XI Domingo del Tiempo Ordinario (B)

Qué es una parábola y por qué el Señor las usaba para enseñar? La parábola es una semejanza inspirada en los acontecimientos cotidianos conocidos para mostrarnos la relación con algo desconocido. Las parábolas son metáforas o episodios de la vida, que ilustran verdades morales o espirituales. El Señor usaba con frecuencia este género literario para explicar el misterio del Reino de Dios y de su Persona.

El fin primario de las parábolas era estimular el pensamiento, provocar la reflexión y conducir a la escucha y a la conversión. Estas tres cosas. Estimular, provocar y conducir, pero para poder comprender las parábolas es necesaria la fe; solamente de este modo puede descubrirse el misterio del Reino de Dios, que es enigma indescifrable para los que no aceptan el evangelio.

La parábola de la semilla que germina silenciosamente y que acabamos de escuchar presenta el contraste entre el comienzo humilde y el crecimiento extraordinario. El sembrador no está inactivo, sino que espera día y noche hasta que llegue la cosecha, cuando el grano esté a punto, para meter la hoz. El sembrador representa a Dios que ha derramado abundantemente la semilla sobre la tierra por medio de Jesús, "sembrador de la Palabra".

A pesar de las apariencias contrarias, el crecimiento es graduado y constante: primero el tallo, luego la espiga, después el grano. Un día llegará el tiempo de la cosecha, es decir, el cumplimiento final del Reino de Dios, que ha tenido sus muchas y diversas etapas antecedentes.

La segunda parábola, la del grano de mostaza, la más pequeña de las semillas, nos habla a quienes tenemos dudas de si el reino de Dios crecerá o no. Los comienzos insignificantes pueden tener un resultado final de proporciones grandiosas. San Ambrosio decía que Jesús, muerto y resucitado, es como el grano de mostaza: su reino está destinado a abarcar a la humanidad entera, sin que esto signifique triunfalismo eclesial. Pocas cosas hacen más daño o son más parecidas al cáncer que el triunfalismo: “aquí no pasa nada”, “todo está bien”.


Las dos parábolas de este domingo son, pues, un himno a la paciencia evangélica, a la esperanza serena y confiada. Que no se nos olvide –y así nos lo recuerde siempre el Espíritu de Dios- que el fundamento de la esperanza Cristiana es que Dios cumple sus promesas y no abandona su proyecto de salvación. Incluso cuando parece que calla y está ausente, Dios actúa y se hace presente, siempre de una manera misteriosa, como le es propio. Aunque el hombre siembre muchas veces entre lágrimas, cosechará entre cantares •

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris