XXVII Domingo del Tiempo Ordinario (A)

El pueblo de Israel celebraba año con año la fiesta de la vendimia, una fiesta eminentemente popular. Los habitantes de Jerusalén y los forasteros que acudían a la ciudad para esta fiesta se echaban a la calle y durante ocho días dormían en las plazas y en las terrazas recordando los cuarenta años que sus antepasados caminaron por el desierto hasta su asentamiento en Canaán, la tierra prometida, en donde la vid que había sido traída de Egipto echaría raíces y extendería sus sarmientos hasta el mar y sus brotes hasta el Gran Río[1]. En aquella fiesta el vino corría como el agua, y el gozo por la vendimia terminaba en el gozo de pertenecer al pueblo elegido, es decir a la casa de Israel que es la viña del Señor; y los hombres de Israel su plantel preferido[2].

Pero en una de esas celebraciones, cuando todos celebraban el nuevo mosto de las propias viñas, Isaías canta las quejas del Señor contra el pueblo que Él había elegido, aquel pueblo en el que Dios esperó que diese uvas, pero dio agrazones,  denunciando los principales problemas de aquella sociedad: la conducta de los ambiciosos que juntan casa con casa y campo con campo hasta ocupar todo el sitio, la vida fácil y el desenfreno, la venalidad de los jueces, el engreimiento de los que se tenían a sí mismos por sabios y prudentes, el oscurecimiento de los valores y la confusión de las ideas, la presunción fatua y supersticiosa de que todo iría bien, etc. ¡una radiografía exacta de lo mismo que sucede en nuestras ciudades hoy en día!

Luego, en el evangelio, el Señor habla de la infidelidad, y la conclusión final es la misma en los dos textos –el canto de la viña y en la parábola- por eso os digo que se os quitará a vosotros el Reino de los cielos y se dará a un pueblo que produzca sus frutos[3].

Cuantas veces celebramos la Eucaristía nos reunimos para brindar con el mejor de los vinos por la nueva alianza en la sangre de Cristo, pero debemos ser conscientes, en medio de nuestra fiesta, de que si Cristo no le falla nunca al Padre, nosotros sí que podemos fallarle. Por eso hemos de escuchar atentamente, domingo tras domingo, la palabra de Dios, y no como palabra de otros tiempos y para otros hombres, sino como palabra dirigida a nosotros que somos hoy la viña del Señor.

El evangelio es promesa y Dios es fiel y poderoso para cumplirla. Sin embargo esta promesa puede quedar frustrada por nuestra infidelidad, porque seguimos dando agrazones. Se esperaba justicia, y vivimos rodeados de egoísmo, se esperaba el vino de la fraternidad universal, y ¿qué es lo que vemos? Personas que no tienen ni lo necesario para vivir[4] cuando otros banquetean espléndidamente.

Es necesario dar frutos verdaderos. Si la Iglesia no los da, le será arrebatado el reino y dado a otros. Preguntémonos con seriedad esta mañana en el silencio que nos brindan algunos momentos de la celebración litúrgica: ¿Qué frutos concretos está dando la Iglesia universal, nuestra comunidad, cada uno de nosotros? ¿Cómo nos comportamos con los profetas que surgen entre nosotros, sean o no de los nuestros? No podemos seguir edificando la vida al margen del evangelio. Y no olvidemos que el reino de Dios es mucho más grande e importante que nuestra Iglesia[5].

Dios sigue enviando profetas: voces inconformistas que reclaman un cambio de dirección en la humanidad y en la Iglesia. Voces que tratamos de esquivar de mil modos: difamando, acusando, excluyendo, ignorando, despreciando..., incluso asesinando. Mientras, defendemos un cristianismo tranquilo, cómodo, egoísta, individualista, clasista... La parábola sigue siendo actual, escandalosa, directa, acusadora. No tratemos de "aguarla". No olvidemos que los textos evangélicos van siempre mucho más allá del contexto histórico.

El reino de Dios se hace presente allí donde existen hombres dispuestos a dedicarse, desinteresadamente, al bien de la humanidad. Estar dentro de la Iglesia no garantiza estar trabajando para Dios, si nuestra actitud profunda no se adecúa a los criterios del reino que están en cada letra del evangelio[6]



[1] Cfr. Sal 79.
[2] Cfr Isaías 5, 7.
[3] Mt 21, 43.
[4] Eucaristía (revista) 1981, 47.
[5] F. Bartolomé González, Acercamiento a Jesús de Nazaret, 4. Ed. Paulinas, Madrid, 1986, pp. 40-46.
[6] Idem. 

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris