Plagas, sicut Thomas, non intueor;
Deum tamen meum te confiteor.
Fac me tibi semper magis credere,
In te spem habere, te diligere.

No veo las llagas como las vio Tomás
pero confieso que eres mi Dios:
haz que yo crea más y más en Ti,
que en Ti espere y que te ame


Santo Tomás de Aquino, Adoro te devote (extracto), 
escrito en 1264.

II Domingo de Pascua (Domingo de la Divina Misericordia 2014)

Aquella tarde, la de la Resurrección, Tomás tenía los ojos abiertos. Bien abiertos. Tomás siempre, digamos, pedía ver. Tomás no se conforma con bellas teorías, con sospechosos testimonios, con charlitas de tres al cuarto. Tomás quería más. Veinte siglos después la raza de Tomás sigue bien viva ¡para bien de la Iglesia! Y es que a la gente que realmente piensa no se le convence con estructuraciones mentales atractivas ni con argumentos de irrefutable historicidad. Ser cristiano es creer que Jesús es Dios, pero es mucho más. Es convivir en el amor con los demás hombres. Es renacer a una vida nueva, distinta, plena.

La fe viene de Dios, sí, es un regalo que recibimos en el bautismo (y un poco o un mucho todos los días) pero no sabemos qué caminos tomará. El camino más normal, el más accesible a todos, es el del "contagio". Puede haber re-nacimientos a la fe absolutamente fuera de todo cauce acostumbrado: una melodía, una revelación directa, un desbordamiento del amor del Padre. Pero lo normal es que alguien crea porque otros le han transmitido la fe en su infancia o se la han "contagiado" en su juventud, en su madurez. El Señor, nos dice el evangelio, exhala su aliento y aquellos hombres llenos de miedo reciben el poder y la valentía de transmitir el Mensaje. El grupo de los creyentes es, debe ser, el pueblo-imán de los hijos de Dios y hermanos de todos los hombres. El testimonio vivo del Resucitado. “Mirad como se aman”, decían de los primeros cristianos[1]. Y más gente venía a participar del "milagro" del amor. Y creía en Jesús.

Como Tomás, hoy también pedimos lo mismo: palpar, tocar, cerciorarnos. Y no está mal, siempre y cuando lo hagamos desde la sencillez y el buscar entender y sobre todo de la acción ¡gran predicador es fray ejemplo! Que dice la sabiduría popular.

Sin caer en la tentación de la nostalgia, en la tentación del perfeccionismo imposible, y sobre todo (y perdón por el término tan rebuscado pero no hay otro pa'explicarlo mejor) ni del aristocratismo de las élites –Jesús vino para todos- es bueno que reflexionemos sobre el testimonio que en la Iglesia estamos dando sobre la Resurrección de Jesús. Hoy más que nunca necesitamos estar encendidos pero no para dar sensación de poderío, sino sensación de fe y caridad. Sensación de esperanza.

Tomás tenia los ojos abiertos y pedía ver, quería meter su mano en el costado abierto ¡deseaba tanto palpar el amor! Y la verdad es que tenía derecho. Sí: tenía derecho. A Tomás no le bastaba con disfrutar cálidos amores familiares, idílicos paisajes de amistad. Exige que ese amor que parece sustancia y razón de la vida, máxima expresión de nuestra fe se haga presente. Lo mismo con nosotros: no basta que los cristianos nos queramos entre nosotros y demos –que tampoco la damos, ¡ay!- la impresión de una familia unida: hace falta que el cristianismo sea una inmensa casa de recepción para todos los que buscan, para todos los que sufren, para todos los que necesitan ser amados. El Señor Jesús fue mucho más que una palabra: fue y es la Palabra encarnada, que se relacionó con todos y para todos tuvo tiempo. Nosotros los cristianos, mientras pretendamos invadir el mundo de palabras –jerarquía, teólogos, capillitas, grupúsculos- no lograremos transmitir la alegría de la Resurrección ni dejar que el reino de Dio se extienda. Vamos a pensarlo ésta alegre mañana del domingo de la divina misericordia, el segundo del tiempo de Pascua ■





[1] Tertuliano, Apología contra los gentiles.

neW-olD-ideAs (i)


Como me lo cuenta mi gran amigo Suso, asín tal cual lo copio Este domingo para mí  es un día muy especial: la canonización de Juan Pablo II. No todo el mundo puede decir que conoció a un santo,  y me gustaría compartir contigo  una anécdota. En distintas ocasiones tuve ocasión de estar con él. Siempre gracias a mi condición de tuno (condición que uno jamás abandona: imprime carácter). Una fue en el primer encuentro. Y la segunda es una actuación musical en la Sala Pablo VI en un encuentro con universitarios. La primera fue muy emocionante. Le pedí a Juan Pablo si podía subir a un balcón desde donde nos observaba. Y me dijo que sí. Subí y hablé con él. En realidad me emocioné tanto que más que hablar, lloré. Mientras  hacía mis pucheros en su hombro , él me acariciaba el cogote y me decía “eres muy bueno, eres muy bueno”, y yo me rebelaba y respondía “¡que no, que no”! (no le iba a decir “sí, ya lo sé, soy muy bueno”). Allí se me paró el tiempo, el espacio, todo. El Papa llevaba en la mano un cancionero con las letras de las canciones que en el encuentro se le cantaban. Entonces,  me señaló una de las canciones, y leyó en voz alta “SI PUÓ DARE DI PIÚ SENSA ESERE EROI” (SE PUEDE DAR MÁS MÁS SIN SER UN HÉROE”). Ese estribillo me acompaña a diario, y estos días con la enfermedad de Manuela, más. A Juan Pablo le pido que sea así hasta donde tenga que ser…y si se obra el milagro, mejor. Y a ti te pido que nos acompañes de cerca , de las muchas maneras que hay de acompañarnos SM

nEw-OLd-IdeAs (ii)


Lo primero que tienes que hacer, antes de empezar siquiera a pensar en algo como la contemplación, es tratar de recuperar tu unidad natural básica, reintegrar tu ser –que se halla dividido en compartimentos- en un todo sencillo y coordinado, y aprender a vivir como una persona humana unificada. Eso significa que tienes que recoger de nuevo los fragmentos de tu distraída existencia para que, cuando digas yo, realmente haya alguien presente que sostenga el pronombre que has pronunciado T. Merton, La experiencia interna. Notas sobre la contemplación.

VISUAL THEOLOGY


San Longinos o Longino de Cesarea fue, según algunas tradiciones cristianas, el soldado romano que traspasó el costado del cuerpo de Jesús con su lanza; conocida como La Santa Lanza. El individuo no tiene nombre en los evangelios que relatan el hecho, pero suele identificarse con el centurión que, ante la muerte de Jesús, exclamara: “En verdad este era el Hijo de Dios”. La leyenda de Longino se originó en la Baja Antigüedad y el Medioevo, agregando datos sobre su vida, su nacimiento en Lanciano, Italia, conversión al cristianismo y su muerte, hasta llegar a ser considerado un santo por la Iglesia Católica y otras comuniones cristianas. Los evangelios sinópticos no registran este suceso, tampoco los apócrifos más antiguos que se conservan, si bien se menciona a un centurión que comenta el carácter de hijo de Dios del crucificado. En el escrito apócrifo conocido como Evangelio de Nicodemo, unido a las (también apócrifas) Actas de Pilato, aparece por primera vez el nombre de Longino. La escritora Sabina Baring Gould comenta, a propósito del tema, que “El nombre de Longino no aparece en autores griegos anteriores al Patriarca Germano, en 715”.2 Es casi seguro que el nombre sea una latinización del griego λόγχη (lonjé), la palabra utilizada por el texto de Juan y apareció por primera vez un manuscrito iluminado de la Crucifixión detrás de un lancero. Dicho manuscrito, una versión siríaca del Evangelio según Juan ilustrada por un tal Rabulas, data del 586 y se conserva en la Biblioteca Laurenciana de Florencia; allí se lee en letras griegas la palabra Longinos escrita tal vez en la misma época en que se realizó la figura. Versiones posteriores de la leyenda de Longino aseguran que era ciego, y que el contacto con la sangre del Salvador le devolvió la vista. También dicen que ayudó a lavar el cuerpo de Jesús después del descenso de la Cruz. El destino de Longino no es seguro, pero se lo veneró como mártir, fijando su muerte en la localidad de Gabbala, Capadocia. Su cuerpo pasaba por haber sido hallado en Mantua, Italia, en el año 1303, junto con la Santa Esponja empapada de la sangre de Cristo; se le atribuía, extendiendo su papel en el Gólgota, el haber acercado dicha esponja a los labios sedientos del Redentor. La reliquia favoreció su culto en el siglo XIII enlazándose con los romances del Grial y las tradiciones locales de milagros eucarísticos, constuyéndose una capilla consagrada a San Longino y la Santa Sangre en la iglesia del monasterio bendictino de Santa Andrea, bajo el patronato de los Bonacolsi.4 5 En cuanto a las reliquias, fueron divididas a diversos lugares de Europa, Praga entre ellos, y el cuerpo llevado a la iglesia de San Agustín, en el Vaticano. Sin embargo también en Cerdeña se creía poseer el cuerpo del centurión romano que confesara la divinidad de Jesús. Durante la Edad Media, y en tiempos posteriores, la lanza de Longino fue un objeto de profundo interés, se la relacionó con las leyendas del Santo Grial y se especuló con sus poderes ocultos; algunos la llamaron, por ello, La lanza del Destino

Second Sunday of Easter (Sunday of Divine Mercy) 2014

The Sunday after Easter always presents the event that took place in the Upper Room one week after Jesus rose from the dead.  Pope John Paul II also designated this Sunday as Divine Mercy Sunday[1].

There are times that we have doubts in our faith. The Gospel tells the story of someone who doubted Jesus, the great story of doubting Thomas. To me it is understandable that Thomas had doubts. I am sure that he doubted Peter and the others who had said that they had seen the Lord. These are the same guys who only a few months earlier were squabbling with each other over who would be the most powerful in the Kingdom of God. Jesus had told them that they would be tested, but with the exception of John, they had all deserted the Lord, including Thomas, who in his own bravado had said earlier, let’s go with him to Jerusalem and die with him[2].

The fact the Thomas was nowhere to be found at the crucifixion must have left him with some pretty negative feelings about himself. And what was probably most devastating to Thomas is that for the first time, he questioned his belief in Jesus. So Thomas was vocal in his doubts.  He doubted the other disciples. He doubted himself.  And he doubted the Lord. This obviously changed when he saw the Lord. Pictures will often show Thomas putting his hands in the marks of the nails on Jesus’ hands and touching the Lord’s side, but actually Jesus only invites Thomas to do this. Thomas’ response to Jesus was, My Lord and My God[3]. Jesus’ next comment was meant for us, You believe because you have see.  Blessed are those who have not seen yet believe[4].

We have doubts in our faith. That is part of being a human being. Faith asks us to take a step, a leap actually, away from all that we can see, hear and sense, a step away from the limits of our rational capabilities and a step into mystery. This is a difficult step for all of us, but particularly difficult for us as our minds develops their intellectual prowess. When we become teens, if not a bit before, we can do things with our mind that we could not do as children. We can think in abstractions. We can conceive concepts that do not exist in the real world but do exist in the world of mathematics, in the world of literature, psychology, and so forth. When we were eight, we could not fathom something that could not exist in the real world. We can now. When was the last time you came across the square root of two? It exists only in our minds. We have studied how a poet or author can create a totally imaginative world and apply human emotions to this world to such an extent that the reader can easily confuse the world with reality. And we have studied how certain psychological realities determine people’s actions, even though those realities are not physical but are purely mental.

But, now faith asks us to take a step into a deeper reality, into that which is beyond our intellectual capabilities, a step into a knowledge our minds can never come to on their own. So, it is normal for humans to doubt, particularly as Teens, but actually throughout our lives.  Add to that the fact that many in our society transfer their own questions and doubts onto others, attacking the faith of those who believe, particularly the faith of Catholics. We take courses in high school, college and grad school with other students who question our faith. We even have to put up with some teachers and professors who treat us like naive children because we say that we believe in the Bible and the teaching of the Church. On top of all this, we have crises in our lives where our prayers appear to go unanswered. We pray for our parents to stop fighting, but they don’t. We pray that our grandmother might get over her sickness, but she doesn’t. We hear about the people who died natural disasters like earthquakes and tornadoes, we are aware of the children who are starving to death in Africa, the suffering taking place in Haiti, etc, and we begin to question if anyone is hearing our prayers. Doubts in faith are normal. It takes courage and determination to say, “In spite of what others say, and in spite of my own questions, I still believe, Lord. I believe in your Word in the Bible. I believe that your Son became one of us as the Bible said He would. I believe that His sacrificial love on the cross earned for us the very life of God.  I believe that no matter what my eyes see or don’t see, my ears hear or don’t hear, no matter what my mind can determine or what its limits are, you are still there for me, loving me, filling me with a joy that doesn’t go away.”

And God, in His Mercy, sees us for whom we are, human beings with doubts, but also people who have experienced His Love and want more of it.  We might feel bad about ourselves for having doubts, but His Mercy, His Divine Mercy, is so great that He sees us not as people with doubts, but as people who are searching for Him.  That’s why Divine Mercy Sunday fits so perfectly with the gospel of doubting Thomas, ordinary people  like you and I called to have extraordinary faith.

We need faith. We need forgiveness for the times that our humanity has led us to doubts. We need to trust in the Divine Mercy of the Lord. We need courage to withstand the attacks of the godless upon us. We need spiritual strength to take a leap away from those who belittle us for our beliefs, a leap away from our own doubts, a leap that refuses to let the crises of our lives destroy our faith, and a  leap into the arms of our Savior ■





[1] Second Sunday of Easter A (Sunday of Divine Mercy), April 27, 2014. Readings: Acts 2:42-47; Responsorial Psalm 118:2-4, 13-15, 22-24; 1 Peter 1:3-9; John 20:19-31.
[2] John 11:16.
[3] Id 20: 28.
[4] Id 20:29.

Victimae paschali laudes
immolent Christiani.

Agnus redemit oves:
Christus innocens Patri
reconciliavit peccatores.

Mors et vita duello
conflixere mirando:
dux vitae mortuus,
regnat vivus.

Dic nobis Maria,
quid vidisti in via?
Sepulcrum Christi viventis,
et gloriam vidi resurgentis:

Angelicos testes,
sudarium, et vestes.
Surrexit Christus spes mea:
praecedet suos in Galilaeam.

[Credendum est magis soli
Mariae veraci
Quam Judaeorum
Turbae fallaci.]

Scimus Christum surrexisse
a mortuis vere:
Tu nobis, victor Rex, miserere.
 ...

A la Víctima pascual
ofrezcan alabanzas los cristianos.

El Cordero redimió a las ovejas:
Cristo inocente
reconcilió a los pecadores con el Padre.

La muerte y la Vida se enfrentaron
en lucha singular.
El dueño de la Vida, 
que había muerto,
reina vivo.

Dinos, María, qué has visto en el camino? 
Vi el sepulcro de Cristo viviente
y la gloria del que resucitó,
a unos ángeles, el sudario y los vestidos.

Resucitó Cristo, mi esperanza;
precederá en Galilea a los suyos
Sabemos que Cristo verdaderamente 
resucitó de entre los muertos.

Tú, Rey victorioso, ten piedad
Amen, Aleluya[1].






[1] Victimae paschali laudes es una secuencia prescrita por la Iglesia católica para la Misa del domingo de Pascua. Su creación se atribuye a Wipo de Burgundia, monje del siglo XI que fue capellán de Conrado II, pero también se ha adjudicado a Notker Balbulus, Roberto II de Francia y Adán de San Víctor. Se trata de una de las cuatro secuencias medievales que se conservaron al hacer la unificación del misal tras el Concilio de Trento, pues antes de esta decisión pontificia varias fiestas o solemnidades contaban con secuencias propias1 y se podía escoger entre alrededor de 16 secuencias para la solemnidad de la Pascua. El misal de Pablo VI mantuvo su uso.

Domingo de Pascua de la Resurreción del Señor (2014)

Jean Paul Richter escribió en 1796, con 33 años, la edad de Cristo al morir, un pequeño opúsculo con un terrible nombre: Discurso de Cristo muerto desde lo alto del cosmos diciendo que no hay Dios[1]. Richter era un profundo creyente y escribió esta pequeña obra para mostrar lo terrible que sería el mundo si Dios no existiese. Le dio forma de un sueño, un mal sueño en el que se veía sumido. Al despertar de la terrible pesadilla se congratula de poder adorar a un Dios que rige con bondad este mundo[2].

El texto describe una visión terrible y desgarradora. El mundo aparece al descubierto. Los sepulcros se resquebrajan y los muertos avanzan hacia la resurrección. Aparece en el cielo un Cristo muerto. Los hombres corren a su encuentro con un terrible interrogante: ¿No hay Dios? y Cristo muerto les responde: No lo hay. Entonces les cuenta la experiencia de su propia muerte: «He recorrido los mundos, he subido por encima de los soles, he volado con la vía láctea a través de las inmensidades desiertas de los cielos. Pues bien, no hay Dios. He bajado hasta lo más hondo a donde el ser proyecta su sombra, he mirado dentro del abismo y he gritado allí: ¡Padre! ¿Dónde estás? Sólo escuché como respuesta el ruido del huracán eterno a quien nadie gobierna... Y cuando busqué en el mundo inmenso el ojo de Dios, se fijó en mí una órbita vacía y sin fondo...».

Entonces los niños muertos se acercan y le preguntan: Jesús, ¿ya no tenemos Padre? Y él contestó entre un río de lágrimas: Todos somos huérfanos. Vosotros y yo. ¡Todos estamos sin Padre!...». Después Cristo mira el vacío inmenso y la nada eterna. Sus ojos se llenan de lágrimas y dice llorando: «En un tiempo viví en la tierra. Entonces todavía era feliz. Tenía un Padre infinito y podía oprimir mi pecho contra su rostro acariciante y gritarle en la muerte amarga: ¡Padre! saca a tu hijo de este cuerpo sangriento y levántalo a tu corazón. Ay, vosotros, felices habitantes de la tierra que todavía creéis en El. Después de la muerte, vuestras heridas no se cerrarán. No hay mano que nos cure. No hay Padre...». Cuando el poeta despierta de esta terrible pesadilla, dice así. «Era un sueño. Mi alma lloró de alegría al poder adorar de nuevo a Dios. Mi gozo, mi llanto y mi fe en El fueron mi plegaria».

Nosotros, cristianos –católicos- con una fe a veces tan rutinaria y tan superficial, tan poco acostumbrada a detenerse y pensar ¿no deberíamos sentir algo semejante en esta mañana de Pascua? Alegría ¡Alegría incontenible! Un Gozo y agradecimiento muy profundos. «Hay Dios. En el interior mismo de la muerte ha esperado a Jesús para resucitarlo. Tenemos un Padre. No estamos huérfanos. Alguien nos ama para siempre».

Y si ante este Cristo resucitado, glorioso y lleno de vida sentimos que nuestro corazón vacila y duda, seamos sinceros ¡no pasa nada! La duda no es mala, la duda no es ni quiera una falta; la duda puede ser ese catalizador que nos mueve, ese fides quearens intellectum del que tanto le gustaba hablar a san Anselmo. Invoquemos con confianza a Dios. Sigamos buscándole con humildad. No lo sustituyamos por cualquier cosa. Dios está cerca. Mucho más cerca de lo que sospechamos[3].

Y junto a Él, su Madre, la criatura más perfecta, más hermosa y más amable que haya existido jamás. María –no lo dicen así los evangelios pero no es una herejía imaginarlo- seguramente fue la primera criatura en recibir el anuncio de la resurrección. La Virgen fue la llama que permaneció encendida en medio la terrible obscuridad que trajo sobre el universo la muerte del Hijo de Dios. Si nos acercamos a ella con sencillez seguramente de ésa alegría y ése gozo incontenible que ¡ay! Tanta falta nos hace a los cristianos



[1] Johann Paul Friedrich Richter, más conocido como Jean Paul (Wunsiedel, 21 de marzo de 1763 – Bayreuth, 14 de noviembre de 1825), fue un escritor alemán.
[2] Esta obra es conocida con el nombre de “El sueño”. Su publicación no tuvo ninguna repercusión en Alemania. Pero en 1814, en la segunda edición de la obra “L´Allemagne” de Madame Germaine Staël –la primera edición fue íntegramente secuestrada por Napoleón– aparece una traducción francesa de la obra. Mme Staël no es la autora de la traducción al francés, pero ésta es parcial y está burdamente manipulada[1]. Y no sólo la traducción, la propia obra aparece cercenada en el principio y el final, de forma que ya no es un mal sueño, sino un manifiesto del ateísmo. Bajo esta forma puede seguirse su rastro en la literatura francesa de los siglos XIX y XX franceses. Nerval, Vigny, Musset, Baudelaire y Gide son un claro exponente de estos ecos[2]. Debemos a Olegario González de Cardedal la publicación de la primera traducción fiel y directa al español –realizada por Andrés Sánchez Pascual– de la totalidad de este breve escrito de Jean Paul.
[3] J. A. Pagola, Buenas Noticias, Navarra 1985, p. 165 ss.

NeW-Old-IdeaS

Por qué buscáis al Viviente entre los muertos?
Por qué lloráis al Incorruptible
como si hubiese caído en la corrupción?
Id y anunciad a sus discípulos:
Cristo ha resucitado de entre los muertos.
Mujeres evangelistas, levantáos
dejad la visión e id a anunciar a Sión:
Recibe el anuncio de la alegría:
Cristo ha resucitado.
Alégrate, danza, exulta Jerusalén
y contempla a Cristo tu Rey que sale

del sepulcro como un Esposo De la Liturgia Bizantina

VISUAL THEOLOGY



El Exultet llamado también Pregón Pascual, es uno de los más antiguos himnos de la tradición litúrgica romana. Existen testimonios de su existencia desde fines del siglo IV dc. Se canta integralmente la noche de Pascua en la Solemnidad de la Vigilia Pascual, por un diácono, por el propio sacerdote celebrante o por un cantor seglar. Con este himno el declamador invita la Iglesia entera a exaltar y alegrarse por el cumplimiento del misterio pascual, recorriendo en el canto los prodigios cumplidos en la historia de la salvación. El Exultet venía escrito sobre un largo rollo que llevaba el texto en un sentido y las imágenes en el sentido contrario, de modo que, mientras el diácono-cantante narraba el contenido y entonces corría el pergamino del púlpito, los fieles pudiesen seguir la historia mirando las ilustraciones.


Exulten por fin los coros de los ángeles,
Exulten las jerarquías del cielo,
y por la victoria de rey tan poderoso
que las trompetas anuncien la salvación.

Goce también la tierra, inundada de tanta claridad,
y que, radiante con el fulgor del Rey eterno,
se sienta libre de la tiniebla,
que cubría el orbe entero.

Alégrese también nuestra madre la Iglesia,
revestida de luz tan brillante;
resuene este templo
con las aclamaciones del pueblo.

Por eso, queridos hermanos,
que asistís a la admirable claridad de esta luz santa,
invocad conmigo la misericordia de Dios omnipotente,
para que aquel que, sin mérito mío,
me agregó al número de los Diáconos,
completen mi alabanza a este cirio,
infundiendo el resplandor de su luz.

V. El Señor esté con ustedes.
R. Y con tu espíritu.
V. Levantemos el corazón.
R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.
V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R. Es justo y necesario.

Realmente es justo y necesario
aclamar con nuestras voces
y con todo el afecto del corazón
a Dios invisible, el Padre todopoderoso,
y a su único Hijo, nuestro Señor Jesucristo.
Porque Él ha pagado por nosotros al eterno Padre
la deuda de Adán
y, derramando su Sangre , canceló el recibo,
del antiguo pecado.

Porque éstas son las fiestas de Pascua
en las que se inmola el verdadero Cordero,
cuya Sangre consagra las puertas de los fieles.

Esta es la noche en que sacaste de Egipto,
a los israelitas, nuestros padres,
y los hiciste pasar a pie el mar Rojo.

Esta es la noche en que la columna de fuego
esclareció las tinieblas del pecado.

Esta es la noche
en la que por toda la tierra,
los que confiesan su fe en Cristo, son arrancados
de los vicios del mundo
y de la oscuridad del pecado,
son restituidos a la gracia
y son agregados a los santos.

Esta es la noche en que,
rotas las cadenas de la muerte,
Cristo asciende victorioso del abismo.
¿De qué nos serviría haber nacido
si no hubiéramos sido rescatados?

¡Qué asombroso beneficio de tu amor por nosotros!
¡Qué incomparable ternura y caridad!
Para rescatar al esclavo, entregaste al Hijo!

Necesario fue el pecado de Adán,
que ha sido borrado por la muerte de Cristo.
¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor!

¡Qué noche tan dichosa!
Sólo ella conoció el momento
en que Cristo resucitó del abismo.

Esta es la noche de que estaba escrito:
«Será la noche clara como el día,
la noche iluminada por mi gozo.»
Y así, esta noche santa
ahuyenta los pecados,
lava las culpas,
devuelve la inocencia a los caídos,
la alegría a los tristes,
expulsa el odio,
trae la concordia,
doblega a los potentes.

En esta noche de gracia,
acepta, Padre Santo,
el sacrificio vespertino de esta llama,
que la santa Iglesia te ofrece
en la solemne ofrenda de este cirio,
obra de las abejas.

Sabemos ya lo que anuncia esta columna de fuego,
ardiendo en llama viva para gloria de Dios.
Y aunque distribuye su luz,
no mengua al repartirla,
porque se alimenta de cera fundida,
que elaboró la abeja fecunda
para hacer esta lámpara preciosa.

¡Qué noche tan dichosa
en que se une el cielo con la tierra,
lo humano con lo divino!

Te rogamos, Señor, que este cirio,
consagrado a tu nombre,
para destruir la oscuridad de esta noche,
arda sin apagarse
y, aceptado como perfume,
se asocie a las lumbreras del cielo.
Que el lucero matinal lo encuentre ardiendo,
ese lucero que no conoce ocaso
Jesucristo, tu Hijo,
que, volviendo del abismo,
brilla sereno para el linaje humano,
y vive y reina por los siglos de los siglos.
Amén

The Resurrection of the Lord (2014)

There is something wonderful this Sunday: regardless of the faith tradition we follow, or even if we do not follow any  faith as closely as we should, the Christian cannot miss praying on Easter Sunday. Easter is a profoundly spiritual day. It is a day of joy, beauty and hope. When the lights come on during the solemn Easter Vigil, or when we first come to Church on Easter Sunday morning, we are struck by the flowers--lilies, hyacinths, roses, hydrangeas, all sorts of flowers.  The flowers remind us of the three gardens of the Lord we find in Scripture.

The first garden is the Garden of Paradise. This is garden where God placed Adam and Eve.  Genesis describes it as a garden of beauty, a garden with an abundance of fruit, a garden of joy.  It was a garden where mankind had everything He needed. But it was a garden that demanded humility. Man had to recognize his and her dependence on God. Adam and Eve refused to do this. They thought that they could be like God, could be their own gods. And the garden of Paradise became a place of sin. There is little difference between the story in Genesis and the present state of the world as people, and sadly as we, often act as though we do not need God.

And all the beauties that God has given us become nothing more than the backdrop for sin. In the delightful anthropomorphism of Genesis, God walked through the Garden looking for Adam and Eve. They were hiding. They knew they had offended God.  They were overwhelmed with guilt.  They had to hide. “Perhaps,” they thought, “if he does not notice us, our sin will be forgotten.”  We do this all the time. We sin and then hide from God, hoping that the sin will be forgotten, buried in time.  The problem is that we  cannot hide sin from God, and we cannot hide sin from ourselves. Adam and Eve also realized that they were naked. Sin had turned that which was beautiful into an occasion for more sin. Adam and Eve were no longer comfortable in their own skin. That is what sin does to us all.  We are no longer comfortable in our own skin. When we sin, we have a problem looking into the mirror. We don’t see the person we hoped we could be. When we sin, we also have a problem looking others in the eye. Actually, we have a problem looking at others, period. We no longer see them as reflections of God. Instead we see in them the images of our own sin. When we sin we become masters of transference.

God found Adam and Eve. There were horrible consequences for their letting sin into the world. They brought suffering and death to their progeny, but before expelling them from Paradise,  God helped them grapple with the terrible reality of sin. He sewed fig leaves for them to cover themselves up. This was not about sex.  This was about being vulnerable. This is what sin does to us. It makes us weak. It makes us vulnerable. But God loves us even in our sins. He offers us fig leaves. He gives us His protection. He covers us with His Grace.

God also made a promise to Adam and Eve. He promised that a time would come when the evil that they submitted to would be destroyed. One would come whose humility and love would be so profound that the devil himself would be defeated. O happy fault, we sing in the Exultet, the solemn hymn sung before the Paschal Candle at the beginning of the vigil. O happy fault, the sin of Adam has gained for us so great a Redeemer.

So here is our God, in the garden of Paradise, giving us hope, hope for healing from the devastation we bring upon ourselves with our own sins.  In the first garden God is telling us, “Do not give up.  Do not give up on yourselves. I will not give up on you. I love you too much to let you be in pain. I refuse to let you remain vulnerable. There is hope for healing. There is a magnificent Redeemer from sin, my Eternal Word.  I will give Him to you, and He will return you to me.” 

We come now to the second garden, the garden of Gethsemani. Jesus is in this garden, the Eternal Word emptied of His divinity, overwhelmed by the realization of the sacrifice He will make to fulfill the Father’s plan for mankind. When in His agony Jesus asked the Father to let this pass, was He asking the Father to find another way, one less painful than crucifixion, or was He asking that the turmoil He felt might be eliminated? We do not know.  Scripture only says that His prayer was so intense that His sweat turned into blood. It also says that His prayer was, “Thy will be done.

The garden of Gethsemani is the garden of challenge and the garden of choice. We visit this garden often.  There is turmoil in our family, and we want to strike out at the offender. But our Christianity calls us to kindness not vengeance.  There are crises and tragedies, and we join the Lord and pray, Let this pass, but we also add, “Thy will be done. Help me, Lord, to use this challenge as a way to draw others closer to you, as a  way for me to draw closer to you.” In the garden of Gethsemani we unite our pains and sufferings to the cross of Jesus Christ and know that somehow God will transform tragedy into triumph.

The garden of Gethsemani points us to the third garden, the garden of the Resurrection. Now in the place where He had been crucified there was a garden, and in the garden a new tomb, in which no one had yet been buried. So they laid Jesus there. Mary Magdeline went to that garden on Easter Sunday morning. And there she found her greatest hope realized. There she found the Lord, risen from the dead.

We also have come to the garden. We have found the Lord.  Or perhaps it is better said, He has found us. He gives us His life.  Baptism, the Easter sacrament, infuses us with the Life of God.  And our greatest hope has been realized.  Jesus Christ has defeated the power of evil in the world and in our own lives. We are not alone. Jesus Christ is with us, always. The temptations of the garden of Paradise and the challenges of the garden of Gethsemani, have been conquered on that hill near the garden of the Resurrection.  Jesus Christ is the Victor. And we Christians, tempted and challenged throughout our lives rejoice in the spiritual life we have been given on Easter Sunday. For Jesus Christ has risen from the dead.  We are His.  And He is ours.

A hundred years ago, Charles Austin Miles reflected on the Garden of the Resurrection and wrote[1]:

I come to the garden alone
While the dew is still on the roses
And the voice I hear falling on my ear
The Son of God discloses.

And He walks with me, and He talks with me,.
And He tells me I am His own;
And the joy we share as we tarry there,
None other has ever known.

He speaks and the sound of His voice,
Is so sweet the birds hush their singing;
And the melody that He gave to me
Within my heart is ringing.

And He walks with me, and He talks with me,.
And He tells me I am His own;
And the joy we share as we tarry there,
None other has ever known




[1] In the Garden (sometimes rendered by its first line I Come to the Garden Alone) is a gospel song written by American songwriter C. Austin Miles (1868–1946), a former pharmacist who served as editor and manager at Hall-Mack publishers for 37 years. According to Miles' great-granddaughter, the song was written "in a cold, dreary and leaky basement in New Jersey that didn't even have a window in it let alone a view of a garden.". The song was first published in 1912 and popularized during the Billy Sunday evangelistic campaigns of the early twentieth Century.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris