Atardece, anochece, el alma cesa
De agitarse en el mundo
Como una mariposa sacudida.

La sombra fugitiva ya se esconde.
Un temblor vagabundo
En la penumbra deja su fatiga.

Y rezamos, muy juntos,
Hacia dentro de un gozo sostenido.
Señor, por tu profundo
Ser insomne que existe y nos cimenta.

Señor, gracias que es tuyo
El universo aún; y cada hombre
Hijo es, aunque errabundo,
Al final de la tarde, fatigado,
Se marche hacia lo oscuro
De si mismo; Señor, te damos gracias
Por este ocaso último.
Por este rezo súbito. Amén ■

de la Liturgia de las Horas

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris