XVI Domingo del Tiempo Ordinario

Probablemente ninguna otra parábola del evangelio como ésta que acabamos de escuchar pone tan vivamente al cristiano frente a las que han sido las mayores tentaciones en la historia de Iglesia.

La primera es la de la fuga, es decir, sería muy bonito vivir en un mundo sin cizaña, convivir solamente con los puros y estar lejos de cualquier suciedad[2], sin embargo la intención de Jesús es que el Reino de Dios comience en éste mundo. Y en el mundo existe el mal. Ya san Pablo lo dicho muy claramente cuando escribe que no hace el bien que quiere sino el pecado que habita en él[3].

La segunda tentación es la de separar demasiado tajantemente el bien y el mal. Muchas veces no es fácil distinguir el trigo de la cizaña; nacen a veces de la misma raíz, es decir, el bien y el mal están unidos dentro de una misma alma, y de esto todos podemos dar nuestro testimonio personal.

En el mundo de las almas, la cizaña no sólo puede tener virtudes y cualidades positivas, sino que puede, además, aspirar a convertirse en trigo, mediante la conversión. Por decirlo con palabras más coloquiales: el que es malo no lo es con todos, ni lo es siempre. Todo ser humano puede cambiar, puede convertirse, puede transformar su vida de la noche a la mañana.

La tercera tentación es la de imponer el bien por la violencia, es decir, lograr que no haya cizaña en nuestros campos, pero siendo jueces y ejecutores de la justicia.

Afortunadamente frente a éstas tres tentaciones existe una gran solución: la actuación de Dios. Sólo Él es Juez, y solo sus ángeles llevan a cabo el juicio. Dios actúa con una infinita paciencia, con la esperanza, además, de que el mal pueda convertirse en bien.

Esto último es quizá lo más importante de todo, y también lo que más se nos olvida al leer ésta parábola.

San Pedro Crisólogo[4] lo entendió muy bien cuando lo comentaba así en uno de sus sermones:

«La cizaña de hoy puede cambiarse mañana en trigo; de esa manera el hereje de hoy será mañana uno de los fieles; el que hasta ahora se ha mostrado pecador, en adelante irá unido a los justos. Si no viniera la presencia de Dios en ayuda de la cizaña, la Iglesia no tendría ni al evangelista Mateo –a quien hubo necesidad de tomar de entre los publicanos- ni al apóstol Pablo –al que fue preciso tomar de entre los perseguidores»[5].

Pidamos al Espíritu de Dios en ésta Eucaristía que nos de la luz y las fuerzas que nos hacen falta para no caer en ninguna de éstas tres tentaciones [es decir] que seamos conscientes de que en nuestra vida estará siempre el bien mezclado con el mal. Se trata de asumir serenamente las cosas que no están bien de nuestra vida y luchas con todas nuestras, fuerzas valiéndonos de aquellas virtudes que Dios nos ha regalado.

Se trata de no ponernos nunca en el papel de Dios, juzgando a los demás o imponiendo la justicia mediante la violencia.

Pero se trata, sobre todo, de confiar en la lenta eficacia del Bien, en ser conscientes de que Dios sigue confiando en la humanidad, sigue esperando pacientemente a que crezca Su trigo para que, llegado el momento, lo corte y lo lleve junto a Él y para siempre ■

[2] Probablemente la herejía albigense sea una de las más conocidas de las que sucedieron en toda la Edad Media. Estuvo activa desde mediados del s.XII hasta mediados del s. XIII. Este movimiento sería declarado oficialmente herejía en 1187. Desde entonces se inició la acción contra sus integrantes. Primero por medio de la predicación –la orden dominica nació por este hecho precisamente-, y luego por medio de la acción violenta, en forma de cruzada (desde 1209), y la Inquisición. Tuvo su foco central en el Mediodía francés, más concretamente el sureste francés y el Rosellón Catalán, es decir, la zona conocida como Occitania o Languedoc (el país de la lengua de Oc –lenguadociano-). El rombo formado por las ciudades de Tolosa (Toulousse), Carcasona (Carcassone), Montpelier y Albi fue su principal área de asentamiento. Precisamente albigense deriva de albigés, la comarca situada justamente al noreste de Tolosa cuyo centro era Albi. Normalmente se identifica cátaro con albigense. Sin embargo cátaro es un apelativo que significa ‘puro’ y que, como tal, fue empleado por diferentes herejías (que por supuesto se consideraban los puros, lo elegidos) para autodesignarse. Albigense es el nombre exacto de la herejía que nos ocupa ahora. La filosofía o religión albigense se basa en un puro maniqueísmo, derivada de la tradición cristiana (toman el Nuevo testamento como libro fundamental). Para ellos sólo existían dos poderes, la luz y la oscuridad; el dios bueno y el maligno (Satán, con rango de dios, que estaba en todo lo material); rechazando la divinidad de Cristo y gran parte de los sacramentos de la Iglesia establecida. Dentro de la comunidad cátara estaban los fieles de base y los ‘perfecto’, los más puros, que llegaban a este nivel después de tres años de noviciado y el paso de un examen. Pronto van a organizar una iglesia paralela (ca. 1160), que se dividirá en iglesias y obispos... a mediados del siglo XIII, ya en retroceso, experimentará movimientos internos de división.
[3] Cfr. Rm 7, 20.
[4] Pedro, llamado Crisólogo (que significa 'palabra de oro'), (380 o 406-450) fue un sacerdote italiano, arzobispo de Rávena (433-450), santo, Padre de la Iglesia y proclamado Doctor de la Iglesia por Benedicto XIII en 1729. Su padre había sido obispo de su ciudad y, tras su muerte, fue bautizado y educado por el nuevo obispo, Cornelio de Imola. Su educación concluye con su ordenación como diácono hacia el 430. Se le atribuyen 725 sermones, algunos de ellos de autenticidad discutible. La mayor parte tienen contenido apologético y moral; esta cuestión es curiosa, ya que el santo vivió inmerso en las querellas cristológicas, y solo algunos de sus textos tratan el tema de la Encarnación del Verbo, en los que presenta la postura ortodoxa y refuta las diversas herejías de la época: el arrianismo, el nestorianismo y el monofisismo. Se sabe que Eutiques, en sus primeros enfrentamientos con el Patriarcado de Constantinopla (499), consultó a Pedro Crisólogo, y su respuesta ortodoxa se encuentra en el epistolario de León I Magno. El grupo más importante de sermones está orientado a la formación de los catecúmenos, antes de recibir el Bautismo: así, siete de ellos son explicaciones del Símbolo (Sermones 56-62) y otros tantos son comentarios de la oración dominical (Sermones 77-82). El resto son homilías breves para el comentario de la Sagradas Escrituras leídas durante los oficios litúrgicos, con contenido fundamentalmente moral.
[5] »¿No es verdad que el Ananías del libro de los Hechos de los Apóstoles trataba de arrancar el trigo cuando, enviado por Dios a Saulo, acusaba a san Pablo con éstos términos: Señor, ha hecho mucho daño a tus santos? Lo cual quería decir: arranca la cizaña; ¿por qué enviarme a mí, la oveja, al lobo? ¿Por qué enviar un misionero de mi talla al perseguidor? Pero mientras Ananías veía a Saulo, el Señor veía ya a Pablo. Cuando Ananías hablaba del perseguidor, el Señor sabía que era un misionero. Y, mientras el hombre le juzgaba como cizaña, Saulo era para Cristo vaso de elección, ya con un puesto en los graneros del cielo».
Ilustración: Hans Memling, Tríptico del Juicio Final (detalle), 1467-71, óleo sobre madera, Muzeum Narodowe, Gdansk (Polonia).

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris