Viernes Santo (I)

Uno de los soldados con la lanza le traspasó el costado y al punto salió sangre y agua[1]. Siempre que la Iglesia primitiva reflexionaba sobre éste pasaje del evangelio que acabamos de escuchar se quedaba como llena de luz. Uno de los más grandes predicadores de aquella época –San Juan Crisóstomo- escribe: «No pases demasiado deprisa sobre este misterio porque quiero exponerte una interpretación mística. Esa sangre y esa agua son símbolos del Bautismo y de la Eucaristía, donde se engendra la Iglesia. Porque del costado de Cristo se formó la Iglesia, como del costado de Adán se formó Eva. Y de la misma manera que sacó del costado a Eva mientras Adán dormía, así ahora, mientras Jesucristo duerme, Dios saca de su costado a su Esposa»[2].

San Agustín lo comenta de una manera muy similar: «La primera mujer fue formada del costado del hombre mientras éste dormía, y fue llamada vida y madre de los que viven. Aquí el segundo Adán, inclinando la cabeza, se duerme en la cruz para que así, con el agua y la sangre que brotaron de su costado, quedase formada su Esposa»[3].

Durante los próximos días la iglesia celebra con pena y tristeza la muerte del Señor y al mismo tiempo con una profunda alegría la victoria del león de la tribu de Judá[4].

Toda la liturgia del Viernes Santo –es decir, la adoración de la Cruz- es un canto nupcial.

San Pablo, en ése bellísimo texto de la carta a los Efesios lo explicas infinitamente mejor: Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, purificándola mediante el baño del agua, en virtud de la palabra, y presentársela resplandeciente a si mismo; sin que tenga mancha ni arruga (…) sino que sea santa e inmaculada[5].

Cristo amó a su Iglesia y se entregó a sí mismo por ella... ésta frase queda como resonando en el aire: Cristo amó a su Iglesia: ¿Y tú? ¿Amas tú a la Iglesia?

«No puede tener por Padre a Dios —decía san Cipriano— quien no tiene por madre a la Iglesia»[6].

Tener por madre a la Iglesia no es solamente haber sido bautizados, sino también apreciarla, respetarla, amarla como madre, sentirse solidarios con ella en el bien y en el mal.

Con la Iglesia para lo mismo que con las vidrieras [o vitrales] de una antigua catedral. Vistas desde la calle no serán más que trozos de vidrio oscuros unidos por tiras de plomo negro; pero si se atraviesa el umbral y se las mira desde dentro, a contraluz, entonces se verá un grandioso espectáculo de colores y de figuras.

Lo mismo ocurre con la Iglesia. El que la mira desde fuera, con los ojos del mundo, no ve más que lados oscuros y miserias; pero el que la mira desde dentro, con los ojos de la fe y sintiéndose parte de ella verá algo espectacular.

¿Y las incoherencias de la Iglesia? ¿Y los escándalos, incluso por parte de algunos papas, obispos y sacerdotes?

El Señor, como buen carpintero que había llegado a ser bajo la enseñanza de José, recogió los trocitos de madera en peor estado que encontró y con ellos se construyó una barca que resiste a la mar ¡desde hace dos mil años!

Se habla con mucha frecuencia de los pecados de la Iglesia ¡ah tan escandalosos! ¿Crees que Jesús no los conoce mejor que nosotros? ¿Acaso no sabía él por quién moría? ¿No sabia lo que iba a pasar con la Iglesia que dejaba en manos de sus apóstoles que mientras él oraba ellos dormían?[7] Sin embargo amó a esta Iglesia real y concreta, no a una imaginaria e ideal, y murió y derramó toda su sangre para hacerla santa e inmaculada.

Jesucristo amó a la Iglesia, digamos, en esperanza: no sólo por lo que es, sino también por lo que será, es decir la Jerusalén celestial arreglada como una novia que se adorna para su esposo[8].

¿Por qué entonces ésta Iglesia nuestra es pobre y lenta? Primo Mazzolari, que no era por cierto un hombre acostumbrado a lisonjear a la Iglesia institucional, escribió:

«Señor, yo soy tu carne enferma; te peso cual cruz pesada. Para no dejarme caer, te cargas también con mi fardo y caminas como puedes. Y entre aquellos con los que vas cargado, hay algunos que te culpan de no caminar según las reglas y acusan también de lentitud a tu Iglesia, olvidando que, cargada como va de escorias humanas que ni puede ni quiere echar por la borda (¡son sus hijos!), vale más el llevarlos que el llegar a puerto»[9].

La Iglesia camina lenta, si. Camina lenta en la evangelización. Camina lenta en la respuesta a los signos de los tiempos. Camina lenta en la defensa de los pobres y en tantas y tantas otras cosas. ¿Por qué? Porque nos lleva a hombros a nosotros, que aún estamos llenos de todo el lastre del pecado.

A uno de los Reformadores que le echaba en cara el que siguiese en la Iglesia católica a pesar de su corrupción, Erasmo de Rotterdam le contestó un día: «Soporto a esta Iglesia, con la esperanza de que se haga mejor, dado que ella se ve obligada a soportarme a mí, con la esperanza de que yo me haga mejor»[10].

Hemos de pedir todos perdón a Cristo por tantos juicios desconsiderados y por tantas ofensas como hemos infligido a su esposa, y, en consecuencia, a él mismo, y hemos de imponernos todos sin tardanza una manera nueva de hablar, más respetuosa, más consciente, más profunda de quién es la Iglesia[11].

En el libro de Jeremías leemos este misterioso oráculo: El Señor crea algo nuevo en el país: será la mujer quien abrace al varón[12]. Hasta el día de hoy —quiere decir el profeta—, ha sido el esposo, Dios, quien ha buscado y perseguido a la mujer infiel que se iba tras los ídolos. Pero llegará un día en que ya no ocurrirá eso. Al contrario, será la propia mujer, la comunidad de la alianza, la que busque a su esposo y le abrace con fuerza.

Ese día ya ha llegado. Ahora todo está cumplido. No porque la humanidad se haya vuelto de repente cuerda y fiel, no; sino porque el Verbo la ha asumido y la ha unido a sí, en su misma persona, en una alianza nueva y eterna. Toda la liturgia del Viernes Santo expresa el cumplimiento de aquel oráculo. Eso comenzó en el Calvario, con María apretando entre sus manos y besando el rostro de su Hijo bajado de la cruz, y continúa ahora en la Iglesia, de la que la Virgen era, en eso, figura y primicia.

La Iglesia, que, con el sucesor de Pedro a la cabeza, desfilará ahora para besar el Crucifijo, es aquella mujer que abraza al varón[13], rebosante de gratitud y de emoción. Que dice, con la esposa del Cantar de los Cantares: He encontrado al amor de mi alma; lo agarré y ya no lo soltaré[14]

[1] Jn 19,34
[2] San Juan Cristóstomo, Catequesis bautismales, 7, 17-18.
[3] San Agustín, Tratados sobre el evangelio de san Juan, 120, 2.
[4] Cfr Ap 5,5
[5] Ef 5,25-32
[6] La unidad de la Iglesia, 6
[7] Cfr Lc 22, 45.
[8] Ap 21,2
[9] Sacerdote italiano, nacido en Boschetto en 1959. Es destacado en su país, Italia, por su férrea oposición al fascismo y al comunismo, fue Párroco de Crémona (1945-1959), escribió muchos libros de apologética y algunos referentes a la Doctrina Social de la Iglesia,
[10] Conocido como Desiderius Erasmus Rotterdamus, nació en Geert Geertsen en 1466/69 ; fue un humanista, filósofo, filólogo y teólogo neerlandés, autor de importantes obras en latín.
[11] «Como soy uno de ellos —escribía Saint-Exupéry acerca de su patria terrena, en un momento oscuro de su historia—, no renegaré de los míos, hagan lo que hagan. No predicaré contra ellos delante de extraños. Si puedo salir en su defensa, los defenderé. Si me cubren de vergüenza, esconderé esa vergüenza en mi corazón y guardaré silencio. Y piense lo que piense entonces de ellos, nunca haré de testigo en su contra. Ningún marido va de casa en casa diciendo a los vecinos que su mujer es una zorra: ¡bonita manera de salvar su honor! Como su esposa es alguien de su casa, no puede sacar pecho en público contra ella; sino que, una vez en su casa, dará rienda suelta a su cólera» Piloto de guerra, n. 24.
[12] Jr 31,22
[13] Ídem
[14] Ct 3,4

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris