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Las ventoleras del desierto dejan los caminos desolados... ¿Qué son? ¿Qué ocurre cuando mordemos la arena que golpea nuestro rostro? Describir estas sacudidas en la "nada". No lo creemos posible. Escapa a cualquier intento. Poco importa: lo sabemos muy bien, pues lo hemos aprendido en casa. No allá lejos. En casa; sí, en casa. Porque el desierto está en casa, aquí mismo, sin distancia. Pero debajo, sí, debajo está la paz. Las superficies son harto movedizas y, por lo mismo, cambian y mueren. No tienen consistencia, casi no son. Si buscamos lo que "es", descendamos a la hondura, más profundamente, donde podemos hallar la verdad y la vida. Lo más cierto no es lo más manifiesto, ni lo más difundido, o querido, o "vulgar". Lo más cierto (digámoslo así) siempre se halla escondido, como el tesoro en el campo. No es una historia de cáscaras o de superficies, o de simples cosillas exteriores. Nada de eso. Es preciso, siempre, aventurarse y buscar, aunque parezca insólito y hasta peligroso. Si quieres internarte en el desierto verdadero, que no tiene "por-qué", ni es esto o aquello, desciende y despréndete de superficies, de superficialidades, y de todas esas cosas que brillan demasiado. Sumérgete y recibe... Luego verás • Ermitaño urbano 

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris