I Domingo de Adviento (B)

Tenemos delante de nosotros cuatro maravillosas semanas para abrirnos a la esperanza. La Esperanza se llama Jesús, que quiere decir Dios con nosotros[1]. Es la respuesta rotunda y resonante a este mundo roto, y vacilante; a esta ola de violencia, odios e impotencias. Aunque nos cueste, aunque nos duela volver a empezar, al final podremos ver el triunfo que nos mueve a prepararnos para depositar en nuestro corazón la Esperanza.

Pero, en la práctica, ¿cómo podrán ser diferentes a las otras estas cuatro semanas que preceden a la Navidad, si resulta que en la vida diaria, en casa, en la oficina, los días se suceden tan parecidos unos a otros? La Iglesia nos explica, con su liturgia –colores- adornos, lecturas- que entramos en un tiempo concreto y nos recuerda amablemente que si no nos detenemos con atención ante el misterio del Adviento, la Navidad pasará como pasa el agua por encima de las piedras del rio, sin mojar jamás su interior.

El Adviento debe despertar nuestra espera de Cristo. Es el momento de preguntarnos: ¿Esperamos verdaderamente al Señor? ¿Lo esperamos no con un egoísmo posesivo, sino también para nuestros hermanos, para el mundo? De generación en generación, trabajosa, dolorosamente, la Humanidad busca su felicidad. Nosotros, que sabemos dónde está la verdadera felicidad del hombre y de quién hay que esperarla, ¿qué hacemos para que los demás vuelvan sus ojos y sus corazones al Dios que viene a nosotros en Navidad?

¡Si tuviéramos respuestas de vida abundantes a este inmenso clamor de los hombres! En medio de tanto dolor, de tanta incertidumbre ¿damos a los demás razones de nuestra esperanza y, antes, sabemos en dónde está puesta? Aún más: ¿qué debemos hacer para contagiar a los demás nuestra esperanza? El auténtico Adviento procede del interior.

Cerca de nosotros –vecinos, compañeros de trabajo, ¡redes sociales!- hay tantos hombres y mujeres que no esperan a Aquél a quien nosotros esperamos y, sin embargo, esperan al menos un poco de alegría y paz. La espera está inscrita en el fondo de todo corazón. Puede que el primer paso hacia ellos, la primera manera de amarlos, sea estar atentos a su espera; compartir su espera para hacerles partícipes de la Buena Noticia. A veces somos tan frívolos y tan superficiales que no nos damos cuenta que un clamor de esperanza recorre todo nuestro tiempo, y que a nuestro lado una inmensa mayoría de personas que siguen buscando entre la niebla razones para poder luchar por algo o alguien que sea el sentido de su existencia.

Si nosotros hemos encontrado la esperanza –y vaya que la hemos encontrado, de otra manera no estaríamos hoy aquí- debemos ayudar a los demás a que puedan descubrir el mismo camino[2].

Los cristianos necesitamos en este camino del Adviento dirigirnos al Padre con un grito, desgarrador y sincero, para que se abran de nuevo los cielos y el Justo aparezca como el resplandor y el camino de toda la humanidad. Podemos hacer nuestras las palabras entrañables del profeta: que los cielos lluevan su justicia, pero que la lluvia venga bien cargada de Esperanza. Este sea nuestro grito del Adviento. Y una mirada llena de Esperanza a la Madre de Dios [3]




[1] Cfr. Mt 1, 22.
[2] F. Borau, Dabar 1993, n. 1
[3] Cfr. Is 45, 8.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris