Jesucristo Rey del Universo (2014)

Cuenta el P. Gafo una interesante narración (que no un cuento chino): «Un mandarín tuvo una visión. Vio el infierno con demonios hambrientos y enflaquecidos que parecían esqueletos. Estaban sentados delante de un enorme plato con arroz. En sus manos tenían unas enormes cucharas de unos dos metros de longitud. Cada demonio intentaba coger la mayor cantidad posible de arroz. Sin embargo cada uno obstaculizaba al otro con su larga cuchara, sin que ninguno llegase a comer nada. El mandarín, espantado, apartó su mirada de aquella visión... Más tarde llegó al cielo. Allí vio el mismo gran plato con el arroz y las mismas largas cucharas que no les causaban ninguna dificultad a los elegidos que ahí estaban. Ninguno podía alimentarse con su instrumento, pero cada uno alimentaba con la cuchara al otro»[1].

La semejanza con el evangelio que acabamos de escuchar es más que evidente. «El infierno son los otros» decía Sartre. El infierno son los otros cuando cada uno se empeña en comer para sí mismo. Y el cielo son los otros cuando no nos preocupamos de nosotros mismos, sino de alimentar a los hermanos ¡ese es el cielo al que aspiramos! Ese el Reino de Dios que comenzamos ya a construir pero que ¡humanos al fin! Nos distraemos y confundimos con reinados terrenales, y por lo mismo efímeros.

El contrasentido más grave que hemos hecho los humanos es haber convertido a Jesús, rey desde la cruz, en un rey a la manera de este mundo, es decir, poniéndolo como estandarte en la lucha contra los moros[2], los indios[3], y los revolucionarios liberales o comunistas. En nombre de Cristo se puede morir, pero no se pueden justificar los crímenes. En el reino de Dios no cabe imposición ni odio ni, por tanto, victoria del hombre sobre el hombre. En las victorias humanas hay vencedores y vencidos; hay siempre imposición de unos sobre otros. En cambio, el reino de Dios es la victoria sobre la opresión y la muerte, y se inaugura con el perdón de Jesús desde la cruz: Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen[4]. Todo lo demás es consecuencia de éste perdón y de éste amor.

Este domingo, el último del año litúrgico, podemos preguntarnos qué tiene ver el evangelio que acabamos de escuchar y que hace prevalecer el amor a la hora del juicio, con la fiesta que celebramos (Jesucristo Rey del universo). El Señor deja muy claro cómo es el Reino de Dios, y cómo se entra en él. Con frecuencia nos cuesta entender que no es el poder el lugar de encuentro con Dios, sino que Dios se manifiesta en el semejante que llora, sufre, trabaja... y ahí, en ellos, Él nos espera. Si olvidamos esta verdad tan elemental, corremos el riesgo de tomar las armas para defender la civilización cristiana como si ésta fuera ya el Reino de Dios, volviéndonos fanáticos y violentos.

Alrededor de nosotros hay personas que tiene hambre, que están desnudas, que son perseguidas, que necesiten quién les escuche y les consuele -¡hemos perdido tanto esa capacidad de consolar a los demás!- con nuestra actitud a veces egoísta donde no existe la solidaridad no existe el reino inaugurado por Cristo. El Señor quiere  que el sediento beba, el hambriento se sacie, el preso rompe sus cadenas[5], y sobre todo que nos reconozcamos unos a otros como hermanos, ¿qué estamos haciendo? ¿Existe por lo menos el deseo de empezar?



[1] J. Gafo, Palabras en el corazón. A. Mensajero, Burgos, 1992, p. 259 ss.
[2] Nos referimos a la Reconquista, el proceso histórico en el que los reinos cristianos de la península ibérica buscaron el control en poder del dominio musulmán. Este proceso tuvo lugar entre los años 722 (fecha probable de la rebelión de Pelayo) y 1492 (final del Reino nazarí de Granada).
[3] La conquista de América es el proceso de exploración, conquista y asentamiento en el Nuevo Mundo por España y Portugal en el siglo XVI, y otras potencias europeas posteriormente, después del descubrimiento de América por Cristóbal Colón en 1492. La Conquista dio lugar a regímenes virreinales y coloniales muy poderosos que resultaron en la asimilación cultural de los indígenas y su sometimiento a las leyes de las potencias conquistadoras
[4] Lc 23, 24.
[5] Cfr. Sal 115. 

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris