles,
la Iglesia amante muestra su cariño.

María está tendida sobre el lecho,
bendice al Creador que la bendijo;
el alma entonces, pura, se desprende
y en manos de Miguel la pone Cristo.

Reposa el cuerpo santo, espera el tiempo
en una roca, cual Jesús, dormido,
tesoro preciosísimo yacente
al lado del Jardín de los Olivos.

Los ángeles vinieron, adoraron,
tomaron aquel cuerpo, altar divino,
al Árbol de la Vida lo llevaron,
y el alma con el cuerpo allí están vivos.

¡Oh Dios de nuestros Padres, Dios clemente,
que hiciste con María el gran prodigio,
por causa de ella, Madre de salvados,
eternamente, oh Dios, te bendecimos! Amén.

Rufino María Grández, Himnario de la Virgen María. Ciclo anual de celebraciones de la Virgen en la Liturgia de las Horas. Burlada, Curia provincial de Capuchinos 1989. Música: Fidel Aizpurúa, pp. 120-123.


Solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María (2013)


Toda la celebración de hoy tiene un color de victoria y de esperanza que viene muy bien en medio de este mundo que a veces sigue girando sin demasiadas perspectivas y confuso en muchos aspectos. Hoy los cristianos celebramos la victoria de María, la Madre de Jesús y de la Iglesia, y nos dejamos contagiar de su alegría. Así, esta fiesta de la Asunción es, en primer lugar, una fiesta de la victoria de Cristo Jesús: Cristo Resucitado, tal como nos lo presenta Pablo, es el punto culminante de la Historia de la Salvación, del plan salvador de Dios. Él es la "primicia", el primero que triunfa plenamente de la muerte y del mal, pasando a la nueva existencia. Después, la Virgen María, como primera cristiana, como la primera salvada por Cristo, participa de la victoria de su Hijo: es elevada también Ella a la gloria en cuerpo y alma. Ella, que supo decir su radical a Dios, que creyó en él y le fue plenamente obediente en su vida

Y también es una fiesta que presenta el triunfo de Cristo y de su Madre hacia todos nosotros, a la Iglesia, y en cierto modo a toda la humanidad: la virgen, como miembro de la familia eclesial, condensa en sí misma nuestro destino. Su a Dios fue en cierto modo en nombre de todos nosotros. El de Dios a Ella, glorificándola, es también un a todos nosotros: nos señala el destino que Dios nos prepara a todos.

La Iglesia es una comunidad en marcha, en lucha constante contra el mal: pero la Mujer del Apocalipsis, aunque directamente sea la Iglesia misma, es también de modo eminente la Virgen María, la Madre del Mesías y auxilio constante para la Iglesia contra todos los dragones que luchan contra ella y la quieren hacer callar[1].

Hoy, al celebrar la victoria de María, celebramos nuestra propia esperanza, porque como escucharemos en la misa "ella es figura y primicia de la Iglesia que un día será glorificada; ella es consuelo y esperanza de tu pueblo, todavía peregrino en la tierra"[2].

Hoy, y mirando a la Virgen, celebramos la victoria. La Asunción nos demuestra que el plan de Dios es plan de vida y salvación para todos y que se cumple, además de en Cristo, también en una de nuestra familia. La Asunción es un grito de fe en que es posible esta salvación. Es una respuesta a los pesimistas y a los perezosos. Es una respuesta de Dios al hombre materialista y secularizado que no ve más que los valores económicos o humanos: algo está presente en nuestro mundo, que trasciende de nuestras fuerzas y que lleva más allá. El destino del hombre es la glorificación en Cristo con Él y en Él.

Todo él, cuerpo y alma, está destinado a la vida. Esa es la dignidad y futuro del hombre. Por eso en la Misa de hoy pedimos repetidamente que también a nosotros, como a la Virgen María, nos conceda "el premio de la gloria"[3], y que "lleguemos a participar con ella de su misma gloria en el cielo"[4].

El Magnificat de nosotros es la Eucaristía. Los domingos y los días como hoy, la comunidad cristiana se reúne junto al altar y entona a Dios su alabanza y su acción de gracias, y así como la Virgen rompió a cantar el Magnificat, así nosotros expresamos nuestra alegría y nuestra admiración por lo que Dios hace, en cantos, en aclamaciones y, de manera especial en la Plegaria Eucarística. La misa es ¡qué maravilla! Nuestra respuesta a la acción de Dios, nuestro constante Magnificat


[1]  Cfr. J. Aldazábal, Misa Dominical 1986, p. 16.
[2] Prefacio de la misa.
[3] Oración de la vigilia
[4] Oración colecta. 

nEw-Old-Ideas


No, no vamos solos. Nuestro camino es, siempre, camino de Dios. Y en esos momentos de prueba, cuando nos damos cuenta de la impotencia, cuando nos envuelve no sé qué indignación ante el mal inevitable, nos hallamos, de golpe, en la oración del Huerto, sin otra explicación. La fatiga nos ahoga, el camino parece no acabar, las vueltas y vueltas se hacen más dolorosas por lo imprevistas... Todo esto es así, pero cada vez la soledad disminuye para llenarse toda de Dios. De nuevo: No temas. Las peores intrigas de este mundo (de cualquier mundo, aunque tenga no sé cuál "prestigio"), no son, no existen. Sabemos que en nuestros días abunda el resentimiento y la envidia, cuanto falta la misericordia y se echa de menos la compasión. Y esto en los ambientes donde la magnanimidad y la pureza debieran brillar hasta en los gestos más pequeños. No ha de importar constatación tan dolorosa, sino animarnos a confiar, cada vez más, en la Presencia inefable de Dios Ermitaño urbano 

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris