IV Domingo de Pascua (B)


Hay dos experiencias como muy básicas que todo cristiano está llamado a vivir: la primera es sentir a Cristo vivo, resucitado de entre los muertos. La segunda es sentirse hijo de Dios y, como tal, llamado a compartir con Cristo esa nueva vida.

Ambas cosas se pueden explicar, se puede enseñar en la catequesis, se pueden repetir una y mil veces en las homilías, se pueden incluso saber de memoria y repetir cada mañana, pero lo decisivo no es que se sepan, sino que se experimenten, que se sientan, se vivan[1].

Hay muchos cristianos a los que no les cuesta nada decir que Dios es su Padre, pero que no se sienten hijos de Dios, que no sienten esa vibración de hijo que, lógicamente, sentimos ante nuestros padres de carne y sangre. Y es que quizá en nuestra catequesis ésta verdad la hemos transmitido como un concepto y no como una experiencia. C'est le petit difference. Quizás hemos insistido demasiado en la justicia de Dios, o en su grandeza, o en su poder, y lo que hemos conseguido es transmitir a un Dios lejano, distante, inaccesible... Así, ¿quién puede sentirlo como Padre? Lo propio de un padre es la cercanía, la disponibilidad, el tenerlo al lado, el sentir la seguridad y la confianza que nos transmite... ¿Así sentimos a Dios?

Ese fue el afán de Jesús, su gran misión fue acercarnos a Dios, facilitarnos el reconocerlo a nuestro lado, hacernos comprender que es nuestro Padre, y que esto no es un título más en la larga lista de atributos que podemos aplicarle, sino el principal y primero, el único que de verdad importa e interesa.

El afán del Señor no era que sintiéramos temor ante el poder de Dios, sino paz ante su amor, consuelo ante su cercanía, confianza ante su paternidad. Y para transmitir ese mensaje de la paternidad de Dios, mucho nos ayudaría ser nosotros más comprensivos con el hombre de hoy: menos condenas y más comprensión. Comprender, ayudar, salvar... ¿Cuándo vamos a entender que los que llamamos “marginados” o “gente  sin formación” -¡ay frase desdichada!- no necesitan tanto que les recordemos lo que deberían hacer como que son, también ellos, hijos de Dios, igual que la oveja perdida no necesita sermones sino alguien que se remangue los pantalones y se vaya a buscarla, y esté con ella, y la eche sobre sus hombros, y la cuide...? La imagen del pastor y la oveja, que nos trae el Evangelio de hoy, es más, mucho más que una fuente de inspiración para decorar oratorios o hacer ornamentos.

Y ser pastor no es fácil: el buen pastor que da la vida por las ovejas ¡Dar la vida! Pastores somos todos: de los hijos, de los padres, de los amigos, de los empleados, de los pacientes, de los vecinos. Y el evangelio es muy claro: si no somos (pastores), somos asalariados, llenos de buenas palabras, de homilías en la web, de tomos y tomos de libros de meditaciones… que salimos corriendo en cuanto viene el lobo, dejando las ovejas a su suerte.

Yo me pregunto ¿a cuántas ovejas he dejado a su suerte? Y si tengo el valor de decir “se lo tiene merecido” ¿Eso es ser buen pastor? Hoy por hoy, los cristianos: ¿Qué hacemos con las mujeres que abortan, con las personas homosexuales, con quienes han sufrido el drama del divorcio, con quienes están enganchados en la droga, en el alcohol, en el juego, en las deudas; qué hacemos con los emigrantes? Rápidamente los clasificamos con una eterna etiqueta, incluso antes de reconocerles la categoría de personas. Los vemos por su peculiaridad antes que por su esencialidad. Y solemos dejarlos dejamos abandonados a su suerte, no permitiéndoles el acceso a ciertos colegios, a ciertos círculos, a ciertos ambientes (¡menos mal que siempre quedarán las parroquias!) ¿Así es cómo buscamos que el hombre y la  mujer de hoy se sientan hermanos de Cristo e hijos de un  mismo  Padre?

A veces da la impresión que ser hijos de Dios no es un don que el Padre hace a todos, sino un privilegio de élite, y si alguien necesita descubrir que Dios es Padre son, precisamente los abandonados, los que nada tienen, de la misma manera que la oveja que necesita que su pastor vaya a por ella es la que se ha perdido y no las que se han quedado bien seguras en el redil, igual que no necesitan de médico los sanos, sino los enfermos[2].

San Pedro, en la primera lectura de este domingo, inspirado por el Espíritu Santo, dice que la piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Quizá nosotros hoy seguimos haciendo lo mismo, y desechamos las piedras angulares de nuestra vida, porque no prestamos atención al divorciado, al homosexual, al depresivo, al desempleado –que calificamos rápidamente de huevón (sic)- en otras palabras: desechamos a los pobres –a las ovejas perdidas- sin darnos cuenta que ellos son los que nos ofrecen la posibilidad de ser más humanos, más cercanos, más hermanos.

Hoy por hoy, Abril del año 2012, somos hijos de Dios, aunque no se note del todo, y eso debe abrir nuestro corazón a la esperanza. Estamos a tiempo, podemos hacerlo, podemos sentirnos hijos y, por lo tanto, hermanos de los hombres. Podemos cambiar la sociedad y el mundo, podemos hacer realidad el Reino de Dios entre nosotros. Y si esto suena a utopía ¡Pues sí!: lo propio del cristiano es la utopía, la utopía de la fraternidad universal[3]

Que la madre del Buen Pastor –la divina Pastora- que es Hija del Padre, Madre del Hijo y esposa del Espíritu Santo nos ayude a comprender esto, e interceda constantemente por nosotros delante de Dios ■


[1] L. Gracieta, Dabar, 1994, n. 28.
[2] Cfr Lc 5, 29-32.
[3] El concepto utopía se refiere a la representación de un mundo idealizado que se presenta como alternativo al mundo realmente existente, mediante una crítica de éste. El término fue concebido por Tomás Moro en su obra De Optimo Repūblicae Statu deque Nova Insula Utopia, donde Utopía es el nombre dado a una comunidad ficticia cuya organización política, económica y cultural contrasta en numerosos aspectos con las sociedades humanas de su época. Sin embargo, aunque el término fue creado por él, el concepto subyacente es anterior. En la misma obra de Moro puede verse una fuerte influencia e incluso directa referencia a La República, de Platón, obra que presenta asimismo la descripción de una sociedad idealizada. En el mismo sentido, las narraciones extraordinarias de Américo Vespucio sobre la recién avistada las islas de Fernando de Noronha, en 15032 y el espacio abierto por el descubrimiento de un Nuevo Mundo a la imaginación, son factores que estimularon el desarrollo de la utopía de Moro.
Ilustración: Ia Orana Maria (Ave Maria), Paul Gauguin  (1848–1903), Metropolitan Museum of Art (New York). 

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris