Jueves Santo (2015)

Es la tarde de Jueves Santo y la liturgia nos presenta, digamos, dos entregas. Una es la entrega de Judas, donde la traición y el beso hipócrita son el resultado; lo que hay detrás es dinero, interés, unas ganancias. Era más provechoso tener "liquidez" en el bolsillo, que una vida humana. Los resultados son conocidos: la prisión, el juicio, la condena... la muerte de Jesús. Desde siempre –desde que entró el pecado en el mundo- se vende a personas por unas monedas como consecuencia del egoísmo, la falta de solidaridad, el recelo, la envidia.

La otra entrega es la entrega de Jesús: él no vende a nadie sino se da él mismo; él no busca el interés, ni el dinero, ni la ganancia, sino la vida para sus amigos, el testimonio que les dará fuerza y ánimo para seguir sus pasos, la ratificación, con su carne y su sangre de que sus palabras no son sólo palabras, ni ilusiones, sino realidades tan auténticas y tan serias que, por ellas, se puede pagar un precio tan caro como el dar la propia vida.

Y así, en ese gesto de amor, el Señor se deja a sí mismo para permanecer siempre con los suyos, con nosotros, para que nunca nos sintamos solos ni desamparados en medio del combate de la vida. Frente a Judas, que lo vende a él por unas pocas monedas, Jesús se da, se ofrece gratuitamente; se quiere quedar para siempre con los suyos y se queda. Y entró para quedarse con ellos, nos contará san Lucas al narrar el encuentro con los caminantes a Emaús[1].

Vender o darse; el interés o el ofrecimiento: esa es la disyuntiva con la que nos encontramos todos los días. Al repetirse día a día en nuestro mundo el drama de la última cena, necesitamos saber cuál de los dos papeles queremos representar. ¿En lugar de quién nos ponemos? Es fácil responder que nunca nos pondríamos en lugar de Judas, pero si realmente queremos responder con autenticidad tendremos que proceder de otra forma: ver en lugar de quién nos solemos poner en la vida diaria: ¿En lugar de los que no tienen empleo y andan entre la desesperación y el abatimiento, con pocas o ninguna- perspectiva de solución? ¿En el del inmigrante? ¿En lugar del anciano enviado al asilo para que no moleste en casa, del que vive debajo de un puente y que no tiene dónde comer ni dormir? ¿En lugar del que ha sido metido entre rejas, del drogadicto, de la madre soltera, del homosexual, de la prostituta? Esa es la única manera válida para saber en lugar de quién nos ponemos: porque tuve hambre y me diste de comer... cada vez que lo hacías a uno de los más pequeños, me lo hacías a mí[2].

Si ante la imagen de Jesús dándose a los hombres que vemos en el evangelio de hoy no nos tomamos en serio nuestra conversión, si ante este Jesús que se entrega, nosotros somos incapaces de ponernos en su lugar, habrá que pensar que nuestro corazón se ha vuelto duro y frío; quizá hemos perdido la caridad del primer amor[3]. Porque el evangelio de hoy no es una parábola más o un milagro más, o una reflexión más, es Jesucristo mismo dándose a los hombres, e inaugurando una nueva era: la de Dios sirviendo al hombre para que el hombre aprenda a servir a los demás, en quienes está Dios[4]



[1] Cfr. 24, 13-35.
[2] Mt. 25, 31-46
[3] Cfr. Apoc 2, 1-7.
[4] Dabar 1983, 22.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris