Vivo sin vivir en mí
y tan alta vida espero
que muero porque no muero.

Vivo ya fuera de mí,
después que muero de amor,
porque vivo en el Señor,
que me quiso para sí;
cuando el corazón le di
puso en mí este letrero:
«Que muero porque no muero».

Esta divina unión,
y el amor con que yo vivo,
hace a mi Dios mi cautivo
y libre mi corazón;
y causa en mí tal pasión
ver a mi Dios prisionero,
que muero porque no muero.

¡Ay, qué larga es esta vida!
¡Qué duros estos destierros,
esta cárcel y estos hierros
en que está el alma metida!
Sólo esperar la salida
me causa un dolor tan fiero,
que muero porque no muero.

Acaba ya de dejarme,
vida, no me seas molesta;
porque muriendo, ¿qué resta,
sino vivir y gozarme?
No dejes de consolarme,
muerte, que ansí te requiero:
que muero porque no muero ■

Santa Teresa de Jesús

XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario (A)

Uno se fue a su campo, otro a su negocio y los demás se les echaron encima a los criados, los insultaron y los mataron... Cada vez nos encontramos con personas o que bien ya no creen en nada o que si creen en Jesucristo, la Iglesia no les dice mucho, o prácticamente nada. Si observamos de cerca su postura, quizás haya que decir que su increencia no es tanto fruto de una decisión responsable sino más bien de una vida alienada y alejada del espíritu. En la vida de muchos hombres y mujeres contemporáneos faltan las condiciones mínimas para tomar una postura seria y responsable ante la fe, o ante la increencia. Muchos viven un estilo de vida donde ni siquiera aparece la necesidad de dar un sentido último a la existencia. Como dice un ateo contemporáneo, sencillamente «somos nosotros los que tenemos que dar un sentido a nuestra vida, viviéndola»[1].

Y es que cuando el hombre vive buscando solamente un bienestar material cada vez mayor, interesado únicamente en tener dinero y adquirir símbolos de prestigio, preocupado por ser algo y no por ser alguien, pierde la capacidad para escuchar las llamadas más profundas que se encierran en su interior.

Los hombres y mujeres con los que nos encontramos todos los días en el trabajo, en la calle, incluso que están entre nuestros amigos, carecen de oídos para cualquier rumor que no sea el que proviene de su mundo de intereses. No tienen ojos para percibir otras dimensiones que no sean las del bienestar material, la posesión y el prestigio social. Hombres y mujeres «sin oídos para lo religioso», como decía Max Weber.

La parábola del evangelio de este domingo –el vigésimo octavo del Tiempo Ordinario ya- nos vuelve a recordar la invitación que tenemos a la plenitud, a sentarnos a comer a la mesa del Rey. Y nuestra mayor equivocación puede ser desoír ligeramente la llamada de Dios, marchando cada uno a nuestras tierras, nuestros negocios, a todo eso que ocupa más nuestra atención.  Los hombres podemos seguir huyendo de nosotros mismos, perdiéndonos en mil formas de evasión, tratando de olvidarnos de nosotros mismos y de Dios, evitando cuidadosamente tomar en serio la vida. Pero la invitación no cesa. La invitación ahí está.

En el fondo de muchas increencias, ¿no se esconde un temor al cambio que necesariamente se tendría que producir en nuestra vida si tomáramos en serio a Dios? Sin duda, se encierra una gran verdad en aquella inolvidable invocación de San Juan de la Cruz: «Señor, Dios mío, tú no eres extraño a quien no se extraña contigo. ¿Cómo dicen que te ausentas tú?»[2].[3] ■


[1] F. Jeanson.
[2] S. Juan de la Cruz, Obras espirituales que encaminan un alma a la más perfecta unión con Dios en transformación de amor, 3-4 (Google eBook).
[3] J. A. Pagola, Buenas Noticias, Navarra, 1985, p. 117 ss.

nEw-Old-iDeAs

El Concilio Vaticano II ha presentado a la Iglesia como sacramento de unión de los hombres con Dios, y de los hombres entre ellos. Un sacramento es una realidad del mundo que revela el misterio de la salvación porque éste se está realizando. Sin ser del mundo, nuestra Iglesia ¿está bien en el mundo? Ella es visible, pero su mensaje ¿es legible? De alguna manera, nosotros no debemos ser signos de la Iglesia, sino signos de Cristo y es en ello que seremos Iglesia: rostro y palabra de Cristo, vivos y proclamando la fe de siempre con las palabras de hoy Una Iglesia capaz de acoger al mundo como es ■ Mons.Yves Patenótre, Arzobispo de Sens (Francia)

VISUAL THEOLOGY


El Éxtasis de Santa Teresa, también conocido como la Transverberación de Santa Teresa es un grupo escultórico en mármol obra del escultor y pintor Gian Lorenzo Bernini, de estilo barroco. Fue realizada entre 1647 y 1651, por encargo del cardenal Cornaro, para ser colocada donde iría su tumba, en la iglesia de Santa María de la Victoria (Santa Maria della Vittoria), en Roma, donde actualmente se encuentra, en la llamada Capilla Cornaro. Está considerada una de las obras maestras de la escultura del alto barroco romano. Retrata la imagen de santa Teresa de Ávila durante el don místico de la transverberación que describe en su Libro de la Vida ■

Twenty-eighth Sunday in Ordinary Time (A)

Today the gospel talks about the wedding banquet that a king prepares for his son, only to have the invited refuse to come and even mistreat his servants. A sad situation. The King then invites strangers to the meal, who have a great time. Then, in what really is a second parable added on, the king spots a man without the proper wedding garment. He gets upset and throws the man out where there will be a weeping a gnashing of teeth[1].

Perhaps you might wonder, as I know I have, "Why is the Host so upset over this man's clothes?" After all, this is a traveler or may be a vagrant, how can he be expected to have a fine wedding garment?  That would be missing the point for the sake of the detail, something we always have to be careful of regarding scripture. This parable is not about wearing clothes. It is about wearing Jesus Christ. Put on the Lord Jesus Christ, St. Paul tells the Romans, and the Galatians, and the Colossians, and the Ephesians… and us. The man who came without the proper clothes is the Christian in name only, who refuses to put on Jesus Christ throughout his life. This is the person who accepts the invitation of the Lord, but refuses to exercise his or her responsibility in the Christian community. We are invited to share the intimacy of the Banquet of Heaven. We are invited into God's presence. God does not ask a lot from us to be with him. But he does expect us to wear our Christianity. The way we respond to his love must be evident to the world. People should know that we are Christians by the way we live our lives.

Sometimes we priests joke that our lives would be much easier if it weren't for the people. Truthfully, it is serving the Lord through the people and being a witness to their Christianity that makes our priesthood wonderful. One of the most edifying aspects of being a priest is my continual exposure to the active Christianity so many embrace.  People will call me to tell me about sick or hurting parishioners. I'll go to the homes of the elderly and find others there cheerfully caring for them. People are always asking us if there are any particular families they can sponsor not only at Thanksgiving and Christmas, but also throughout the year.

As Christians we have to recognize that none of this should be exceptional. We can't just say we are Christians. We have to live our Christianity. Living our Christianity may not always be public, but, and this sounds like a contradiction but isn't, living our Christianity is always evident, even when not public. For example, a senior citizen may be very generous to someone and no one, not even the recipient of the generosity, knows who is providing for the person. However, that senior citizen's life, his or her concern, his or her conversation, is not self centered but shows a concern for others.

All of us want to be happy. Jesus came to bring happiness to the world. We can be happy if we follow the Lord. He gave us the ideal and example by giving himself for us. We are all our happiest when we are able to give to others. If we want to be happy, we have to follow the Lord. If we want to whoop it up at the wedding banquet of the King, we need to wear our wedding garment.

Today we pray for the determination, perseverance and courage to be an active in our Christianity ■



[1] 28th Sunday of Ordinary Time (A), October 12, 2014. Readings: Isaiah 25:6-10a; Responsorial Psalm 23:1-3a, 3b-4, 5, 6; Philippians 4:12-14, 19-20;  Matthew 22:1-14. 
Altísimo y omnipotente buen Señor,
tuyas son las alabanzas, la gloria y el honor y toda bendición.

A ti solo, Altísimo, te convienen
y ningún hombre es digno de nombrarte.

Alabado seas, mi Señor, en todas tus criaturas,
especialmente en el Señor hermano sol,
por quien nos das el día y nos iluminas.

Y es bello y radiante con gran esplendor,
de ti, Altísimo, lleva significación.

Alabado seas, mi Señor, por la hermana luna y las estrellas,
en el cielo las formaste claras y preciosas y bellas.

Alabado seas, mi Señor, por el hermano viento
y por el aire y la nube y el cielo sereno y todo tiempo,
por todos ellos a tus criaturas das sustento.

Alabado seas, mi Señor por la hermana Agua,
la cual es muy humilde, preciosa y casta.

Alabado seas, mi Señor, por el hermano fuego, por el cual iluminas la noche,
y es bello y alegre y vigoroso y fuerte.

Alabado seas, mi Señor, por la hermana nuestra madre tierra,
la cual nos sostiene y gobierna
y produce diversos frutos con coloridas flores y hierbas.

Alabado seas, mi Señor, por aquellos que perdonan por tu amor,
y sufren enfermedad y tribulación;
bienaventurados los que las sufran en paz,
porque de ti, Altísimo, coronados serán.

Alabado seas, mi Señor, por nuestra hermana muerte corporal,
de la cual ningún hombre viviente puede escapar.

Ay de aquellos que mueran en pecado mortal.
Bienaventurados a los que encontrará
en tu santísima voluntad
porque la muerte segunda no les hará mal.

Alaben y bendigan a mi Señor
y denle gracias y sírvanle con gran humildad 

■ San Francisco de Asis

XXVII Domingo del Tiempo Ordinario (A)

El pueblo de Israel celebraba año con año la fiesta de la vendimia, una fiesta eminentemente popular. Los habitantes de Jerusalén y los forasteros que acudían a la ciudad para esta fiesta se echaban a la calle y durante ocho días dormían en las plazas y en las terrazas recordando los cuarenta años que sus antepasados caminaron por el desierto hasta su asentamiento en Canaán, la tierra prometida, en donde la vid que había sido traída de Egipto echaría raíces y extendería sus sarmientos hasta el mar y sus brotes hasta el Gran Río[1]. En aquella fiesta el vino corría como el agua, y el gozo por la vendimia terminaba en el gozo de pertenecer al pueblo elegido, es decir a la casa de Israel que es la viña del Señor; y los hombres de Israel su plantel preferido[2].

Pero en una de esas celebraciones, cuando todos celebraban el nuevo mosto de las propias viñas, Isaías canta las quejas del Señor contra el pueblo que Él había elegido, aquel pueblo en el que Dios esperó que diese uvas, pero dio agrazones,  denunciando los principales problemas de aquella sociedad: la conducta de los ambiciosos que juntan casa con casa y campo con campo hasta ocupar todo el sitio, la vida fácil y el desenfreno, la venalidad de los jueces, el engreimiento de los que se tenían a sí mismos por sabios y prudentes, el oscurecimiento de los valores y la confusión de las ideas, la presunción fatua y supersticiosa de que todo iría bien, etc. ¡una radiografía exacta de lo mismo que sucede en nuestras ciudades hoy en día!

Luego, en el evangelio, el Señor habla de la infidelidad, y la conclusión final es la misma en los dos textos –el canto de la viña y en la parábola- por eso os digo que se os quitará a vosotros el Reino de los cielos y se dará a un pueblo que produzca sus frutos[3].

Cuantas veces celebramos la Eucaristía nos reunimos para brindar con el mejor de los vinos por la nueva alianza en la sangre de Cristo, pero debemos ser conscientes, en medio de nuestra fiesta, de que si Cristo no le falla nunca al Padre, nosotros sí que podemos fallarle. Por eso hemos de escuchar atentamente, domingo tras domingo, la palabra de Dios, y no como palabra de otros tiempos y para otros hombres, sino como palabra dirigida a nosotros que somos hoy la viña del Señor.

El evangelio es promesa y Dios es fiel y poderoso para cumplirla. Sin embargo esta promesa puede quedar frustrada por nuestra infidelidad, porque seguimos dando agrazones. Se esperaba justicia, y vivimos rodeados de egoísmo, se esperaba el vino de la fraternidad universal, y ¿qué es lo que vemos? Personas que no tienen ni lo necesario para vivir[4] cuando otros banquetean espléndidamente.

Es necesario dar frutos verdaderos. Si la Iglesia no los da, le será arrebatado el reino y dado a otros. Preguntémonos con seriedad esta mañana en el silencio que nos brindan algunos momentos de la celebración litúrgica: ¿Qué frutos concretos está dando la Iglesia universal, nuestra comunidad, cada uno de nosotros? ¿Cómo nos comportamos con los profetas que surgen entre nosotros, sean o no de los nuestros? No podemos seguir edificando la vida al margen del evangelio. Y no olvidemos que el reino de Dios es mucho más grande e importante que nuestra Iglesia[5].

Dios sigue enviando profetas: voces inconformistas que reclaman un cambio de dirección en la humanidad y en la Iglesia. Voces que tratamos de esquivar de mil modos: difamando, acusando, excluyendo, ignorando, despreciando..., incluso asesinando. Mientras, defendemos un cristianismo tranquilo, cómodo, egoísta, individualista, clasista... La parábola sigue siendo actual, escandalosa, directa, acusadora. No tratemos de "aguarla". No olvidemos que los textos evangélicos van siempre mucho más allá del contexto histórico.

El reino de Dios se hace presente allí donde existen hombres dispuestos a dedicarse, desinteresadamente, al bien de la humanidad. Estar dentro de la Iglesia no garantiza estar trabajando para Dios, si nuestra actitud profunda no se adecúa a los criterios del reino que están en cada letra del evangelio[6] ■



[1] Cfr. Sal 79.
[2] Cfr Isaías 5, 7.
[3] Mt 21, 43.
[4] Eucaristía (revista) 1981, 47.
[5] F. Bartolomé González, Acercamiento a Jesús de Nazaret, 4. Ed. Paulinas, Madrid, 1986, pp. 40-46.
[6] Idem. 

neW-olD-iDeaS

Creo que si tuviera que morirme dentro de un rato, lo que más sentiría sería  ver la poca madurez que ha alcanzado mi vida. No he alcanzado mi destino. Muchas cosas que debían fructificar en mí, no han dado nada... Respecto a mi vida espiritual, me encuentro abrumado ante todo lo que he recibido y lo que he desperdiciado durante tantos años. Vivo los restos del festín que he desperdiciado. Nadie sospecha el fondo de mi tristeza. ¿Cómo diría yo? Es imposible explicarlo, hasta parece ridículo. Pero voy a decirlo sencillamente. Quisiera ser un santo. Eso es todo. Es imposible decir más. He perdido una gran parte de mi vida. Me doy perfecta cuenta de que en todos mis actos no soy lo que quisiera ser. Ese ser que quisiera llegar a ser existe en mí, y está triste y su tristeza es la mía ■ Escándalo de la verdad, Jean Danielou.

VISUAL THEOLOGY

El Cristo de San Damián es una cruz del Medioevo creada en torno al año 1190 para la Iglesita dedicada a San Damián, encargada seguramente por un gremio de comerciantes de Asís. El proceso de conversión de San Francisco de Asís fue largo, en este proceso, su segundo gran encuentro con Cristo, del que nos ha quedado constancia tiene lugar ante el Crucifijo de San Damián, cuando Cristo le responde a su pregunta e inquietud con estas palabras: "Francisco, ve y repara mi iglesia que amenaza ruinas". La célebre oración ante el crucifijo de San Damián, a decir de algunos biógrafos, es la respuesta que Francisco da a estas palabras ■

Twenty-seventh Sunday in Ordinary Time (A)

The parable in today’s gospel begins with numerous references to the first reading from the prophet Isaiah. In that reading a vineyard is meticulously prepared. But the vineyard is still a failure. You get the sense that despite the preparations, the vineyard refused to produce good grapes. This points to the Hebrew people who were lovingly prepared to bear fruit for God, but who rejected God. The Lord complains that He looked for justice. Biblically, justice means a relationship where the people are one with God. Instead, the people rejected God and chose bloodshed[1]. 

Today’s Gospel repeats God’s complaint, only the parable becomes more specific. What was it that the people had done and were still doing? They rejected God’s emissaries, the prophets. Later on in the twenty-third chapter of the Gospel of Matthew Jesus would weep over Jerusalem because the city kills the prophets and stones God’s messengers. What is worse, like in the parable, the son, Jesus himself, would be taken outside of the vineyard, outside of the city and killed[2]. Why? Why did they hate him so much as to demand his crucifixion?  Well, the point is that the Lord upset the status quo, their cushy lifestyle. The chief priests, the Sanhedrin and all the leaders of the people had a comfortable living. Then this Jesus shows up, not just challenging their authority, but demonstrating to the people that their leaders were concerned about themselves, not concerned about caring for God’s people. Those with power did not want to be challenged by anyone, certainly not by some commoner from Galilee. Even worse, they knew that He was right. But following Him would demand that they change their lives radically. They would not do this.  Jesus had to go. So they seized him, threw him out of the vineyard and killed him. But they could not destroy God’s plan. The Kingdom of God would be taken away from them and given to a people that would produce fruit.

When you think about it the readings are a bit scary, absolutely frightening to tell the truth. The readings are demanding that we bear fruit or have the Kingdom of God taken from us. This is contrary to the popular feel good concept of Divine Justice. I am referring to the attitude in life that results from reducing God to a figure that does not hold us accountable for our actions. Yes, we commend our dead to the mercy and compassion of God. And yes, we ask Mary to pray for us sinners now and at the hour of our death. But our prayers do not absolve us from our present responsibility to live as the Lord told us to live and to do the work of God.  We have to move from the mentality that we can get away with purposely behaving badly, acting without concern for the consequences of our actions. All of us our tempted to believe that God will forgive us no matter how badly or how often we reject Him. This is contrary to Scripture.

Actions have consequences. This is not restricted to the negative. Good actions have good consequences. In the conclusion of the parable, those who made the best use of the talents that God has given them hear, Well done, good and faithful servants, enter into the joy of your master.  He will say that to us also if we live in a way determined to bear fruit for the Kingdom ■




[1] 27th Sunday of Ordinary Time A, October 5, 2014. Readings: Isaiah 5:1-7; Responsorial Psalm 80:9, 12, 13-14, 15-16, 19-20; Philippians 4:6-9; Matthew 21:33-43.
[2] As we know well, Jesus was not crucified in Jerusalem, but on that horrible hill, Golgotha, just outside of the city walls.

Dos hijos había:
el bueno y el malo;
el bueno con halo,
mas no obedecía

Bonita apariencia,
corteses modales,
mas no son señales
de buena conciencia.
Que no es el que dice:
Jesús mi Señor,
sino el pecador.
¡perdón, mal lo hice!

No hay cosa más bella
que andar en verdad,
tomar la humildad
por guía y estrella.
Y ser el que soy
por dentro y por fuera,
y al ver mi manera
sabrán dónde voy.

Que al verme la cara
contemplen ni alma,
mi pena o mi calma
como en agua clara.
Yo busco anhelante
al Dios que está ahí;
si vienes a mí
no te desencante.

Que el sí sea sí,
por gracia y muy firme
y al punto de irme...,
diré: lo cumplí.
Que el no sea no
muy claro y valiente,
y diga obediente:
Jesús me ayudó.

Jesús, en tus manos,
la vida es verdad,
la sinceridad
fulgor de cristianos.
Tu rostro piadoso
me abra el paraíso,
que ya lo diviso,
misericordioso ■

P. Rufino Mª Grández, ofmcap,

Puebla, 20 septiembre 2011

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris


Powered By Blogger