XXV Domingo del Tiempo Ordinario (B)


El evangelio que acabamos de escuchar se desdobla como en dos partes: una primera en la que los apóstoles no entienden bien lo que sucede, y otra en la que el Señor afirma que quien quiera ser el primero debe que hacerse el último. Nuevamente nos encontramos la cuestión de la fe; o, mejor dicho, lo difícil que resulta ser un creyente en el estricto sentido de la palabra.

Mucho se ha escrito sobre si la fe se puede o no razonar; sobre si, aunque no sea demostrable, al menos puede ser lógica, comprensible y acorde a la estructura psicológica del hombre. Todo esto aunque importante puede quedarse en un discurso académico y servir para poco –o nada- en el día a día. Lo esencial no es que el hombre discuta y dialogue sobre cómo puede ser esto de la fe, sino que la viva, como sucede con la alegría, la amistad, la felicidad o el amor, donde lo importante no es soñar con esas realidades, sino vivirlas de manera concreta.

La fe es una amistad, una relación personal, una confianza; es una vivencia, una experiencia, y no una costumbre social, una rutina y mucho menos la suma de ritos, de prácticas superficiales o incluso de actos semi-mágicos, etc. Y es que la suma de actos perfectos no hacen un hombre prefecto; no lo olvidemos. Se puede ofrecer el día rezando miles de jaculatorias, hacer medias horas de oración y ser un perfecto gruñón, un cascarrabias, alguien absolutamente insoportable, histérico, lejano a los intereses de los demás, encasillado en su mal carácter, engreído, agrio, avinagrado y, con frecuencia, solitario, incapaz de dar cariño y, lo que es peor, de recibirlo.

Lo más importante es la relación con una persona, un Alguien con quien convivimos, con quien entrelazamos y entretejemos nuestra vida, un Alguien con quien contamos, a quien consultamos a la hora de tomar decisiones en nuestra existencia; un Alguien cuyas ideas influyen e informan nuestras ideas y, por lo tanto, nuestra vida; un Alguien cuya vida es un modelo a seguir e imitar. Por todo eso la fe traspasa el nivel de lo meramente pensado, razonado o razonable, y es algo mucho más profundo, más serio y más vital. La fe vivida y entendida como un confiar plenamente en Jesús.

Los discípulos no entienden las palabras de Jesús porque están en franca contradicción con lo que ellos imaginaban, en contradicción con la imagen que ellos se habían formado de lo que tenía que ser el Mesías: un ser fuerte y potente que con brazo enérgico dominaría todo; y Jesús, les habla de morir nada menos que a manos de los hombres. Aquello no tenía sentido. Era ilógico e incomprensible.

Pero, por encima de todo eso, estaba la fe. Los apóstoles confiaban en Jesús; y, a pesar de las dudas y recelos, siguen con Él; discutiendo y hablando en unos términos muy humanos (¿quién es el más importante?), pero junto a Él.
Todavía tendrán que pasar por muchas dificultades, por muchas dudas, por muchas noches oscuras. San Lucas dirá que se les abrió el entendimiento tiempo después de la resurrección[1]; Tomás será reacio incluso al testimonio de sus compañeros; Juan entró en el sepulcro vacío y entonces creyó, porque aún no habían entendido lo que dice la Escritura[2]. Pero siguieron adelante, confiando en el Señor. Sólo porque habían puesto por encima de todo la confianza en Alguien pudieron seguir adelante y atravesar las noches oscuras, las situaciones incomprensibles, las palabras aparentemente ilógicas y sin sentido del Maestro. Supieron ir más allá de las simples apariencias[3].

Sólo la fe podía hacer comprensible para los apóstoles aquello de El que quiera ser el primero, que se haga el último. Nosotros no lo entendemos porque nos falta fe, porque no confiamos de verdad. Le llamamos Señor, pero just in case preferimos tener nuestros propios medios, nuestros propios recursos, nuestras reserva, nuestras seguridades. Y sobre todo nuestras opiniones.

No lo vamos a negar: ser el último, en nuestra sociedad, es una tragedia: el último del salón de clase es humillante; el último en el trabajo hace la risa de todos; el último en dinero es casi un ejemplar de museo; el último –o la última- en belleza nos es repugnante; el último en fama es un pobre desgraciado; el último en amor es idiota o tonto.

Y el Señor insiste: el último será el primero. ¿Quién puede entender esto? Nadie, o muy pocos, si no hay, por delante, una confianza plena y total en Él y, como consecuencia, en lo que Él dice, en lo que Él enseña, en lo que Él nos indica. Señor ¡auméntamos la fe!  ■


[1] Cfr Lc 24, 45
[2] Jn. 20, 8
[3] L. Gracieta, Dabar 1985, n. 47.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris