Solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen (2015)

Un ángel se aparecía a la Virgen y le entregaba la palma diciendo: "María, levántate, te traigo esta rama de un árbol del paraíso, para que cuando mueras la lleven delante de tu cuerpo, porque vengo a anunciarte que tu Hijo te aguarda". María tomó la palma, que brillaba como el lucero matutino, y el ángel desapareció. Esta salutación angélica, eco de la de Nazaret, fue el preludio del gran acontecimiento.

Poco después, los Apóstoles, que sembraban la semilla evangélica por todas las partes del mundo, se sintieron arrastrados por una fuerza misteriosa que les llevaba a Jerusalén en medio del silencio de la noche. Sin saber cómo, se encontraron reunidos en torno de aquel lecho, hecho con efluvios de altar, en que la Madre de su Maestro aguardaba la venida de la muerte. En sus burdas túnicas blanqueaba todavía, como plata desecha, el polvo de los caminos: en sus arrugadas frentes brillaba como un nimbo la gloria del apostolado. Se oyó de repente un trueno fragoroso; al mismo tiempo, la habitación de llenó de perfumes, y Cristo apareció en ella con un cortejo de serafines vestidos de dalmáticas de fuego.

Arriba, los coros angélicos cantaban dulces melodías; abajo, el Hijo decía a su Madre: "Ven, escogida mía, yo te colocaré sobre un trono resplandeciente, porque he deseado tu belleza". Y María respondió: "Mi alma engrandece al Señor". Al mismo tiempo, su espíritu se desprendía de la tierra y Cristo desaparecía con él entre nubes luminosas, espirales de incienso y misteriosas armonías. El corazón que no sabía de pecado, había cesado de latir; pero un halo divino iluminaba la carne nunca manchada. Por las venas no corría la sangre, sino luz que fulguraba como a través de un cristal.

Después del primer estupor, se levantó Pedro y dijo a sus compañeros: "Obrad, hermanos, con amorosa diligencia; tomad ese cuerpo, más puro que el sol de la madrugada; fuera de la ciudad encontraréis un sepulcro nuevo. Velad junto al monumento hasta que veáis cosas prodigiosas". Se formó un cortejo. Las vírgenes iniciaron el desfile; tras ellas iban los Apóstoles salmodiando con antorchas en las manos, y en medio caminaba san Juan, llevando la palma simbólica. Coros de ángeles agitaban sus alas sobre la comitiva, y del Cielo bajaba una voz que decía: "No te abandonaré, margarita mía, no te abandonaré; porque fuiste templo del Espíritu Santo y habitación del Inefable". Acudieron los judíos con intención de arrebatar los sagrados despojos. Todos quedaron ciegos repentinamente, y uno de ellos, el príncipe de los sacerdotes, recobró la vista al pronunciar estas palabras: "Creo que María es el templo de Dios".

Al tercer día, los Apóstoles que velaban en torno al sepulcro oyeron una voz muy conocida, que repetía las antiguas palabras del Cenáculo: "La paz sea con vosotros". Era Jesús, que venía a llevarse el cuerpo de su Madre. Temblando de amor y de respeto, el Arcángel San Miguel lo arrebató del sepulcro, y, unido al alma para siempre, fue dulcemente colocado en una carroza de luz y transportado a las alturas. En este momento aparece Tomás sudoroso y jadeante. Siempre llega tarde; pero esta vez tiene una buena excusa: viene de la India lejana. Interroga y escudriña; es inútil, en el sepulcro sólo quedan aromas de jazmines y azahares. En los aires una estela luminosa, que se extingue lentamente, y algo que parece moverse y que se acerca lentamente hasta caer junto a los pies del Apóstol. Es el cinturón que le envía la virgen en señal de despedida.

Esta bella leyenda iluminó en otros siglos la vida de los cristianos con soberanas claridades.

Nunca la Iglesia quiso incorporarla a sus libros litúrgicos, pero la dejó correr libremente para edificación de los fieles. Penetró en todos los países, iluminó a los artistas e inspiró a los poetas. Parece que resurgió, una vez más, en el valle de Josafat, allá donde los cruzados encontraron el sepulcro en el que se habían obrado tantas maravillas y sobre el cual suspendieron tantas lámparas. Como la piedad popular quiere saber, pidiendo certezas y realidades, la leyenda dorada aparece con los rasgos con que el oriental sabe tejerlos entre el perfume del incienso y azahares, adornada con estallidos y decorada con ángeles y pompas del Cielo. Se difunde en el siglo V en Oriente con el nombre de un discípulo de San Juan, Melitón de Sardes, Gregorio de Tours la pasa a las Galias, los españoles la leen en el fervor de la reconquista con peregrinos detalles y toda la Cristiandad busca en ella durante la Edad Media alimento de fe y entusiasmo religioso.

Ni fecha, ni lugar. ¿Cómo fue el prodigio? Escudriñando la Tradición hay un velo impenetrable. San Agustín dice que pasó por la muerte, pero no se quedó en ella. Los Orientales gustan de llamarla Dormición con ánimo de afirmar la diferencia. ¿Tránsito? Separación inefable. Ni el Areopagita, ni Epifanio, ni Dante acertaron a describir lo real indescriptible, inefable: el último eslabón de la cadena que se inicia con la Inmaculada Concepción y, despertando secretos armónicos, apostilla la Asunción con la Coronación que el arte de Fra Angélico se atreve a plasmar con pasta conservada en el Louvre. La Iglesia celebra, junto al Resucitado Hijo triunfante, a la Madre, singularmente redimida, Glorificada desde la Traslación •

Tú Señor,
me has seducido
y yo me dejé,
me has forzado
y has sido más fuerte,
más fuerte que yo.

Pero ves Señor,
ahora soy motivo de risa
todo el día se burlan de mi
porque yo, ¡me he enamorado de Ti!

¡Tú me has seducido Señor!
y yo me dejé seducir,
me has forzado
y has sido mas fuerte que yo
ahora soy sólo para Ti.

Ya ves Señor tu palabra
ha sido humillación
y sacrificios,
por eso, resolví
no hablar más en Tu Nombre
ni volverte a mencionar,
pero, había en mi
como un fuego ardiente
en mi corazón,
prendido a mis entrañas
y aunque ahogarlo yo quería
no podía contenerlo.

¡Tú me has fascinado Jesús!
y yo me dejé enamorar
he luchado contra ti,
contra todo lo que siento,

¡Pero has vencido Tú!,
¡Pero, has vencido Tú!, ¡Tú!


• Hermana Glenda

XIX Domingo del Tiempo Ordinario (B)

Sí: hay veces en que el profeta desfallece. Hay momentos en que nos resulta difícil seguir viviendo. ¿Qué razones tengo para seguir viviendo? –nos preguntamos-. Elías gritó al Señor con idénticas palabras: ¡Quítame la vida, que yo no valgo! ¡Basta, Señor![1]

Nos preguntamos: ¿vale la pena vivir conforme a lo que creo? ¿Para qué luchar por una sociedad más justa, si cada vez la injusticia parece más poderosa? ¿De qué sirven las palabras, cuando el día a día no cambia? La respuesta de Dios a Elías es la misma para cada uno de nosotros: ¡Levántate y come! Dios concede el pan de la vida, el agua de la vida. Y lo hace siempre de forma milagrosa: por medio de algún ángel, de un amigo, de un sacerdote, de un acontecimiento. No hay que desconfiar. Lo peor es huir de la presencia de Dios. Lo peor es no estar dispuesto a comer el pan que viene de Su mano.

No deja de ser una tremenda osadía, el hecho de que Jesús se defina a sí mismo como el pan del Cielo o incluso el pan de la Vida. Aquellos que le escuchaban se remitían a los hechos: ¿No es el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice que es el Pan bajado del Cielo?[2] El Señor sabe qué esto solo lo entiende quien siente amor por dentro. Es la atracción que Dios pone en el corazón de no pocos seres humanos para que coman de este pan y vivan.

Hermano mío, hermana mía, ¿cuando vamos a recibir la Comunión, nos damos cuenta que somos atraídos? Hay unos brazos que nos acogen y no estrechan más allá de nuestra voluntad. La eucaristía es un abrazo invisible, una atracción misteriosa, una fuente de energía (sic) que no tiene comparación en la tierra. Sin embargo también nosotros podemos comer del pan, sin fe, por eso se hace tan importante tomar conciencia, detenernos un momento y pensar a Quién vamos a recibir.

Jesús nació en Beth-lehem, en hebreo esta palabra compuesta significa "la casa (Beth-) del pan (lehem)" ¡Es maravilloso ver cómo la vida de Jesús se detiene en tres momentos muy importantes y se relaciona con el pan: nace en la casa del pan, en el momento culminante de su vida pública multiplica los panes, y un poco antes de morir se entrega a sí mismo en un trozo de pan. Sí, en Bethlehem nació el Pan de la Vida y en Jerusalén en vísperas de la Pascua este pan fue entregado para desaparecer y hacerse vida del mundo.

Jesús –dice la Constitución Lumen Gentium del Concilio en el capítulo VII- atrae desde el cielo a todo el mundo hacia sí. Y en esa ola fuerte de atracción, implica la comunidad y a cada uno de nosotros. Nuestra misión consiste en ayudar a quienes tenemos cerca a no resistir la atracción del Señor que nos seduce[3], hemos de facilitar esa seducción. Quizá la gran tarea que tenemos estos días en manos sea, digámoslo así, desatar ciertas cuerdas para que el globo pueda volar, quitar el freno para que el vehículo comience a andar, abrir las ventanas para que entre el viento.

Cada uno de nosotros somos profetas, misioneros, evangelizadores. En este tiempo de verano disponemos tal vez de muchas ocasiones para disfrutar de lo mejor de nuestra fe y comunicarla a los demás. Hay muchos medios para transmitir el Evangelio. Todo transmite cuando el amor está vivo y activado, cuando está encendido, cuando el corazón está puesto en el Amor Supremo •



[1] Cfr. I Reyes 19,4-8
[2] Cfr. Jn 6, 42.
[3] Cfr. Jer 20,7. 

new-Old-IdeAs

Cuando san Antonio tuvo que buscar un hombre de oración mucho más santo que él, su ángel de la guarda no le envió a un monasterio o al obispo de Alejandría, donde, sin embargo, vivía el gran san Atanasio, sino a una calle insignificante de aquella gran ciudad de perdición, en la que los hombres no distinguían ya su mano derecha de la izquierda, y allí encontró a un humilde zapatero que le convirtió por completo (…) Si deseas encontrar un auténtico hombre de oración, dirígete a los lugares en que permanecen ocultos, sobre todo en el corazón de las ciudades y de los grandes espacios desiertos. Si vas a los monasterios, fíjate en hermanos conversos de edad o en monjes silenciosos. Existen también lugares de gran soledad: los hospitales, las casas de personas ancianas. En ellos hay muchos hombres de oración; pero permanecen ocultos, invisibles. Pide a tu ángel de la guarda que te los descubra. Te bastará verlos para entenderlo todo. Existe una misteriosa red de hombres de oración ocultos como las raíces en el fondo de la tierra, y Dios permite a veces que se encuentren y se descubran en el silencio. Estos se concede gratuitamente • Jean Lafrance

VISUAL THEOLOGY


San Lorenzo fue uno de los siete diáconos de Roma, ciudad donde fue martirizado en una parrilla en el año 258. La tradición sitúa su nacimiento en la ciudad de Huesca (por lo que hoy en día es su Santo Patrón), en la Hispania Tarraconensis. Aunque también hay quien lo sitúa originario de Valencia, lugar a donde sus padres habrían residido un corto espacio de tiempo,  huyendo de las persecuciones. Ya en Roma, en el año 257 siendo Papa Sixto-II, Lorenzo fue ordenado diácono, y encargado de administrar los bienes de la Iglesia y el cuidado de los pobres. Por esta labor, es considerado uno de los primeros Archivistas y Tesoreros de la Iglesia, y es el Patrón de los Bibliotecarios •

Nineteenth Sunday in ordinary time (B)

In today’s first reading we come upon the prophet Elijah, fleeing in the desert from the terrible Queen Jezebel[1]. He was out of food and water.  More than that, he just didn’t have the fortitude to continue to do God’s work.  He laid down under that broom tree, and he said to God, “Look, I just can’t do this anymore. I’m no better than anyone who has come before me.  I just can’t continue your mission to Israel.” And he fell asleep, hoping to die. But the angel of the Lord woke Elijah and gave him food and water. Elijah fell asleep again, and again the angel of the Lord woke Elijah and told him to eat and drink. And, the reading concludes with the nourishment the Lord provided, he walked forty days and forty night to the mountain of God Horeb[2].

Like Elijah in the desert, there are times that all of us feel so spiritually drained that we wonder whether or not we have the strength to complete the particular mission the Lord has for us. There is a mountain we have to journey to, a mountain we have to climb. The mountain is God’s unique plan for each of us. There is a mystery in that although the plan is unique, it encompasses a position in life that we share with many people.  For example, many people are called to be parents, but each person is called to be a parent in a unique way.

The same came be said for all vocations in life. The plan is a mountain.  The journey is our lives.  It takes a tremendous amount of strength and determination to be a good husband or good wife, a good parent and even a good child, a good priest, or a good Teen.  It takes a great effort to be a true follower of Christ.  It takes a tremendous determination to allow God’s plan for us to take place.  It is much easier to just give up.

We have a gift far greater than Elijah received.  It is not an angel of the Lord that is telling us to take and eat.  It is Jesus Christ who gives us the nourishment we need to complete the work with which we have been entrusted. And we are not given just a hearth cake and water; we are given the very Body and Blood of the Lord to help us complete the journey of the Lord. We all, myself included, need to remind ourselves of the tremendous gifts we have received from God so we are able to serve Him. We have received the gift of Jesus Christ, the eternal Word become one of us. It is difficult for us to comprehend the depth of this gift.  Like the people in the Gospel, we often treat the Lord as a great man, but nothing more than a man. Perhaps, we have overemphasized the humanity of the Lord to such a point that we overlook His divinity.  Jesus is God, one with the Father and the Spirit at the creation of the universe.  The whole Gospel of John was written to combat the denial of the divinity of Christ. 

Our belief in the presence of the Lord in the Eucharist begins with our recognition of his divinity. If He were not God, He could not transform bread and wine into His body and blood. 

As we come to a greater awareness that the communion we receive is the Body of Christ, we realize that this divine nourishment is far more than a meal of fellowship. This is the food that provides the spiritual strength for us to make it through the week.

God does not demand the impossible from us. He does not give us more than we can handle. He gives us all that we need to complete the journey of our lives to His Mountain. The mountain is the goal of our lives. The mountain is the reason why He created each of us.  We have to believe in Him. We have to trust in Him. With the food that He gives us, His very body and blood, we can complete the journey: we can be good Christians and for some of us good priests and religious. With the nourishment He gives us, the Eucharist, we can live well and die well •



[1] Jezebel had sworn to kill Elijah in retaliation for Elijah’s killing the false prophets of Baal on Mt.  Carmel.  Elijah fled to the desert.  He would try to cross it.  He knew that the soldiers wouldn’t think he would go there.  No one could survive crossing the desert. That’s where we find Elijah in that first reading. Elijah had had enough. 
[2] 19th Sunday of Ordinary Time (B), August 9, 2015. Readings: 1 Kings 19:4-8; Responsorial Psalm 34:2-3, 4-5, 6-7, 8-9;Ephesians 4:30-5:2; John 6:41-51.

No podemos caminar,
con hambre bajo el sol.
Danos siempre el mismo pan,
Tu Cuerpo y Sangre, Señor.

Comamos todos de este pan,
el pan de la unidad.
En un cuerpo nos unió el Señor,
por medio del Amor.

Señor, yo tengo sed de Ti,
sediento estoy de Dios.
Pero pronto llegaré a ver,
el rostro del Señor.

Por el desierto, el pueblo va,
cantando su dolor,
en la noche brillará Tu luz,

nos guía la verdad •

XVIII Domingo del Tiempo Ordinario (B)

Para san Pablo, el hombre que se ha encontrado con Cristo es un hombre nuevo. Él podía decir esto desde su propia experiencia[1]. De aquel hombre fanático y virulento que iba camino de Damasco no quedó nada; del silencio y del retiro que siguió al encuentro con Cristo surgió otro hombre nuevo cuyo norte varió notablemente. Para San Pablo casi nada de lo que importaba a los hombres tenía importancia: su jerarquía de valores había cambiado, justo por eso se atreve a decir que después del encuentro con Cristo no se puede ir por la vida con la vaciedad de criterios como los de los gentiles, es decir, aquellos que aún no conocían a Jesús.

Vivimos inmersos en un mundo que no quiere conocer a Jesucristo, y los que lo conocemos a veces actuamos como si Él no existiera. Vivimos en un mundo que nos invita a gozar, y deprisa, un mundo en el que lo que importa es tener dinero, influencia, categoría, belleza; tener placer inmediato e intenso, un mundo en el que no importa "ser", sino "tener". Estamos criando generaciones de hombres y mujeres incapaces de encontrar en su vida un contenido transcendente [y si no que alguien nos explique detenidamente el sentido, por ejemplo, de los salones de belleza “de juguete” que hay para las niñas en los centros comerciales y la adicción generalizada a los video juegos llenos de violencia]. 

Para el cristiano el mundo es un lugar de encuentro con los hombres –con todos ¿eh? Bueno y malos, con globos azules y rosas, o de colores- para intentar descubrir el gran secreto del Reino de Dios. Para el cristiano la vida no es únicamente para gozarla, sino para vivirla serena y profundamente en la alegría de la entrega a los otros hombres por cuyos problemas se tiene interés; para vivirla encontrando en la familia el sitio ideal del desarrollo y de enriquecimiento mutuo.

Hermano mío, hermana mía: quizá somos cristianos de nombre pero no nos hemos encontrado con el Señor de verdad; no hemos oído y no hemos dejado que su Espíritu renueve nuestra mentalidad. Hoy la liturgia de la Palabra nos invita a detenernos un momento y a pensar si no seremos exactamente iguales a los hombres y mujeres de la época de san Pablo, aquellos que vivían “en la vaciedad de sus criterios”[2].

El Señor nos conceda, en su ternura y misericordia, no correr tras los bienes terrenos, y poner nuestro interés y nuestro corazón en la búsqueda de Jesús, nos conceda gritar a los hombres que hay un vacío en el alma que no llena la cuenta bancaria ni el capricho; que hay un vacío en el alma del ser humano que sólo lo llena Dios. Está haciendo mucha falta gritar esta verdad en medio de éste mundo nuestro tan lleno de escaparates que ofrecen trozos de pan que tanto se antojan pero que no alimentan y mucho menos sacian •



[1] Cfr. Hch. 22.6-16; 26.12-18.
[2] Cfr. Dabar, 1985, n. 40.

nEw-Old-iDeAS

Las ventoleras del desierto dejan los caminos desolados... ¿Qué son? ¿Qué ocurre cuando mordemos la arena que golpea nuestro rostro? Describir estas sacudidas en la "nada". No lo creemos posible. Escapa a cualquier intento. Poco importa: lo sabemos muy bien, pues lo hemos aprendido en casa. No allá lejos. En casa; sí, en casa. Porque el desierto está en casa, aquí mismo, sin distancia. Pero debajo, sí, debajo está la paz. Las superficies son harto movedizas y, por lo mismo, cambian y mueren. No tienen consistencia, casi no son. Si buscamos lo que "es", descendamos a la hondura, más profundamente, donde podemos hallar la verdad y la vida. Lo más cierto no es lo más manifiesto, ni lo más difundido, o querido, o "vulgar". Lo más cierto (digámoslo así) siempre se halla escondido, como el tesoro en el campo. No es una historia de cáscaras o de superficies, o de simples cosillas exteriores. Nada de eso. Es preciso, siempre, aventurarse y buscar, aunque parezca insólito y hasta peligroso. Si quieres internarte en el desierto verdadero, que no tiene "por-qué", ni es esto o aquello, desciende y despréndete de superficies, de superficialidades, y de todas esas cosas que brillan demasiado. Sumérgete y recibe... Luego verás • Ermitaño urbano 

VISUAL THEOLOGY


Icon of the Transfiguration of Our Lord, second half of the 13th century, demonstrating the use of pale green steatite with traces of gold, Holy Monastery of Xenophont, Mount Athos •

Eighteenth Sunday in Ordinary Time (B)

The people in today’s Gospel reading had to work hard to find Jesus.  They wanted more loaves and fish, and put themselves out to get it. Jesus addresses the difference between the food that they sought and the food that they need. They sought a food that would eventually leave them hungry. He could provide a food that would fill them forever.  He Himself is that food, the Bread of Life.  He will give Himself.  He is the food that hungry people really need[1]. What is the food that we are seeking?  Certainly, all of us want to be happy.  Sane people throughout the world have this as their goal.  But most of our happiness is merely temporary pleasure.  It is fleeting. Where can lasting happiness be found?

St. Ignatius of Loyola, the founder of the Jesuits, asked himself this question as he lay in a convent recuperating from a war injury. Ignatius was a Spanish soldier living a wild life, an immoral life. Then his leg had been crushed by a canon ball. In those days, the 16th century, people would often die from infection after a wound like this, but Ignatius survived.  He was bedridden in the convent for months.  When he was able to read, he wanted to read the stories of legendary heroes and adventurous knights. He always loved those and used to read them avidly. But the good sisters didn’t have any of those sorts of books in the convent. All they had was a life of Christ and the lives of the saints.  That is all Ignatius could read.  After a while he became enthralled.  He wondered if he could ever be a hero in the Church like St. Francis or St. Dominic or any of the saints.  But, he writes, he would often go back to thinking about the books of adventure he used to read.  He liked thinking about them. For a little while, anyway. But he noticed that even the pleasure he felt when he remembered those books was fleeting.  He then thought about how he felt when he reflected on the books the sisters provided. This pleasure was not fleeting.  Ignatius eventually used this as the basis of his spiritual exercise on the discernment of spirits.  Basically, he was seeking that which could give lasting happiness and found it in Jesus Christ.

 “The problem with you folks,” Jesus says in the gospel reading, “is that you are looking for bread that will perish.  Instead, I can give you bread that is for all eternity.”  He is talking to us.  We work so hard, we do so much for that which is transitory, passing. And we put so little effort into that which really matters, that which lasts forever.

Consider this: what is the definition of a successful life?  Too many, if not most people in our country, the degree of a person’s success is in direct proportion to the amount of that person’s possessions. So by the standards of the world the person who works hard all of his or her life to afford the best of everything is seen as a success. But all this passes away. Don’t squander your time the Lord is saying.  Work for bread that lasts, not bread that perishes.

What is the bread that lasts?  What is that which contains within it the element of eternity?  Eternity can only be found in that which contains within it the presence of Jesus Christ.  Jesus is the eternal one.  Actions which bear his imprint are forever.  Actions which are separate from the Lord are a waste of time, a waste of energy and a waste of the potential we have for greater happiness.

Nothing matters in life, nothing, except that which flows from the Lord and that which leads to the Lord.  All the rest is a squandering of our time and energy.

This morning we pray that we might make the best use of the time and talent the Lord has given us so that we can live for that which provides eternal happiness: the Bread of Life •



[1] 18th Sunday of Ordinary Time (B), August 2, 2015. Readings: Exodus 16:2-4, 12-15; Responsorial Psalm 78:3-4, 23-24, 25, 54; Ephesians 4:17, 20-24; John 6:24-35.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris


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