XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario (B)

Las cosas como son: sentirse bueno es una peligrosa forma de autocomplacencia, casi siempre orgullosa, que algunos confundimos con ser cristiano. Sentirse bueno es apropiarse de un adjetivo que sólo corresponde a Dios. "No hay nadie bueno más que Dios". Quien se siente bueno, se autodiviniza, y subido al trono, se cree con derecho a condenar a quienes él mismo se encarga de calificar de malos.

El muchacho aquel del Evangelio es lo que suele llamarse "un buen chico". ¿Qué más se le puede pedir? Educado, honrado, obediente, trabajador. Monísimo, en una palabra... Más de un papá diría: “¡uno así para mi hija por favor!” Pero ¿es eso un cristiano, un testigo de la vida eterna? Este muchacho se parece a muchos de los que se acercan a la Iglesia. Ante el Sacramento de la Penitencia, le es difícil extraer de su vida algo más que cierta negligencia, algún pensamiento impuro. “Padrecito, no mato, no robo ¡soy buenísimo!”…

Tengo para mí que en aquel joven había alguien idólatra del dinero y al mismo tiempo alguien muy necesitado de perdón y de luz, como tantos de nosotros. Somos personas necesitadas de un fogonazo como el Evangelio de hoy que nos ilumine y nos salve. Una especie de shock que nos despierte y nos haga abrir los ojos a una realidad que desconocemos: a veces Dios es como un objeto decorativo religioso que nos ayuda a instalarse en la sociedad cuyo visto bueno andamos buscando; pero no es el centro, ni el motor de nuestra vida. Pensando en cumplir los mandamientos se nos olvida el que es primero y raíz de todos: Escucha, Agustín: El Señor nuestro Dios es el único Señor. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas[1].

El joven escuchó. Se fue pesaroso, pero desengañado, iluminado: ahora sabe que en su vida hay algo más importante que Dios: sus bienes. Y con esta carga, qué difícil afrontar el amor al prójimo. ¡El, que creía cumplir todos los mandamientos!

Tan cierta como la necesidad de hacer un desplante al dinero para que en el hombre se cumplan los dos grandes mandamientos –Dios y el prójimo-, lo es la promesa del Señor a los que renuncian: Cien veces más, aunque con persecuciones.

Vamos a pedir hoy en nuestra oración a lo largo de la celebración de la Eucaristía que este mundo en el que vivimos no nos distraiga de la promesa a quienes nos acercamos al Señor, preguntando[2]



[1] Mc 12, 29-30
[2] M. Flamarique Valerdi, Escrutad las Escrituras. Reflexiones sobre el ciclo B, Desclee de Brouwer, Bilbao 1990, p. 168.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris