El pueblo de Israel celebraba año con año la fiesta de la vendimia, una fiesta
eminentemente popular. Los habitantes de Jerusalén y los forasteros que acudían
a la ciudad para esta fiesta se echaban a la calle y durante ocho días dormían
en las plazas y en las terrazas recordando los cuarenta años que sus antepasados
caminaron por el desierto hasta su asentamiento en Canaán, la tierra prometida,
en donde la vid que había sido traída de Egipto echaría raíces y extendería sus sarmientos hasta el mar y sus
brotes hasta el Gran Río[1].
En aquella fiesta el vino corría como el agua, y el gozo por la vendimia terminaba
en el gozo de pertenecer al pueblo elegido, es decir a la casa de Israel que es la
viña del Señor; y los hombres de Israel su plantel preferido[2].
Pero en una de esas celebraciones, cuando todos
celebraban el nuevo mosto de las propias viñas, Isaías canta las quejas del
Señor contra el pueblo que Él había elegido, aquel pueblo en el que Dios esperó que diese uvas, pero dio agrazones,
denunciando los principales problemas de
aquella sociedad: la conducta de los ambiciosos que juntan casa con casa y campo con campo hasta ocupar todo el sitio,
la vida fácil y el desenfreno, la venalidad de los jueces, el engreimiento de
los que se tenían a sí mismos por sabios y prudentes, el oscurecimiento de los
valores y la confusión de las ideas, la presunción fatua y supersticiosa de que
todo iría bien, etc. ¡una radiografía exacta de lo mismo que sucede en nuestras
ciudades hoy en día!
Luego, en el evangelio, el Señor habla de la infidelidad,
y la conclusión final es la misma en los dos textos –el canto de la viña y en
la parábola- por eso os digo que se os
quitará a vosotros el Reino de los cielos y se dará a un pueblo que produzca
sus frutos[3].
Cuantas veces celebramos la Eucaristía nos reunimos para
brindar con el mejor de los vinos por la nueva alianza en la sangre de Cristo,
pero debemos ser conscientes, en medio de nuestra fiesta, de que si Cristo no
le falla nunca al Padre, nosotros sí que podemos fallarle. Por eso hemos de
escuchar atentamente, domingo tras domingo, la palabra de Dios, y no como
palabra de otros tiempos y para otros hombres, sino como palabra dirigida a
nosotros que somos hoy la viña del Señor.
El evangelio es promesa y Dios es fiel y poderoso para
cumplirla. Sin embargo esta promesa puede quedar frustrada por nuestra
infidelidad, porque seguimos dando agrazones. Se esperaba justicia, y vivimos
rodeados de egoísmo, se esperaba el vino de la fraternidad universal, y ¿qué es
lo que vemos? Personas que no tienen ni lo necesario para vivir[4]
cuando otros banquetean espléndidamente.
Es necesario dar frutos verdaderos. Si la Iglesia no los
da, le será arrebatado el reino y dado a otros. Preguntémonos con seriedad esta
mañana en el silencio que nos brindan algunos momentos de la celebración
litúrgica: ¿Qué frutos concretos está dando la Iglesia universal, nuestra
comunidad, cada uno de nosotros? ¿Cómo nos comportamos con los profetas que
surgen entre nosotros, sean o no de los nuestros? No podemos seguir edificando la
vida al margen del evangelio. Y no olvidemos que el reino de Dios es mucho más
grande e importante que nuestra Iglesia[5].
Dios sigue enviando profetas: voces inconformistas que
reclaman un cambio de dirección en la humanidad y en la Iglesia. Voces que
tratamos de esquivar de mil modos: difamando, acusando, excluyendo, ignorando,
despreciando..., incluso asesinando. Mientras, defendemos un cristianismo
tranquilo, cómodo, egoísta, individualista, clasista... La parábola sigue
siendo actual, escandalosa, directa, acusadora. No tratemos de "aguarla".
No olvidemos que los textos evangélicos van siempre mucho más allá del contexto
histórico.
El reino de Dios se hace presente allí donde existen
hombres dispuestos a dedicarse, desinteresadamente, al bien de la humanidad.
Estar dentro de la Iglesia no garantiza estar trabajando para Dios, si nuestra
actitud profunda no se adecúa a los criterios del reino que están en cada letra
del evangelio[6]
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