Domingo de Ramos de la Pasión del Señor (2015)

El evangelio de este domingo presenta un cuadro dramático y terrible: Fuera de la ciudad sagrada, junto al camino, a la vista de la mucha gente que pasaba por allí, cuelga de una cruz el mismo que pocos días antes había sido recibido y aclamado triunfalmente por el pueblo como el Rey y Mesías. El letrero en lo alto de la cruz explica la causa de la condena: El rey de los judíos[1].

Todos se ríen de él, ridiculizando las palabras que había pronunciado cuando predicaba: los que pasaban por ahí, la gente del pueblo que quizá lo había aclamado el domingo de Ramos y que ya había perdido toda esperanza en él; los sumos sacerdotes que habían vuelto a engañar al pueblo para que rechazara a Jesús y que ahora celebraban lo que creían que era su triunfo, y hasta los que estaban crucificados con él. Todos de acuerdo en que ése no es modo de salvar al mundo: si el salvador no es capaz de salvarse a sí mismo..., ¿a quién podrá salvar? Todos de acuerdo en que si Dios estuviera con él la suerte de aquel condenado no sería la que estaban viendo. Si aquel hombre fuera de verdad el Hijo de Dios, ¿qué clase de Padre sería ese Dios? Y, al final, parece que hasta el mismo condenado les da la razón: ¡Eloi, eloi, lema sabaktani", que significa Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?[2]

La liturgia de este domingo nos pone delante a un Dios sin poder. Justo esto es lo que se ve en el crucificado. Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso, decimos domingo tras domingo al profesar la fe, pero ¿en qué consiste su poder? Ciertamente, el poder de Dios no es como el de los poderosos de la tierra. El Padre no cambia el curso de los acontecimientos que los hombres, en el uso de su libertad, han decidido; no fuerza nuestra libertad. Dios es amor, dice San Juan[3]. Y ése, el amor, es su poder. Y de ese poder sí que está lleno el crucificado. Los hombres y mujeres que veían aquello no fueron capaces de descubrirlo, y quizá también a nosotros nos resulta difícil creer que el amor puede transformar el mundo. Sin embargo, conocemos por experiencia la fuerza del amor: si se apodera de nosotros nos cambia la vida.

Como Jesús, hay que poner en juego la vida. El Señor tuvo que afrontar la muerte solo, como un simple hombre. La confianza que él tenía en Dios no alivió ni el dolor de verse rechazado por su pueblo ni la angustia, tan humana, de enfrentarse a la muerte. Pero así manifestó el poder del amor de Dios[4]. Sólo un forastero, un –pagano, por cierto- supo verlo y expresarlo: verdaderamente este hombre era Hijo de Dios[5].

Cuenta la historia –y cada quién es libre de creerlo o no, o incluso de arquear la ceja, dudoso- que Clodoveo, cuando escuchó por primera vez el relato de la pasión lloraba a gritos mientras se la leía, y echándose mano a la espada, decía: "¡Ah! si hubiese estado yo allí con mis francos"[6]. Lo estremecedor en realidad es que en la  pasión de Cristo estábamos todos, seguimos estando todos. La Pasión no es historia, es  verdad de cada día. Y sin acudir a sentimentalismos, podemos vernos cada uno  de nosotros: o traicionando, negando o ayudando a llevar la cruz; o abofeteando o  limpiando el rostro de Jesús; o jugando distraídos a los dados o reconociendo a Jesús  como Salvador


[1] Cfr. Jn 19, 19.
[2] Mc 15, 34.
[3] 1 Juan 4:7-21
[4] R. García Avilés, Llamados a ser libres. Ciclo B. Edic. El Almendro, Madrid 1990, p. 76 ss.
[5] Cfr. Mc 15, 39.
[6] Clodoveo I (en francés Clovis) fue el rey de todos los francos del año 481 al 511. Clodoveo recibió el bautizo con unos 3000 guerreros de las manos de San Remigio, en Reims, el 25 de diciembre del 496. Este bautizo se convirtió en un evento significativo en la historia de Francia, casi todos los reyes franceses fueron a partir de entonces consagrados en la catedral de Reims, hasta 1825, fecha en la cual el rey Carlos X de Francia accedió al trono.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris