Solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María (2013)


Toda la celebración de hoy tiene un color de victoria y de esperanza que viene muy bien en medio de este mundo que a veces sigue girando sin demasiadas perspectivas y confuso en muchos aspectos. Hoy los cristianos celebramos la victoria de María, la Madre de Jesús y de la Iglesia, y nos dejamos contagiar de su alegría. Así, esta fiesta de la Asunción es, en primer lugar, una fiesta de la victoria de Cristo Jesús: Cristo Resucitado, tal como nos lo presenta Pablo, es el punto culminante de la Historia de la Salvación, del plan salvador de Dios. Él es la "primicia", el primero que triunfa plenamente de la muerte y del mal, pasando a la nueva existencia. Después, la Virgen María, como primera cristiana, como la primera salvada por Cristo, participa de la victoria de su Hijo: es elevada también Ella a la gloria en cuerpo y alma. Ella, que supo decir su radical a Dios, que creyó en él y le fue plenamente obediente en su vida

Y también es una fiesta que presenta el triunfo de Cristo y de su Madre hacia todos nosotros, a la Iglesia, y en cierto modo a toda la humanidad: la virgen, como miembro de la familia eclesial, condensa en sí misma nuestro destino. Su a Dios fue en cierto modo en nombre de todos nosotros. El de Dios a Ella, glorificándola, es también un a todos nosotros: nos señala el destino que Dios nos prepara a todos.

La Iglesia es una comunidad en marcha, en lucha constante contra el mal: pero la Mujer del Apocalipsis, aunque directamente sea la Iglesia misma, es también de modo eminente la Virgen María, la Madre del Mesías y auxilio constante para la Iglesia contra todos los dragones que luchan contra ella y la quieren hacer callar[1].

Hoy, al celebrar la victoria de María, celebramos nuestra propia esperanza, porque como escucharemos en la misa "ella es figura y primicia de la Iglesia que un día será glorificada; ella es consuelo y esperanza de tu pueblo, todavía peregrino en la tierra"[2].

Hoy, y mirando a la Virgen, celebramos la victoria. La Asunción nos demuestra que el plan de Dios es plan de vida y salvación para todos y que se cumple, además de en Cristo, también en una de nuestra familia. La Asunción es un grito de fe en que es posible esta salvación. Es una respuesta a los pesimistas y a los perezosos. Es una respuesta de Dios al hombre materialista y secularizado que no ve más que los valores económicos o humanos: algo está presente en nuestro mundo, que trasciende de nuestras fuerzas y que lleva más allá. El destino del hombre es la glorificación en Cristo con Él y en Él.

Todo él, cuerpo y alma, está destinado a la vida. Esa es la dignidad y futuro del hombre. Por eso en la Misa de hoy pedimos repetidamente que también a nosotros, como a la Virgen María, nos conceda "el premio de la gloria"[3], y que "lleguemos a participar con ella de su misma gloria en el cielo"[4].

El Magnificat de nosotros es la Eucaristía. Los domingos y los días como hoy, la comunidad cristiana se reúne junto al altar y entona a Dios su alabanza y su acción de gracias, y así como la Virgen rompió a cantar el Magnificat, así nosotros expresamos nuestra alegría y nuestra admiración por lo que Dios hace, en cantos, en aclamaciones y, de manera especial en la Plegaria Eucarística. La misa es ¡qué maravilla! Nuestra respuesta a la acción de Dios, nuestro constante Magnificat


[1]  Cfr. J. Aldazábal, Misa Dominical 1986, p. 16.
[2] Prefacio de la misa.
[3] Oración de la vigilia
[4] Oración colecta. 

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris