III Domingo de Pascua (B)

San Lucas pone en boca del Señor resucitado estas palabras dirigidas sus apóstoles: ¿Por qué os alarmáis?¿Por qué surgen tantas dudas en vuestro corazón.

¡Cuántos hombres y mujeres de nuestros días responderían inmediatamente! enumerando un conjunto de razones y factores que provocan dudas en su corazón[1].

Sin embargo hemos de recordar que muchas de nuestras dudas, aunque tal vez las percibamos hoy con una sensibilidad especial, son las dudas de siempre vividas por hombres y mujeres de todos los tiempos. No podemos olvidar aquello que con tanto acierto dice Jaspers: «Todo lo que funda es oscuro»[2]. La última palabra sobre el mundo y el misterio de la vida se nos escapa. El sentido último de nuestro ser se nos oculta.

Entonces ¿qué hacer ante las dudas, los interrogantes o inquietudes que nacen en el corazón? Sin duda, cada uno hemos de recorrer nuestro propio camino y hemos de buscar a tientas, con nuestras propias manos, el rostro de Dios, pero es bueno no olvidar tres o cosas que pueden ayudar.

La primera. El valor de una vida depende del grado de sinceridad y fidelidad con que se vive, de cara a Dios. En realidad no es necesario que hayamos resuelto todas y cada una de nuestras dudas para vivir en verdad ante Él. Como decía el Cardenal Newman “guíame, oh Luz amable, entre las tinieblas que me rodean. Guíame tú. La noche es oscura y estoy lejos de casa. Guíame tú. Apoya mi camino; no te pido ver el horizonte lejano; me basta un paso tras otro”[3].

La segunda. Para que muchas de nuestras dudas se diluyan, es necesario que nos alimentemos interiormente de la savia espiritual del Cristianismo: libros, en una sola palabra. De lo contrario es fácil que no comprendamos nunca nada.

La tercera. Querer creer, a pesar de las dudas que nos puedan asediar sobre el contenido de dogmas o verdades cristianas, es ya una manera humilde pero auténtica de vivir en verdad ante Dios.

Quisiéramos vivir algo más grande y gozoso y nos encontramos con nuestra propia increencia. Quisiéramos agarrarnos a una fe firme, serena, radiante y vivimos una fe oscura, pequeña, vacilante. No-pasa-nada. La vida sigue. Si en esos momentos de oscuridad, de duda, de incertidumbre sabemos esperar contra toda esperanza[4], creer contra toda increencia y poner nuestro ser en manos de ese Dios a quien seguimos buscando a pesar de todo, en nuestro corazón habrá fe.

El día de su cumpleaños, durante la misa, el Papa decía algo más o menos así: “Me encuentro en la recta final del viaje de mi vida y no sé qué me espera. Sé, sin embargo, que la luz de Dios existe, que Él ha resucitado, que su luz es más fuerte que cualquier oscuridad; que la bondad de Dios es más fuerte que cualquier mal de este mundo. Y esto me ayuda a seguir adelante con seguridad. Esto nos ayuda a seguir adelante, y en esta hora doy las gracias a todos aquellos que constantemente me hacen sentir el si de Dios a través de su fe”

Sí: somos creyentes. Dios Padre entiende nuestro pobre caminar por esta vida, y por si fuera poco el Resucitado y su madre, María Santísima, nos acompañan ■


[1] J. A. Pagola, Buenas Noticias, Navarra 1985, p. 169 ss.
[2] Karl Theodor Jaspers (1883 –1969), psiquiatra alemán y filósofo, tuvo una fuerte influencia en la teología, en la psiquiatría y en la filosofía modernas.
[3] John Henry Newman, Libro de oraciones.
[4] Cfr Rom 4, 18. 

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris