Es la esperanza de Adviento
la esperanza de María,
es la divina ternura
que en su seno florecía.

Es la esperanza de Adviento
la esperanza de Isaías,
santificada en la fe,
bañada en la profecía.

En ti, Señor, confié,
nunca seré confundido.

Es la esperanza de Adviento
el Precursor del Mesías,
el que anunciaba un bautismo
del Espíritu que ardía.

Es la esperanza de Adviento
el grito que Dios oía:
el silencio de los pobres,
la oración que a Dios subía.

En ti, Señor, confié,
nunca seré confundido.

Es la esperanza de Adviento
la Iglesia que a Dios gemía,
la esposa del Hijo amado,
callada mientras sufría.

Es la esperanza de Adviento
mi alma dulce y bravía:
¡ven, Jesús, en carne pura,
y tráeme tu alegría!

En ti, Señor, confié,
nunca seré confundido

P. Rufino María Grández, ofmcap.

Puebla, 6 diciembre 2010

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris