Solemnidad de la Santísima Trinidad (2015)

Este domingo el libro del Deuteronomio nos habla de aquello que Israel consideraba su gran honor: tener un Dios cercano al pueblo. Un Dios que habló al pueblo y sobre todo un Dios que se comprometió a librarlo de la esclavitud. Este es el contraste del Dios de Israel con el de los pueblos de su alrededor: Israel experimenta a Dios a través de su realidad histórica, a través de su día a día.

Sin embargo el honor de Israel no era más que preparación para lo que es el honor pleno, no de un pueblo solamente, sino de la humanidad entera: Dios no es ya solamente el Dios que se acerca, sino que es el Dios que se hace uno de los nuestros, que tiene nuestra misma carne y sangre[1]; Dios no libera al pueblo desde fuera, sino que libera a los hombres poniéndose junto a ellos; Dios no dice a los hombres qué es lo que tienen que hacer, sino que viene aquí a hacerlo junto con ellos[2].

Dios no es solamente Dios-Padre que está en los cielos, sino que es también Dios-Palabra que se nos revela: Jesucristo, el Dios-Palabra que nos dice que está con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo, como acabamos de escuchar en el evangelio[3]. Un Dios que no está solamente como un recuerdo, sino como algo que está en el interior de cada uno de nosotros. Su Espíritu ha entrado en nuestro interior y nos convierte en hijos como Él, y nos hace herederos como Él: tenemos, también nosotros, aquel Espíritu que une a Jesús con el Padre, el Espíritu que no dejó que experimentara la corrupción del sepulcro.

¿Qué es la Santísima Trinidad? ¡Gran pregunta! ¡Misterio insondable! Es -¡ay palabras humanas tan pobres! Un Dios-Padre que está en los cielos, es Dios-Palabra que se nos revela, es Dios-Espíritu que continúa en nuestro interior la presencia de nuestro hermano Jesucristo y hace que, verdaderamente, Dios sea un Dios cercano. Esto es lo que la Liturgia celebra éste domingo, el Domingo de la Santísima Trinidad, un buen momento para recordar una vez más que el nombre de la Trinidad indica nuestro camino cristiano. Nos marca, sobre todo, su principio, en el bautismo. Lo marca también en las muchas ocasiones en que hacemos el gesto sencillo y lleno de sentido que es la señal de la cruz[4].

Y lo indica, también y muy especialmente, la celebración de la Eucaristía, pues la plegaria eucarística, es decir, la formula con la que se consagra el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre del Señor es una acción de gracias al Padre, que es el origen y el término de todo, la fuente y la plenitud de todo y de nuestra salvación. Es también memorial de Jesucristo, el que vivió la vida de los hombres, siendo fiel a ella hasta la muerte, y resucitó, y está presente en medio de la asamblea. Y es invocación al Espíritu, que hacemos con las manos extendidas, como signo de su descenso sobre las ofrendas y sobre la Iglesia, porque es él con su fuego y su viento poderoso quien hace que continúe entre nosotros la vida nueva de Jesucristo, ese viento que ya aleteaba por encima de las aguas en el momento de la creación [5]


[1] Cfr. Jn 1,14.
[2] Cfr. Dt 4,7.
[3] Mt 28: 16-20.
[4] J. Lligadas, Misa Dominical 1982, n. 12
[5] Cfr. Gen 1, 2. 

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris