XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario (A)

Todos hemos recibido talentos y todos estamos en la aventura de la vida con ellos en nuestras manos, y de ellos tendremos que dar cuidadosa cuenta ¿qué tan frecuente pensamos en esto? Todos tenemos talentos. Escribía Rilke: «Y si tu vida te parece pobre –podemos decir, si te parece que no tienes talentos- no eches la culpa a la vida. Échate la culpa a ti mismo, porque no eres lo suficientemente fuerte para descubrir su riqueza». Todos podemos descubrir que en nuestra vida hay una riqueza escondida y oculta, si tenemos los ojos abiertos. No es falta de humildad el ser conscientes de nuestros talentos, porque vivir en la humildad es vivir en la verdad.

Y tampoco sabemos valorar si Dios ha puesto en nuestras manos uno, dos o cinco talentos. En realidad Dios mide los talentos de los hombres por criterios distintos de los nuestros. Para Dios, los talentos, que los hombres valoramos como uno, pueden valer cinco; y los que para los hombres valen cinco, para Dios pueden valer únicamente uno. Su lógica no es nuestra lógica[1]. Por eso, al final de la parábola, es lo mismo haber producido dos o cinco. Los dos servidores reciben la misma alabanza; ambos entran en el gozo de su Señor. Para Dios es lo mismo la mujer que trabaja en su casa que la que lucha en otras cosas fuera de su hogar; Dios premia lo mismo al que lucha en las encrucijadas de la historia de los hombres y al que trabaja, sencilla y anónimamente, en la oscuridad del día a día, sin dejar huella en la historia de los hombres. Lo que Dios condena es al que entierra sus talentos –sean uno, dos o cinco- en un hoyo.

Vivimos una página difícil de la historia del mundo y de la Iglesia. Vivimos años de cambio acelerado, en los que tenemos una responsabilidad que realizar. Y existe el peligro de sentirnos desconcertados y sobrepasados, para acabar escondiendo nuestros talentos bajo tierra. Es el peligro del miedo, del conservar a como dé lugar, del anclarnos en el pasado ante un presente que nos desborda y un futuro que nos atemoriza. «Conservar»: ¡cuántas expresiones religiosas en torno a esa palabra; «conservamos» la fe, las tradiciones, la gracia, la vocación...! Hay que «conservar», sí, pero hay sobre todo que apostar, hay que innovar, hay que afrontar el presente, hay que salir al encuentro de los retos del futuro.

Ciertamente Jesús no hubiera vivido hoy así. No hay un solo pasaje evangélico el que aparezca Cristo como un hombre conservador y pusilánime, empeñado en dejar las cosas como están. Jesús fue un hombre arriesgado, comprometido por entero en la idea fundamental de su vida: anunciar a los hombres la realidad del Reino de Dios. Él mismo no escondió sus talentos, sino que luchó valiente y esforzadamente. El lucharía hoy por seguir vertiendo el vino del Evangelio, viejo y nuevo al mismo tiempo, en los odres nuevos de un mundo en cambio[2]. Esta es la lucha que Dios ha puesto en las manos de los cristianos y de la que constantemente viene hablando el santo padre Francisco: no debemos ser reliquias de museo, ni perder el tiempo suspirando por las glorias anteriores al Concilillo (Vaticano II) porque sería encaminarnos a la mundanidad espiritual: «La mundanidad espiritual, que se esconde detrás de apariencias de religiosidad e incluso de amor a la Iglesia, es buscar, en lugar de la gloria del Señor, la gloria humana y el bienestar personal (…) Esta oscura mundanidad se manifiesta en muchas actitudes aparentemente opuestas pero con la misma pretensión de «dominar el espacio de la Iglesia». En algunos hay un cuidado ostentoso de la liturgia, de la doctrina y del prestigio de la Iglesia, pero sin preocuparles que el Evangelio tenga una real inserción en el Pueblo fiel de Dios y en las necesidades concretas de la historia. Así, la vida de la Iglesia se convierte en una pieza de museo o en una posesión de pocos. En otros, la misma mundanidad espiritual se esconde detrás de una fascinación por mostrar conquistas sociales y políticas, o en una vanagloria ligada a la gestión de asuntos prácticos, o en un embeleso por las dinámicas de autoayuda y de realización autorreferencial. También puede traducirse en diversas formas de mostrarse a sí mismo en una densa vida social llena de salidas, reuniones, cenas, recepciones. O bien se despliega en un funcionalismo empresarial, cargado de estadísticas, planificaciones y evaluaciones, donde el principal beneficiario no es el Pueblo de Dios sino la Iglesia como organización. En todos los casos, no lleva el sello de Cristo encarnado, crucificado y resucitado, se encierra en grupos elitistas, no sale realmente a buscar a los perdidos ni a las inmensas multitudes sedientas de Cristo. Ya no hay fervor evangélico, sino el disfrute espurio de una autocomplacencia egocéntrica»[3]. Nada qué agregar, y sí detenerse un poco y leer el párrafo anterior al menos un par de veces…

Los cristianos de hoy no tenemos la tarea de conservar celosamente vinos añejos, sino la de darlos gustar a los hombres y las mujeres con los que convivimos en el día a día; no debemos enterrar en un hoyo –sea en el cultivo de mi vida espiritual o en la acción en el interior de la Iglesia- los talentos recibidos, sino que hemos de sacarlos a la lucha de la vida[4]



[1] Cfr. Is 55, 8.
[2] Cfr. Mc 2, 22.
[3] Evangelii Gaudium, n. 95.
[4] J. Gafo, Palabras en el corazón. A. Mensajero, Burgos  1992, p. 256 ss.

Ilustración: P. Veronesse, Las bodas de Caná (detalle), Museo del Louvre (París) 

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris