XXVII Domingo del Tiempo Ordinario (B)




Comenzamos el próximo jueves el Año de la Fe que el Santo Padre Benedicto XVI ha convocado para la Iglesia universal, y yo, muy contento, voy aprovechar para meterme en camisa de once varas[1] porque en lugar de comentar la carta Porta Fidei –que a éstas alturas ya todos hemos leído al menos un par de veces[2]- voy a dejar aquí un texto que apareció recientemente en los medios de comunicación a raíz de la muerte de Carlo María Martini, sacerdote jesuita, cardenal de la Iglesia católica y arzobispo emérito de Milán.

El texto –que no sé hasta dónde es apócrifo y hasta dónde auténtico- personalmente me ha dado mucho qué pensar a las puertas de éste tiempo en el que Benedicto XVI nos dice a los católicos que «no podemos dejar que la sal se vuelva sosa y la luz permanezca oculta[3]»[4], sintiendo, como la samaritana, la necesidad de acercarse al pozo para escuchar a Jesús, que invita a creer en él y a extraer el agua viva que mana de su fuente[5].

Digo antes que no sé hasta dónde es auténtico y hasta dónde apócrifo pero no le resto importancia y actualidad, al final da igual si lo escrito dijo el Cardenal o se le ha ocurrido a alguien más y lo ha firmado con el nombre del jesuita.

Si bien las preguntas que colorean la entrevista son, digamos,  incómodas y hasta un tanto atrevidas, están impregnadas de ideas evangélicas.

Dejo, pues, el texto de la (última) entrevista que el arzobispo emérito de Milán concedió a la prensa. Y que cada quien saque sus conclusiones, sobre todo a partir de la última pregunta que plantea a su interlocutor y en él a cada uno de los que formamos la Iglesia católica.

La última entrevista del Cardenal
Carlo María Martini SJ[6]


¿Cómo ve Usted la situación de la Iglesia?

«En la Europa del bienestar y en Norteamérica la Iglesia está cansada. Nuestra cultura ha envejecido, nuestras iglesias son grandes, nuestras casas religiosas están vacías y el aparato burocrático de la Iglesia aumenta, nuestros rituales y nuestros vestidos son pomposos. ¿Reflejan estas cosas lo que somos actualmente? (…) El bienestar pesa. Nos encontramos como el joven rico que se marchó triste cuando Jesús lo llamó para hacerlo discípulo suyo. Sé que no podemos desprendernos de todo con facilidad, pero al menos podríamos buscar hombres que sean libres y más cercanos al prójimo. Como lo fueron el obispo Romero y los mártires jesuitas de El Salvador. ¿Dónde están entre nosotros los héroes en los que inspirarnos? No podemos por ninguna razón limitarlos con los vínculos de la institución».

¿Qué puede ayudar a la Iglesia hoy?

«Al Padre Karl Rahner le gustaba usar la imagen de la brasa que se esconde bajo la ceniza. Yo veo en la Iglesia de hoy tanta ceniza sobre la braza, que a veces me asalta una sensación de impotencia. ¿Qué hacer para librar la brasa de la ceniza, de modo que pueda revigorizar la llama del amor? Ante todo debemos buscar esa braza, preguntarnos: ¿Dónde están aquellas personas llenas de generosidad como el buen samaritano, o con fe como el centurión romano, o entusiastas como Juan Bautista, o que se atreven a lo nuevo como Pablo, o son fieles como María Magdalena? Yo les aconsejo al Papa y a los obispos que busquen doce personas fuera de lo común para los puestos de dirección. Hombres que se muestren cercanos a los más pobres, que se rodeen de gente joven y experimenten cosas nuevas. Tenemos necesidad de confrontarnos con personas que ardan para que el espíritu pueda difundirse por todas partes».

¿Qué instrumentos aconseja contra el cansancio de la Iglesia?

«Sugiero tres muy importantes. El primero es la conversión: la Iglesia debe reconocer sus propios errores y recorrer un camino de cambio radical, comenzando por el Papa y por los obispos. Los escándalos de la pedofilia nos empujan a emprender un camino de conversión. Las preguntas sobre la sexualidad y sobre todos los asuntos que competen al cuerpo son un ejemplo. Son cuestiones importantes para todos y a veces incluso demasiado importantes. Debemos preguntarnos si todavía la gente escucha los consejos de la Iglesia en materia sexual. ¿La Iglesia es todavía en este campo una autoridad de referencia o sólo una caricatura en los medios?

El segundo instrumento es la Palabra de Dios. El Concilio Vaticano II ha restituido la Biblia a los católicos. (…) Sólo quien percibe en su corazón esta Palabra puede formar parte de aquellos que ayudarán a la renovación de la Iglesia y sabrán responder a las preguntas de la gente con opciones justas. La Palabra de Dios es sencilla y busca la compañía de un corazón que escuche (…). Ni el clero ni el Derecho Canónico puede sustituir a la interioridad de la persona. Todas las reglas externas, las leyes, los dogmas nos son dadas para aclarar la voz interior y para el discernimiento.

¿Para quién son los sacramentos? Estos son el tercer instrumento de curación. Los sacramentos no son un instrumento para la disciplina, sino una ayuda para las personas en los distintos momentos del camino y en las debilidades de la vida. ¿Llevamos los sacramentos a los hombres que necesitan una nueva fuerza? Pienso en todos los divorciados y en las parejas vueltas a casar, en las familias ampliadas. Todos ellos tienen necesidad de una protección especial. La Iglesia sostiene la indisolubilidad del matrimonio. Es una gracia cuando un matrimonio y una familia se logran (…). La actitud que tengamos con relación a las familias ampliadas determinará la cercanía a la Iglesia de las generaciones de hijos. Una mujer ha sido abandonada por el marido y encuentra un nuevo compañero que se ocupa de ella y de sus tres hijos. El segundo amor se logra. Si esta familia es discriminada, se está echando fuera no sólo a la madre sino también a sus hijos. Si los padres se sienten alejados de la Iglesia o no sienten su apoyo, la Iglesia perderá a la generación futura. Antes de la comunión rezamos: “Señor, yo no soy digno…”. Sabemos que no somos dignos (…). El amor es gracia. El amor es un don. La pregunta de si los divorciados pueden comulgar debería plantearse al revés. ¿Cómo puede la Iglesia salir con la fuerza de los sacramentos en ayuda de quien vive una situación familiar compleja?»

¿Qué hace Usted personalmente?

«La Iglesia se ha quedado retrasada 200 años. ¿Cómo no se sacude? ¿Tenemos miedo? ¿Miedo en vez de coraje? Pero sabemos que la fe es el fundamento de la Iglesia. La fe, es decir, la confianza, el coraje. Yo estoy viejo y enfermo, dependo de la ayuda de los demás. Las personas buenas en torno a mí me hacen sentir el amor. Este amor es más fuerte que el sentimiento de desconfianza que a veces percibo respecto a la Iglesia en Europa. Solo el amor vence al cansancio. Dios es Amor. Y ahora yo tengo una pregunta para ti: ¿Qué cosa puedes hacer tú por la Iglesia?» ■




[1]Esta expresión tiene su origen se sitúa en la Edad Media, en la ceremonia de adopción de un niño, tomando los problemas que ésta conlleva por decisión propia. El padre debía meter al niño por la manga de una camisa grande hecha para la ocasión. Luego lo sacaba por la cabeza o el cuello de la prenda y el padre le daba un fuerte beso en la frente como prueba de la aceptación de la paternidad. En algunas regiones de Europa la ceremonia continúa vigente pero con la madre, con objeto de simular el parto. El dicho además refleja una exageración en las dimensiones de la camisa, la cual no podía medir once (11) varas, ya que una (1) vara son treinta y tres (33) pulgadas, lo que equivale a unos ochenta y cuatro (84) centímetros. Así, la camisa mediría 363 pulgadas o bien 9.24 metros.
[3] cf. Mt 5, 13-16
[4] Porta Fidei n. 2
[5] cf. Jn 4, 14.
[6] El Padre Georg Sporschill, el jesuita que lo entrevistó en Coloquios nocturnos en Jerusalén, y la periodista Federica Radice tuvieron con él una conversación el pasado 8 de agosto: «Una suerte de testamento espiritual. El Cardenal Martini leyó y aprobó el texto». La traducción del original italiano al castellano es de P. Carlos Cardó, SJ y se puede encontrar aquí: http://prensa.jesuitas.pe/2012/09/la-ultima-entrevista-del-cardenal-carlo-maria-martini-sj/

New-old-ideas



Si el amor que me tenéis,
Dios mío, es como el que os tengo,
Decidme: ¿en qué me detengo?
O Vos, ¿en qué os detenéis?

- Alma, ¿qué quieres de mí?
-Dios mío, no más que verte.
-Y ¿qué temes más de ti?
-Lo que más temo es perderte.

Un alma en Dios escondida
¿qué tiene que desear,
sino amar y más amar,
y en amor toda escondida
tornarte de nuevo a amar?

Un amor que ocupe os pido,
Dios mío, mi alma os tenga,
para hacer un dulce nido
adonde más la convenga
Santa Teresa de Jesús 

VISUAL THEOLOGY



Saint Peter's baldachin (Italian: baldacchino) is a large Baroque sculpted bronze canopy, technically called a ciborium or baldachin, over the high altar of Saint Peter's Basilica in Vatican City, Rome, which is at the centre of the crossing and directly under the dome. Designed by the Italian artist Gian Lorenzo Bernini, it was intended to mark, in a monumental way, the place of Saint Peter's tomb underneath. Under its canopy is the High Altar of the basilica. Commissioned by Pope Urban VIII, the work began in 1623 and ended in 1634. The baldachin acts as a visual focus within the basilica; it itself is a very large structure and forms a visual mediation between the enormous scale of the building and the human scale of the people officiating at the religious ceremonies at the papal altar beneath its canopy


Twenty-seventh Sunday in Ordinary Time (B)


My brothers and sisters, if you have been paying attention to the previous Sunday, and if you've read the parish bulletin, you know that this week we will begin the Year of Faith, a very important event in the Universal Church, in our Archdiocese of San Antonio and our parish[1].

Why this year? Well, next Thursday October 11, the first day of the Year of Faith, is the fiftieth anniversary of the opening of the Second Vatican Council, and also the twentieth anniversary of the Catechism of the Catholic Church. Directly by Pope Benedict XVI Catholics around the world are asked to study and reflect on the documents of Vatican II and the Catechism so that we may deepen our knowledge and understanding of our faith. As simple as this.

The Pope is very clear why he is inviting us to this Year of the Faith: «since the start of my ministry as Successor of Peter, I have spoken of the need to rediscover the journey of faith. The Church must lead people towards the place of life, towards friendship with the Son of God. It often happens that Christians are more concerned for the social, cultural and political consequences of their commitment (…) We cannot accept that salt should become tasteless or the light be kept hidden[2]. The people of today –says Benedict XVI- can still experience the need to go to the well, like the Samaritan woman, in order to hear Jesus, who invites us to believe in him and to draw upon the source of living water welling up within him[3].

»We must rediscover a taste for feeding ourselves on the word of God (…) Indeed, the words of Jesus still resounds in our day with the same power: Do not labour for the food which perishes, but for the food which endures to eternal life[4].[5]

This is the central point of the Year of Faith: rediscover, revalue, feel again the love of the first time[6].

Few weeks ago, in Milan, a great cardinal of the Church passed away: Carlo Maria Martini. He was a beloved figure in Italy and in Europe; he was a man who really loved the Church, but at the same tome He use to made uncomfortable questions, questions that invite thinking. In the last interview he gave to the Italian press, he said something that made ​​me think a lot, is the same question that I bring here today, a question for you and your soul: «The Church is two hundred years behind. Why is it not being stirred? Are we afraid? Afraid instead of courageous? Faith is the Church’s foundation–faith, confidence, and courage. I’m old and ill and depend on the help of others. The good people around me enable me to experience love. This love is stronger than the feeling of discouragement that I sometimes feel in looking at the Church in Europe. Only love conquers weariness. God is Love. I have a question for you: “What can you do for the Church?»[7].

The Year of Faith is a wonderful opportunity to revive our faith, to know more. The topic we have in our parish is Approach, Read and Undersand; we also have prepared a full program of lectures and study sessions on Sunday evening because that is also the day of the Lord and we have a little more time…just check the bulletin.

So, my brother, my sister, stop complaining about the Church; stop complaining about the ministers, stop to criticizing bishops; it is time to do something about our faith and about the Church; it is time to know her much better. This Year of Faith is a great chance, a great challenge let us take it! And let us entrust this time of grace to our Lady, saying together blessed are you, Holy Mother of God because you believed![8]


[1]
[2] Cf. Mt 5:13-16
[3] Cf. Jn 4:14
[4] Jn 6:27
[5] Porta Fidei 2-3.
[6] Yet I hold this against you: You have forsaken the love you had at first (Rev 2:4).
[8] Lk 1:45.

Mi vida es un instante, una hora pasajera,
Mi vida es un momento que escapa fugitivo:
Tú lo sabes, Dios mío, para amarte en la tierra 
No tengo más que hoy.

Oh Jesús, yo te amo, a ti mi alma aspira...
Tan sólo por un día, sé tú mi dulce apoyo:
Ven y reina en mi alma y dame tu sonrisa,
Tan sólo para hoy.

¿Qué importa, Señor, del porvenir sombrío?
¿Rogarte por mañana? Oh no, yo no lo puedo.
Conserva mi alma pura; cúbreme de tus alas,
Tan sólo para hoy.

Si pienso en el mañana, temo por mi inconstancia,
Siento que en mi alma nacen tristeza y desaliento,
Mas, si, Dios mío, quiero sufrir y ser probada
Tan sólo para hoy.

¡Pan vivo, pan del cielo, divina Eucaristía,
oh misterio sublime que el amor inventó!
Ven y mora en mi alma, Jesús, mi blanca Hostia,
tan sólo para hoy.

El racimo de amor, con las almas por granos,
Sólo formarlo puedo en este día que huye...
¡Oh! Dame, Jesús mío, de un apóstol las llamas,
tan sólo para hoy.

Pronto quiero volar para contar sus glorias
Cuando el sol sin poniente me dará su fulgor:
Entonces cantaré con la lira del ángel
un sempiterno hoy 

texto citado por H. U. von Balthasar, 
Teresa de Lisieux. Historia de una misión
Barcelona 1964, 66-67.

XXVI Domingo del Tiempo Ordinario (B)


En El príncipe destronado, la estupenda novela de Miguel Delibes se cuenta la reacción del niño pequeño de una familia burguesa que, ante el nacimiento de un nuevo hermanito, se rebela porque que se siente desplazado, es un príncipe destronado. Intuye que, en adelante, los mimos han cambiado de heredero[1].

En el evangelio de hoy vemos que Juan tiene una reacción muy parecida: Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre (…) y no es uno de los nuestros. Se sentía, por lo visto «príncipe destronado». Sorprende esta actitud de Juan, cuando con toda seguridad había oído al Maestro decir que su padre dejaba caer el sol y la lluvia sobre los buenos y sobre los malos[2] ¿Qué le sucedía a Juan aquel día? ¿Qué nos pasa a nosotros? Porque resulta que no se trata de un caso aislado. Es una constante en el hombre y aún más en el cristiano. Por una parte, soñamos con un mundo en el que instauremos todas las cosas en Cristo, pero luego, intoxicados por un virus –mezcla de celos y envidia- ponemos peros y dificultades a quienes se disponen a trabajar en la viña del Señor.

La primera lectura trata de lo mismo: Josué, quiere prohibir a Eldad y Medad que profeticen, aun cuando el Espíritu había bajado sobre ellos. A lo largo de todo el Nuevo Testamento encontraremos más de lo mismo: el hermano del hijo pródigo que se molesta cuando el otro regresa  a la casa del padre[3]. Los que están en casa de Simón el fariseo y critican a aquella pecadora que lloraba sus pecados a los pies del Señor[4]. Los jornaleros de la primera hora, otro tanto de lo mismo: se quejaban al dueño de la viña porque les había dado un denario como a los últimos[5].

Hoy, veinte siglos después, los cristianos continuamos viviendo una tristeza mala, motivada por algún éxito de los demás, por sus aciertos pastorales. ¿De dónde nos vienen estas actitudes? ¿Es un individualismo absorbente? ¿Afán de mando? ¿Envidia, quizá? Es preciso desarraigar de nosotros esa cizaña y esforzarnos por trabajar en la tarea común del Reino que proclama la Iglesia.

En épocas pasadas se cultivó una teología estrecha que proclamaba duramente que «fuera de la Iglesia no hay salvación»[6]. Hoy sabemos muy bien que, además del bautismo de agua, hay en el hombre tantos anhelos de verdad, de inmortalidad» y de Absoluto, que pueden ser, sin duda, verdaderos bautismos de deseo.

El Concilio Vaticano II, en la declaración Nostra aetate, lo afirma infinitamente mejor: «La Iglesia Católica ve con sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y doctrinas (de otras religiones). Reflejan un destello de la Verdad que ilumina a todos los hombres».

Conviene, con frecuencia, hacernos un chequeo del corazón, con el médico ordinario y con el Médico divino. Hoy podemos examinar el nuestro y ponerlo en sintonía con el de Jesús. La comparación con la actitud de Cristo nos puede decir si tenemos un corazón mezquino o abierto. Si tendemos a pensar que tenemos el monopolio de la salvación o a ver a los demás por encima del hombro “porque no tienen medios de formación como los tengo yo” -¡ay frase desafortunada!- ahí hay algo importante qué corregir. Deberíamos ser más tolerantes, más abiertos, y alegrarnos de que se haga el bien y de que prosperen las iniciativas buenas, aunque no se nos hayan ocurrido a nosotros, aplaudir los éxitos de los demás, y reconocer que no siempre tenemos nosotros toda la razón.

Cuenta la historia que las batallas de la segunda guerra civil romana entre César y Pompeyo, éste, desconfiado y astuto, consideraba y trataba como enemigos a todos los que no se manifestaban abiertamente como aliados suyos, en cambio César, más generoso e inteligente, consideraba aliados suyos a todos cuantos no luchaban contra él. Esta diferencia de talante y la historia dieron la victoria a César sobre Pompeyo y desde luego trae a la memoria las palabras del Señor en el evangelio de hoy: El que no está contra nosotros está a favor nuestro.

La Iglesia, hermano mío, hermana mía, no puede pretender el monopolio de Cristo. Sí. Leíste bien. Si te revolviste inquieto en tu asiento regresa un momento, y lee la frase de nuevo. Cristo es más que la Iglesia, y desborda las fronteras de ésta. Por eso, sin renunciar a la Iglesia, debemos evitar servir de tropiezo a la buena gente que a su manera se inspira en Cristo. Muchos hombres, justos según su conciencia, están con Cristo sin saberlo porque no están contra Él.

En menos palabras: El Espíritu de Dios sopla donde quiere[7]  ■


[1] Miguel Delibes Setién (1920–2010) fue un novelista español y miembro de la Real Academia Española desde 1975 hasta su muerte, ocupando el sillón "e". Licenciado en Comercio, comenzó su carrera como columnista y posterior periodista de El Norte de Castilla, periódico que llegó a dirigir, para pasar de forma gradual a dedicarse enteramente a la novela. Gran conocedor de la fauna y flora de su entorno geográfico, apasionado de la caza y del mundo rural, supo plasmar en sus obras todo lo relativo a Castilla y a la caza. Se trata por tanto de una de las grandísimas figuras de la literatura española posterior a la Guerra Civil,
[2] Cfr. Mt 5, 44-45.
[3] Cfr. Lc 15, 11-32.
[4] Cfr. Idem 42:7-36.
[5] Cfr. Mt 20, 1-16.
[6]  Esta afirmación, dice el Catecismo de la Iglesia Católica (847) no se refiere a los que, sin culpa suya, no conocen a Cristo y a su Iglesia: los que sin culpa suya no conocen el Evangelio de Cristo y su Iglesia, pero buscan a Dios con sincero corazón e intentan en su vida, con la ayuda de la gracia, hacer la voluntad de Dios, conocida a través de lo que les dice su conciencia, pueden conseguir la salvación eterna (Lumen Gentium n.16; cf DS 3866-3872).
[7] Cfr. Jn 3, 8. 

New-old-ideas


Cristo es un misterio imposible de intuir sin su Espíritu Santo, que nos da "los ojos de la fe", para que realmente veamos en el amor lo que es, no ya en nosotros mismos, sino en la Iglesia, por la que nosotros debemos superar mediante la renuncia a nuestro punto de vista particular. Así, el salto a las alturas que posibilita la visión es también siempre un salto en lo invisible y así, y sólo así, la osadía siempre nueva del corazón es a al final el encuentro con el Amor absoluto  Hans Urs von Balthasar, Gloria. Una estética teológica. Parte segunda: Formas de estilo. Vol 3. Estilos laicales, Madrid 1986, 236).

VISUAL THEOLOGY


Ilustración del Concilio de Nicea,  El emperador Constatino (centro), y los obispos sosteniendo el credo niceno-constantinopolitano, que se escribió formalmente durante el Primer Concilio Ecuménico (en el año 325) y durante el Segundo Concilio Ecuménico en la Ciudad de Constantinopla (año 381). Es más explícito y más detallado que el apostólico. Es el empleado en la celebración eucarística

Twenty-sixth Sunday in Ordinary Time (B)


Most of you have been faithful Catholics throughout your lives. You have attended Mass weekly from looong time ago. You have lived moral lives and searched for ways to serve our Lord, particularly in your families. Most of you do not just come to St. Vincent on Sundays, you pray everyday! As human beings you fall, but you also rise up again through the sacraments. Most of you are very happy to be members of the Catholic Church. You see how the Holy Spirit continually works in our Mother the Catholic Church. Of course you have been disappointed by those priests and religious who have not been faithful to their vocations, but for every one who has caused scandal you know of hundreds of others who have been good servants of the Lord. In short: you know that the Catholic Church is the Church founded by the Lord and has been faithful to Him for two thousand years[1].

But then you also see how the Lord is working in other faiths. Just right here, very close to our community there are Christians, Methodists, Baptists, Pentecostals, and any other church, people who are living for God, serving Him in the poor… We have to be very conscious to the fact that the Spirit of God is alive and working through those within the Catholic Church, and those who themselves do not share in the seven sacraments or might not even believe in Jesus Christ.

We just heard something similar in the first reading: Eldad and Medad were not in the tent. They weren’t present with the 70 who received the Spirit back in the days of Moses. Yet, Eldad and Medad still received the Spirit and he Spirit still empowered them.

My brother, my sister, the Spirit is present in the Church. Jesus is present in the Blessed Sacrament. But the Spirit is also present where we, foolish human beings with our feeble attempts to limit God’s power, least expect to find Him.

Eldad and Medad, the man baptizing in Jesus’ name: no one can control the Spirit. He is God, the action of Love that has been unleashed upon the world through the Gift of the Father and the Sacrifice of the Son is so huge!

The salvation brought in Christ through the Spirit works beyond the Church's frontiers.

So, Father, what then, is the Catholic attitude towards the followers of other religions? Well, we accept them as fellow human beings and we respect their religious faith and we seek to understand and appreciate all that is beautiful, good and true in their religion. We also wish to share the fullness of the Christian faith with them–not obliterating their culture and religion, but allowing it to be fulfilled and completed in the belief and practice of Christianity. In this process we do not wish to impose anything on anyone. We propose we do not impose. Neither do we condemn anyone to hell. No Catholic–not even the pope–can pronounce judgment on anyone’s eternal soul. That is God’s job. This allows us, therefore, to be perfectly tolerant and accepting of all.

The invitation for this Sunday is to be simple of heart, and not think that we own the monopoly of salvation. It's great to think that God's Spirit blows where it wants and gives salvation to whom He wants.

This evening [morning] we thank God today for the wonders of the Holy Spirit, in our lives, in our parish and in the world. We thank God for being born in the Catholic Church or received into it there; we also thank God that He continues to pour out His spirit around the earth and calling everyone, absolutely everyone, to Him ■


[1] Sunday 30th September, 2012, 26th Sunday in Ordinary Time. Readings: Numbers 11:25-29. The precepts of the Lord give joy to the heart. Ps 18(19):8, 10, 12-14. James 5:1-6. Mark 9:38-43, 45, 47-48 [St Jerome].


Si he sentir en mi ser
tus abrazos y cariño,
haz, Jesús, que como niño
pueda mirarte y creer.

Yo quiero ser el primero,
lo pide mi corazón;
mas tú me das la lección,
alzado sobre el madero.

Yo quiero ser importante
y ser voz y ser bandera,
mas no fue tal tu manera,
ni tu porte ni talante.

Si he sentir en mi ser
tus abrazos y cariño,
haz, Jesús, que como niño
pueda mirarte y creer.

Quiero infinito querer,
que nada me satisface,
quiero que solo me abrace
el triunfo sin padecer.

Más tú quieres mucho más,
cuando a seguirte me invitas
y en tu corazón me citas:
Solo aquí descansarás.

Si he sentir en mi ser
tus abrazos y cariño,
haz, Jesús, que como niño
pueda mirarte y creer.

El monte de mi deseo
es el monte de mis sueños:
mas qué ruines y pequeños
cuando me acerco y te veo.

Mi corona y mi grandeza
supera a todo reinado,
y es Jesús crucificado,
inclinando la cabeza.

Si he sentir en mi ser
tus abrazos y cariño,
haz, Jesús, que como niño
pueda mirarte y creer.

Jesús, secreto escondido
en la santa comunión,
si yo gusto de este don,
lo demás es desabrido.

Jesús, dulce sacramento,
Evangelio de mi paz,
dame tu divina faz,
y de tu boca el aliento
P. Rufino Mª Grández, ofmcap,
Septiembre 2009.

XXV Domingo del Tiempo Ordinario (B)


El evangelio que acabamos de escuchar se desdobla como en dos partes: una primera en la que los apóstoles no entienden bien lo que sucede, y otra en la que el Señor afirma que quien quiera ser el primero debe que hacerse el último. Nuevamente nos encontramos la cuestión de la fe; o, mejor dicho, lo difícil que resulta ser un creyente en el estricto sentido de la palabra.

Mucho se ha escrito sobre si la fe se puede o no razonar; sobre si, aunque no sea demostrable, al menos puede ser lógica, comprensible y acorde a la estructura psicológica del hombre. Todo esto aunque importante puede quedarse en un discurso académico y servir para poco –o nada- en el día a día. Lo esencial no es que el hombre discuta y dialogue sobre cómo puede ser esto de la fe, sino que la viva, como sucede con la alegría, la amistad, la felicidad o el amor, donde lo importante no es soñar con esas realidades, sino vivirlas de manera concreta.

La fe es una amistad, una relación personal, una confianza; es una vivencia, una experiencia, y no una costumbre social, una rutina y mucho menos la suma de ritos, de prácticas superficiales o incluso de actos semi-mágicos, etc. Y es que la suma de actos perfectos no hacen un hombre prefecto; no lo olvidemos. Se puede ofrecer el día rezando miles de jaculatorias, hacer medias horas de oración y ser un perfecto gruñón, un cascarrabias, alguien absolutamente insoportable, histérico, lejano a los intereses de los demás, encasillado en su mal carácter, engreído, agrio, avinagrado y, con frecuencia, solitario, incapaz de dar cariño y, lo que es peor, de recibirlo.

Lo más importante es la relación con una persona, un Alguien con quien convivimos, con quien entrelazamos y entretejemos nuestra vida, un Alguien con quien contamos, a quien consultamos a la hora de tomar decisiones en nuestra existencia; un Alguien cuyas ideas influyen e informan nuestras ideas y, por lo tanto, nuestra vida; un Alguien cuya vida es un modelo a seguir e imitar. Por todo eso la fe traspasa el nivel de lo meramente pensado, razonado o razonable, y es algo mucho más profundo, más serio y más vital. La fe vivida y entendida como un confiar plenamente en Jesús.

Los discípulos no entienden las palabras de Jesús porque están en franca contradicción con lo que ellos imaginaban, en contradicción con la imagen que ellos se habían formado de lo que tenía que ser el Mesías: un ser fuerte y potente que con brazo enérgico dominaría todo; y Jesús, les habla de morir nada menos que a manos de los hombres. Aquello no tenía sentido. Era ilógico e incomprensible.

Pero, por encima de todo eso, estaba la fe. Los apóstoles confiaban en Jesús; y, a pesar de las dudas y recelos, siguen con Él; discutiendo y hablando en unos términos muy humanos (¿quién es el más importante?), pero junto a Él.
Todavía tendrán que pasar por muchas dificultades, por muchas dudas, por muchas noches oscuras. San Lucas dirá que se les abrió el entendimiento tiempo después de la resurrección[1]; Tomás será reacio incluso al testimonio de sus compañeros; Juan entró en el sepulcro vacío y entonces creyó, porque aún no habían entendido lo que dice la Escritura[2]. Pero siguieron adelante, confiando en el Señor. Sólo porque habían puesto por encima de todo la confianza en Alguien pudieron seguir adelante y atravesar las noches oscuras, las situaciones incomprensibles, las palabras aparentemente ilógicas y sin sentido del Maestro. Supieron ir más allá de las simples apariencias[3].

Sólo la fe podía hacer comprensible para los apóstoles aquello de El que quiera ser el primero, que se haga el último. Nosotros no lo entendemos porque nos falta fe, porque no confiamos de verdad. Le llamamos Señor, pero just in case preferimos tener nuestros propios medios, nuestros propios recursos, nuestras reserva, nuestras seguridades. Y sobre todo nuestras opiniones.

No lo vamos a negar: ser el último, en nuestra sociedad, es una tragedia: el último del salón de clase es humillante; el último en el trabajo hace la risa de todos; el último en dinero es casi un ejemplar de museo; el último –o la última- en belleza nos es repugnante; el último en fama es un pobre desgraciado; el último en amor es idiota o tonto.

Y el Señor insiste: el último será el primero. ¿Quién puede entender esto? Nadie, o muy pocos, si no hay, por delante, una confianza plena y total en Él y, como consecuencia, en lo que Él dice, en lo que Él enseña, en lo que Él nos indica. Señor ¡auméntamos la fe!  ■


[1] Cfr Lc 24, 45
[2] Jn. 20, 8
[3] L. Gracieta, Dabar 1985, n. 47.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris