XVI Domingo del Tiempo Ordinario

Probablemente ninguna otra parábola del evangelio como ésta que acabamos de escuchar pone tan vivamente al cristiano frente a las que han sido las mayores tentaciones en la historia de Iglesia.

La primera es la de la fuga, es decir, sería muy bonito vivir en un mundo sin cizaña, convivir solamente con los puros y estar lejos de cualquier suciedad[2], sin embargo la intención de Jesús es que el Reino de Dios comience en éste mundo. Y en el mundo existe el mal. Ya san Pablo lo dicho muy claramente cuando escribe que no hace el bien que quiere sino el pecado que habita en él[3].

La segunda tentación es la de separar demasiado tajantemente el bien y el mal. Muchas veces no es fácil distinguir el trigo de la cizaña; nacen a veces de la misma raíz, es decir, el bien y el mal están unidos dentro de una misma alma, y de esto todos podemos dar nuestro testimonio personal.

En el mundo de las almas, la cizaña no sólo puede tener virtudes y cualidades positivas, sino que puede, además, aspirar a convertirse en trigo, mediante la conversión. Por decirlo con palabras más coloquiales: el que es malo no lo es con todos, ni lo es siempre. Todo ser humano puede cambiar, puede convertirse, puede transformar su vida de la noche a la mañana.

La tercera tentación es la de imponer el bien por la violencia, es decir, lograr que no haya cizaña en nuestros campos, pero siendo jueces y ejecutores de la justicia.

Afortunadamente frente a éstas tres tentaciones existe una gran solución: la actuación de Dios. Sólo Él es Juez, y solo sus ángeles llevan a cabo el juicio. Dios actúa con una infinita paciencia, con la esperanza, además, de que el mal pueda convertirse en bien.

Esto último es quizá lo más importante de todo, y también lo que más se nos olvida al leer ésta parábola.

San Pedro Crisólogo[4] lo entendió muy bien cuando lo comentaba así en uno de sus sermones:

«La cizaña de hoy puede cambiarse mañana en trigo; de esa manera el hereje de hoy será mañana uno de los fieles; el que hasta ahora se ha mostrado pecador, en adelante irá unido a los justos. Si no viniera la presencia de Dios en ayuda de la cizaña, la Iglesia no tendría ni al evangelista Mateo –a quien hubo necesidad de tomar de entre los publicanos- ni al apóstol Pablo –al que fue preciso tomar de entre los perseguidores»[5].

Pidamos al Espíritu de Dios en ésta Eucaristía que nos de la luz y las fuerzas que nos hacen falta para no caer en ninguna de éstas tres tentaciones [es decir] que seamos conscientes de que en nuestra vida estará siempre el bien mezclado con el mal. Se trata de asumir serenamente las cosas que no están bien de nuestra vida y luchas con todas nuestras, fuerzas valiéndonos de aquellas virtudes que Dios nos ha regalado.

Se trata de no ponernos nunca en el papel de Dios, juzgando a los demás o imponiendo la justicia mediante la violencia.

Pero se trata, sobre todo, de confiar en la lenta eficacia del Bien, en ser conscientes de que Dios sigue confiando en la humanidad, sigue esperando pacientemente a que crezca Su trigo para que, llegado el momento, lo corte y lo lleve junto a Él y para siempre ■

[2] Probablemente la herejía albigense sea una de las más conocidas de las que sucedieron en toda la Edad Media. Estuvo activa desde mediados del s.XII hasta mediados del s. XIII. Este movimiento sería declarado oficialmente herejía en 1187. Desde entonces se inició la acción contra sus integrantes. Primero por medio de la predicación –la orden dominica nació por este hecho precisamente-, y luego por medio de la acción violenta, en forma de cruzada (desde 1209), y la Inquisición. Tuvo su foco central en el Mediodía francés, más concretamente el sureste francés y el Rosellón Catalán, es decir, la zona conocida como Occitania o Languedoc (el país de la lengua de Oc –lenguadociano-). El rombo formado por las ciudades de Tolosa (Toulousse), Carcasona (Carcassone), Montpelier y Albi fue su principal área de asentamiento. Precisamente albigense deriva de albigés, la comarca situada justamente al noreste de Tolosa cuyo centro era Albi. Normalmente se identifica cátaro con albigense. Sin embargo cátaro es un apelativo que significa ‘puro’ y que, como tal, fue empleado por diferentes herejías (que por supuesto se consideraban los puros, lo elegidos) para autodesignarse. Albigense es el nombre exacto de la herejía que nos ocupa ahora. La filosofía o religión albigense se basa en un puro maniqueísmo, derivada de la tradición cristiana (toman el Nuevo testamento como libro fundamental). Para ellos sólo existían dos poderes, la luz y la oscuridad; el dios bueno y el maligno (Satán, con rango de dios, que estaba en todo lo material); rechazando la divinidad de Cristo y gran parte de los sacramentos de la Iglesia establecida. Dentro de la comunidad cátara estaban los fieles de base y los ‘perfecto’, los más puros, que llegaban a este nivel después de tres años de noviciado y el paso de un examen. Pronto van a organizar una iglesia paralela (ca. 1160), que se dividirá en iglesias y obispos... a mediados del siglo XIII, ya en retroceso, experimentará movimientos internos de división.
[3] Cfr. Rm 7, 20.
[4] Pedro, llamado Crisólogo (que significa 'palabra de oro'), (380 o 406-450) fue un sacerdote italiano, arzobispo de Rávena (433-450), santo, Padre de la Iglesia y proclamado Doctor de la Iglesia por Benedicto XIII en 1729. Su padre había sido obispo de su ciudad y, tras su muerte, fue bautizado y educado por el nuevo obispo, Cornelio de Imola. Su educación concluye con su ordenación como diácono hacia el 430. Se le atribuyen 725 sermones, algunos de ellos de autenticidad discutible. La mayor parte tienen contenido apologético y moral; esta cuestión es curiosa, ya que el santo vivió inmerso en las querellas cristológicas, y solo algunos de sus textos tratan el tema de la Encarnación del Verbo, en los que presenta la postura ortodoxa y refuta las diversas herejías de la época: el arrianismo, el nestorianismo y el monofisismo. Se sabe que Eutiques, en sus primeros enfrentamientos con el Patriarcado de Constantinopla (499), consultó a Pedro Crisólogo, y su respuesta ortodoxa se encuentra en el epistolario de León I Magno. El grupo más importante de sermones está orientado a la formación de los catecúmenos, antes de recibir el Bautismo: así, siete de ellos son explicaciones del Símbolo (Sermones 56-62) y otros tantos son comentarios de la oración dominical (Sermones 77-82). El resto son homilías breves para el comentario de la Sagradas Escrituras leídas durante los oficios litúrgicos, con contenido fundamentalmente moral.
[5] »¿No es verdad que el Ananías del libro de los Hechos de los Apóstoles trataba de arrancar el trigo cuando, enviado por Dios a Saulo, acusaba a san Pablo con éstos términos: Señor, ha hecho mucho daño a tus santos? Lo cual quería decir: arranca la cizaña; ¿por qué enviarme a mí, la oveja, al lobo? ¿Por qué enviar un misionero de mi talla al perseguidor? Pero mientras Ananías veía a Saulo, el Señor veía ya a Pablo. Cuando Ananías hablaba del perseguidor, el Señor sabía que era un misionero. Y, mientras el hombre le juzgaba como cizaña, Saulo era para Cristo vaso de elección, ya con un puesto en los graneros del cielo».
Ilustración: Hans Memling, Tríptico del Juicio Final (detalle), 1467-71, óleo sobre madera, Muzeum Narodowe, Gdansk (Polonia).

There was a strong vein of anti-clericalism in Jesus to which he was not afraid to give utterance. He denounced the scribes and Pharisees who laid heavy burdens on others but did not move a finger to lift them themselves. He spoke of hypocrites, of blind guides, of teachers who cleaned the outside of the cup but left the inside filthy, worrying more about external observance of the law than about the movements in people's hearts. The clerical establishment was furious, and in the end, on Calvary, thought itself vindicated. So we have learned to combine reverence and love for the Church with a cool appraisal of its officials. We, the people of God, are the church. As the Spanish proverb has it. ‘We are the people and wisdom will die with us.' The clergy, religious, bishops, have their part to play, and we need to keep them up to scratch. We are not astonished when we find traces of the seven deadly sins even in those who profess greater piety. All through the centuries the church has had this job of criticising and reforming itself. But critics today, like the Jews who surrounded the adulterous woman, need to heed Jesus' warning, ‘Let the one who is without sin among you cast the first stone.' (John 8:3-11) ■

Sixteenth Sunday in Ordinary Time

We all can pick up a newspaper or a magazine or a novel or whatever and in a few moments be brought into a world beyond our immediate surroundings. We can learn new things; we can develop our own intelligence; we can agree or disagree with someone we have never met and never will meet; we can be transported to the world of imagination, etc all due to our ability to read[1].

Now how did this start? How did we learn how to read? We started, most of us, with blocks and individual letters. We learned what sounds these letters represented. Then we put the letters together and learned how to spell words. We even learned new words. We put the words together and learned new concepts or reinforced that which we had learned. In very small steps we went from the letters on the blocks to being able to read the philosophy of St. Thomas Aquinas.

It all began in a small way. It all began with letters. The Kingdom of God is like a child learning his or her letters. Time goes on and Mom and Dad and teachers work with the child, and the child's ability to read grows so great that the child becomes a professor of English Literature. And so it is with the Kingdom of God. Great-Grandma and Great-Grandpa taught their children their prayers. They brought their children to Church and taught them with their lives to value their relationship with the Lord. And their children became parents and did the same. And their children are the Moms and Dads of our parish. The Church is full of good Christian men and woman, people of all walks of life, even priests, all living the values of the Kingdom of God, the spiritual realities of life.

And now you are doing the same. You are teaching the ABC's of religion to your children. You have faith that the Kingdom of God will spread through them. So, don't wonder if anything is getting through to the children. Don't allow yourself to think that maybe nothing is happening for your children. Trust in God. If a child who learns his letters can become a professor of English Literature, a child who learns the simplest lessons of faith can become a great force of love for the Kingdom of God. Say prayers with your children. Allow God to turn the tiny mustard seed into a great plant.

The parable of the mustard seed: the little efforts we make for the Kingdom of God have a tremendous impact upon the world. The parable of the weeds and wheat: God has infinite patience. He is not about to give up on his people. We should not give up on others. And we should not give up on ourselves.

The parable of the mustard seed and the parable of the weeds and the wheat. Two simple parables. Two simple stories. Two tremendous sources of encouragement for us ■

[1] Sunday 20th July, 2008, 16th Sunday in Ordinary Time. Readings: Wisdom 12:13, 16-19. Lord, you are good and forgiving—Ps 85(86):5-6, 9-10, 15-16. Romans 8:26-27. Matthew 13:24-43.

Illustration: Satan Sowing Darnel (Tares) Domenico Fetti. Brown wash and red chalk over sketch in red chalk. 24.5x20 cm Italy. First quarter of the 17th century

Source of Entry: Collection of S. P. Yaremich, Petrograd. 1919

Nuestra Señora del Carmen


Salve, del mar Estrella,
Salve, Madre sagrada
De Dios y siempre Virgen,

Tomando de Gabriel
El Ave, Virgen alma,
Mudando el nombre de Eva,
Paces divinas trata.

La vista restituye,
Las cadenas desata,
Todos los males quita,
Todos los bienes causa.

Muéstrate Madre, y llegue
Por Ti nuestra esperanza
A quien, por darnos vida,
Nació de tus entrañas.

Entre todas piadosa,
Virgen, en nuestras almas,
Libres de culpa, infunde
Virtud humilde y casta.

Vida nos presta pura,
Camino firme allana;
Que quien a Jesús llega,
Eterno gozo alcanza.

Al Padre, al Hijo, al Santo
Espíritu alabanzas;
Una a los tres le demos,
Y siempre eternas gracias ■
Lope de Vega

XV Domingo del Tiempo Ordinario


Cuenta Martín Descalzo en uno de sus mejores artículos, que leyendo a Pedro Bloch[1] se encontró con un diálogo entre el autor y un niño que lo dejó literalmente conmovido.

— ¿Rezas a Dios? —pregunta Bloch.
— Sí, cada noche —contesta el pequeño.
— ¿Y que le pides?
— Nada. Le pregunto si puedo ayudarle en algo.

Me pregunto qué sentirá Dios al oír a este niño que no va a Él, como muchos de nosotros los mayores pidiéndole dinero, salud, amor o abrumándole de quejas por lo mal que va el mundo, y que, en cambio, lo que hace es simplemente ofrecerse a echarle una mano, si es que la necesita para algo.

Quizá alguno de los que me lee –de todo hay en la viña del Señor- piensa que el planteamiento no es teológicamente muy correcto. Porque, ¿qué va a necesitar Dios, el Omnipotente? Y, en todo caso, ¿qué puede tener que dar este niño que, para darle algo a Dios, precisaría ser mayor que El? Sin embargo qué profunda es la intuición de los niños. Porque lo mejor de Dios no es que sea omnipotente, sino que no lo sea demasiado y que El haya querido «necesitar» de los hombres. Tal cual. Dios es lo suficientemente listo para saber mejor que nadie que la omnipotencia se admira, se respeta, se venera, crea asombro, admiración, sumisión. Pero que sólo la debilidad, la proximidad crea amor. Por eso, ya desde el día de la Creación, Él, que nada necesita de nadie, quiso contar con la colaboración del hombre para casi todo. Y empezó por dejar en nuestras manos el completar la obra de la Creación y todo cuanto en la tierra sucedería.

Por eso es tan desconcertante ver que la mayoría de los humanos, en vez de entusiasmarnos por la suerte de poder colaborar en la obra de Dios, nos pasamos la vida mirando hacia el cielo para pedirle que venga a resolver personalmente lo que está en nuestras manos mejorar y arreglar.

Con la Iglesia -¡ah la Iglesia!- ocurre lo mismo. No hay católico que una vez al día no se queje de las cosas que hace o deja de hacer la Iglesia, entendiendo por «Iglesia» el Papa y los obispos. «Si se vendieran las riquezas del Vaticano, ya no habría hambre en el mundo». «Si los obispos fueran más cercanos y los sacerdotes predicaran mejor tendríamos una Iglesia maravillosa». Pero ¿cuántos vienen a la parroquia a echar una mano?

Dios —la frase es de Bernardino M. Hernando— comparte con nosotros su grandeza y nuestras debilidades. Es verdad: Él acoge nuestras debilidades y nos da su grandeza, la maravilla de poder ser creadores y sembradores como Él. Por eso es tan apasionante esto de ser hombre y de construir la tierra.

La solución para este mundo no está, pues, en llorar o volverse a Dios mendigándole –cuando no reclamándole de mala manera- que venga a arreglarnos las cosas. Lo mejor será, como hacía el niño de Bloch, echarle una mano a Dios. Porque con su omnipotencia y nuestra debilidad juntas hay más que suficiente para arreglar el mundo ■

[1] Bloch (Ucrania 1914- Brasil 2004), además de escritor, fue músico y medico, miembro de la Facultad Nacional de Medicina de Brasil desde 1937. Más de cincuentas libros han sido escritos en base a su experiencia al cuidado de los niños.

Ilustración: la pintada me la mandó un amigo -Txomin- que vive en Madrid con el siguiente texto: "mira, pa' que escribas algo txaval".
No hace falta decir más.


Hora de la tarde,
fin de las labores.
Amo de las viñas,
paga los trabajos
de tus viñadores.

Al romper el día,
nos apalabraste.
Cuidamos tu viña
del alba a la tarde.
Ahora que nos pagas,
nos lo das de balde,
que a jornal de gloria
no hay trabajo grande.

Das al vespertino
lo que al mañanero.
Son tuyas las horas
y tuyo el viñedo.
A lo que sembramos
dale crecimiento.
Tú que eres la viña,
cuida los sarmientos ■

de la Liturgia de las Horas

Fifteenth Sunday in Ordinary Time

There is interesting story according to our gospel for today[1]. A young woman was committed to being a vegetarian, but she was never satisfied with any of the fruit or vegetables she bought. For her, all melons were too ripe, or not ripe enough. In her eyes, she could never find tomatoes that weren’t bruised. Heads of cauliflower and broccoli were too big or too little. She was never happy[2].

Then one day, driving down Main Street, she drove past a new store with a long line of people waiting to get in. She looked, and the sign said, God’s Fruit and Vegetable Stand. “Finally,” she said, “I can get some decent vegetables and fruit.” So she stood on line and waited. Hours went by before she walked into that door. She was enveloped in light, but she didn’t see any apples or oranges or tomatoes or cabbage, or anything to buy. She walked to the light, and there was a counter there. And behind the counter, there stood God. She could tell it was God because of the light, and because he had an apron on with a big G on it. Anyway, she placed her order, “I would like some perfect broccoli, and some perfect carrots, some perfect tomatoes and a perfect melon. Also, if you have perfect Brussels sprouts that would really be a miracle.” “Sorry,” God said, “I only sell seeds here.”

Actually, God doesn’t sell seeds, He gives seeds to us. The seeds are his Word in its many expressions. But we have to do something with this gift. It simply is not enough just to hear the Word of God. We have to let it grow within us to such and extent that we are covered in its foliage. It is simply not enough to go to Church. We have to be Church. It is not enough to read the Bible. We have to be People of the Word.

The Divine Sower is throwing seed. And not a few seeds. He is throwing out big huge handfuls. He is pouring out his Word upon us. We’ve got to do something more than just let the seed hit the ground. We’ve got to be good soil. We have to nourish the Word of God. We have to strengthen it. We have to let it take root and grow.

The Divine Sower is throwing seeds. He is begging us to let his Word take root. But how can it take root if instead of soil it is thrown into a cess pool? How can his Word grow when it is thrown into a society that condones immorality, even supports immorality, in the name of freedom and political correctness? The Word of God can’t grow in a cess pool. But it takes courage and suffering to stand up against a society that has placed marriage as the step that comes after living together. People don’t want to hear this. They mock us. They treat us with disgust and disdain. But the sufferings of this present life are nothing compared to the Glory that is to be revealed to us.

“Lord come and heal the pains of our lives, of our world” we pray. And He gives us what we need. He gives us His Word. But the Word is a seed. We have been given the Word of God. But the Word is a seed. What are we going to do with it? Today we pray for the courage to be good soil ■

[1] Many thanks to Fr. Pellegrino for share this story with me.
[2] Sunday 13th July, 2008, 15th Sunday in Ordinary Time. St Henry II. Readings: Isaiah 55:10-11. The seed that falls on good ground will yield a fruitful harvest—Ps 64(65):10-14. Romans 8:18-23. Matthew 13:1-23.


Illustration: Pieter Bruegel the Elder, Landscape with the Parable of the Sower (1557), Oil on panel, 70 x 102 cm, Timken Art Gallery ( San Diego). This panel is among the earliest signed paintings by Bruegel. In painting the peasant in the left-hand foreground, he was presumably thinking of the Parable of the Sower, who sows his seed on good soil and bad ground (Matthew 13).
Como el niño que no sabe dormirse
sin cogerse a la mano de su madre,
así mi corazón viene a ponerse
sobre tus manos al caer la tarde.

Como el niño
que sabe que alguien vela
su sueño de inocencia y esperanza,
así descansará mi alma segura,
sabiendo que eres tú
quien nos aguarda.

Tú endulzarás mi última amargura,
tú aliviarás el último cansancio,
tu cuidarás los sueños de la noche,
tu borrarás las huellas de mi llanto.

Tú nos darás mañana nuevamente
la antorcha de la luz y la alegría,
y, por las horas que te traigo muertas,
tú me darás una mañana viva.

Amén ■

(Liturgia de las Horas)

XIV Domingo del Tiempo Ordinario

Al leer o escuchar con calma éstos versículos de la carta de San Pablo a los cristianos de Roma posiblemente nos preguntemos cuál es el Espíritu de Cristo, o por qué San Pablo dice que quien no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo.

Una de las características que más distinguen a Jesús es su gran corazón. Desde antiguo se ha creído siempre que el corazón es el centro del ser humano, es allí donde se ganan y se pierden las grandes batallas de nuestra vida.

A diferencia de otros grandes líderes religiosos de los que también conocemos su vida, en Jesús la predicación y actividad evangélica no seca su corazón, ni le fanatiza hasta el punto de hacerle olvidar las pequeñas cosas de la vida. Jesús no es uno de esas personas que de tanto mirar al cielo le pisan los pies al vecino.

En Jesús hay muchos gestos y muchos hechos que denotan su gran espíritu y su gran corazón, además una actitud abierta y positiva hacia la vida. En Él no encontramos gestos demagógicos o políticos como muchos autores han señalado. En la época en la que vive el Señor entretenerse con los niños –y no digamos con un enfermo o una pecadora- eran gestos que en realidad movían más al rechazo que a la admiración, y el Señor los hace, es decir, Él no actuaba ni por apariencias ni mucho menos por motivos políticos. Jesús hacía las cosas movido por compasión.

Todo el evangelio es un gran testimonio de ese corazón maternal con el que aparece retratado el Padre que espera al hijo pródigo[1] o el buen pastor que busca a la oveja perdida[2].

Si leemos en Evangelio con calma, o ponemos más atención en la Misa durante la Liturgia de la Palabra, entenderemos mejor que Jesús tenia –y tiene de hecho- un corazón blando y sensible: lo vemos compadeciéndose del pueblo y de sus problemas[3], ó contemplando con cariño a un joven que parece interesado en seguirle[4], y se queda entristecido por la dureza de su corazón[5], pensativo ante la incomprensión de sus apóstoles[6] ó lleno de alegría cuando éstos regresan satisfechos de predicar[7].

El evangelio describe al Señor entusiasmado por la fe de un pagano[8] y conmovido ante la figura de una madre que llora a su hijo muerto[9], ó indignado por la falta de fe del pueblo[10] y con cierto dolor por la ingratitud de los nueve leprosos curados[11]. También lo vemos preocupado por las necesidades materiales de sus apóstoles[12], y participar de los más comunes sentimientos humanos: hambre[13]; sed[14]; cansancio[15]; frío y calor ante la inseguridad de la vida sin techo[16]; llanto[17]; tristeza[18]; tentaciones[19], etc.

El Señor, a lo largo del Evangelio, muestra una profunda necesidad de amistad, es decir, lo veremos elogiando las fiestas entre amigos[20]; explicando que a los amigos hay que acudir, incluso siendo inoportunos[21], pero sobre todo lo veremos viviendo una honda amistad con sus discípulos, con Lázaro y sus hermanas, con María Magdalena[22].

El Señor perdona todos los pecados con un corazón grande y generoso, incluso los así llamados pecados de la carne, que en realidad son como un río que se desborda y arrasa con todo, pero con el tiempo las aguas vuelven a su cauce. En ellos hay más debilidad que maldad.

Otra cosa es el río que sí está en su cauce, que nunca se desborda, que está sereno y tranquilo y, sin embargo, ¡ay!, está envenenado. Tiene la mejor de las apariencias, resulta maravilloso en su paisaje, pero todo el que beba de él morirá. Son los pecados del fariseo: la apariencia de virtud, el orgullo del que se siente poseído de una verdad sin amor, el juego de palabras muy bonitas faltas de contenido y de obras, la soberbia disfrazada de ser elegido…. Y no es que Jesús no perdone con facilidad esos modos, por lo general quien está lleno de orgullo está al mismo tiempo hecho una gusanera de suficiencia y de engreimiento. Le resulta más fácil pensar y juzgar lo que ve en otros, juzgar las acciones sólo por las apariencias.

Que le pidamos a nuestro Señor el día de hoy en la celebración de la Eucaristía la misma transparecia y sencillez que tuvo él en su corazón, que sea el nuestro un rio de agua mansa y clara en el que todos puedan beber, un rio en el que Él mismo -el Rio de agua viva- pueda verse reflejado ■

[1] Homilía pronunciada el 6.VII.2008, XIV Domingo del Tiempo Ordinario, en la parroquia de St. Matthew, en San Antonio (Texas).
[2] CfrMt 18, 10-14.
[3] Mt 9, 36
[4] Mc 10, 21
[7] Lc 10, 21
[9] Lc 7, 13
[10] Mc 9, 18
[11] Lc 17, 17
[12] Lc 22, 35
[13] Mt 4, 2
[14] Jn 4, 7
[15] Jn 4, 6
[16] Lc 9, 58
[17] Lc 19, 41
[18] Mt 26, 37
[19] Mt 4, 1
[20] Lc 15, 6
[21] Lc 11, 5

...Beautiful


O beautiful for spacious skies,
For amber waves of grain,
For purple mountain majesties
Above the fruited plain!
America! America!
God shed his grace on thee
And crown thy good with brotherhood
From sea to shining sea!

O beautiful for pilgrim feet
Whose stern, impassioned stress
A thoroughfare for freedom beat
Across the wilderness!
America! America!
God mend thine every flaw,
Confirm thy soul in self-control,
Thy liberty in law!

O beautiful for heroes proved In liberating strife.
Who more than self the country loved
And mercy more than life!
America! America!
May God thy gold refine
Till all success be nobleness
And every gain divine!

O beautiful for patriot dream
That sees beyond the years
Thine alabaster cities gleam
Undimmed by human tears!
America! America!
God shed his grace on thee
And crown thy good with brotherhood
From sea to shining sea!

O beautiful for halcyon skies,
For amber waves of grain,
For purple mountain majesties
Above the enameled plain!
America! America!
God shed his grace on thee
Till souls wax fair as earth and air
And music-hearted sea!

O beautiful for pilgrims feet,
Whose stern impassioned stress
A thoroughfare for freedom beat
Across the wilderness!
America ! America !
God shed his grace on thee
Till paths be wrought through
wilds of thought
By pilgrim foot and knee!

O beautiful for glory-tale
Of liberating strife
When once and twice,
for man's avail
Men lavished precious life !
America! America!
God shed his grace on thee
Till selfish gain no longer stain
The banner of the free!

O beautiful for patriot dream
That sees beyond the years
Thine alabaster cities gleam
Undimmed by human tears!
America! America!
God shed his grace on thee
Till nobler men keep once again
Thy whiter jubilee! ■

Fourtheenth Sunday in Ordinary Time

The second reading for today speaks about flesh and spirit. St. Paul tells us that if we live according to the flesh, concentrating on the things of the world and on self gratification, we will die. If we live according to the Spirit, concentrating on following God and living our Christian life, we will live.

We all have a great deal of pride in this country. This weekend we celebrate, Independence Day. This is our proudest national holiday as we remember the determination of our founding fathers to establish a country that respected the absolute rights of all its citizens.

I am not an American but searching in a book of the history of this country I read that the Founding Fathers were convinced that the hand of God was responsible for the success of the Revolutionary War and for the success of the Constitutional Convention. Faith in God and the determination to live his laws was the basis of this country, regardless of the particular denominations of our founders. They put "in God we trust" on our coinage.

At the same time, the Founding Fathers demanded a separation of Church and State. This was never meant to be a separation of God or his laws from the State. It was a separation of denominations and the state.

Since my personal perspective I think that it was never the intention of the Founding Fathers to exclude God, nor prayer to God, nor the principles of morality from the country. From its inception, this wonderful country recognized the existence of its spiritual dimension. St. Paul says, flesh begets death and spirit begets life. Therefore, if this country is concerned with materialism and self gratification, it is on a course of death. If this country is concerned with living the law of God, no matter how that law is expressed in various denominations, then the country is on the road of life.

There has been abundant criticism of priests, ministers, and Churches for making statements regarding the laws of our land. It is certainly true, that no priest, minister or Church should enter into partisan politics. However, the priest, minister and Church do have an obligation and responsibility to point out the instances where the State is drifting away from the laws of God[1].

The church is called to be an authentic teacher of people and a herald of truth. The Second Vatican Council said that we have a responsibility to interpret the Gospel in the light and signs of our times. Priest or laity, we all have the responsibility to demand that this country remain true to the spiritual dimension of its foundation. We have the right and responsibility to demand that the law of God, basic morality, remain the foundation of the laws of our land.

As good Catholics and good Americans, we pray that the quest to preserve and nurture the spiritual dimensions of this nation might always overcome the temptation to let materialism, the flesh, dominate our land. On this fourth of July weekend we pray for the virtue of patriotism. May God bless America ■

[1] This is not just the abortion issue; although that would be good enough since our country has legalized murder in the name of women’s rights. The Church has spoken against an economic system where the rich become richer and poor become poorer. The Church has spoken against going to war unless it is both just and the absolute last possibility. The Church has spoken against capital punishment, which is usually a punishment reserved for the poor.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris


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