XVIII Domingo del Tiempo Ordinario (B)

Para san Pablo, el hombre que se ha encontrado con Cristo es un hombre nuevo. Él podía decir esto desde su propia experiencia[1]. De aquel hombre fanático y virulento que iba camino de Damasco no quedó nada; del silencio y del retiro que siguió al encuentro con Cristo surgió otro hombre nuevo cuyo norte varió notablemente. Para San Pablo casi nada de lo que importaba a los hombres tenía importancia: su jerarquía de valores había cambiado, justo por eso se atreve a decir que después del encuentro con Cristo no se puede ir por la vida con la vaciedad de criterios como los de los gentiles, es decir, aquellos que aún no conocían a Jesús.

Vivimos inmersos en un mundo que no quiere conocer a Jesucristo, y los que lo conocemos a veces actuamos como si Él no existiera. Vivimos en un mundo que nos invita a gozar, y deprisa, un mundo en el que lo que importa es tener dinero, influencia, categoría, belleza; tener placer inmediato e intenso, un mundo en el que no importa "ser", sino "tener". Estamos criando generaciones de hombres y mujeres incapaces de encontrar en su vida un contenido transcendente [y si no que alguien nos explique detenidamente el sentido, por ejemplo, de los salones de belleza “de juguete” que hay para las niñas en los centros comerciales y la adicción generalizada a los video juegos llenos de violencia]. 

Para el cristiano el mundo es un lugar de encuentro con los hombres –con todos ¿eh? Bueno y malos, con globos azules y rosas, o de colores- para intentar descubrir el gran secreto del Reino de Dios. Para el cristiano la vida no es únicamente para gozarla, sino para vivirla serena y profundamente en la alegría de la entrega a los otros hombres por cuyos problemas se tiene interés; para vivirla encontrando en la familia el sitio ideal del desarrollo y de enriquecimiento mutuo.

Hermano mío, hermana mía: quizá somos cristianos de nombre pero no nos hemos encontrado con el Señor de verdad; no hemos oído y no hemos dejado que su Espíritu renueve nuestra mentalidad. Hoy la liturgia de la Palabra nos invita a detenernos un momento y a pensar si no seremos exactamente iguales a los hombres y mujeres de la época de san Pablo, aquellos que vivían “en la vaciedad de sus criterios”[2].

El Señor nos conceda, en su ternura y misericordia, no correr tras los bienes terrenos, y poner nuestro interés y nuestro corazón en la búsqueda de Jesús, nos conceda gritar a los hombres que hay un vacío en el alma que no llena la cuenta bancaria ni el capricho; que hay un vacío en el alma del ser humano que sólo lo llena Dios. Está haciendo mucha falta gritar esta verdad en medio de éste mundo nuestro tan lleno de escaparates que ofrecen trozos de pan que tanto se antojan pero que no alimentan y mucho menos sacian •



[1] Cfr. Hch. 22.6-16; 26.12-18.
[2] Cfr. Dabar, 1985, n. 40.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris