Domingo de Pascua de la Resurreción del Señor (2014)

Jean Paul Richter escribió en 1796, con 33 años, la edad de Cristo al morir, un pequeño opúsculo con un terrible nombre: Discurso de Cristo muerto desde lo alto del cosmos diciendo que no hay Dios[1]. Richter era un profundo creyente y escribió esta pequeña obra para mostrar lo terrible que sería el mundo si Dios no existiese. Le dio forma de un sueño, un mal sueño en el que se veía sumido. Al despertar de la terrible pesadilla se congratula de poder adorar a un Dios que rige con bondad este mundo[2].

El texto describe una visión terrible y desgarradora. El mundo aparece al descubierto. Los sepulcros se resquebrajan y los muertos avanzan hacia la resurrección. Aparece en el cielo un Cristo muerto. Los hombres corren a su encuentro con un terrible interrogante: ¿No hay Dios? y Cristo muerto les responde: No lo hay. Entonces les cuenta la experiencia de su propia muerte: «He recorrido los mundos, he subido por encima de los soles, he volado con la vía láctea a través de las inmensidades desiertas de los cielos. Pues bien, no hay Dios. He bajado hasta lo más hondo a donde el ser proyecta su sombra, he mirado dentro del abismo y he gritado allí: ¡Padre! ¿Dónde estás? Sólo escuché como respuesta el ruido del huracán eterno a quien nadie gobierna... Y cuando busqué en el mundo inmenso el ojo de Dios, se fijó en mí una órbita vacía y sin fondo...».

Entonces los niños muertos se acercan y le preguntan: Jesús, ¿ya no tenemos Padre? Y él contestó entre un río de lágrimas: Todos somos huérfanos. Vosotros y yo. ¡Todos estamos sin Padre!...». Después Cristo mira el vacío inmenso y la nada eterna. Sus ojos se llenan de lágrimas y dice llorando: «En un tiempo viví en la tierra. Entonces todavía era feliz. Tenía un Padre infinito y podía oprimir mi pecho contra su rostro acariciante y gritarle en la muerte amarga: ¡Padre! saca a tu hijo de este cuerpo sangriento y levántalo a tu corazón. Ay, vosotros, felices habitantes de la tierra que todavía creéis en El. Después de la muerte, vuestras heridas no se cerrarán. No hay mano que nos cure. No hay Padre...». Cuando el poeta despierta de esta terrible pesadilla, dice así. «Era un sueño. Mi alma lloró de alegría al poder adorar de nuevo a Dios. Mi gozo, mi llanto y mi fe en El fueron mi plegaria».

Nosotros, cristianos –católicos- con una fe a veces tan rutinaria y tan superficial, tan poco acostumbrada a detenerse y pensar ¿no deberíamos sentir algo semejante en esta mañana de Pascua? Alegría ¡Alegría incontenible! Un Gozo y agradecimiento muy profundos. «Hay Dios. En el interior mismo de la muerte ha esperado a Jesús para resucitarlo. Tenemos un Padre. No estamos huérfanos. Alguien nos ama para siempre».

Y si ante este Cristo resucitado, glorioso y lleno de vida sentimos que nuestro corazón vacila y duda, seamos sinceros ¡no pasa nada! La duda no es mala, la duda no es ni quiera una falta; la duda puede ser ese catalizador que nos mueve, ese fides quearens intellectum del que tanto le gustaba hablar a san Anselmo. Invoquemos con confianza a Dios. Sigamos buscándole con humildad. No lo sustituyamos por cualquier cosa. Dios está cerca. Mucho más cerca de lo que sospechamos[3].

Y junto a Él, su Madre, la criatura más perfecta, más hermosa y más amable que haya existido jamás. María –no lo dicen así los evangelios pero no es una herejía imaginarlo- seguramente fue la primera criatura en recibir el anuncio de la resurrección. La Virgen fue la llama que permaneció encendida en medio la terrible obscuridad que trajo sobre el universo la muerte del Hijo de Dios. Si nos acercamos a ella con sencillez seguramente de ésa alegría y ése gozo incontenible que ¡ay! Tanta falta nos hace a los cristianos



[1] Johann Paul Friedrich Richter, más conocido como Jean Paul (Wunsiedel, 21 de marzo de 1763 – Bayreuth, 14 de noviembre de 1825), fue un escritor alemán.
[2] Esta obra es conocida con el nombre de “El sueño”. Su publicación no tuvo ninguna repercusión en Alemania. Pero en 1814, en la segunda edición de la obra “L´Allemagne” de Madame Germaine Staël –la primera edición fue íntegramente secuestrada por Napoleón– aparece una traducción francesa de la obra. Mme Staël no es la autora de la traducción al francés, pero ésta es parcial y está burdamente manipulada[1]. Y no sólo la traducción, la propia obra aparece cercenada en el principio y el final, de forma que ya no es un mal sueño, sino un manifiesto del ateísmo. Bajo esta forma puede seguirse su rastro en la literatura francesa de los siglos XIX y XX franceses. Nerval, Vigny, Musset, Baudelaire y Gide son un claro exponente de estos ecos[2]. Debemos a Olegario González de Cardedal la publicación de la primera traducción fiel y directa al español –realizada por Andrés Sánchez Pascual– de la totalidad de este breve escrito de Jean Paul.
[3] J. A. Pagola, Buenas Noticias, Navarra 1985, p. 165 ss.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris