XXVI Domingo del Tiempo Ordinario (B)


En El príncipe destronado, la estupenda novela de Miguel Delibes se cuenta la reacción del niño pequeño de una familia burguesa que, ante el nacimiento de un nuevo hermanito, se rebela porque que se siente desplazado, es un príncipe destronado. Intuye que, en adelante, los mimos han cambiado de heredero[1].

En el evangelio de hoy vemos que Juan tiene una reacción muy parecida: Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre (…) y no es uno de los nuestros. Se sentía, por lo visto «príncipe destronado». Sorprende esta actitud de Juan, cuando con toda seguridad había oído al Maestro decir que su padre dejaba caer el sol y la lluvia sobre los buenos y sobre los malos[2] ¿Qué le sucedía a Juan aquel día? ¿Qué nos pasa a nosotros? Porque resulta que no se trata de un caso aislado. Es una constante en el hombre y aún más en el cristiano. Por una parte, soñamos con un mundo en el que instauremos todas las cosas en Cristo, pero luego, intoxicados por un virus –mezcla de celos y envidia- ponemos peros y dificultades a quienes se disponen a trabajar en la viña del Señor.

La primera lectura trata de lo mismo: Josué, quiere prohibir a Eldad y Medad que profeticen, aun cuando el Espíritu había bajado sobre ellos. A lo largo de todo el Nuevo Testamento encontraremos más de lo mismo: el hermano del hijo pródigo que se molesta cuando el otro regresa  a la casa del padre[3]. Los que están en casa de Simón el fariseo y critican a aquella pecadora que lloraba sus pecados a los pies del Señor[4]. Los jornaleros de la primera hora, otro tanto de lo mismo: se quejaban al dueño de la viña porque les había dado un denario como a los últimos[5].

Hoy, veinte siglos después, los cristianos continuamos viviendo una tristeza mala, motivada por algún éxito de los demás, por sus aciertos pastorales. ¿De dónde nos vienen estas actitudes? ¿Es un individualismo absorbente? ¿Afán de mando? ¿Envidia, quizá? Es preciso desarraigar de nosotros esa cizaña y esforzarnos por trabajar en la tarea común del Reino que proclama la Iglesia.

En épocas pasadas se cultivó una teología estrecha que proclamaba duramente que «fuera de la Iglesia no hay salvación»[6]. Hoy sabemos muy bien que, además del bautismo de agua, hay en el hombre tantos anhelos de verdad, de inmortalidad» y de Absoluto, que pueden ser, sin duda, verdaderos bautismos de deseo.

El Concilio Vaticano II, en la declaración Nostra aetate, lo afirma infinitamente mejor: «La Iglesia Católica ve con sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y doctrinas (de otras religiones). Reflejan un destello de la Verdad que ilumina a todos los hombres».

Conviene, con frecuencia, hacernos un chequeo del corazón, con el médico ordinario y con el Médico divino. Hoy podemos examinar el nuestro y ponerlo en sintonía con el de Jesús. La comparación con la actitud de Cristo nos puede decir si tenemos un corazón mezquino o abierto. Si tendemos a pensar que tenemos el monopolio de la salvación o a ver a los demás por encima del hombro “porque no tienen medios de formación como los tengo yo” -¡ay frase desafortunada!- ahí hay algo importante qué corregir. Deberíamos ser más tolerantes, más abiertos, y alegrarnos de que se haga el bien y de que prosperen las iniciativas buenas, aunque no se nos hayan ocurrido a nosotros, aplaudir los éxitos de los demás, y reconocer que no siempre tenemos nosotros toda la razón.

Cuenta la historia que las batallas de la segunda guerra civil romana entre César y Pompeyo, éste, desconfiado y astuto, consideraba y trataba como enemigos a todos los que no se manifestaban abiertamente como aliados suyos, en cambio César, más generoso e inteligente, consideraba aliados suyos a todos cuantos no luchaban contra él. Esta diferencia de talante y la historia dieron la victoria a César sobre Pompeyo y desde luego trae a la memoria las palabras del Señor en el evangelio de hoy: El que no está contra nosotros está a favor nuestro.

La Iglesia, hermano mío, hermana mía, no puede pretender el monopolio de Cristo. Sí. Leíste bien. Si te revolviste inquieto en tu asiento regresa un momento, y lee la frase de nuevo. Cristo es más que la Iglesia, y desborda las fronteras de ésta. Por eso, sin renunciar a la Iglesia, debemos evitar servir de tropiezo a la buena gente que a su manera se inspira en Cristo. Muchos hombres, justos según su conciencia, están con Cristo sin saberlo porque no están contra Él.

En menos palabras: El Espíritu de Dios sopla donde quiere[7]  ■


[1] Miguel Delibes Setién (1920–2010) fue un novelista español y miembro de la Real Academia Española desde 1975 hasta su muerte, ocupando el sillón "e". Licenciado en Comercio, comenzó su carrera como columnista y posterior periodista de El Norte de Castilla, periódico que llegó a dirigir, para pasar de forma gradual a dedicarse enteramente a la novela. Gran conocedor de la fauna y flora de su entorno geográfico, apasionado de la caza y del mundo rural, supo plasmar en sus obras todo lo relativo a Castilla y a la caza. Se trata por tanto de una de las grandísimas figuras de la literatura española posterior a la Guerra Civil,
[2] Cfr. Mt 5, 44-45.
[3] Cfr. Lc 15, 11-32.
[4] Cfr. Idem 42:7-36.
[5] Cfr. Mt 20, 1-16.
[6]  Esta afirmación, dice el Catecismo de la Iglesia Católica (847) no se refiere a los que, sin culpa suya, no conocen a Cristo y a su Iglesia: los que sin culpa suya no conocen el Evangelio de Cristo y su Iglesia, pero buscan a Dios con sincero corazón e intentan en su vida, con la ayuda de la gracia, hacer la voluntad de Dios, conocida a través de lo que les dice su conciencia, pueden conseguir la salvación eterna (Lumen Gentium n.16; cf DS 3866-3872).
[7] Cfr. Jn 3, 8. 

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris