El amor y la muerte
han combatido,
y la muerte al amor
no le ha podido.
Fue el amor lo primero
que el Padre quiso.

¡Ah!, qué cuerpo perfecto
- tacto divino - ;
con los labios y boca
yo lo he comido,
y esa sangre encendida
yo la he bebido.

La corona de espinas
la frente ha herido,
y de perlas preciosas
quedó ceñido;
reclinó la cabeza
cual Rey invicto.

Roja llama del día,
fuerte latido,
se quedaron los hombres
de luz vestidos,
y el pecado de Adán
se fue al olvido.

Es un canto de gloria
el Cuerpo Místico;
todos gracias te dicen,
¡oh Jesucristo!,
suave amor de la tierra,
cielo ofrecido. Amén

P. Rufino María Grández, ofmcap,
Jerusalén, diciembre 1985

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris