XIV Domingo del Tiempo Ordinario

Al leer o escuchar con calma éstos versículos de la carta de San Pablo a los cristianos de Roma posiblemente nos preguntemos cuál es el Espíritu de Cristo, o por qué San Pablo dice que quien no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo.

Una de las características que más distinguen a Jesús es su gran corazón. Desde antiguo se ha creído siempre que el corazón es el centro del ser humano, es allí donde se ganan y se pierden las grandes batallas de nuestra vida.

A diferencia de otros grandes líderes religiosos de los que también conocemos su vida, en Jesús la predicación y actividad evangélica no seca su corazón, ni le fanatiza hasta el punto de hacerle olvidar las pequeñas cosas de la vida. Jesús no es uno de esas personas que de tanto mirar al cielo le pisan los pies al vecino.

En Jesús hay muchos gestos y muchos hechos que denotan su gran espíritu y su gran corazón, además una actitud abierta y positiva hacia la vida. En Él no encontramos gestos demagógicos o políticos como muchos autores han señalado. En la época en la que vive el Señor entretenerse con los niños –y no digamos con un enfermo o una pecadora- eran gestos que en realidad movían más al rechazo que a la admiración, y el Señor los hace, es decir, Él no actuaba ni por apariencias ni mucho menos por motivos políticos. Jesús hacía las cosas movido por compasión.

Todo el evangelio es un gran testimonio de ese corazón maternal con el que aparece retratado el Padre que espera al hijo pródigo[1] o el buen pastor que busca a la oveja perdida[2].

Si leemos en Evangelio con calma, o ponemos más atención en la Misa durante la Liturgia de la Palabra, entenderemos mejor que Jesús tenia –y tiene de hecho- un corazón blando y sensible: lo vemos compadeciéndose del pueblo y de sus problemas[3], ó contemplando con cariño a un joven que parece interesado en seguirle[4], y se queda entristecido por la dureza de su corazón[5], pensativo ante la incomprensión de sus apóstoles[6] ó lleno de alegría cuando éstos regresan satisfechos de predicar[7].

El evangelio describe al Señor entusiasmado por la fe de un pagano[8] y conmovido ante la figura de una madre que llora a su hijo muerto[9], ó indignado por la falta de fe del pueblo[10] y con cierto dolor por la ingratitud de los nueve leprosos curados[11]. También lo vemos preocupado por las necesidades materiales de sus apóstoles[12], y participar de los más comunes sentimientos humanos: hambre[13]; sed[14]; cansancio[15]; frío y calor ante la inseguridad de la vida sin techo[16]; llanto[17]; tristeza[18]; tentaciones[19], etc.

El Señor, a lo largo del Evangelio, muestra una profunda necesidad de amistad, es decir, lo veremos elogiando las fiestas entre amigos[20]; explicando que a los amigos hay que acudir, incluso siendo inoportunos[21], pero sobre todo lo veremos viviendo una honda amistad con sus discípulos, con Lázaro y sus hermanas, con María Magdalena[22].

El Señor perdona todos los pecados con un corazón grande y generoso, incluso los así llamados pecados de la carne, que en realidad son como un río que se desborda y arrasa con todo, pero con el tiempo las aguas vuelven a su cauce. En ellos hay más debilidad que maldad.

Otra cosa es el río que sí está en su cauce, que nunca se desborda, que está sereno y tranquilo y, sin embargo, ¡ay!, está envenenado. Tiene la mejor de las apariencias, resulta maravilloso en su paisaje, pero todo el que beba de él morirá. Son los pecados del fariseo: la apariencia de virtud, el orgullo del que se siente poseído de una verdad sin amor, el juego de palabras muy bonitas faltas de contenido y de obras, la soberbia disfrazada de ser elegido…. Y no es que Jesús no perdone con facilidad esos modos, por lo general quien está lleno de orgullo está al mismo tiempo hecho una gusanera de suficiencia y de engreimiento. Le resulta más fácil pensar y juzgar lo que ve en otros, juzgar las acciones sólo por las apariencias.

Que le pidamos a nuestro Señor el día de hoy en la celebración de la Eucaristía la misma transparecia y sencillez que tuvo él en su corazón, que sea el nuestro un rio de agua mansa y clara en el que todos puedan beber, un rio en el que Él mismo -el Rio de agua viva- pueda verse reflejado

[1] Homilía pronunciada el 6.VII.2008, XIV Domingo del Tiempo Ordinario, en la parroquia de St. Matthew, en San Antonio (Texas).
[2] CfrMt 18, 10-14.
[3] Mt 9, 36
[4] Mc 10, 21
[7] Lc 10, 21
[9] Lc 7, 13
[10] Mc 9, 18
[11] Lc 17, 17
[12] Lc 22, 35
[13] Mt 4, 2
[14] Jn 4, 7
[15] Jn 4, 6
[16] Lc 9, 58
[17] Lc 19, 41
[18] Mt 26, 37
[19] Mt 4, 1
[20] Lc 15, 6
[21] Lc 11, 5

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris