VI Domingo del Tiempo Ordinario (B)

En la época del Señor, y como herencia de la Ley y de prácticamente todo el Antiguo Testamento, el leproso debía estar lejos de la comunidad, no sólo por motivos higiénicos, sino también, en términos religiosos, en realidad era considerado "herido por Dios", y por tanto acercarse a él, tocarlo, significaba contraer impureza, tanto como si se hubiera tocado un cadáver. Son significativas –y dolorosas- las prescripciones del libro del Levítico: El afectado por la lepra llevará los vestidos rasgados y desgreñada la cabeza, se cubrirá hasta el bigote e irá gritando: ‘¡Impuro, impuro!’ Todo el tiempo que dure la llaga, quedará impuro. Es impuro y habitará solo; fuera del campamento tendrá su morada[1].

Hoy, en el Evangelio, vemos al Señor que se acerca a un leproso que, en lugar de mantener la debida distancia como le ordenaba la ley, se pone delante, de rodillas, y en vez de gritar “¡impuro, impuro!”, le suplica: “Si quieres, puedes limpiarme”. El Señor, “Compadecido de él...”, lo sana. Algunos códices antiguos usan un verbo muy distinto: airado, y es probable que sea el término original, precisamente porque es el más difícil de entender. Algunos copistas, que tropezaban con un Cristo "airado" y no logrando conciliar la ira con la postura de misericordia expresada en el milagro, tuvieron la feliz idea de corregirlo y cambiarlo por "compadecido", sin embargo, la irritación, el enojo no están fuera de lugar: el Señor se encuentra ante algo escandaloso, que no está en el plan de Dios, que busca la salvación y desea la felicidad de todos los hombres. El Señor se encuentra, en aquel y en otros muchos enfermos, con una parte de la creación presa de la corrupción y del mal, devastada por el pecado. Es lo contrario de lo "bello", de lo "bueno" salido de las manos del Creador. Y empieza a curar, a sanar a aquellos que se acercan. Sea como fuere –airado o compadecido, es igual; quizá las dos cosas a la vez- Jesús toca lo intocable, se acerca a lo despreciable, y lo mira con ternura y amor. Esta vez no es ya sólo la palabra. Tenemos también el gesto. Algo que recuerda el sacramento. Tocar, además de dar la curación, expresa el contacto humano restablecido con quien debía ser echado fuera. O como dice Radermaker: «En vez de ser contaminado por él, le comunica su propia santidad»[2]. Al instante, le desapareció la lepra, termina diciendo el evangelio.

Al escribir esto pienso en tantos leprosos en nuestra sociedad, y me gustaría invitarlos que voltearan a ver al Señor: los despreciados, a los marginados, a los que sienten la vergüenza de su cuerpo, de su corazón, de su vida. Los que han vivido, por ejemplo, el drama del divorcio y se encuentran, a veces, con una Iglesia rígida y lejana que los mira con desconfianza. Y también me dirijo a mí mismo. ¿Acaso estoy yo tan sano? Muchos de mis encuentros con Jesús han sido inútiles porque nada me impulsaba a suplicarle: Si quieres, puedes curarme. Y para decir esto es necesario sentir la lepra, es decir, este doble despertar de nuestra vergüenza y de nuestra fe es la mejor preparación para un encuentro. Como cuando al comienzo de la Eucaristía decimos: "Para celebrar dignamente éstos sagrados misterios, reconozcamos nuestros pecados".

La invitación de este domingo –el sexto del tiempo ordinario, el ultimo antes del comienzo de la Cuaresma- es a prepararnos para nuestros encuentros con Jesús, reconociendo que somos leprosos y que necesitamos su cercanía, su amor y su misericordia




[1] 13, 45-46
[2] A. Pronzato, El Pan del Domingo. Ciclo B. Edit. Sígueme. Salamanca 1987, p. 137.

Y entonces uno se queda con la Iglesia, que me ofrece lo único que debe ofrecerme la Iglesia: el conocimiento de que ya estamos salvados –porque esa es la primera misión de la Iglesia, el anunciar la salvación gracias a Jesucristo- y el camino para alcanzar la alegría, pero sin exclusividades de buen pastor, a través de esa maravilla que es la confesión y los sacramentos. La Iglesia, sin partecitas.

laus deo virginique matris