Easter Sunday

One of the most beautiful compositions in classical music it is Anton Dvorak's New World Symphony.[1] I had not heard it for a while; last week I popped it in and then reflected on the times that Antonin Dvorak was portraying in music[2].

Jesus the Christ longed for a New World for God's children. He longed for a world where they would no longer be confined in a mortal prison by hatred, by paganism, by materialism. He grieved over people who were like sheep without a shepherd[3]. Their lives were pointless. They wanted meaning but could not find meaning. They spent millions of dollars on self-help books. They went to gurus and practiced transcendental meditation. They gave the New Age a try depending on themselves to provide everything. And they ended up with nothing. They killed themselves to make enough money to own everything this old world could produce. And they ended with nothing of lasting value. Jesus would lead them to the New World, a world which would give meaning and happiness to their lives. But the journey to the New World would take sacrifice: a tremendous sacrifice from a tremendous Lover. And so Jesus allowed the world to do its worse to him. The terrible sacrifice took place on the cross on Good Friday. The New World was proclaimed on a day like today: Easter Sunday.

Jesus invites all to join him on the journey to the New World. This journey demands that we also sacrifice. It demands that we reject the old, dead way of life. The journey demands that we accept being alone in a world full of mockers. They tell us that we are wasting our time, our money and our energy on religion. We tell them that we would rather be in the minority with Jesus than in a majority that rejects him. We suffer from others. We suffer from our efforts to overcome our own selfishness. We suffer, we sacrifice, even to the point of death with Jesus. All so we can have the New Life in the New World of the Lord not just for ourselves, but for our children. For if we do nothing more in our lives than lead our children to the Lord, then our lives have been a total success and have had infinite value.

Are you not aware that we who were baptized into Jesus Christ were baptized into his death? Through baptism into his death we were buried with him so that just as Christ was raised from the dead by the glory of the Father we too might live a new life.[4] That is from the first New Testament reading during the First Easter Mass, the solemn Easter Vigil. It reminds us that it isn't easy being a Christian, but it is worth the sacrifice.

Our lives have meaning, and purpose and beauty because we are not satisfied with the shallow existence of materialism and self-gratification. Jesus has called us out of this darkness and death and given each of us the ability to make his presence real for others.

If we just allow God to work through us, if we just strive to be that unique reflection of his love he created each of us to be, then we will come out of the tomb of selfishness this world buries us in and live eternally.

The tomb is empty, Mary Magdalene, sinner who lived it up, but then found life by rejecting her life. The tomb is empty Mary. But the world is full. The Savior Lives. May his life change the world. May we let his life change the world. For the world craves his New Life. And we need a New World ■

[1] Dvorak was born in Bohemia in 1841. He became popular in Germany and then in England in the 1880's. In 1892 he became the Director of the New York National Conservatory. During this time he wrote his 9th Symphony which he entitled, From the New World. He wrote from America at a time when thousands and thousands of people from Ireland, Italy, Germany, and Poland were migrating from the homes their ancestors lived in for centuries to find a new life and a new world.
[2] Sunday 12th April, 2009, ster Sunday. Readings: Acts 10:34, 37-43. This is the day the Lord has made; let us rejoice and be glad—Ps 117(118):1-2, 16-17, 22-23. Colossians 3:1-4 / 1 Corinthians 5:6-8. John 20:1-9.
[3] Cfr Mt 9:27-38.
[4] Rm 6: 3-11-

TRIDUO PASCUAL ■ 2009

Jueves Santo. Misa Crismal.

En verdad es digno y justo, equitativo y saludable, el darte gracias en todo tiempo y lugar, Señor, Santo Padre, omnipotente y eterno Dios, que al principio, entre otros dones de tu bondad, mandaste a la tierra a producir árboles frutales entre los que naciese el olivo, suministrador de este licor y fruto que sirviese para este sagrado crisma. Pues también David, presintiendo con profético espíritu los sacramentos de tu gracia, cantó que con el óleo se alegrarían nuestros rostros, y cuando antaño los crímenes del mundo eran expiados por el diluvio, una paloma demostró una semejanza del futuro don anunciando con la rama de olivo la paz devuelta a la tierra, lo cual en estos últimos tiempos vemos manifiestamente cumplido, cuando borrados todos los crímenes cometidos por las aguas del bautismo, esta unción del óleo torna nuestros rostros alegres y serenos. Por eso también diste mandato a tu siervo Moisés de constituir sacerdote a su hermano Aarón mediante la unción de este ungüento, tras haberse lavado con agua. Añadióse a éste un más amplio honor cuando tu Hijo Jesucristo, nuestro Señor, exigió a Juan que le lavara en las aguas del Jordán para que, habiendo enviado el Espíritu Santo desde las alturas a semejanza de paloma sobre tu Unigénito, le proclamaras, por el testimonio de la consiguiente voz, que en él tenías tus mejores complacencias y claramente manifestara que era Aquél a quien el profeta David había cantado como ungido entre todos con el óleo de exultación. Por ello te pedimos, Señor santo, Padre omnipotente, eterno Dios, por el mismo Jesucristo, tu Hijo, Nuestro Señor, que santifiques con tu bendición a esta criatura para que se mezcle con ella la virtud del Espíritu Santo, cooperando el poder de Cristo, tu Hijo, de quien tomó nombre el crisma con el que ungiste a sacerdotes, reyes, profetas y mártires, a fin de que sea crisma de salvación para quienes renacieren del agua y del Espiritu Santo, y les haga partícipes de la vida eterna y consortes de la gloria celestial. Por el mismo Señor Nuestro Jesucristo, tu Hijo, que contigo vive y reina en la unidad del Espíritu Santo, Dios, por todos los siglos de los siglos. Amén ■ Jueves Santo, Misa Crisma, bendición del Santo Crisma.

Jueves Santo

En la Cena del Cordero
y habiendo ya cenado,
acabada la figura,
comenzó lo figurado.

Por mostrar Dios a los suyos
cómo está de amor llagado,
todas las mercedes juntas
en una las ha cifrado.

Pan y vino material
en sus manos ha tomado
y, en lugar de pan y vino,
cuerpo y sangre les ha dado.

Si un bocado nos dio muerte,
la vida se da en bocado;
si el pecado dio el veneno,
el remedio Dios lo ha dado.

Haga fiesta el cielo y tierra
y alégrese lo criado,
pues, Dios no cabiendo en ello,
en mi alma se ha encerrado. Amén ■
de la liturgia de las Horas, Oficio del Jueves Santo

Jueves Santo

Con amor filial amo a mi Iglesia, la católica. Nací en ella y en su seno quiero llegar al fin de mi camino. Eso no quita que tenga amor también a otros credos. Me siento identificado en la fe con los que tienen otra fe que no es la mía, y me siento identificado también –hombre de poca fe que soy a veces- con aquellos que no tienen fe. Pero sobre todo me siento identificado con aquellos –buenos amigos algunos de ellos- que dicen no creer más en los sacerdotes; amigos que se quedan extrañados cuando les digo que yo –sacerdote- tampoco creo en los sacerdotes.

Y se extrañan aún más cuando les recuerdo que los sacerdotes no aparecemos por ningún lugar en la Profesión de Fe, ni siquiera en sus formas más antiguas[1]; que incluso no hay texto alguno del Magisterio de la Iglesia que obligue a los fieles a creer en la persona de los sacerdotes, de los obispos o del Papa. Los católicos creemos en Dios –Padre, Hijo y Espíritu Santo-, creemos también en la Iglesia, y dentro de ella, en el sacerdocio, pero jamás nadie nos obligará a creer en ningún sacerdote concreto.

No vamos a negar que dentro del clero –como en cualquier otro grupo humano- haya personas que nos quedamos muy lejos de lo que se espera de nosotros. Los sacerdotes estamos hechos del mismo barro que los demás. Si uno de nosotros tiene un fallo, pronto lo sabe la ciudad entera, pero si aguantamos firmes ¿quién levanta la voz y lo dice?

El tema va mucho más allá. Yo me pregunto ¿es que hemos dado demasiada importancia en la Iglesia a los sacerdotes? Personalmente pienso que sí. Los sacerdotes somos una parte importante, servimos nada más y nada menos que para repartir la Palabra de Dios y para hacer presente a Jesucristo en medio de la comunidad. Pero importantes somos porque hablamos de Cristo o porque traemos a Cristo al altar, no por lo que valemos por nosotros mismos. Un sacerdote vale tanto como el cristal del vaso donde se bebe agua. Cuando bebemos un vaso de agua digo que bebo un vaso de agua, pero en realidad lo que bebo no es el vaso, sino el agua. El vaso es lo que ha sido útil para beber el agua, ya que sin él, el agua se habría derramado. El vaso es algo que, después de ser útil se deja de lado porque ya ha cumplido su misión. Con nosotros ocurre lo mismo.

En el tema de los sacerdotes se puede hablar de más y de menos. De mas es el clericalismo, enfermedad terrible de los que creen que los sacerdotes somos todo y nos elevan a niveles insospechados de santidad y perfección. El clerical es el que en lugar de fiarse ante todo y sobre todo de Jesucristo, se fía ante todo y sobre todo del sacerdote ¡y luego se lleva cada golpe! Porque como los sacerdotes somos de carne y hueso, lo normal es que fallemos y que tengamos que pedir perdón y que luchemos por ser buenos.

En el otro extremo está el anticlericalismo, pero como los extremos se tocan, los anticlericales suelen parecerse muchísimo a los clericales. Porque no se limitan a criticar en los sacerdotes todo cuanto tiene de criticable, sino que terminan por alejarse de Jesucristo, porque dicen que no les gustan los sacerdotes. Tienen tan poca lógica como el señor que nunca se sube en un autobús porque una vez se encontró con un conductor antipático.

Es necesario ubicarnos: Jesucristo en el centro, y allá, lejos, siendo útiles en tanto en cuanto ayudamos a llegar a Jesús, los sacerdotes.

¿Estoy despreciando a los sacerdotes o el sacerdocio ministerial? ¡No! Idiota sería después de haber dedicado lo que va de mi vida a serlo lo mejor que he sabido y después de saber que nuestro Santo Padre el Papa nos convoca a un Año Sacerdotal, con motivo del 150 aniversario de la muerte del santo Cura de Ars[2]. Me siento contento y agradecido con Dios por el don de mi sacerdocio. Me siento, sí, también, muy avergonzado de serlo tan mediocre y de haber cometido docenas de imprudencias en mi camino ministerial, pero al final del día[3] feliz de serlo. Personalmente pienso que no hay misión mejor en esta vida que mostrar a los demás el camino por el que se va a Jesús. Y si alguien descubre dentro de sí esa llamada, que se considere feliz y afortunado.

Con todo esto lo que quiero decir es que no se debe confundir la mano que señala el camino hacia Jesús con Jesús mismo. Alguien ha dicho que los sacerdotes somos como esos letreros que en las carreteras, dicen: Sebastopol, ciento cuarenta kilómetros[4]. Señalan por dónde se va a Sebastopol, pero ellos mismos no van. ¿También los curas señalamos el camino por el que se va a Cristo, pero luego somos tan cobardes que no vamos hacía él? Sí, es una realidad ¡cuántos pecados tenemos!. Sin embargo lo importante de una señal de carretera es que señale bien la dirección. El error sería sentarse encima de ese letrero en lugar de seguir la dirección que él marca.

En el día en que celebramos la institución de la Eucaristía y el Orden Sacerdotal, suba nuestra oración a Dios Padre en acción de gracias; suba nuestra oración como el incienso del altar, y descienda sobre cada uno de Sus sacerdotes su misericordia, para que cada día nos parezcamos más a su hijo, Sumo y Eterno Sacerdote ■

[1] Símbolo de San Epifanio, Fórmula de “Clemente Trinidad”, Símbolo del Concilio de Toledo del año 400, Símbolo “quicumque”, etc. Cfr. Denzinger nn. 1-39.
[2] http://www.zenit.org/article-30537?l=spanish
[3] Jorge Michel, si me lees ¡te mando un abrazo!
[4] La ciudad existe, hago referencia por cariño a mi gran amigo Satur; si me lees, amigo, te mando dos abrazos, uno para ti y otro para la Piedra.

Viernes Santo de la Pasión del Señor

Brazos rígidos y yertos,
por dos garfios traspasados,
que aquí estáis por mis pecados,
para recibirme abiertos,
para esperarme clavados.

Cuerpo llagado de amores,
yo te adoro y yo te sigo;
yo, Señor de los señores,
quiero partir tus dolores
subiendo a la cruz contigo.

Quiero en la vida seguirte
y por sus caminos irte
alabando y bendiciendo,
y bendecirte sufriendo
y muriendo bendecirte.

Que no ame la poquedad
de cosas que van y vienen;
que adore la austeridad
de estos sentires que tienen
sabores de eternidad;

que sienta una dulce herida
de ansia de amor desmedida;
que ame tu ciencia y tu luz;
que vaya, en fin, por la vida
como tú estás en la cruz:

de sangre los pies cubiertos,
llagados de amor las manos,
los ojos al mundo muertos
y los dos brazos abiertos
para todos mis hermanos.
Amén ■
de la Liturgia de las Horas,

Oficio del Viernes Santo.

Viernes Santo (I)

Uno de los soldados con la lanza le traspasó el costado y al punto salió sangre y agua[1]. Siempre que la Iglesia primitiva reflexionaba sobre éste pasaje del evangelio que acabamos de escuchar se quedaba como llena de luz. Uno de los más grandes predicadores de aquella época –San Juan Crisóstomo- escribe: «No pases demasiado deprisa sobre este misterio porque quiero exponerte una interpretación mística. Esa sangre y esa agua son símbolos del Bautismo y de la Eucaristía, donde se engendra la Iglesia. Porque del costado de Cristo se formó la Iglesia, como del costado de Adán se formó Eva. Y de la misma manera que sacó del costado a Eva mientras Adán dormía, así ahora, mientras Jesucristo duerme, Dios saca de su costado a su Esposa»[2].

San Agustín lo comenta de una manera muy similar: «La primera mujer fue formada del costado del hombre mientras éste dormía, y fue llamada vida y madre de los que viven. Aquí el segundo Adán, inclinando la cabeza, se duerme en la cruz para que así, con el agua y la sangre que brotaron de su costado, quedase formada su Esposa»[3].

Durante los próximos días la iglesia celebra con pena y tristeza la muerte del Señor y al mismo tiempo con una profunda alegría la victoria del león de la tribu de Judá[4].

Toda la liturgia del Viernes Santo –es decir, la adoración de la Cruz- es un canto nupcial.

San Pablo, en ése bellísimo texto de la carta a los Efesios lo explicas infinitamente mejor: Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, purificándola mediante el baño del agua, en virtud de la palabra, y presentársela resplandeciente a si mismo; sin que tenga mancha ni arruga (…) sino que sea santa e inmaculada[5].

Cristo amó a su Iglesia y se entregó a sí mismo por ella... ésta frase queda como resonando en el aire: Cristo amó a su Iglesia: ¿Y tú? ¿Amas tú a la Iglesia?

«No puede tener por Padre a Dios —decía san Cipriano— quien no tiene por madre a la Iglesia»[6].

Tener por madre a la Iglesia no es solamente haber sido bautizados, sino también apreciarla, respetarla, amarla como madre, sentirse solidarios con ella en el bien y en el mal.

Con la Iglesia para lo mismo que con las vidrieras [o vitrales] de una antigua catedral. Vistas desde la calle no serán más que trozos de vidrio oscuros unidos por tiras de plomo negro; pero si se atraviesa el umbral y se las mira desde dentro, a contraluz, entonces se verá un grandioso espectáculo de colores y de figuras.

Lo mismo ocurre con la Iglesia. El que la mira desde fuera, con los ojos del mundo, no ve más que lados oscuros y miserias; pero el que la mira desde dentro, con los ojos de la fe y sintiéndose parte de ella verá algo espectacular.

¿Y las incoherencias de la Iglesia? ¿Y los escándalos, incluso por parte de algunos papas, obispos y sacerdotes?

El Señor, como buen carpintero que había llegado a ser bajo la enseñanza de José, recogió los trocitos de madera en peor estado que encontró y con ellos se construyó una barca que resiste a la mar ¡desde hace dos mil años!

Se habla con mucha frecuencia de los pecados de la Iglesia ¡ah tan escandalosos! ¿Crees que Jesús no los conoce mejor que nosotros? ¿Acaso no sabía él por quién moría? ¿No sabia lo que iba a pasar con la Iglesia que dejaba en manos de sus apóstoles que mientras él oraba ellos dormían?[7] Sin embargo amó a esta Iglesia real y concreta, no a una imaginaria e ideal, y murió y derramó toda su sangre para hacerla santa e inmaculada.

Jesucristo amó a la Iglesia, digamos, en esperanza: no sólo por lo que es, sino también por lo que será, es decir la Jerusalén celestial arreglada como una novia que se adorna para su esposo[8].

¿Por qué entonces ésta Iglesia nuestra es pobre y lenta? Primo Mazzolari, que no era por cierto un hombre acostumbrado a lisonjear a la Iglesia institucional, escribió:

«Señor, yo soy tu carne enferma; te peso cual cruz pesada. Para no dejarme caer, te cargas también con mi fardo y caminas como puedes. Y entre aquellos con los que vas cargado, hay algunos que te culpan de no caminar según las reglas y acusan también de lentitud a tu Iglesia, olvidando que, cargada como va de escorias humanas que ni puede ni quiere echar por la borda (¡son sus hijos!), vale más el llevarlos que el llegar a puerto»[9].

La Iglesia camina lenta, si. Camina lenta en la evangelización. Camina lenta en la respuesta a los signos de los tiempos. Camina lenta en la defensa de los pobres y en tantas y tantas otras cosas. ¿Por qué? Porque nos lleva a hombros a nosotros, que aún estamos llenos de todo el lastre del pecado.

A uno de los Reformadores que le echaba en cara el que siguiese en la Iglesia católica a pesar de su corrupción, Erasmo de Rotterdam le contestó un día: «Soporto a esta Iglesia, con la esperanza de que se haga mejor, dado que ella se ve obligada a soportarme a mí, con la esperanza de que yo me haga mejor»[10].

Hemos de pedir todos perdón a Cristo por tantos juicios desconsiderados y por tantas ofensas como hemos infligido a su esposa, y, en consecuencia, a él mismo, y hemos de imponernos todos sin tardanza una manera nueva de hablar, más respetuosa, más consciente, más profunda de quién es la Iglesia[11].

En el libro de Jeremías leemos este misterioso oráculo: El Señor crea algo nuevo en el país: será la mujer quien abrace al varón[12]. Hasta el día de hoy —quiere decir el profeta—, ha sido el esposo, Dios, quien ha buscado y perseguido a la mujer infiel que se iba tras los ídolos. Pero llegará un día en que ya no ocurrirá eso. Al contrario, será la propia mujer, la comunidad de la alianza, la que busque a su esposo y le abrace con fuerza.

Ese día ya ha llegado. Ahora todo está cumplido. No porque la humanidad se haya vuelto de repente cuerda y fiel, no; sino porque el Verbo la ha asumido y la ha unido a sí, en su misma persona, en una alianza nueva y eterna. Toda la liturgia del Viernes Santo expresa el cumplimiento de aquel oráculo. Eso comenzó en el Calvario, con María apretando entre sus manos y besando el rostro de su Hijo bajado de la cruz, y continúa ahora en la Iglesia, de la que la Virgen era, en eso, figura y primicia.

La Iglesia, que, con el sucesor de Pedro a la cabeza, desfilará ahora para besar el Crucifijo, es aquella mujer que abraza al varón[13], rebosante de gratitud y de emoción. Que dice, con la esposa del Cantar de los Cantares: He encontrado al amor de mi alma; lo agarré y ya no lo soltaré[14]

[1] Jn 19,34
[2] San Juan Cristóstomo, Catequesis bautismales, 7, 17-18.
[3] San Agustín, Tratados sobre el evangelio de san Juan, 120, 2.
[4] Cfr Ap 5,5
[5] Ef 5,25-32
[6] La unidad de la Iglesia, 6
[7] Cfr Lc 22, 45.
[8] Ap 21,2
[9] Sacerdote italiano, nacido en Boschetto en 1959. Es destacado en su país, Italia, por su férrea oposición al fascismo y al comunismo, fue Párroco de Crémona (1945-1959), escribió muchos libros de apologética y algunos referentes a la Doctrina Social de la Iglesia,
[10] Conocido como Desiderius Erasmus Rotterdamus, nació en Geert Geertsen en 1466/69 ; fue un humanista, filósofo, filólogo y teólogo neerlandés, autor de importantes obras en latín.
[11] «Como soy uno de ellos —escribía Saint-Exupéry acerca de su patria terrena, en un momento oscuro de su historia—, no renegaré de los míos, hagan lo que hagan. No predicaré contra ellos delante de extraños. Si puedo salir en su defensa, los defenderé. Si me cubren de vergüenza, esconderé esa vergüenza en mi corazón y guardaré silencio. Y piense lo que piense entonces de ellos, nunca haré de testigo en su contra. Ningún marido va de casa en casa diciendo a los vecinos que su mujer es una zorra: ¡bonita manera de salvar su honor! Como su esposa es alguien de su casa, no puede sacar pecho en público contra ella; sino que, una vez en su casa, dará rienda suelta a su cólera» Piloto de guerra, n. 24.
[12] Jr 31,22
[13] Ídem
[14] Ct 3,4

Viernes Santo (II)

Los cristianos tenemos un auténtico comentario al relato de la Pasión que se proclama en la liturgia del Viernes Santo[1]. Se trata del capítulo quinto del Apocalipsis. Ambos textos se refieren al mismo acontecimiento del Calvario, que el cuarto evangelio narra de manera histórica y el Apocalipsis interpreta y celebra de manera profética y litúrgica[2].

Así, el capítulo quinto del Apocalipsis es el mejor comentario a la celebración del Viernes Santo. Se refiere al mismo momento histórico que la liturgia revive año con año[3].

Y en la mano derecha —dice el texto del Apocalipsis— del que estaba sentado en el trono vi un rollo escrito por dentro y por fuera y sellado con siete sellos[4]. Este libro escrito por dentro y por fuera indica la historia de la salvación, y en concreto las Escrituras del Antiguo Testamento que la contienen. Está escrito por fuera y por dentro —explicaban los Padres de la Iglesia— para decir que se puede leer según la letra y según el Espíritu, es decir en su sentido literal, que es particular, o en su sentido espiritual, que es universal y definitivo. Pero para poderlo leer hay que romper el sello. La Sagrada Escritura, antes de Cristo, se parece a la partitura de una inmensa sinfonía que yace sobre el papel y cuyo potente sonido no puede escucharse hasta que no se le ponga, en el encabezamiento, la indicación de la clave musical en que hay que leerla.

El ministro de la reina Candaces que volvía de Jerusalén leyendo el capítulo 53 de Isaías se dirigió a Felipe preguntándole: ¿De quién dice esto el profeta?, ¿de él mismo o de otro?[5]. (leía aquel pasaje que se dice: Como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca...), ¡le faltaba la clave para leerlo!

La visión de Juan prosigue: Y vi a un ángel poderoso, que gritaba a grandes voces: ¿Quién es digno de abrir el rollo y soltar sus sellos? Y nadie, ni en el cielo ni en la tierra ni debajo de la tierra, podía abrir el rollo y ver su contenido. Yo lloraba mucho... Juan –como es propio de la índole misma de la liturgia— nos traslada en espíritu al momento histórico en que ocurren las cosas o en que están a punto de ocurrir. El llanto del profeta evoca el llanto de los discípulos en la muerte de Jesús –Nosotros esperábamos que él fuera[6]….-, el llanto de la Magdalena junto al sepulcro vacío, el llanto de todos los que esperaban la redención de Israel.

Uno de los ancianos —prosigue la visión— me dijo: No llores más. Sábete que ha vencido el león de la tribu de Judá, el vástago de David, y que puede abrir el rollo y sus siete sellos. ¡Enikesen! ¡Vicit! ¡Ha vencido! Este es el grito que el vidente está encargado de hacer resonar en la Iglesia y la Iglesia en el mundo a través de todos los siglos: ¡Ha vencido el león de la tribu de Judá![7]. El acontecimiento que se esperaba desde siempre, y que lo explica todo, ha tenido lugar. Ya no habrá marcha atrás. Con un gran esfuerzo, la historia ha desplazado su centro de gravedad de atrás hacia adelante y ha alcanzado su punto culminante[8]. Se ha instaurado la plenitud de los tiempos. Está cumplido — Consummatum est, gritó Jesús antes de expirar[9].

Aquel simple verbo en pasado —enikesen: ha vencido— encierra en sí el principio que da fuerza y consistencia a la historia, el que confiere a un hecho acaecido en un punto del tiempo y del espacio un valor eterno y universal. Ya nunca se podrá retroceder a lo que había antes. Nada ni nadie en el mundo, por más que se esfuerce, podrá conseguir que no haya sucedido lo que ha sucedido, es decir que Jesucristo no haya muerto y resucitado, que los hombres no estén redimidos, la Iglesia fundada, los sacramentos instituidos, el reino de Dios instaurado. «Esta es la página que, al volverla, todo lo ilumina, como aquella gran hoja ilustrada del Misal, al comienzo del Canon. Ahí está, resplandeciente y pintada en rojo, la gran página que divide los dos Testamentos. Se abren a una todas las puertas, se disipan todas tas oposiciones, se resuelven todas las contradicciones»[10].

¿Cómo y cuándo sucedió todo eso? La visión continúa: Entonces vi delante del trono, rodeado por los seres vivientes y los ancianos, a un Cordero en pie; se notaba que lo habían degollado. Un Cordero degollado, es decir muerto, y que sin embargo está de pie, es decir ¡resucitado! Cristo, con su muerte y su resurrección, ha realizado, pues, todo eso. Ha explicado las Escrituras cumpliéndolas; o sea, no con palabras, sino con hechos. Juan está pensando abiertamente en la escena del Calvario, cuando Jesús, con su muerte victoriosa- Yo vencí -dice el propio Resucitado en el Apocalipsis— y me senté en el trono de mi Padre[11].

Un poeta se ha imaginado ese relato como si lo hubiera hecho el centurión que estaba presente aquel día en el Calvario:

Nunca hubo una muerte como ésta,
y yo ya he perdido la cuenta...
Su lucha no era con la muerte.
La muerte era su esclava, no su dueña.
No era un hombre derrotado...
En la cruz, su lucha era contra algo mucho más serio que las lenguas amargas de los fariseos.
No, la suya era otra lucha...
Al final lanzó un fuerte grito de victoria. Todos se preguntaban qué era aquello, pero yo sé algo de combates y de combatientes.
Sé reconocer entre mil un grito de victoria
[12].

La victoria fue precisamente aquella muerte aceptada en total obediencia al Padre y en amor a los hombres. Para Juan la resurrección lo único que ha hecho ha sido sacar a la luz la victoria escondida que tuvo lugar en la cruz. Jesús es victor quia victima, es decir vencedor porque es víctima[13].

Lo mismo que en el altar, después de la consagración, aparentemente nada ha cambiado en el pan y en el vino, mientras que nosotros sabemos que son ya otra cosa respecto a lo que eran antes, así, con la Pascua, aparentemente nada ha cambiado en el mundo, cuando en realidad todo ha cambiado y el mundo se ha convertido en una nueva creación ■

[1] Cfr Jn 18, 1-19, 42.
[2] Cfr. R. Cantalamessa, Sermones del Viernes Santo En la Basílica de San Pedro.
[3] En el capítulo quinto del Apocalipsis, el acontecimiento pascual aparece presentado en el marco de una liturgia celestial, pero inspirándose en el culto real y terrestre de la comunidad cristiana de aquel tiempo. Al leerlo, todos podían percibir en él los rasgos de lo que celebraban en sus asambleas litúrgicas. La liturgia pascual en que se inspira san Juan, tanto para el evangelio como para el Apocalipsis, es la así llamada cuartodecimana, que celebraba la Pascua el mismo día en que la celebraban los judíos, el 14 de Nisán, o sea en el aniversario de la muerte del Señor, en vez de en el aniversario de la resurrección. Dicho de otra forma: la liturgia que ponía como centro de todo el viernes de parasceve y que contemplaba incluso la resurrección a partir de él. Sabemos por la historia que las siete iglesias de Asia Menor a las que va dirigido el libro del Apocalipsis seguían todas ellas la praxis cuartodecimana. De una de ellas, Esmirna, fue obispo un discípulo de san Juan: Policarpo, que hacia la mitad del siglo II viajó a Roma precisamente para discutir con el papa Aniceto la cuestión de la diferencia en la fecha de Pascua.
[4] Ap 5,1
[5] Hch 8,34.
[6] Cfr Lc 24, 13-35.
[7] el "león de la tribu de Judá" es el Mesías, así llamado por las palabras que pronunció Jacob, en el libro del Génesis, al bendecir a su hijo Judá
[8] Cfr Gal 4, 4.
[9] Jn 19,30
[10] P. Claudel, Le poéte et la Bible, París, Gallimard, 1998, p. 729
[11] Ap 3,21
[12] Cfr E Topping, An Impossible God.
[13] S. Agustin, Confesiones, X, 43
Durante el Sábado Santo la Iglesia permanece junto al sepulcro del Señor, meditando en su pasión y muerte, y se abstiene de celebrar el Sacrificio de laMisa, por lo que se conserva el altar enteramente desnudo, hasta que, después de la Vigilia solemne se desborda la alegría pascual, cuya exhuerancia inunda los cincuenta días subsiguientes (Misal Romano)

Venid al huerto, perfumes,
enjugad la blanca sábana;
en el tálamo nupcial
el Rey descansa.

Muertos de negros sepulcros,
venid a la tumba santa:
la Vida espera dormida,
La Iglesia aguarda.

Llegad al jardín creyentes,
tened en silencio el alma:
ya empiezan a ver los justos
la noche clara.

Oh dolientes de la tierra,
verted aquí vuestras lágrimas:
en la gloria de este cuerpo
serán bañadas.

Salve, cuerpo cobijado
bajo las divinas alas;
salve, casa del Espíritu,
nuestra morada. Amén.■
de la liturgia de las Horas,
Oficio del Sábado Santo.

Sábado Santo

La afirmación de la muerte de Dios resuena, cada vez con más fuerza, a lo largo de nuestra época. En primer lugar aparece en Jean Paul, como una simple pesadilla[1]. Jesús muerto proclama desde el techo del mundo que en su marcha al más allá no ha encontrado nada: ningún cielo, ningún dios remunerador, sino sólo la nada infinita, el silencio de un vacío bostezante. Pero se trata simplemente de un sueño molesto, que alejamos suspirando al despertarnos, aunque la angustia sufrida sigue preocupándonos en el fondo del alma, sin deseos de retirarse. Cien años más tarde es Nietzsche quien, con seriedad mortal, anuncia con un estridente grito de espanto: «¡Dios ha muerto! ¡Sigue muerto! ¡Y nosotros lo hemos asesinado!». Cincuenta años después se habla ya del asunto con una serenidad casi académica y se comienza a construir una «teología después de la muerte de Dios», que progresa y anima al hombre a ocupar el puesto abandonado por él.

El impresionante misterio del sábado santo, su abismo de silencio, ha adquirido, pues, en nuestra época un tremendo realismo. Porque esto es el sábado santo: el día del ocultamiento de Dios, el día de esa inmensa paradoja que expresamos en el credo con las palabras «descendió a los infiernos», descendió al misterio de la muerte. El viernes santo podíamos contemplar aún al traspasado; el sábado santo está vacío, la pesada piedra de la tumba oculta al muerto, todo ha terminado, la fe parece haberse revelado a última hora como un fanatismo. Ningún Dios ha salvado a este Jesús que se llamaba su hijo. Podemos estar tranquilos; los hombres sensatos, que al principio estaban un poco preocupados por lo que pudiese suceder, llevaban razón.

Sábado santo, día de la sepultura de Dios: ¿No es éste, de forma especialmente trágica, nuestro día? ¿No comienza a convertirse nuestro siglo en un gran sábado santo, en un día de la ausencia de Dios, en el que incluso a los discípulos se les produce un gélido vacío en el corazón y se disponen a volver a su casa avergonzados y angustiados, sumidos en la tristeza y la apatía por la falta de esperanza mientras marchan a Emaús, sin advertir que aquél a quien creen muerto se halla entre ellos?

Dios ha muerto y nosotros lo hemos asesinado. ¿Nos hemos dado realmente cuenta de que esta frase está tomada casi literalmente de la tradición cristiana, de que hemos rezado con frecuencia algo parecido en el Vía crucis, sin penetrar en la terrible seriedad y en la trágica realidad de lo que decíamos? Lo hemos asesinado cuando lo encerrábamos en el edificio de ideologías y costumbres anticuadas, cuando lo desterrábamos a una piedad irreal y a frases de devocionarios, convirtiéndolo en una pieza de museo arqueológico; lo hemos asesinado con la duplicidad de nuestra vida, que lo oscurece a él mismo; porque, ¿qué puede hacer más discutible en este mundo la idea de Dios que la fe y la caridad tan discutibles de sus creyentes?

La tiniebla divina de este día, de este siglo, que se convierte cada vez más en un sábado santo, habla a nuestras conciencias. Se refiere también a nosotros. Pero, a pesar de todo, tiene en sí algo consolador Porque la muerte de Dios en Jesucristo es, al mismo tiempo, expresión de su radical solidaridad con nosotros. El misterio más oscuro de la fe es, simultáneamente, la señal más brillante de una esperanza sin fronteras. Todavía más: a través del naufragio del viernes santo, a través del silencio mortal del sábado santo, pudieron comprender los discípulos quién era Jesús realmente y qué significaba verdaderamente su mensaje. Dios debió morir por ellos para poder vivir de verdad en ellos. La imagen que se habían formado de él, en la que intentaban introducirlo, debía ser destrozada para que a través de las ruinas de la casa deshecha pudiesen contemplar el cielo y verlo a él mismo, que sigue siendo la infinita grandeza. Necesitamos las tinieblas de Dios, necesitamos el silencio de Dios para experimentar de nuevo el abismo de su grandeza, el abismo de nuestra nada, que se abriría ante nosotros si él no existiese ■ Meditaciones para la noche del sábado santo, JOSEPH RATZINGER

[1] El autor se refiere a Jean Paul F. Richter (1763-1825), que después de cursar sus estudios de teología en Leipzig se dedicó a la literatura, dándose a conocer con el simple nombre de Jean Paul (N. T.).
Ilustracion: Rafael Sanzio, Entierro de Cristo (1507) bosquejo en tinta (289 x 297 mm) Galleria degli Uffizi, (Florencia).

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris


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