Nuestro Pastor se ha alzado de la tumba,
ha empuñado el cayado y se adelanta,
y va por el sendero de la vida,
un rebaño escogido lo acompaña.

No puede el lobo herir de eterna muerte
si el Pastor nos defiende con su vara;
el rebaño, seguro y obediente,
al lado del Pastor tranquilo avanza.

El rayo y la tormenta se disipan
por el sol que alumbró la clara Pascua;
ya no habrá noche ni temor maligno,
sigue el rebaño y canta su alabanza.

El Pastor nos conoce, somos suyos,
por el cuerpo y el alma nos traspasa;
y es su mirada espejo de su Padre,
la verdad y la paz, gozosa calma.

Y a su Pastor conocen las ovejas,
los suaves silbos, las secretas hablas;
igual que el Padre al Hijo bienamado,
el rebaño al Pastor le mira y ama.

¡Oh buen Pastor y guía de la Iglesia,
revestido de luz por la mañana,
bendito tú que muerto por tu grey
hoy te gozas al verla rescatada! Amén

Rufino María Gránde (letra) – 
Fidel Aizpurúa  (música), capuchinos.

IV Domingo de Pascua (B)


Hay dos experiencias como muy básicas que todo cristiano está llamado a vivir: la primera es sentir a Cristo vivo, resucitado de entre los muertos. La segunda es sentirse hijo de Dios y, como tal, llamado a compartir con Cristo esa nueva vida.

Ambas cosas se pueden explicar, se puede enseñar en la catequesis, se pueden repetir una y mil veces en las homilías, se pueden incluso saber de memoria y repetir cada mañana, pero lo decisivo no es que se sepan, sino que se experimenten, que se sientan, se vivan[1].

Hay muchos cristianos a los que no les cuesta nada decir que Dios es su Padre, pero que no se sienten hijos de Dios, que no sienten esa vibración de hijo que, lógicamente, sentimos ante nuestros padres de carne y sangre. Y es que quizá en nuestra catequesis ésta verdad la hemos transmitido como un concepto y no como una experiencia. C'est le petit difference. Quizás hemos insistido demasiado en la justicia de Dios, o en su grandeza, o en su poder, y lo que hemos conseguido es transmitir a un Dios lejano, distante, inaccesible... Así, ¿quién puede sentirlo como Padre? Lo propio de un padre es la cercanía, la disponibilidad, el tenerlo al lado, el sentir la seguridad y la confianza que nos transmite... ¿Así sentimos a Dios?

Ese fue el afán de Jesús, su gran misión fue acercarnos a Dios, facilitarnos el reconocerlo a nuestro lado, hacernos comprender que es nuestro Padre, y que esto no es un título más en la larga lista de atributos que podemos aplicarle, sino el principal y primero, el único que de verdad importa e interesa.

El afán del Señor no era que sintiéramos temor ante el poder de Dios, sino paz ante su amor, consuelo ante su cercanía, confianza ante su paternidad. Y para transmitir ese mensaje de la paternidad de Dios, mucho nos ayudaría ser nosotros más comprensivos con el hombre de hoy: menos condenas y más comprensión. Comprender, ayudar, salvar... ¿Cuándo vamos a entender que los que llamamos “marginados” o “gente  sin formación” -¡ay frase desdichada!- no necesitan tanto que les recordemos lo que deberían hacer como que son, también ellos, hijos de Dios, igual que la oveja perdida no necesita sermones sino alguien que se remangue los pantalones y se vaya a buscarla, y esté con ella, y la eche sobre sus hombros, y la cuide...? La imagen del pastor y la oveja, que nos trae el Evangelio de hoy, es más, mucho más que una fuente de inspiración para decorar oratorios o hacer ornamentos.

Y ser pastor no es fácil: el buen pastor que da la vida por las ovejas ¡Dar la vida! Pastores somos todos: de los hijos, de los padres, de los amigos, de los empleados, de los pacientes, de los vecinos. Y el evangelio es muy claro: si no somos (pastores), somos asalariados, llenos de buenas palabras, de homilías en la web, de tomos y tomos de libros de meditaciones… que salimos corriendo en cuanto viene el lobo, dejando las ovejas a su suerte.

Yo me pregunto ¿a cuántas ovejas he dejado a su suerte? Y si tengo el valor de decir “se lo tiene merecido” ¿Eso es ser buen pastor? Hoy por hoy, los cristianos: ¿Qué hacemos con las mujeres que abortan, con las personas homosexuales, con quienes han sufrido el drama del divorcio, con quienes están enganchados en la droga, en el alcohol, en el juego, en las deudas; qué hacemos con los emigrantes? Rápidamente los clasificamos con una eterna etiqueta, incluso antes de reconocerles la categoría de personas. Los vemos por su peculiaridad antes que por su esencialidad. Y solemos dejarlos dejamos abandonados a su suerte, no permitiéndoles el acceso a ciertos colegios, a ciertos círculos, a ciertos ambientes (¡menos mal que siempre quedarán las parroquias!) ¿Así es cómo buscamos que el hombre y la  mujer de hoy se sientan hermanos de Cristo e hijos de un  mismo  Padre?

A veces da la impresión que ser hijos de Dios no es un don que el Padre hace a todos, sino un privilegio de élite, y si alguien necesita descubrir que Dios es Padre son, precisamente los abandonados, los que nada tienen, de la misma manera que la oveja que necesita que su pastor vaya a por ella es la que se ha perdido y no las que se han quedado bien seguras en el redil, igual que no necesitan de médico los sanos, sino los enfermos[2].

San Pedro, en la primera lectura de este domingo, inspirado por el Espíritu Santo, dice que la piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Quizá nosotros hoy seguimos haciendo lo mismo, y desechamos las piedras angulares de nuestra vida, porque no prestamos atención al divorciado, al homosexual, al depresivo, al desempleado –que calificamos rápidamente de huevón (sic)- en otras palabras: desechamos a los pobres –a las ovejas perdidas- sin darnos cuenta que ellos son los que nos ofrecen la posibilidad de ser más humanos, más cercanos, más hermanos.

Hoy por hoy, Abril del año 2012, somos hijos de Dios, aunque no se note del todo, y eso debe abrir nuestro corazón a la esperanza. Estamos a tiempo, podemos hacerlo, podemos sentirnos hijos y, por lo tanto, hermanos de los hombres. Podemos cambiar la sociedad y el mundo, podemos hacer realidad el Reino de Dios entre nosotros. Y si esto suena a utopía ¡Pues sí!: lo propio del cristiano es la utopía, la utopía de la fraternidad universal[3]

Que la madre del Buen Pastor –la divina Pastora- que es Hija del Padre, Madre del Hijo y esposa del Espíritu Santo nos ayude a comprender esto, e interceda constantemente por nosotros delante de Dios ■


[1] L. Gracieta, Dabar, 1994, n. 28.
[2] Cfr Lc 5, 29-32.
[3] El concepto utopía se refiere a la representación de un mundo idealizado que se presenta como alternativo al mundo realmente existente, mediante una crítica de éste. El término fue concebido por Tomás Moro en su obra De Optimo Repūblicae Statu deque Nova Insula Utopia, donde Utopía es el nombre dado a una comunidad ficticia cuya organización política, económica y cultural contrasta en numerosos aspectos con las sociedades humanas de su época. Sin embargo, aunque el término fue creado por él, el concepto subyacente es anterior. En la misma obra de Moro puede verse una fuerte influencia e incluso directa referencia a La República, de Platón, obra que presenta asimismo la descripción de una sociedad idealizada. En el mismo sentido, las narraciones extraordinarias de Américo Vespucio sobre la recién avistada las islas de Fernando de Noronha, en 15032 y el espacio abierto por el descubrimiento de un Nuevo Mundo a la imaginación, son factores que estimularon el desarrollo de la utopía de Moro.
Ilustración: Ia Orana Maria (Ave Maria), Paul Gauguin  (1848–1903), Metropolitan Museum of Art (New York). 

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En el corazón, donde todo puede callar y todo calla (si nosotros lo permitimos), se renueva, a cada instante, la Presencia de Dios y nuestra vida misma. Sin ansiedad alguna, sin tensión, ni angustia, sin temor desde luego, reposamos en el Corazón de Aquél que nunca está lejos. Basta un instante de fe, de esperanza, de amor; porque Él llama, incesantemente, a nuestra puerta. No pensemos que es difícil abrir, no juzguemos acerca de "introducciones" o de "métodos", simplemente hemos de DEJAR, en la paz que nos es dada, aún en medio de las mayores pruebas. La oración es directa... e inmediata. -¡Señor, sí quiero, te quiero a Tí! Ermitaño urbano

VISUAL THEOLOGY



The Parable of the Good Shepherd,  Pieter Bruegel the Elder  (Netherlandish, Breda (?) ca. 1525–1569 Brussels, Metropolitan Museum of Art (New York) ■

Fourth Sunday of Easter (B)


I was recently reading about George Washington, Thomas Jefferson, and Andrew Jackson. Most of these early American leaders were religious people, indeed they put “In God We Trust,” on our bills, however at the same time most of them embraced a theology that said God was very distant from the individual. In other words: God created mankind and is available for major emergencies, but He doesn’t get involved with an individual person’s problems or even his or her life[1].

And you know it is very easy for us to fall in the same way of thinking, especially when we consider some of our Easter formulas. For example, we say, correctly, “Jesus died on the cross to save mankind from sin.” Or, “He saved us from the power of the devil.” True again. But if we stop there, we could easily become people worshiping a distant but uninvolved God. Jesus does more than just care for mankind in general. He cares for us as individuals. No one is insignificant to Him. There is nothing about any of our lives, no situation, no event, no concern, no fear, no joy that the Lord does not want to embrace. If we give it to Him, He makes our needs His needs. He loves every part of each one of our lives.

And to remember this very well, the liturgy presents this fourth Sunday of Easter the Gospel of the Good Shepherd. The Good Shepherd cares for each one of His Sheep. He lays down His life for His sheep; I mean Jesus didn’t just die for mankind in general. No. He died for you and for me. He knows His sheep: He knows you and He knows me, in fact, He knows us better than we know ourselves. He knows everything that has affected our lives from the days when we were in our mothers’ wombs.

And He saves us from our sins. Each of us. When I come upon that expression, “He saves us from our sins,” I’m tempted to limit this to something like “I can go to heaven because of the Blood of Jesus.” And that is true. But there is more, so much more: What would we be like without Jesus?

Ask yourselves this question this morning, and be honest. At least I can imagine the things that I would be doing. I consider the sins I commit now and am embarrassed to realize that if this is how I behave when I have Jesus’ grace, how would I behave if I didn’t treasure His grace? It is scary! Left to our own devices, left to focusing on ourselves, life becomes frightening.

Add to all this the effects of our sins on us. Well, Christ the Good Shepherd saves us from these too…

Somewhere in the gospel our Lord told the parable of the merchant who found the pearl of great price. Everything was sold to purchase that pearl. Well, indeed we have found the pearl of great price. Or perhaps, to put it better, the Pearl has found us. And now we, like the merchant, are willing to do whatever we can to hold onto that Pearl. Are we really determined to buy the pearl and take care of? Perhaps this is the fundamental question of every Christian.

So, what is the lesson that we take home today? Something very simple and very useful for spiritual life: Jesus cares about each of us. He calls us by name and loves us. If the Good Shepherd allows pain, suffering, the contradiction in our life ... Is it because he wants us we seem to him? Does he want us to be purified?

This Sunday, the Sunday of the Good Shepherd, we should be happy because the Church, like Israel before it, has its promised Shepherd who leads it through dark valleys until it enters “green pastures.” We may be like sheep feeding with eyes set on the small plot of life before us, our minds hardly aware a world redeemed by Jesus Christ. But the Good Shepherd is never far away. Though we do not see him, he leads us — the Shepherd and Guardian of our souls ■


[1] Sunday 29th April, 2012, 4th Sunday of Easter. W. Acts 4:8-12. The stone rejected by the builders has become the cornerstone—Ps 117(118):1, 8-9, 21-23, 26, 28-29. 1 John 3:1-2. John 10:11-18.

El amor y la muerte
han combatido,
y la muerte al amor
no le ha podido.
Fue el amor lo primero
que el Padre quiso.

¡Ah!, qué cuerpo perfecto
- tacto divino - ;
con los labios y boca
yo lo he comido,
y esa sangre encendida
yo la he bebido.

La corona de espinas
la frente ha herido,
y de perlas preciosas
quedó ceñido;
reclinó la cabeza
cual Rey invicto.

Roja llama del día,
fuerte latido,
se quedaron los hombres
de luz vestidos,
y el pecado de Adán
se fue al olvido.

Es un canto de gloria
el Cuerpo Místico;
todos gracias te dicen,
¡oh Jesucristo!,
suave amor de la tierra,
cielo ofrecido. Amén

P. Rufino María Grández, ofmcap,
Jerusalén, diciembre 1985

III Domingo de Pascua (B)

San Lucas pone en boca del Señor resucitado estas palabras dirigidas sus apóstoles: ¿Por qué os alarmáis?¿Por qué surgen tantas dudas en vuestro corazón.

¡Cuántos hombres y mujeres de nuestros días responderían inmediatamente! enumerando un conjunto de razones y factores que provocan dudas en su corazón[1].

Sin embargo hemos de recordar que muchas de nuestras dudas, aunque tal vez las percibamos hoy con una sensibilidad especial, son las dudas de siempre vividas por hombres y mujeres de todos los tiempos. No podemos olvidar aquello que con tanto acierto dice Jaspers: «Todo lo que funda es oscuro»[2]. La última palabra sobre el mundo y el misterio de la vida se nos escapa. El sentido último de nuestro ser se nos oculta.

Entonces ¿qué hacer ante las dudas, los interrogantes o inquietudes que nacen en el corazón? Sin duda, cada uno hemos de recorrer nuestro propio camino y hemos de buscar a tientas, con nuestras propias manos, el rostro de Dios, pero es bueno no olvidar tres o cosas que pueden ayudar.

La primera. El valor de una vida depende del grado de sinceridad y fidelidad con que se vive, de cara a Dios. En realidad no es necesario que hayamos resuelto todas y cada una de nuestras dudas para vivir en verdad ante Él. Como decía el Cardenal Newman “guíame, oh Luz amable, entre las tinieblas que me rodean. Guíame tú. La noche es oscura y estoy lejos de casa. Guíame tú. Apoya mi camino; no te pido ver el horizonte lejano; me basta un paso tras otro”[3].

La segunda. Para que muchas de nuestras dudas se diluyan, es necesario que nos alimentemos interiormente de la savia espiritual del Cristianismo: libros, en una sola palabra. De lo contrario es fácil que no comprendamos nunca nada.

La tercera. Querer creer, a pesar de las dudas que nos puedan asediar sobre el contenido de dogmas o verdades cristianas, es ya una manera humilde pero auténtica de vivir en verdad ante Dios.

Quisiéramos vivir algo más grande y gozoso y nos encontramos con nuestra propia increencia. Quisiéramos agarrarnos a una fe firme, serena, radiante y vivimos una fe oscura, pequeña, vacilante. No-pasa-nada. La vida sigue. Si en esos momentos de oscuridad, de duda, de incertidumbre sabemos esperar contra toda esperanza[4], creer contra toda increencia y poner nuestro ser en manos de ese Dios a quien seguimos buscando a pesar de todo, en nuestro corazón habrá fe.

El día de su cumpleaños, durante la misa, el Papa decía algo más o menos así: “Me encuentro en la recta final del viaje de mi vida y no sé qué me espera. Sé, sin embargo, que la luz de Dios existe, que Él ha resucitado, que su luz es más fuerte que cualquier oscuridad; que la bondad de Dios es más fuerte que cualquier mal de este mundo. Y esto me ayuda a seguir adelante con seguridad. Esto nos ayuda a seguir adelante, y en esta hora doy las gracias a todos aquellos que constantemente me hacen sentir el si de Dios a través de su fe”

Sí: somos creyentes. Dios Padre entiende nuestro pobre caminar por esta vida, y por si fuera poco el Resucitado y su madre, María Santísima, nos acompañan ■


[1] J. A. Pagola, Buenas Noticias, Navarra 1985, p. 169 ss.
[2] Karl Theodor Jaspers (1883 –1969), psiquiatra alemán y filósofo, tuvo una fuerte influencia en la teología, en la psiquiatría y en la filosofía modernas.
[3] John Henry Newman, Libro de oraciones.
[4] Cfr Rom 4, 18. 

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La soledad es un espejo. Y ¿quién soporta el tener un espejo ante el rostro? Se dice a menudo y se repite que el conocimiento de sí es el más difícil de los conocimientos; la ciencia de las ciencias, el conocimiento de los conocimientos. Si uno está muy sobrecargado, si uno ve muchos rostros, si uno se mantiene en una conversación perpetua, un parloteo exterior o interior, uno no se ve. Se ve a los demás, los rostros, las mímicas, pero uno no se ve. La soledad es un espejo. Un espejo excelente, un espejo que retiene todo. Entonces uno se ve, y siente horror. ¡Horror de sí! ¿Por qué? Porque uno ve su pobreza, su miseria, cuando lo que habría que ver sería la belleza propia. Convendría ver la grandeza. ¿Por qué una grandeza? ¿Por qué el esplendor? Porque el ser es portador de luz. El hombre, hasta el ser humano más lastimoso, lleva en sí la imagen divina, la chispa divina. Es un recipiente de luz, de belleza. En la soledad, el hombre su coge su acuerdo con el cosmos. Comprende que él es un microcosmos, que él lleva al macrocosmos en sí. Él es Tierra, él es Aire, Agua, Fuego. Contiene las plantas, el árbol, la flor, los animales, el pájaro y la serpiente

VISUAL THEOLOGY


Easter symbols crowns, light, flowers, sun rays, gold and white are tokens of victory for the resurrection of Christ. The Lamb of God is symbolic of Christ crucified and the shedding of blood for our sake. The Butterfly is for resurrection, rebirth, regeneration. The Pomegranate represents the Church's Unity. The Easter Lily is another example of resurrection. The Chi Rho are the first two letters of the Greek word for Christ (XPICTOC) ■

Third Sunday of Easter (B)


Last year I started to work with two or three parishioners of our parish community in the RCIA program, a course to prepare those who received the sacraments of Christian initiation on Easter night. During the course I have a question box session where I answer whatever questions the participants have previously prepared.  OK, so that means that a lot of them are about “difficult topics” but that is acceptable as long as they are sincerely searching for answers[1].

One question I often get, though, is not about sex, it is about Twilight. If you are not aware of what Twilight is, it’s a series of books and an accompanying chick flicks of the “young girl loves vampire” genre. That’s one that Shakespeare never dabbed in. Back to the question. Teens will often ask what the Church’s position was on Twilight. Well, an official position was never published. What the Church expects is that the reader is able to distinguish between fiction and reality.  I tell the 8th graders, “If you can’t separate fact from fiction, you shouldn’t read the books.”[2]

Vampires are not real. Werewolves are not real. Zombies are not real. But Jesus is real. And the Risen Lord Jesus is not a ghost. He is the Son of God become man, who died for us, but then rose from the dead. When the disciples saw Jesus, they did not see a ghost. To be sure they realized this and that those who came after them realized this, we have today’s Gospel reading. Jesus said, Look at my hands and my feet.  It is me. Touch me and see, because a ghost does not have flesh and bones as you can see I have. He then went on to eat something right in front of them.

Sometimes people will ask me if it is OK to mess around with an Ouija board, or visit a fortune teller. All that is wrong.  Certainly, most of it is a scam, but what if there was a slight percentage of it that is not a scam? What if there was a spiritual power that does not come from God?  There is. It is the power of the devil, the evil one. If a spiritual power does not come from God, then why would anyone chance messing around with the devil?

The forces of evil suffered a devastating loss when Jesus conquered hate with His sacrificial love on the cross.  But the forces of evil are not totally defeated. They are still trying to make inroads in our world and in our lives. They will never defeat the Lord, and they will never defeat us as long as we are united to the Lord.

Many people who lived at the time of the Lord had given up on having any sort of spiritual life. The devil had defeated them. Many people who live in our time have given up on life. They can’t see a reason for living. They can’t see anything positive in life. The devil is defeating them. But this no longer is the devil’s world.  It is Jesus’ world. People need to know that there is truth, and beauty and meaning in life. People need to know that Jesus is present for them also, not as a ghost, but as the real Risen Lord wanting to share His Life with them.  That is why the message of the Lord is called the Gospel. The word Gospel means Good News. People need to know the Good News about the Lord: life is beautiful when lived with the Lord.

How can people come to know this, to know the Good News?  Through us. Today’s reading concludes with Jesus telling the disciples and us, You are witnesses, witnesses of the Lord’s wonders and love and beauty and reality.

Much of the world suffers from Twilight. Many people have given up on reality and seek spiritual fables and even occult powers to free them from their disillusionment with life. Of course, they are just digging a deeper hole of frustration for themselves. These people need something. They need Someone. They need Jesus. They need us to bring Jesus to them. We are Christians. We are Catholic.  We are called to be witnesses to the Gospel.  We are called to proclaim to the world the Good News: Jesus is real! ■


[1] Sunday 22nd April, 2012, 3rd Sunday of Easter. Readings: Acts 3:13-15, 17-19. Lord, let your face shine on us—Ps 4:2, 4, 7, 9. 1 John 2:1-5. Luke 24:35-48.
[2] Twilight is a series of four vampire-themed fantasy romance novels by American author Stephenie Meyer. It charts a period in the life of Isabella "Bella" Swan, a teenage girl who moves to Forks, Washington, and falls in love with a 104-year-old vampire named Edward Cullen. The series is told primarily from Bella's point of view, with the epilogue of Eclipse and Part II of Breaking Dawn being told from the viewpoint of character Jacob Black, a werewolf. The unpublished Midnight Sun is a retelling of the first book, Twilight, from Edward Cullen's point of view. The novella The Short Second Life of Bree Tanner, which tells the story of a newborn vampire who appeared in Eclipse, was published on June 5, 2010 as a hardcover book and on June 7 as a free online eBook. The Twilight Saga: The Official Illustrated Guide, a definitive encyclopedic reference with nearly 100 full color illustrations, was released in bookstores on April 12, 2011.
Illustration: Roundel with Resurrection (1480-90), Metropolitan Museum of Art (New York). 

Señor mío y Dios mío! Te confieso,
poniendo el corazón sobre tus llagas:
del Padre bueno, Amor enamorado,
eres, Jesús, la alberca de llegada;
¡Señor mío y Dios mío!

Tus labios dan la paz: ¡Shalom, shalom!
y muestras el lugar de donde mana:
tus manos traspasadas, tu Costado,
el corazón de Dios que en ti nos ama:
¡Señor mío y Dios mío!

Y de tu aliento cálido y humano
el Ósculo de Dios impregna el alma;
la Iglesia a Dios alienta, a Dios respira,
tu Espíritu, el Espíritu de Pascua.
¡Señor mío y Dios mío!

Amor de Dios, amor Misericordia,
amor, primera y última palabra;
amor perdón, pureza de Evangelio,
amor de humanidad, que es tu programa:
¡Señor mío y Dios mío!

Rendida está a tus plantas cual Tomás
la Iglesia que recibe tu mirada,
y de tu pecho ardiente nacen rayos:
de sangre y agua, luz que le regalas:
¡Señor mío y Dios mío!

¡Señor mío y Dios mío!, te adoramos,
Oh Trono del amor y toda gracia,
Tú eres Dios de Dios, misericordia,
a ti eternamente la alabanza.
¡Señor mío y Dios mío! Amén
P. Rufino María Grández, ofmcap.

II Domingo de Pascua


La paz esté con ustedes. Fue E. Schillebeeckx quien nos recordó recientemente que el encuentro con el resucitado ha sido, entre otras muchas y grandes cosas, una profunda experiencia de perdón: los discípulos experimentaron al Señor como Alguien que los perdona y les ofrece paz y salvación[1]. En otras palabras: no hay alusión alguna al abandono de los suyos. Ningún reproche por la cobarde traición. Ningún gesto de exigencia para reparar la injuria. Las apariciones significan para ellos una verdadera amnistía en el sentido más etimológico de esta palabra: olvido total de la ofensa recibida[2]. Los relatos insisten en que el saludo del resucitado es siempre de paz y reconciliación: Paz a vosotros. Y es precisamente este perdón pacificador y esta oferta de salvación los que ponen una alegría y una esperanza nuevas en la vida de aquellos hombres.

Hoy por hoy vivimos en una sociedad que no es capaz de valorar debidamente el perdón. Se nos ha querido convencer de que el perdón es «la virtud de los débiles» que se resignan y se doblegan ante las injusticias porque no saben luchar y arriesgarse. Y, sin embargo, los conflictos humanos no tienen nunca una verdadera solución, si no se introduce la dimensión del perdón. No es posible dar pasos firmes hacia la paz, desde la violencia, el endurecimiento y la mutua destructividad, si no somos capaces de introducir el perdón en la dinámica de nuestras luchas.

El perdón no es sólo la liquidación de conflictos pasados. El perdón al mismo tiempo despierta la esperanza y las energías en quien perdona y en aquel que es perdonado. El perdón, cuando se da realmente y con generosidad, es, en su aparente fragilidad, mucho más vigoroso que toda la violencia del mundo. La resurrección nos descubre a los creyentes que la paz no surge de la agresividad y la sangre sino del amor y el perdón.

Hoy por hoy necesitamos recuperar la capacidad de perdonar y olvidar, de pasar la página y seguir adelante. La verdadera paz no se logra cuando unos hombres vencen sobre otros, sino cuando todos juntos tratamos de vencer las incomprensiones, agresividades y mutua destructividad que hemos desencadenado.

La paz no llegará a nuestro entorno –país, parroquia, familia, lugar de trabajo- mientras unos y otros nos empeñemos obstinadamente en no olvidar el pasado. La paz no será realidad entre nosotros sin un esfuerzo amplio y generoso de tres cosas: mutua comprensión, acercamiento y reconciliación.

En una sociedad tan conflictiva como la nuestra, los creyentes estamos llamados más que nunca brindar perdón, a recibirlo con se sencillez y alegría, reflexionando en el hecho de que el Señor no reclama nada a aquellos que le traicionaron sino que les entrega Su Espíritu y les regala Su paz ■



[1] Edward Cornelis Florentius Alfonsus Schillebeeckx O.P. (1914-2009) fue un teólogo dominico belga. Es quizá el teólogo neo-modernista de mayor influjo en la segunda mitad del siglo XX. Antes de iniciar una lectura de su  obra, es conveniente leer alguna introducción.
[2] J. A. Pagola, Buenas Noticias, Navarra 1985, p. 49 ss

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En un gesto sin precedentes, el Papa Benedicto XVI, en el marco de la Misa Crismal celebrada hoy en la Basílica Vaticana, ha pronunciado una magistral homilía en la que se ha referido de manera explícita al Llamado a la desobediencia publicado por sacerdotes austríacos, derribando sus débiles argumentos y explicando que la desobediencia nunca puede ser un camino para la renovación de la Iglesia. Presentamos a continuación la extraordinaria homilía del Santo Padre.

***

En esta Santa Misa, nuestra mente retorna hacia aquel momento en el que el Obispo, por la imposición de las manos y la oración, nos introdujo en el sacerdocio de Jesucristo, de forma que fuéramos «santificados en la verdad» (Jn 17,19), como Jesús había pedido al Padre para nosotros en la oración sacerdotal. Él mismo es la verdad. Nos ha consagrado, es decir, entregado para siempre a Dios, para que pudiéramos servir a los hombres partiendo de Dios y por él. Pero, ¿somos consagrados también en la realidad de nuestra vida? ¿Somos hombres que obran partiendo de Dios y en comunión con Jesucristo? Con esta pregunta, el Señor se pone ante nosotros y nosotros ante él: «¿Queréis uniros más fuertemente a Cristo y configuraros con él, renunciando a vosotros mismos y reafirmando la promesa de cumplir los sagrados deberes que, por amor a Cristo, aceptasteis gozosos el día de vuestra ordenación para el servicio de la Iglesia?». Así interrogaré singularmente a cada uno de vosotros y también a mí mismo después de la homilía. Con esto se expresan sobre todo dos cosas: se requiere un vínculo interior, más aún, una configuración con Cristo y, con ello, la necesidad de una superación de nosotros mismos, una renuncia a aquello que es solamente nuestro, a la tan invocada autorrealización. Se pide que nosotros, que yo, no reclame mi vida para mí mismo, sino que la ponga a disposición de otro, de Cristo. Que no me pregunte: ¿Qué gano yo?, sino más bien: ¿Qué puedo dar yo por él y también por los demás? O, todavía más concretamente: ¿Cómo debe llevarse a cabo esta configuración con Cristo, que no domina, sino que sirve; que no recibe, sino que da?; ¿cómo debe realizarse en la situación a menudo dramática de la Iglesia de hoy?

Recientemente, un grupo de sacerdotes ha publicado en un país europeo una llamada a la desobediencia, aportando al mismo tiempo ejemplos concretos de cómo se puede expresar esta desobediencia, que debería ignorar incluso decisiones definitivas del Magisterio; por ejemplo, en la cuestión sobre la ordenación de las mujeres, sobre la que el beato Papa Juan Pablo II ha declarado de manera irrevocable que la Iglesia no ha recibido del Señor ninguna autoridad sobre esto. Pero la desobediencia, ¿es un camino para renovar la Iglesia? Queremos creer a los autores de esta llamada cuando afirman que les mueve la solicitud por la Iglesia; su convencimiento de que se deba afrontar la lentitud de las instituciones con medios drásticos para abrir caminos nuevos, para volver a poner a la Iglesia a la altura de los tiempos. Pero la desobediencia, ¿es verdaderamente un camino? ¿Se puede ver en esto algo de la configuración con Cristo, que es el presupuesto de una auténtica renovación, o no es más bien sólo un afán desesperado de hacer algo, de trasformar la Iglesia según nuestros deseos y nuestras ideas?

Pero no simplifiquemos demasiado el problema. ¿Acaso Cristo no ha corregido las tradiciones humanas que amenazaban con sofocar la palabra y la voluntad de Dios? Sí, lo ha hecho para despertar nuevamente la obediencia a la verdadera voluntad de Dios, a su palabra siempre válida. A él le preocupaba precisamente la verdadera obediencia, frente al arbitrio del hombre. Y no lo olvidemos: Él era el Hijo, con la autoridad y la responsabilidad singular de desvelar la auténtica voluntad de Dios, para abrir de ese modo el camino de la Palabra de Dios al mundo de los gentiles. Y, en fin, ha concretizado su mandato con la propia obediencia y humildad hasta la cruz, haciendo así creíble su misión. No mi voluntad, sino la tuya: ésta es la palabra que revela al Hijo, su humildad y a la vez su divinidad, y nos indica el camino.

Dejémonos interrogar todavía una vez más. Con estas consideraciones, ¿acaso no se defiende de hecho el inmovilismo, el agarrotamiento de la tradición? No. Mirando a la historia de la época post-conciliar, se puede reconocer la dinámica de la verdadera renovación, que frecuentemente ha adquirido formas inesperadas en momentos llenos de vida y que hace casi tangible la inagotable vivacidad de la Iglesia, la presencia y la acción eficaz del Espíritu Santo. Y si miramos a las personas, por las cuales han brotado y brotan estos ríos frescos de vida, vemos también que, para una nueva fecundidad, es necesario estar llenos de la alegría de la fe, de la radicalidad de la obediencia, del dinamismo de la esperanza y de la fuerza del amor.

Queridos amigos, queda claro que la configuración con Cristo es el presupuesto y la base de toda renovación. Pero tal vez la figura de Cristo nos parece a veces demasiado elevada y demasiado grande como para atrevernos a adoptarla como criterio de medida para nosotros. El Señor lo sabe. Por eso nos ha proporcionado «traducciones» con niveles de grandeza más accesibles y más cercanos. Precisamente por esta razón, Pablo decía sin timidez a sus comunidades: Imitadme a mí, pero yo pertenezco a Cristo. Él era para sus fieles una «traducción» del estilo de vida de Cristo, que ellos podían ver y a la cual se podían asociar. Desde Pablo, y a lo largo de la historia, se nos han dado continuamente estas «traducciones» del camino de Jesús en figuras vivas de la historia. Nosotros, los sacerdotes, podemos pensar en una gran multitud de sacerdotes santos, que nos han precedido para indicarnos la senda: comenzando por Policarpo de Esmirna e Ignacio de Antioquia, pasando por grandes Pastores como Ambrosio, Agustín y Gregorio Magno, hasta Ignacio de Loyola, Carlos Borromeo, Juan María Vianney, hasta los sacerdotes mártires del s. XX y, por último, el Papa Juan Pablo II que, en la actividad y en el sufrimiento, ha sido un ejemplo para nosotros en la configuración con Cristo, como «don y misterio». Los santos nos indican cómo funciona la renovación y cómo podemos ponernos a su servicio. Y nos permiten comprender también que Dios no mira los grandes números ni los éxitos exteriores, sino que remite sus victorias al humilde signo del grano de mostaza.

Queridos amigos, quisiera mencionar brevemente todavía dos palabras clave de la renovación de las promesas sacerdotales, que deberían inducirnos a reflexionar en este momento de la Iglesia y de nuestra propia vida. Ante todo, el recuerdo de que somos – como dice Pablo – «administradores de los misterios de Dios» (1Co 4,1) y que nos corresponde el ministerio de la enseñanza (munus docendi), que es una parte de esa administración de los misterios de Dios, en los que él nos muestra su rostro y su corazón, para entregarse a nosotros. En el encuentro de los cardenales con ocasión del último consistorio, varios Pastores, basándose en su experiencia, han hablado de un analfabetismo religioso que se difunde en medio de nuestra sociedad tan inteligente. Los elementos fundamentales de la fe, que antes sabía cualquier niño, son cada vez menos conocidos. Pero para poder vivir y amar nuestra fe, para poder amar a Dios y llegar por tanto a ser capaces de escucharlo del modo justo, debemos saber qué es lo que Dios nos ha dicho; nuestra razón y nuestro corazón han de ser interpelados por su palabra. El Año de la Fe, el recuerdo de la apertura del Concilio Vaticano II hace 50 años, debe ser para nosotros una ocasión para anunciar el mensaje de la fe con un nuevo celo y con una nueva alegría. Naturalmente, este mensaje lo encontramos primaria y fundamentalmente en la Sagrada Escritura, que nunca leeremos y meditaremos suficientemente. Pero todos tenemos experiencia de que necesitamos ayuda para transmitirla rectamente en el presente, de manera que mueva verdaderamente nuestro corazón. Esta ayuda la encontramos en primer lugar en la palabra de la Iglesia docente: los textos del Concilio Vaticano II y el Catecismo de la Iglesia Católica son los instrumentos esenciales que nos indican de modo auténtico lo que la Iglesia cree a partir de la Palabra de Dios. Y, naturalmente, también forma parte de ellos todo el tesoro de documentos que el Papa Juan Pablo II nos ha dejado y que todavía están lejos de ser aprovechados plenamente.

Todo anuncio nuestro debe confrontarse con la palabra de Jesucristo: «Mi doctrina no es mía» (Jn 7,16). No anunciamos teorías y opiniones privadas, sino la fe de la Iglesia, de la cual somos servidores. Pero esto, naturalmente, en modo alguno significa que yo no sostenga esta doctrina con todo mi ser y no esté firmemente anclado en ella. En este contexto, siempre me vienen a la mente aquellas palabras de san Agustín: ¿Qué es tan mío como yo mismo? ¿Qué es tan menos mío como yo mismo? No me pertenezco y llego a ser yo mismo precisamente por el hecho de que voy más allá de mí mismo y, mediante la superación de mí mismo, consigo insertarme en Cristo y en su cuerpo, que es la Iglesia. Si no nos anunciamos a nosotros mismos e interiormente hemos llegado a ser uno con aquél que nos ha llamado como mensajeros suyos, de manera que estamos modelados por la fe y la vivimos, entonces nuestra predicación será creíble. No hago publicidad de mí, sino que me doy a mí mismo. El Cura de Ars, lo sabemos, no era un docto, un intelectual. Pero con su anuncio llegaba al corazón de la gente, porque él mismo había sido tocado en su corazón.

La última palabra clave a la que quisiera aludir todavía se llama celo por las almas (animarum zelus). Es una expresión fuera de moda que ya casi no se usa hoy. En algunos ambientes, la palabra alma es considerada incluso un término prohibido, porque – se dice – expresaría un dualismo entre el cuerpo y el alma, dividiendo falsamente al hombre. Evidentemente, el hombre es una unidad, destinada a la eternidad en cuerpo y alma. Pero esto no puede significar que ya no tengamos alma, un principio constitutivo que garantiza la unidad del hombre en su vida y más allá de su muerte terrena. Y, como sacerdotes, nos preocupamos naturalmente por el hombre entero, también por sus necesidades físicas: de los hambrientos, los enfermos, los sin techo. Pero no sólo nos preocupamos de su cuerpo, sino también precisamente de las necesidades del alma del hombre: de las personas que sufren por la violación de un derecho o por un amor destruido; de las personas que se encuentran en la oscuridad respecto a la verdad; que sufren por la ausencia de verdad y de amor. Nos preocupamos por la salvación de los hombres en cuerpo y alma. Y, en cuanto sacerdotes de Jesucristo, lo hacemos con celo. Nadie debe tener nunca la sensación de que cumplimos concienzudamente nuestro horario de trabajo, pero que antes y después sólo nos pertenecemos a nosotros mismos. Un sacerdote no se pertenece jamás a sí mismo. Las personas han de percibir nuestro celo, mediante el cual damos un testimonio creíble del evangelio de Jesucristo. Pidamos al Señor que nos colme con la alegría de su mensaje, para que con gozoso celo podamos servir a su verdad y a su amor. Amén ■ Benedicto XVI, Santa Misa Crismal, Basílica Vaticana, Jueves Santo 5 de Abril del 2012. 

VISUAL THEOLOGY



The Divine Mercy Sanctuary in Kraków, Poland, is a Roman Catholic basilica dedicated to the Divine Mercy devotion, as the resting place of Saint Faustina Kowalska. The site of the building originally housed the neo-Gothic monastery complex of the Sisters of Our Lady of Mercy (founded in 1862), which was designed by Charles Zaremba and was built between 1889–1891. In 1966, the remains of Sister Faustina were moved to the church. In 1968 Cardinal Karol Wojtyla (later Pope John Paul II) designated the church as a shrine, thanks to the remains of Sister Faustina. In 1985, Pope John Paul II called Lagiewniki the "capital of the Divine Mercy devotion". Since the beatification of Saint Faustina in 1993, her remains rest on the altar, below the image of Divine Mercy ■

Second Sunday of Easter (B)


In addition, of course, to our Lord, this Sunday another character draws much attention, I mean the good Thomas, Thomas the man full of doubts and dark, the stubborn man with a big heart. And you know, Thomas is not very different from you and me, he had put all his hope on Jesus. He left everything he had, his whole life, and followed Jesus for three years. He witnessed the Lord’s miracles, he was held spellbound by Jesus’ preaching, and he was certain that he would have an important place in that kingdom[1].

And then Jesus was arrested, and crucified. Everything seemed lost: the hope for the future, the conquest of the Kingdom of God, and worse than all this was that Jesus was lost to his closest friends. Thomas’ mourning was so great that he simply could not believe it when he heard the other disciples say that they had seen the Lord. It seemed like a cruel hoax, just re-opening the wounds of losing Christ. He would not believe them. What they were saying... was too good to be true!

But it was true. All that Jesus said was true, including his promise to rise from the dead. The Gospel does not record that Thomas touched Jesus’ hands and side as so many painting depict; just that Jesus offered them to Thomas. What the Gospel does record is Thomas’ immediate response, My Lord and My God, the same response all of us have when interiorly we pray before the elevated Body of Christ and Blood of Christ during Mass. I would think that Thomas did not need to touch the Lord. He only had to enjoy the presence of the Savior.

So what is the main point of this Sunday? What is the lesson we take home? Well, we all know many people who do not believe in the Lord simply because, like doubting Thomas, everything about the Lord seems too good to be true. So many people squander their lives on superficialities: their iPad is more important than their brother or sister, their hopes for the future revolve around money, and they become disappointed over and over again. There are people close to us who have put all their hope on a relationship that is not rooted in the Lord. “I thought this was the right person for me,” someone says, “and then she or he cheated on me, cheated on our marriage, or just dumped me for someone else.” Or, there are those who base all their hope on their work as a goal. So they say, “I thought this job, this career, this school, would be perfect for me, but it is not all”  So many people have been so disappointed throughout their lives that they can’t believe that something, Someone, could be better than they ever imagined...

So, the doubting Thomases of our world, those who doubt life, need us. They need us to tell them about Jesus Christ with our lives as well as with our words and deeds. They need us to explain how His Presence in our lives makes life so beautiful, so worthwhile. They need us to tell them about that weekend we spent on an ACTS retreat when we realized that we were happier than we have ever been[2]. They need us to tell them how we felt at our babies’ baptisms, and how we feel the times that we listen to our children pray, and the genuine pride we have in our and young adult.

When your friends ask you, “Why did you go to Church during Holy Week or every Sunday?” Or, simply, “Why do you take your faith so seriously?” Tell them, “I love the Lord, and I love having Him in my life. And every time I think that my life can’t get any better, He finds a way to make it better.”

There are a lot of doubting Thomases in the world. There are a lot of people who do not believe that the happiness of the Lord is offered also to them. There are a lot of people who do not believe that life can be better with the Lord. There are a lot of people who think that Christ is… too good to be true!

They need us. They need the experience of our happiness. They need us to point the way to Jesus Christ, so let's ask ourselves this Sunday at our time of reflection with Jesus what we do or what we are doing for others. Do I live such kind of life that all those around me feel the faith? May Thomas the Apostle, that man of great faith and great heart, intercede for us, and may we very often say: Lord increase my faith! ■


[1] Sunday 15th April, 2012, 2nd Sunday of Easter. W. Acts 4:32-35. Give thanks to the Lord for he is good, his love is everlasting—Ps 117(118):2-4, 15-18, 22-24. 1 John 5:1-6. John 20:19-31.
[2] Through the ACTS retreats, ACTS Missions provides the spark that ignites Catholics, worldwide, with the true eternal flame of the Holy Spirit. As an instrument of God, ACTS is the light that will bring about New Evangelization to the entire world by fostering love and true discipleship, leading others to a commitment and obedience to Our Lord Jesus Christ by our every word, action and thought.

Domingo de Pascua 2012


Tú eres el que vives,
el Hijo de Dios vivo,
bandera desplegada de la vida,
que llamas a vivir, oh Dios, contigo.

Tú eres el que amas
y el Padre es tu latido;
envueltos en tu amor, que es nuestro triunfo,
¡oh!, déjame sentir que soy querido.

Tú eres el que estás
y marcas el camino;
condúcenos, Pastor de la Alianza,
tú que llevaste al pueblo peregrino.

Tú eres nuevo mundo
y luz de mi destino;
tú eres sacramento que se abre
y das el cielo al dar el Pan divino.

Tú eres la alabanza,
el gozo desmedido;
enciende con el ósculo de amor
a quien hiciste esposa en el bautismo.

Tú eres paz y gloria,
retorno y paraíso;
tu Nombre con el Padre y el Espíritu
santificado sea por los siglos. Amén 
P. R. M. Grández



Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris