XV Domingo del Tiempo Ordinario


Cuenta Martín Descalzo en uno de sus mejores artículos, que leyendo a Pedro Bloch[1] se encontró con un diálogo entre el autor y un niño que lo dejó literalmente conmovido.

— ¿Rezas a Dios? —pregunta Bloch.
— Sí, cada noche —contesta el pequeño.
— ¿Y que le pides?
— Nada. Le pregunto si puedo ayudarle en algo.

Me pregunto qué sentirá Dios al oír a este niño que no va a Él, como muchos de nosotros los mayores pidiéndole dinero, salud, amor o abrumándole de quejas por lo mal que va el mundo, y que, en cambio, lo que hace es simplemente ofrecerse a echarle una mano, si es que la necesita para algo.

Quizá alguno de los que me lee –de todo hay en la viña del Señor- piensa que el planteamiento no es teológicamente muy correcto. Porque, ¿qué va a necesitar Dios, el Omnipotente? Y, en todo caso, ¿qué puede tener que dar este niño que, para darle algo a Dios, precisaría ser mayor que El? Sin embargo qué profunda es la intuición de los niños. Porque lo mejor de Dios no es que sea omnipotente, sino que no lo sea demasiado y que El haya querido «necesitar» de los hombres. Tal cual. Dios es lo suficientemente listo para saber mejor que nadie que la omnipotencia se admira, se respeta, se venera, crea asombro, admiración, sumisión. Pero que sólo la debilidad, la proximidad crea amor. Por eso, ya desde el día de la Creación, Él, que nada necesita de nadie, quiso contar con la colaboración del hombre para casi todo. Y empezó por dejar en nuestras manos el completar la obra de la Creación y todo cuanto en la tierra sucedería.

Por eso es tan desconcertante ver que la mayoría de los humanos, en vez de entusiasmarnos por la suerte de poder colaborar en la obra de Dios, nos pasamos la vida mirando hacia el cielo para pedirle que venga a resolver personalmente lo que está en nuestras manos mejorar y arreglar.

Con la Iglesia -¡ah la Iglesia!- ocurre lo mismo. No hay católico que una vez al día no se queje de las cosas que hace o deja de hacer la Iglesia, entendiendo por «Iglesia» el Papa y los obispos. «Si se vendieran las riquezas del Vaticano, ya no habría hambre en el mundo». «Si los obispos fueran más cercanos y los sacerdotes predicaran mejor tendríamos una Iglesia maravillosa». Pero ¿cuántos vienen a la parroquia a echar una mano?

Dios —la frase es de Bernardino M. Hernando— comparte con nosotros su grandeza y nuestras debilidades. Es verdad: Él acoge nuestras debilidades y nos da su grandeza, la maravilla de poder ser creadores y sembradores como Él. Por eso es tan apasionante esto de ser hombre y de construir la tierra.

La solución para este mundo no está, pues, en llorar o volverse a Dios mendigándole –cuando no reclamándole de mala manera- que venga a arreglarnos las cosas. Lo mejor será, como hacía el niño de Bloch, echarle una mano a Dios. Porque con su omnipotencia y nuestra debilidad juntas hay más que suficiente para arreglar el mundo ■

[1] Bloch (Ucrania 1914- Brasil 2004), además de escritor, fue músico y medico, miembro de la Facultad Nacional de Medicina de Brasil desde 1937. Más de cincuentas libros han sido escritos en base a su experiencia al cuidado de los niños.

Ilustración: la pintada me la mandó un amigo -Txomin- que vive en Madrid con el siguiente texto: "mira, pa' que escribas algo txaval".
No hace falta decir más.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris