Jueves Santo

Con amor filial amo a mi Iglesia, la católica. Nací en ella y en su seno quiero llegar al fin de mi camino. Eso no quita que tenga amor también a otros credos. Me siento identificado en la fe con los que tienen otra fe que no es la mía, y me siento identificado también –hombre de poca fe que soy a veces- con aquellos que no tienen fe. Pero sobre todo me siento identificado con aquellos –buenos amigos algunos de ellos- que dicen no creer más en los sacerdotes; amigos que se quedan extrañados cuando les digo que yo –sacerdote- tampoco creo en los sacerdotes.

Y se extrañan aún más cuando les recuerdo que los sacerdotes no aparecemos por ningún lugar en la Profesión de Fe, ni siquiera en sus formas más antiguas[1]; que incluso no hay texto alguno del Magisterio de la Iglesia que obligue a los fieles a creer en la persona de los sacerdotes, de los obispos o del Papa. Los católicos creemos en Dios –Padre, Hijo y Espíritu Santo-, creemos también en la Iglesia, y dentro de ella, en el sacerdocio, pero jamás nadie nos obligará a creer en ningún sacerdote concreto.

No vamos a negar que dentro del clero –como en cualquier otro grupo humano- haya personas que nos quedamos muy lejos de lo que se espera de nosotros. Los sacerdotes estamos hechos del mismo barro que los demás. Si uno de nosotros tiene un fallo, pronto lo sabe la ciudad entera, pero si aguantamos firmes ¿quién levanta la voz y lo dice?

El tema va mucho más allá. Yo me pregunto ¿es que hemos dado demasiada importancia en la Iglesia a los sacerdotes? Personalmente pienso que sí. Los sacerdotes somos una parte importante, servimos nada más y nada menos que para repartir la Palabra de Dios y para hacer presente a Jesucristo en medio de la comunidad. Pero importantes somos porque hablamos de Cristo o porque traemos a Cristo al altar, no por lo que valemos por nosotros mismos. Un sacerdote vale tanto como el cristal del vaso donde se bebe agua. Cuando bebemos un vaso de agua digo que bebo un vaso de agua, pero en realidad lo que bebo no es el vaso, sino el agua. El vaso es lo que ha sido útil para beber el agua, ya que sin él, el agua se habría derramado. El vaso es algo que, después de ser útil se deja de lado porque ya ha cumplido su misión. Con nosotros ocurre lo mismo.

En el tema de los sacerdotes se puede hablar de más y de menos. De mas es el clericalismo, enfermedad terrible de los que creen que los sacerdotes somos todo y nos elevan a niveles insospechados de santidad y perfección. El clerical es el que en lugar de fiarse ante todo y sobre todo de Jesucristo, se fía ante todo y sobre todo del sacerdote ¡y luego se lleva cada golpe! Porque como los sacerdotes somos de carne y hueso, lo normal es que fallemos y que tengamos que pedir perdón y que luchemos por ser buenos.

En el otro extremo está el anticlericalismo, pero como los extremos se tocan, los anticlericales suelen parecerse muchísimo a los clericales. Porque no se limitan a criticar en los sacerdotes todo cuanto tiene de criticable, sino que terminan por alejarse de Jesucristo, porque dicen que no les gustan los sacerdotes. Tienen tan poca lógica como el señor que nunca se sube en un autobús porque una vez se encontró con un conductor antipático.

Es necesario ubicarnos: Jesucristo en el centro, y allá, lejos, siendo útiles en tanto en cuanto ayudamos a llegar a Jesús, los sacerdotes.

¿Estoy despreciando a los sacerdotes o el sacerdocio ministerial? ¡No! Idiota sería después de haber dedicado lo que va de mi vida a serlo lo mejor que he sabido y después de saber que nuestro Santo Padre el Papa nos convoca a un Año Sacerdotal, con motivo del 150 aniversario de la muerte del santo Cura de Ars[2]. Me siento contento y agradecido con Dios por el don de mi sacerdocio. Me siento, sí, también, muy avergonzado de serlo tan mediocre y de haber cometido docenas de imprudencias en mi camino ministerial, pero al final del día[3] feliz de serlo. Personalmente pienso que no hay misión mejor en esta vida que mostrar a los demás el camino por el que se va a Jesús. Y si alguien descubre dentro de sí esa llamada, que se considere feliz y afortunado.

Con todo esto lo que quiero decir es que no se debe confundir la mano que señala el camino hacia Jesús con Jesús mismo. Alguien ha dicho que los sacerdotes somos como esos letreros que en las carreteras, dicen: Sebastopol, ciento cuarenta kilómetros[4]. Señalan por dónde se va a Sebastopol, pero ellos mismos no van. ¿También los curas señalamos el camino por el que se va a Cristo, pero luego somos tan cobardes que no vamos hacía él? Sí, es una realidad ¡cuántos pecados tenemos!. Sin embargo lo importante de una señal de carretera es que señale bien la dirección. El error sería sentarse encima de ese letrero en lugar de seguir la dirección que él marca.

En el día en que celebramos la institución de la Eucaristía y el Orden Sacerdotal, suba nuestra oración a Dios Padre en acción de gracias; suba nuestra oración como el incienso del altar, y descienda sobre cada uno de Sus sacerdotes su misericordia, para que cada día nos parezcamos más a su hijo, Sumo y Eterno Sacerdote ■

[1] Símbolo de San Epifanio, Fórmula de “Clemente Trinidad”, Símbolo del Concilio de Toledo del año 400, Símbolo “quicumque”, etc. Cfr. Denzinger nn. 1-39.
[2] http://www.zenit.org/article-30537?l=spanish
[3] Jorge Michel, si me lees ¡te mando un abrazo!
[4] La ciudad existe, hago referencia por cariño a mi gran amigo Satur; si me lees, amigo, te mando dos abrazos, uno para ti y otro para la Piedra.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris