Es la esperanza de Adviento
la esperanza de María,
es la divina ternura
que en su seno florecía.

Es la esperanza de Adviento
la esperanza de Isaías,
santificada en la fe,
bañada en la profecía.

En ti, Señor, confié,
nunca seré confundido.

Es la esperanza de Adviento
el Precursor del Mesías,
el que anunciaba un bautismo
del Espíritu que ardía.

Es la esperanza de Adviento
el grito que Dios oía:
el silencio de los pobres,
la oración que a Dios subía.

En ti, Señor, confié,
nunca seré confundido.

Es la esperanza de Adviento
la Iglesia que a Dios gemía,
la esposa del Hijo amado,
callada mientras sufría.

Es la esperanza de Adviento
mi alma dulce y bravía:
¡ven, Jesús, en carne pura,
y tráeme tu alegría!

En ti, Señor, confié,
nunca seré confundido

P. Rufino María Grández, ofmcap.

Puebla, 6 diciembre 2010

I Domingo de Adviento (B)

Tenemos delante de nosotros cuatro maravillosas semanas para abrirnos a la esperanza. La Esperanza se llama Jesús, que quiere decir Dios con nosotros[1]. Es la respuesta rotunda y resonante a este mundo roto, y vacilante; a esta ola de violencia, odios e impotencias. Aunque nos cueste, aunque nos duela volver a empezar, al final podremos ver el triunfo que nos mueve a prepararnos para depositar en nuestro corazón la Esperanza.

Pero, en la práctica, ¿cómo podrán ser diferentes a las otras estas cuatro semanas que preceden a la Navidad, si resulta que en la vida diaria, en casa, en la oficina, los días se suceden tan parecidos unos a otros? La Iglesia nos explica, con su liturgia –colores- adornos, lecturas- que entramos en un tiempo concreto y nos recuerda amablemente que si no nos detenemos con atención ante el misterio del Adviento, la Navidad pasará como pasa el agua por encima de las piedras del rio, sin mojar jamás su interior.

El Adviento debe despertar nuestra espera de Cristo. Es el momento de preguntarnos: ¿Esperamos verdaderamente al Señor? ¿Lo esperamos no con un egoísmo posesivo, sino también para nuestros hermanos, para el mundo? De generación en generación, trabajosa, dolorosamente, la Humanidad busca su felicidad. Nosotros, que sabemos dónde está la verdadera felicidad del hombre y de quién hay que esperarla, ¿qué hacemos para que los demás vuelvan sus ojos y sus corazones al Dios que viene a nosotros en Navidad?

¡Si tuviéramos respuestas de vida abundantes a este inmenso clamor de los hombres! En medio de tanto dolor, de tanta incertidumbre ¿damos a los demás razones de nuestra esperanza y, antes, sabemos en dónde está puesta? Aún más: ¿qué debemos hacer para contagiar a los demás nuestra esperanza? El auténtico Adviento procede del interior.

Cerca de nosotros –vecinos, compañeros de trabajo, ¡redes sociales!- hay tantos hombres y mujeres que no esperan a Aquél a quien nosotros esperamos y, sin embargo, esperan al menos un poco de alegría y paz. La espera está inscrita en el fondo de todo corazón. Puede que el primer paso hacia ellos, la primera manera de amarlos, sea estar atentos a su espera; compartir su espera para hacerles partícipes de la Buena Noticia. A veces somos tan frívolos y tan superficiales que no nos damos cuenta que un clamor de esperanza recorre todo nuestro tiempo, y que a nuestro lado una inmensa mayoría de personas que siguen buscando entre la niebla razones para poder luchar por algo o alguien que sea el sentido de su existencia.

Si nosotros hemos encontrado la esperanza –y vaya que la hemos encontrado, de otra manera no estaríamos hoy aquí- debemos ayudar a los demás a que puedan descubrir el mismo camino[2].

Los cristianos necesitamos en este camino del Adviento dirigirnos al Padre con un grito, desgarrador y sincero, para que se abran de nuevo los cielos y el Justo aparezca como el resplandor y el camino de toda la humanidad. Podemos hacer nuestras las palabras entrañables del profeta: que los cielos lluevan su justicia, pero que la lluvia venga bien cargada de Esperanza. Este sea nuestro grito del Adviento. Y una mirada llena de Esperanza a la Madre de Dios [3]




[1] Cfr. Mt 1, 22.
[2] F. Borau, Dabar 1993, n. 1
[3] Cfr. Is 45, 8.

nEw-olD-iDeAS


Ea, hombrecillo, deja un momento tus ocupaciones habituales; entra un instante en ti mismo, lejos del tumulto de tus pensamientos. Arroja fuera de ti las preocupaciones agobiantes; aparta de ti tus inquietudes trabajosas. Dedícate algún rato a Dios y descansa siquiera un momento en su presencia. Entra en el aposento de tu alma; excluye todo, excepto Dios y lo que pueda ayudarte para buscarle; y así, cerradas todas las puertas, ve en pos de él. Di, pues, alma mía, di a Dios: "Busco tu rostro; Señor, anhelo ver tu rostro". Y ahora, Señor, mi Dios, enseña a mi corazón dónde y cómo buscarte, dónde y cómo encontrarte. Señor, si no estás aquí, ¿dónde te buscaré, estando ausente? Si estás por doquier, ¿cómo no descubro tu presencia? Cierto es que habitas en una claridad inaccesible. Pero ¿dónde se halla esa inaccesible claridad?, ¿cómo me acercaré a ella? ¿Quién me conducirá hasta ahí para verte en ella? Y luego, ¿con qué señales, bajo qué rasgo te buscaré? Nunca jamás te vi, Señor, Dios mio; no conozco tu rostro. ¿Qué hará, altísimo Señor, éste tu desterrado tan lejos de ti? ¿Qué hará tu servidor, ansioso de tu amor, y tan lejos de tu rostro? Anhela verte, y tu rostro está muy lejos de él. Desea acercarse a ti, y tu morada es inaccesible. Arde en el deseo de encontrarte, e ignora dónde vives. No suspira más que por ti, y jamás ha visto tu rostro. Señor, tú eres mi Dios, mi dueño, y con todo, nunca te vi. Tú me has creado y renovado, me has concedido todos los bienes que poseo, y aún no te conozco. Me creaste, en fin, para verte, y todavía nada he hecho de aquello para lo que fui creado. Entonces, Señor, ¿hasta cuándo? ¿Hasta cuándo te olvidarás de nosotros, apartando de nosotros tu rostro? ¿Cuándo, por fin, nos mirarás y escucharás? ¿Cuándo llenarás de luz nuestros ojos y nos mostrarás tu rostro? ¿Cuándo volverás a nosotros? Míranos, Señor; escúchanos, ilumínanos, muéstrate a nosotros. Manifiéstanos de nuevo tu presencia para que todo nos vaya bien; sin eso todo será malo. Ten piedad de nuestros trabajos y esfuerzos para llegar a ti, porque sin ti nada podemos. Enséñame a buscarte y muéstrate a quien te busca; porque no puedo ir en tu busca a menos que tú me enseñes, y no puedo encontrarte si tú no te manifiestas. Deseando te buscaré, buscando te desearé, amando te hallaré y hallándote te amaré Del tratado de San Cipriano, obispo y mártir, sobre los bienes de la paciencia, CSEL 3, 406-408)

VISUAL THEOLOGY


La corona de Adviento es una tradición cristiana que simboliza el transcurso de las cuatro semanas del Adviento. Comenzando el primer domingo de Adviento, el encendido de una vela se acompaña de la lectura de la Sagrada Escritura. Durante las siguientes tres semanas se encienden el resto de las velas hasta que, en la semana anterior a la Navidad, las cuatro velas están encendidas. El anillo o corona de ramas de árbol perenne decorado con velas era un símbolo en el norte de Europa mucho antes de la llegada del cristianismo, que al igual que con otras tradiciones acabó siendo integrado en su simbología. El círculo es un símbolo universal relacionado con el ciclo ininterrumpido de las estaciones, mientras que las hojas perennes y las velas encendidas significan la persistencia de la vida en mitad del duro y oscuro invierno. Algunas fuentes sugieren que la corona, reinterpretada como un símbolo cristiano, era de uso común en la Edad Media, mientras que otras consideran que no se estableció como tradición cristiana hasta el siglo XVI en Alemania. El uso como calendario previo al día de Navidad se atribuye ampliamente a Johann Hinrich Wichern (1808-1881), un pastor protestante alemán, pionero en el trabajo misionario entre los pobres de las ciudades. Era 1839, y los niños de una escuela que Wichern había fundado preguntaban a diario si el día de Navidad había llegado. El pastor construyó un anillo de madera, hecho con una vieja rueda de carreta, con diecinueve velas rojas pequeñas y cuatro velones blancos. Encendieron una vela pequeña cada día de la semana durante el Adviento, y los domingos, una de las cuatro velas grandes

First Sunday of Advent (B)

The first reading for this, the First Sunday of Advent, has many verses that are key to our understanding of Advent. The prophet calls upon God to come down from heaven. He says that when the Lord does come he will come in power and might. He is the Awesome God. No ear has heard or eye has seen the might of God. We are the clay, he is the potter. We are the work of his hands. Six hundred years after the first reading, St. Paul returned to this passage recognizing that the  prophet was speaking about Jesus Christ and the power and might of the Kingdom of God, and our role in that Kingdom[1].

It is the second verse of the readings from Isaiah[2], that caught my attention, though. The prophet voices the complaints of the Hebrew people against God. They know that they were responsible for their own pain and suffering, but they complain to God: “Why do you let us wander from your ways?”  This strikes a chord with me, and perhaps with you.  I witness the devastation caused by sin, my own sin and that of others, and I get angry with God for allowing me and others to sin. Maybe you have experienced the same sentiments. Perhaps you, and I, have complained, “Why, Lord, did you let me go there? Why, Lord, did you let me destroy my life and the lives of others?”

Like the human beings that we are, we blame God for letting us wander from Him. Of course, we try to blame God to lessen our own guilt. We certainly don’t want to be reduced to animals and not have free will, not have the ability to make choices in life. But we have to cast the blame to someone other than ourselves; so we blame God. “Why do you let us wander from your ways, and harden our hearts so that we no longer fear you, O God,” the passage from Isaiah begins.

But then Isaiah says that God will come in power to heal us, to free us from the devastation of our lives. We have to wait for Him. This is the theme of the First Sunday of Advent! We have to trust in God, hope in God, and wait for Him to come to set us free from the mess; whether this mess is the mess of mankind who continually chooses hatred and sin over love and virtue, or the messes created by every person who choose selfishness over sacrifice.

Like the loving Father that He is, God sees our hurt, our pain, and hurts for us, even if our wounds have been self inflicted. He promises us a Savior to free the world from its chaos and to free you and me from our turmoil. Jesus Christ came to release the world from the power of evil. He came to free you and me from the power of evil. He did this through his death on the cross. His total sacrifice to the will of the Father was the supreme act of love for His Father’s creation. He did this for you and for me. Now, He calls us to make a new commitment to His Love.

And so we watch for Him to come into our lives. We watch for the Divine Healer to come and lead us into His love. We watch for the times, more than we could imagine, when God extends His love to us.  We watch for the times when we can serve His love by serving others. We watch for the opportunities to unite ourselves closer to His love through prayer and sacrifice. We wait. We watch. We watch for opportunities to grow. Advent, the time of watching reminds us that our entire lives must be a watching for ways that we can grow more spiritual, grow closer to Christ.

And He will come. Advent is a time of hope.  Our hope is in the Lord, who made heaven and earth, we pray[3]. We call on Him throughout Advent and throughout our lives, Tear a hole in the wall between heaven and earth, rend the heavens and come down.  Show us your power, your awesome deeds, and heal us with your love. For our hope is in you, O Lord. You are far more powerful than we are. We cannot create any horrible situation, any mess, that you in your love cannot or will not heal. Marantha. Come, Lord Jesus![4]



[1] The First Sunday of Advent (B), November 30, 2014. Readings: Isaiah 63:16b-17, 19b; 64:2-7; Responsorial Psalm 80:2-3, 15-16, 18-19; 1 Corinthians 1:3-9; Mark 13:33-37.
[2] Isaiah 63:17.
[3] in Psalm 124.
[4] Maranatha (either מרנא תא: maranâ thâ' or מרן אתא: maran 'athâ' ) is a two-word Aramaic formula occurring only once in the New Testament (see Aramaic of Jesus) and also in the Didache, which is part of the Apostolic Fathers' collection. It is transliterated into Greek letters rather than translated and, given the nature of early manuscripts, the lexical difficulty lies in determining just which two Aramaic words comprise the single Greek expression, found at the end of Paul's First Epistle to the Corinthians (1Cor 16:22 ).If one chooses to split the two words as מרנא תא (maranâ thâ), a vocative concept with an imperative verb, then it can be translated as a command to the Lord to come.

Alzado en cruz de amor Jesús es Rey,
que a título de Rey es condenado,
el Rey de los Judíos, el Mesías,
el Rey del Universo, el Hijo amado.

De nadie sino suya es la corona
del reino del amor en Cruz ganado,
que nadie entre los hijos de los hombres
como él por sus hermanos ha luchado.

Que sean los pecados ya vencidos
peana de tu gloria, ¡oh ensalzado!,
y el mundo nuevo surja de tu pecho,
cual tú, mirando al Padre, lo has pensado.

Tu reino no es malicia ni violencia,
ni vences cuando el hombre es aplastado;
tu reino es comunión y casa unida
y paz del pecador reconciliado.

Y reinas ya, Jesús, como primicia
del reino que esperamos consumado;
abiertos nuestros ojos a la vida,
a ti te ven, ¡oh bello y coronado!

¡Jesús, Señor, medida y hermosura,
principio y fin de todo lo creado,
bendito eternamente, oh bien perfecto,
Rey nuestro, por nosotros aclamado!
Amén

Jerusalén, solemnidad de Jesucristo Rey del universo,

1985, R. M. Grández (letra) – F. Aizpurúa (música), Capuchinos

Jesucristo Rey del Universo (2014)

Cuenta el P. Gafo una interesante narración (que no un cuento chino): «Un mandarín tuvo una visión. Vio el infierno con demonios hambrientos y enflaquecidos que parecían esqueletos. Estaban sentados delante de un enorme plato con arroz. En sus manos tenían unas enormes cucharas de unos dos metros de longitud. Cada demonio intentaba coger la mayor cantidad posible de arroz. Sin embargo cada uno obstaculizaba al otro con su larga cuchara, sin que ninguno llegase a comer nada. El mandarín, espantado, apartó su mirada de aquella visión... Más tarde llegó al cielo. Allí vio el mismo gran plato con el arroz y las mismas largas cucharas que no les causaban ninguna dificultad a los elegidos que ahí estaban. Ninguno podía alimentarse con su instrumento, pero cada uno alimentaba con la cuchara al otro»[1].

La semejanza con el evangelio que acabamos de escuchar es más que evidente. «El infierno son los otros» decía Sartre. El infierno son los otros cuando cada uno se empeña en comer para sí mismo. Y el cielo son los otros cuando no nos preocupamos de nosotros mismos, sino de alimentar a los hermanos ¡ese es el cielo al que aspiramos! Ese el Reino de Dios que comenzamos ya a construir pero que ¡humanos al fin! Nos distraemos y confundimos con reinados terrenales, y por lo mismo efímeros.

El contrasentido más grave que hemos hecho los humanos es haber convertido a Jesús, rey desde la cruz, en un rey a la manera de este mundo, es decir, poniéndolo como estandarte en la lucha contra los moros[2], los indios[3], y los revolucionarios liberales o comunistas. En nombre de Cristo se puede morir, pero no se pueden justificar los crímenes. En el reino de Dios no cabe imposición ni odio ni, por tanto, victoria del hombre sobre el hombre. En las victorias humanas hay vencedores y vencidos; hay siempre imposición de unos sobre otros. En cambio, el reino de Dios es la victoria sobre la opresión y la muerte, y se inaugura con el perdón de Jesús desde la cruz: Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen[4]. Todo lo demás es consecuencia de éste perdón y de éste amor.

Este domingo, el último del año litúrgico, podemos preguntarnos qué tiene ver el evangelio que acabamos de escuchar y que hace prevalecer el amor a la hora del juicio, con la fiesta que celebramos (Jesucristo Rey del universo). El Señor deja muy claro cómo es el Reino de Dios, y cómo se entra en él. Con frecuencia nos cuesta entender que no es el poder el lugar de encuentro con Dios, sino que Dios se manifiesta en el semejante que llora, sufre, trabaja... y ahí, en ellos, Él nos espera. Si olvidamos esta verdad tan elemental, corremos el riesgo de tomar las armas para defender la civilización cristiana como si ésta fuera ya el Reino de Dios, volviéndonos fanáticos y violentos.

Alrededor de nosotros hay personas que tiene hambre, que están desnudas, que son perseguidas, que necesiten quién les escuche y les consuele -¡hemos perdido tanto esa capacidad de consolar a los demás!- con nuestra actitud a veces egoísta donde no existe la solidaridad no existe el reino inaugurado por Cristo. El Señor quiere  que el sediento beba, el hambriento se sacie, el preso rompe sus cadenas[5], y sobre todo que nos reconozcamos unos a otros como hermanos, ¿qué estamos haciendo? ¿Existe por lo menos el deseo de empezar?



[1] J. Gafo, Palabras en el corazón. A. Mensajero, Burgos, 1992, p. 259 ss.
[2] Nos referimos a la Reconquista, el proceso histórico en el que los reinos cristianos de la península ibérica buscaron el control en poder del dominio musulmán. Este proceso tuvo lugar entre los años 722 (fecha probable de la rebelión de Pelayo) y 1492 (final del Reino nazarí de Granada).
[3] La conquista de América es el proceso de exploración, conquista y asentamiento en el Nuevo Mundo por España y Portugal en el siglo XVI, y otras potencias europeas posteriormente, después del descubrimiento de América por Cristóbal Colón en 1492. La Conquista dio lugar a regímenes virreinales y coloniales muy poderosos que resultaron en la asimilación cultural de los indígenas y su sometimiento a las leyes de las potencias conquistadoras
[4] Lc 23, 24.
[5] Cfr. Sal 115. 

neW-oLd-idEaS

La perfección no es para quienes se esfuerzan por sentir, parecer y actuar como si fueran perfectos: es únicamente para quienes son plenamente conscientes de que son pecadores, como el resto de los seres humanos, pero pecadores amados, redimidos y cambiados por Dios. La perfección no es para quienes se aíslan en las torres de marfil de una imaginaria impecabilidad, sino únicamente para quienes se arriesgan a empañar su supuesta pureza interior, sumergiéndose plenamente en la vida como hay que vivirla inevitablemente en este imperfecto mundo nuestro: la vida con sus dificultades, sus tentaciones, sus decepciones y sus peligros. La perfección no es tampoco para quienes viven sólo para sí mismos y se ocupan únicamente del embellecimiento de sus almas. La santidad cristiana no es meramente un asunto de recogimiento u oración interior. La santidad es amor: el amor a Dios por encima de todos los demás seres, y el amor a nuestros hermanos en Dios. Tal amor exige, en último término, el completo olvido de nosotros mismos T. Merton, La vida silenciosa.

VISUAL THEOLOGY

Maiestas Domini o Cristo en Majestad es una iconografía del cristianismo utilizada tanto en pintura como en escultura y mosaico, que representa la figura de Cristo en actitud triunfante y que consta de unas características particulares. Recibe también el nombre de Pantocrátor. Esta iconografía no debe confundirse con las Majestades o Cristo Majestad que son crucifijos en que aparece Cristo con una túnica ceñida, con expresión de estar vivo y generalmente con una corona. Este tipo de iconografía fue muy común en la Cataluña románica

The Solemnity of Our Lord Jesus Christ, King of the Universe (2014)

November 23, 1927. The dirty walls of the place of execution resounded with the shout, “Viva Cristo Rey! Long Live Christ the King!” And Blessed Miguel Pro completed his life, his arms held out wide in the form of a cross. His shout was the defiant cry of the Cristeros, the Catholics of Mexico who were determined to restore the reign of Jesus Christ in a land that was suffering the most intense anti-Catholic persecution since the time of Elizabeth I of England.

Miguel Pro was born to a family of miners in Guadalupe, Mexico in 1891.  He was a very spiritual child. He was adventurous.  He was witty.  He was intelligent.  He was called “Cocol” because as a child when he almost killed himself on one of his adventures, he regained consciousness with his frantic parents and relatives praying around him, and said, “I want Cocol,” a sweet bread. Cocol would become the endearing name his family would call him, and his clandestine name when he became a priest.

At 20 years old Miguel embraced his passion to live for Kingdom of Jesus Christ.  He renounced the world and entered the Society of Jesus, the Jesuits, in El Llano, Mexico. At that time it was dangerous to be a Catholic in Mexico, even more dangerous to be a priest.  By 1914 the seminary was closed and the seminarians fled to Texas and New Mexico, where Miguel continued his education, eventually being sent to study in Spain and in Belgium. Meanwhile, back in Mexico, a new constitution made it illegal for Catholics to practice their faith outside of a few designated churches.  The country continually looked for ways to destroy the faith.  Its prime method was to eliminate priests.

Miguel was ordained a priest in Belgium in 1925. He had numerous stomach ailments and operations.  It looked like his life would come to an early end.  Perhaps he used this to convince his superiors to allow him to return to Mexico to see his family once more.  Once he arrived he joined the fight for Christ in his homeland.  The situation in Mexico was grave.  The new president, Calles, declared that he had a personal hatred for Jesus Christ and vigorously enforced anti-Catholic measures throughout the country. In Miguel’s home state of Tabasco, the governor, Canabal, closed all Churches and forced the priests whom he did not kill into hiding. Fr. Miguel Pro found ways to reach out to the people. Catholics in a village would receive a letter saying that Cocol was coming. He would come in the middle of the night dressed as a beggar and baptize infants, bless marriages and celebrate Mass.  He would appear in a jail dressed as a police officer and bring communion to condemned Catholics. He would go into the rich neighborhoods to procure funds for the poor of Mexico City dressed as a fashionable businessman, complete with a fresh flower on his lapel. He very quickly became a hero for the faith among the Catholics of Mexico.  The government learned about him and sought out ways to discredit him while looking to arrest him. He was accused of involvement in an assassination attempt on the former president; caught, arrested and quickly sent to the firing squad. President Calles had the scene meticulously photographed and published on the front pages of all of the newspapers of Mexico in order to scare the Catholics into submission. He even allowed a funeral convinced that no one would come and giving him the opportunity to say that the faith, like Miguel Pro, was dead.  Instead 20,000 to 30,000 people came. Throughout the funeral they shouted Fr. Pro’s last words, “Viva Cristo Rey.”

Sixty one year later, on September 25, 1988, Miguel Pro was beatified by Pope St. John Paul II as an American martyr.  Today is His feast day, the anniversary of his death, November 23rd.

 “Viva Cristo Rey!”  Our commitment also is to Christ the King.  Like Blessed Miguel Pro, we cannot allow anything to destroy the passion within us for the One whose death showed us the way to life. We need to fight for the Kingdom.  This means standing up against the materialistic forces of evil seeking to destroy to world.  This means seeking out those who are longing for the presence of the Lord.  This means serving the presence of the Lord in those who call out to us in pain, the hungry and thirsty, naked and sick, the stranger and imprisoned, and all those who are reduced to the lowest levels in our society.

 “Viva Cristo Rey!” Governments rise and fall, countries rise and fall, but the Kingdom of God is forever.  We are the soldiers of this Kingdom.  We are the soldiers of Jesus Christ.  We fight His battles in our homes and in our hearts.  We keep both, home and heart, pure for Him.  We fight on the streets reaching out to the lowly of the Gospel reading.  We fight in our workplaces and in our schools, proclaiming our faith with voices that resound off the walls of hearts of those who would wish us dead.  We die for Jesus Christ.  We live for Jesus Christ.  Viva Cristo Rey!

At Miguel Pro’s beatification, John Paul, II said, “Neither suffering nor serious illness, neither the exhausting ministerial activity, frequently carried out in difficult and dangerous circumstances, could stifle the radiating and contagious joy which Blessed Miguel Pro brought to his life for Christ and which nothing could take away.  Indeed, the deepest root of self-sacrificing surrender for the lowly was his passionate love for Jesus Christ and his ardent desire to be conformed to him, even in death.”


Blessed Miguel Pro is one of the millions of our predecessors who shout out to us that life only has meaning when that life is the life of Jesus Christ.  We live for Jesus Christ.  We are members of His Kingdom.  We are his soldiers.  Viva Cristo Rey!

Señor: es hora. Largo fue el verano.
Pon tu sombra en los relojes solares,
y suelta los vientos por las llanuras.

Haz que sazonen los últimos frutos;
concédeles dos días más del sur,
úrgeles a su madurez y mete
en el vino espeso el postrer dulzor.

No hará casa el que ahora no la tiene,
el que ahora está solo lo estará siempre,
velará, leerá, escribirá largas cartas,
y deambulará por las avenidas,
inquieto como el rodar de las hojas  

Rainer Maria von Rilke (1875-1926)

XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario (A)

Todos hemos recibido talentos y todos estamos en la aventura de la vida con ellos en nuestras manos, y de ellos tendremos que dar cuidadosa cuenta ¿qué tan frecuente pensamos en esto? Todos tenemos talentos. Escribía Rilke: «Y si tu vida te parece pobre –podemos decir, si te parece que no tienes talentos- no eches la culpa a la vida. Échate la culpa a ti mismo, porque no eres lo suficientemente fuerte para descubrir su riqueza». Todos podemos descubrir que en nuestra vida hay una riqueza escondida y oculta, si tenemos los ojos abiertos. No es falta de humildad el ser conscientes de nuestros talentos, porque vivir en la humildad es vivir en la verdad.

Y tampoco sabemos valorar si Dios ha puesto en nuestras manos uno, dos o cinco talentos. En realidad Dios mide los talentos de los hombres por criterios distintos de los nuestros. Para Dios, los talentos, que los hombres valoramos como uno, pueden valer cinco; y los que para los hombres valen cinco, para Dios pueden valer únicamente uno. Su lógica no es nuestra lógica[1]. Por eso, al final de la parábola, es lo mismo haber producido dos o cinco. Los dos servidores reciben la misma alabanza; ambos entran en el gozo de su Señor. Para Dios es lo mismo la mujer que trabaja en su casa que la que lucha en otras cosas fuera de su hogar; Dios premia lo mismo al que lucha en las encrucijadas de la historia de los hombres y al que trabaja, sencilla y anónimamente, en la oscuridad del día a día, sin dejar huella en la historia de los hombres. Lo que Dios condena es al que entierra sus talentos –sean uno, dos o cinco- en un hoyo.

Vivimos una página difícil de la historia del mundo y de la Iglesia. Vivimos años de cambio acelerado, en los que tenemos una responsabilidad que realizar. Y existe el peligro de sentirnos desconcertados y sobrepasados, para acabar escondiendo nuestros talentos bajo tierra. Es el peligro del miedo, del conservar a como dé lugar, del anclarnos en el pasado ante un presente que nos desborda y un futuro que nos atemoriza. «Conservar»: ¡cuántas expresiones religiosas en torno a esa palabra; «conservamos» la fe, las tradiciones, la gracia, la vocación...! Hay que «conservar», sí, pero hay sobre todo que apostar, hay que innovar, hay que afrontar el presente, hay que salir al encuentro de los retos del futuro.

Ciertamente Jesús no hubiera vivido hoy así. No hay un solo pasaje evangélico el que aparezca Cristo como un hombre conservador y pusilánime, empeñado en dejar las cosas como están. Jesús fue un hombre arriesgado, comprometido por entero en la idea fundamental de su vida: anunciar a los hombres la realidad del Reino de Dios. Él mismo no escondió sus talentos, sino que luchó valiente y esforzadamente. El lucharía hoy por seguir vertiendo el vino del Evangelio, viejo y nuevo al mismo tiempo, en los odres nuevos de un mundo en cambio[2]. Esta es la lucha que Dios ha puesto en las manos de los cristianos y de la que constantemente viene hablando el santo padre Francisco: no debemos ser reliquias de museo, ni perder el tiempo suspirando por las glorias anteriores al Concilillo (Vaticano II) porque sería encaminarnos a la mundanidad espiritual: «La mundanidad espiritual, que se esconde detrás de apariencias de religiosidad e incluso de amor a la Iglesia, es buscar, en lugar de la gloria del Señor, la gloria humana y el bienestar personal (…) Esta oscura mundanidad se manifiesta en muchas actitudes aparentemente opuestas pero con la misma pretensión de «dominar el espacio de la Iglesia». En algunos hay un cuidado ostentoso de la liturgia, de la doctrina y del prestigio de la Iglesia, pero sin preocuparles que el Evangelio tenga una real inserción en el Pueblo fiel de Dios y en las necesidades concretas de la historia. Así, la vida de la Iglesia se convierte en una pieza de museo o en una posesión de pocos. En otros, la misma mundanidad espiritual se esconde detrás de una fascinación por mostrar conquistas sociales y políticas, o en una vanagloria ligada a la gestión de asuntos prácticos, o en un embeleso por las dinámicas de autoayuda y de realización autorreferencial. También puede traducirse en diversas formas de mostrarse a sí mismo en una densa vida social llena de salidas, reuniones, cenas, recepciones. O bien se despliega en un funcionalismo empresarial, cargado de estadísticas, planificaciones y evaluaciones, donde el principal beneficiario no es el Pueblo de Dios sino la Iglesia como organización. En todos los casos, no lleva el sello de Cristo encarnado, crucificado y resucitado, se encierra en grupos elitistas, no sale realmente a buscar a los perdidos ni a las inmensas multitudes sedientas de Cristo. Ya no hay fervor evangélico, sino el disfrute espurio de una autocomplacencia egocéntrica»[3]. Nada qué agregar, y sí detenerse un poco y leer el párrafo anterior al menos un par de veces…

Los cristianos de hoy no tenemos la tarea de conservar celosamente vinos añejos, sino la de darlos gustar a los hombres y las mujeres con los que convivimos en el día a día; no debemos enterrar en un hoyo –sea en el cultivo de mi vida espiritual o en la acción en el interior de la Iglesia- los talentos recibidos, sino que hemos de sacarlos a la lucha de la vida[4]



[1] Cfr. Is 55, 8.
[2] Cfr. Mc 2, 22.
[3] Evangelii Gaudium, n. 95.
[4] J. Gafo, Palabras en el corazón. A. Mensajero, Burgos  1992, p. 256 ss.

Ilustración: P. Veronesse, Las bodas de Caná (detalle), Museo del Louvre (París) 

nEw-oLd-IdeAs


Contemplemos en silencio ese árbol, ese roble maravilloso que está delante, en nuestro camino. El día es radiante, pleno de luz, de sol. Y el cielo, azul intenso, nos convida, nos seduce y atrae nuestra mirada... Robles, araucarias, algunos pinos se levantan hacia el cielo y lo señalan con vigor, siempre en silencio. Pero esas ramas, esas hojas, no tocan el cielo. Apenas llegan a una altura que alegra nuestros sentidos. ¿Por qué las ramas no alcanzan el cielo? Es curioso que nos detengamos a observar y a meditar acerca de ello. Y seguimos interrogándonos... ¿por qué no llegan al cielo? La respuesta surge inmediata y silenciosa: son las raíces las que ya están en el cielo. Esta es la paradoja que tanto nos enseña en nuestra vida. Este es el secreto que cada uno lleva y que no se resuelve con textos, repeticiones, ni "distracciones" ni, desde luego, "reuniones"... Como la fuente y el origen virginal se alcanzan en el corazón, en la hondura, en el silencio primero... No en la especulación vana ni en consideraciones infinitas, no girando como satélites locos alrededor de esferas de cartón o de papel… En el Principio... Quien quiere entender, que entienda... Ermitaño urbano

VISUAL THEOLOGY

El talento (del griego τάλαντον, talanton que significa balanza o peso) era una unidad de medida monetaria utilizada en la antigüedad. Tiene su origen en Babilonia pero se usó ampliamente en todo el mar Mediterráneo durante el período helenístico y la época de las guerras púnicas. En el Antiguo Testamento, equivalía a cerca de 34 kg, y en el Nuevo Testamento, a 6.000 dracmas, o lo que es lo mismo, 21.600 g de plata. Era el peso aproximado del agua necesaria para llenar un ánfora (alrededor de un pie cúbico). Un talento griego, se correspondía con unos 26 kg,2 un talento romano con 32,3 kg. En el antiguo Israel se adoptó inicialmente el talento de Babilonia, pero fue modificado posteriormente. El talento pesado del Nuevo Testamento eran unos 58,9 kg. En el siglo III a. C. es utilizado expresamente en los tratados entre Roma y Cartago, sobre todo el talento ático, equivalente a aproximadamente 27 kg, y dividido en 60 minas de 60 siclos (o cien dracmas) cada mina 

Thirty-third Sunday in Ordinary Time (A)

Every few years someone makes a dire prediction the world is coming to an end on a specific date.  Each prediction is vehement, expressed with certainty, and wrong. Jesus makes it quite clear that No one knows the day or the hour, not even the angels in heaven, nor the son, but only the father[1]. The Father, the Creator, is the only one who knows when his creation will come to a conclusion. But that doesn’t mean that we shouldn’t be prepared for the end.  In today’s second reading, St. Paul tells the people of Thessalonica that the day of the Lord, the end of time, will come like a thief in the night when people least expect.  Some of these people took Paul too literally and quit working and caring for their families, just bracing themselves for the end.  He had to write them again and tell them that those who refused to work should not eat[2].

Perhaps time will not end before we die, but when we die; our own personal time comes to an end.  We spend the month of November praying for our loved ones and all the souls of the faithful departed who have died.  Death is a reality everyone has to face. How then, should we prepare for the Lord to come whether it is at the end of all time or the end of our own personal time? Instructions are available throughout the Bible, but particularly in today’s Gospel, which, by the way, comes in the section of the Gospel of Matthew where Jesus is speaking about the end of time. Today’s Gospel is the Parable of the Talents. The master entrusts his possessions to three of his servants, and then goes on a journey.

To the ancients, a talent was a unit of weight[3], but I think we can use our definition of talent to best explain how we need to prepare for the Lord to come into our lives. Our definition of talent is the natural aptitude or skill someone has. Some have musical talent. Some are talented technicians. Some are talented athletes, and so forth.  We all have natural gifts.  We were given these talents by God.  We are expected to develop them to serve God and his people.

Quite often an athlete will begin an interview after a sporting event in which he or she excelled with, “First of all, I give all glory to God.” The athlete is right.  God is the source of all our talent. The athlete sees his or her developing this talent as returning the gift to God. To the athlete the focus should be on God, not him or her. We all need to do this regarding the many talents the Lord has entrusted to each of us. Perhaps someone has said to you, “You are such a good mother, such a good father.”  Or perhaps someone has said to us, “I’m nowhere near as good at this as you are.”  Our response, at least to ourselves should be, “Whatever I do well, I credit God as the source of the talent. All Glory belongs to Him.” 

The Lord tells us in the parable that the Master will come for an accounting of how we used the particular talents He has given each of us.  The first two servants in the parable returned more than they received, allowing the Master’s possessions to grow. God is calling us to develop what we are given to allow His Kingdom to grow!

So, will the world end soon?  Maybe yes, maybe no. We can’t be concerned with worrying about the exact day or hour.  That is none of our business.  But what we have to be concerned with is doing our part to prepare for the Lord’s coming, either at the end of all time or the end of our time.  If we develop the talents he has entrusted to us, the day will come when He will say to us, well done, good and faithful servants



[1] Matthew 24:36
[2] 33rd Sunday of Ordinary Time A, November 16, 2014. Readings: Proverbs 31:10-13, 19-20, 30-31; Responsorial Psalm 128:1-2, 3, 4-5; 1 Thessalonians 5:1-6; Matthew 25:14-30.
[3] The weight was determined by the amount of water needed to fill a vessel called an amphora. Since the various ancient people had different sizes of amphoras, a talent for the ancient Greeks was 57 pounds, for the Romans 71 pounds, and for the Egyptians 60 pounds.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris